Porque en el espacio nadie oirá tus risas
'The Orville'

Porque en el espacio nadie oirá tus risas

Seth MacFarlane con el resto del elenco de 'The Orville'.

'The Orville' te hace pensar sin meterte la reflexión por el gaznate, sin darte lecciones de nada, en medio de un universo de series que impostan profundidad.

Cuando Seth McFarlane arrancó con The Orville, la mitad de la humanidad arqueó al unísono la ceja. ¿Qué cojones hacía aquel tipo metiéndose en una camisa de once varas del tamaño de una comedia de ciencia ficción para una cadena generalista? Los primeros episodios del experimento parecieron dar la razón al respetable: una serie plana como una tabla de surf, llena de personajes con el carisma de un ficus, en una atmósfera que exploraba todos los grados posibles de la palabra “equivocación”.

No es que McFarlane no tuviera crédito, Padre de familia era una gamberrada maravillosa y la saga de Ted tiene momentos brillantes, pero su western (Mil maneras de morder el polvo) era la traducción fílmica de un señor distraído en el metro, cuyo visionado era divertido unos cinco minutos y soporífero el resto. Así que no era extraño albergar cierta dosis de escepticismo ante una especie de homenaje faltón a Star Trek, conservando el fondo original (una nave que recorre los confines del espacio) e introduciendo una tripulación harto dudosa, llena de actores televisivos de cierto recorrido encabezados por el propio McFarlane.

The Orville (en España en Fox) empezó patosa y a veces incomprensible. Los gags no funcionaban y era difícil empatizar con ninguno de los personajes. Todo indicaba un gatillazo de dimensiones épicas, pero he ahí que en algún lugar entre una supernova y un agujero negro, la serie enderezó el rumbo y encontró de repente la ruta a navegar. Fue un viaje algo dubitativo que observado en perspectiva y con las gafas de lejos, parece ser coherente con lo que ha sido siempre una serie de televisión y estar -al mismo tiempo- a las antípodas del modernismo cinéfilo: tomarse un tiempo para establecer las pautas que regirán la serie, sin importar cuánto tome la misión. Con la impaciencia (nula) que provoca ver minucia tras minucia, The Orville tuvo la suerte de contar con un nicho de audiencia lo suficientemente generoso como para seguir confiando en el producto incluso cuando parecía que el producto no lo merecía.

Que la ciencia ficción y el terror han sido siempre una suerte de cofre de deseos y tentaciones y un instrumento perfecto para colar subtextos y mensajes subliminales, es algo sabido. Y eso es precisamente lo que hizo McFarlane: encontrar en esa tribu de criaturas que poblaban la Orville (la nave en cuestión) las pulsiones humanas que rigen nuestros días y darles ese twist salvaje que permite el género. Así hemos visto un planeta regido por la ley del horóscopo donde los de un determinado signo son inmediatamente encarcelados, un rito basado en un alienígena que orina en un barranco (porque esa especie solo orina una vez al año) o los problemas sexuales de una pareja de extraterrestres que deciden resolver a golpe de daga ceremonial.

Seth McFarlane demuestra que sabe cómo utilizar el bisturí con la mano izquierda, mientras con la derecha esperas que te atice con el martillo

Una mujer que se enamora de un robot, una masa gelatinosa adicta al sexo o un ‘moclan’ que decide dejarse bigote son solo algunos de esos ejemplos en los que el showrunner demuestra que sabe cómo utilizar el bisturí con la mano izquierda, mientras con la derecha esperas que te atice con el martillo. Esa facilidad para colar el mensaje utilizando un marco cuyo trazo es aparentemente grueso, es lo mejor de The Orville, ahora ya volando a velocidad de crucero, perfectamente definida su misión como vehículo en clave de comedia que asimila sorprendentemente bien su simbiosis con la ciencia ficción y es capaz de utilizar la fuerza de dos géneros con códigos completamente distintos de un modo sumamente eficaz.

Así es como una serie entre mala y regulera ha acabado convertida en un show notable (dentro del ramo del entretenimiento, que nadie busque algo rompedor o pretendidamente complejo) que se mira con gusto, entra en el espectador como una Coca-cola en el desierto y no da lecciones de nada, ni pretende cambiar la vida de nadie. Parece mentira que en los tiempos que corren uno no pueda aspirar a algo simplemente gustoso, sin aristas, que te deje pensar sin meterte la reflexión por el gaznate. En un universo donde las series se pelean por impostar profundidad, dibujar series ligeras debería tener premio. The Orville será ilegal un día de estos, cuando los amantes de lo (pretendidamente) alambicado la tachen de ‘simple’ y la condenen a morir en alguna de esas plataformas que nos venden churros de colores y los llaman caviar, pero que quedan muy bien en el curriculum de un seriéfilo. Hasta entonces, viva la Orville.

Escrito por Toni Garcia Ramon en febrero 2019.

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