'La casa de los espíritus' (Prime Video): Amor, locura y muerte
Crítica de la serie

‘La casa de los espíritus’: Cuentos de amor, locura y muerte

Prime Video se atreve a abordar la novela más conocida de la chilena Isabel Allende, una de las obras cumbres de la literatura latinoamericana y puerta de entrada al realismo mágico. El reto es grande. Lamentablemente, la presencia activa de la escritora como productora ejecutiva no logra garantizar que el resultado sea tan satisfactorio como el esperado.

Fotograma de 'La casa de los espíritus' (Prime Video).

A estas alturas, la primera novela de Isabel Allende no necesita presentación. Escrita en el exilio, desde su publicación en 1982 se ha convertido en un fenómeno literario de tal magnitud que, con el paso de los años, su peso en el conjunto de la extensa bibliografía a la que pertenece se perpetúa, más que como una obra iniciática, como una enorme sombra incapaz de superar. A pesar de las numerosas historias posteriores enraizadas de igual forma alrededor de la memoria, la emoción y los procesos políticos y sociales de Hispanoamérica, La casa de los espíritus, permanece inmune al paso del tiempo, convertida en un icono en sí misma, considerada el mejor trabajo de la escritora.

En lo personal, y admitiendo mi subjetividad, pues es una de mis novelas de juventud, siento que los valiosos diarios de Clara del Valle escritos a lo largo de su vida acerca de su historia, la de su hija Blanca y la de su nieta Alba (que constituyen las grandes mujeres en el imaginario de Allende) solo encuentran su igual cuando se conectan directamente con los diarios de la propia escritora, en esa desgarrada e íntima catarsis emocional que es Paula, la novela que la ayudó a recomponerse tras la muerte de su hija. En el universo mágico y único de la autora, donde lo autorreferencial siempre se hace presente, ficción y realidad se unen por el hilo casi invisible de la más terrible pérdida.

La película acaba siendo un drama histórico correcto pero comedido, emocionante por momentos, pero carente de toda la fuerza y el alma de la novela

En 1993 el director Bille August acepta el encargo de llevar al cine esta crónica familiar de cuatro generaciones, en La casa de los espíritus. El elenco de estrellas formado por Meryl Streep y Jeremy Irons, como Clara y su marido Esteban Trueba (el patriarca autoritario y protagonista masculino), Winona Ryder, en las pieles de Alba y Blanca, Glenn Close, en el papel de Férula (abnegada hermana de Esteban), y Antonio Banderas, en el de Pedro III (campesino revolucionario, amor prohibido de Alba y padre de Blanca), hacen patente la ambición de un proyecto que promete ser la gran epopeya dinástica llevada a la gran pantalla. Para sorpresa de nadie, el fracaso es tremendo.

La película fusila tramas y reduce conflictos hasta presentar a sus personajes desprovistos de toda profundidad, a la vez que desplaza el foco de las figuras femeninas para centrarlos únicamente en la de un Esteban suavizado a través de los ojos de su nieta. La película acaba siendo un drama histórico correcto pero comedido, emocionante por momentos, pero carente de toda la fuerza y el alma de la novela. Y, por encima de lo anterior, sin ningún ápice de lo que la hace cautivadora, esa transición casi constante entre dos mundos, el real y el fantástico. Y es que, ¿a quién se le ocurre que un danés tenga la sensibilidad necesaria para poder transmitir algo tan emocional, intangible e inherente a una región como es el realismo mágico?

La casa de los espíritus

Fotograma de la película ‘La casa de los espíritus’ (1993) de Bille August.

Treinta y tres años más tarde Prime Video recoge el desafío de adecuar la novela al formato serie, impulsada por Fernanda Urrejola, Francisca Alegría y Andrés Wood, como máximos responsables creativos, y con un reparto que tiene a Dolores Fonzi y Nicole Wallace, interpretando a Clara, y al mexicano Alfonso Herrera, en el papel de Esteban, como ejes centrales. El proyecto, que consta de ocho capítulos, parece la continuación natural de la iniciativa de Netflix de presentar Cien años de soledad (2024), su versión de la novela homónima de Gabriel García Márquez. Aquí, el intenso melodrama tiene dos cometidos, hacer frente al peso de la historia que aborda y romper con la imagen negligente de su predecesora. El resultado es bastante irregular pese a sus esfuerzos por estar a la altura.

La necesidad casi constante de evidenciar que estamos frente a una obra importante, lleva a una dudosa realización, que aborda la historia de una forma efectista y torpe

La serie acierta de lleno al devolver todo el protagonismo emocional al linaje de mujeres formado por abuela, hija y nieta. La mirada con fuerte perspectiva feminista que se abre en un mundo patriarcal y oligarca, representado en su magnitud por el personaje de Esteban, eje vertebrador y único interprete que no cambia a lo largo de los años, confiere sensibilidad y complejidad a la trama. Los diálogos e interacciones entre ellas a través de los años, en especial entre Clara y Férula (Fernanda Castillo), ayudan a reforzar esa idea de retorno al origen del relato. Un origen que reivindica igualmente los modelos de representación centrados en unos cuerpos e intérpretes que aportan verosimilitud a la historia.

La elección de un elenco mayormente latinoamericano, con un cuidado uso del acento chileno, marca unas intenciones de honestidad para con lo que se pretende contar. Asimismo, el guion rebela el conocimiento y la profunda interiorización de la novela, manteniéndose fiel a ella, mientras es capaz de depurar y dejar a un lado lo necesario para poder condensar, sin perder la coherencia, las más de cuatrocientas páginas que ésta tiene.

La casa de los espíritus

‘La casa de los espíritus’ está disponible en Prime Video.

Sin embargo, es en el resto del aparato formal donde se encuentran los puntos más cuestionables. La necesidad casi constante de evidenciar que estamos frente a una obra importante, rotunda, lleva a una dudosa realización, que aborda la historia de una forma efectista y torpe, resultando convencional y acobardada sin ser consciente de serlo. Por su parte, la edulcorada banda sonora acaba siendo molesta y predecible. Únicamente se salvan el tema de los títulos de créditos, “Nuestra casa”, compuesto para la producción por la artista chilena Mon Laferte, y las canciones folclóricas de resistencia política, lucha social y amor cantadas por Pedro III con la guitarra. A pesar de la reconstrucción de época, la imagen en digital nos devuelve un reflejo artificioso, un tanto vacío, debido en buena parte a una incomprensible fotografía plana que tiende al preciosismo.

Esta versión contemporánea lucha también contra algo muy difícil de saltear: nuestra memoria y la nostalgia que la acompaña

Por último, las interpretaciones son un tanto descompensadas, hasta que la aparición de Dolores Fonzi resuelve con solvencia y guía al conjunto, inyectándole fuerza al relato hasta acabar asentándolo. Esta especie de gran brecha o desajuste entre continente y contenido lleva inevitablemente a preguntarnos a cuánta distancia nos encontramos de aquello que imaginábamos mientras leíamos. ¿Cómo es posible que las imágenes, aunque reconocibles, sean incapaces de retratar aquello que la escritura reproduce con tanta naturalidad? A decir verdad, esta versión contemporánea de La casa de los espíritus lucha también contra algo mucho más difícil de saltear: nuestra memoria y la nostalgia que la acompaña.

La casa de los espíritus

Alfonso Herrera y Nicole Wallace son Esteban y Clara en ‘La casa de los espíritus’.

Con todo, es en su habilidad para integrar los elementos ligados a lo esotérico, lo mágico y lo espiritual, donde la serie encuentra su naturaleza cautivadora. Aquello que la película de August esquivaba con frialdad o indiferencia, aquí se aborda desde la personalización de unos códigos que no le son ajenos. La convivencia entre pasado y presente, muertos y vivos, es mostrada de forma orgánica, al igual que los múltiples presagios de Clara. Lo onírico y poético se unen así a la naturalidad, para regalarnos, por momentos, imágenes hermosas, cargadas de sensibilidad y delicadeza. Las metáforas hilvanan las presencias de los espíritus con lo cotidiano, la preparación para la muerte o la crónica de un país social y políticamente en ebullición y cambio.

La importancia, pues, de los detalles sale a la epidermis como esos mechones de pelo verde en la cabellera de Rosa, el primer amor de Esteban y hermana mayor de Clara, que años después resurgen en la melena de Alba, la nieta de ambos. Es aquí, en estos instantes, donde el milagro se produce y aparece la voz de la escritora para recordarnos ese nudo en el estómago de cuando leímos el libro por primera vez.

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