En defensa de los tontos
'Wet Hot American Summer: First Day of Camp'

En defensa de los tontos

Wet Hot American Summer: First Day of Camp
Netflix ha vuelto a demostrar su independencia produciendo ‘Wet Hot American Summer: First day of Camp’, miniserie veraniega totalmente pasada de vueltas situada un mes antes del filme en el que se basa, y protagonizada por gente de la talla de Paul Rudd, Elizabeth Banks, Bradley Cooper o Amy Poehler. Se nos olvidaba: interpretando a gente de 18 años. Aprovechamos para hacer un repaso al humor desquiciado estadounidense.

“I’m just the guy who farts in your face and makes you smile”

– Andy (Paul Rudd)

Quizá no haya Arcadia más descerebrada y libre sobre la faz de la Tierra que la imagen del campamento de verano que nos ocupa: los niños y niñas, libres de las ataduras de la profesora de primaria, entendiendo por primera vez qué significa acostarse más allá de las doce; los preadolescentes retirándose el pre- de encima al participar en los remedos del ritual social adulto (el baile, el juego de la botella, la noche en cama ajena) que les llevarán a su primer beso; los monitores, ni niños ni adultos, repartiendo su tiempo entre superar las inseguridades inherentes a tener que considerarse más responsables de lo que son y el consumo de alcohol y marihuana…

El nombre del asunto, claro está, no puede ser más apropiado: Wet Hot American Summer: First Day of Camp, serie de ocho episodios basada en el filme de 2001 del mismo nombre, que ha sido el estreno del verano de Netflix. Ahora que empieza a refrescar y uno puede echar la mirada atrás con mayor conocimiento de causa, ha llegado la hora de intentar buscar el orden tras el caos aparente, de erigir argumentos en su defensa y de convenceros a vosotros, seriéfilos, de que, más allá del absurdo incongruente del que hace gala la serie, yace algo de valor: un depósito de chorradas old school en este competitivo y cínico mundo audiovisual en el que nos ha tocado vivir. O igual es cosa mía, que soy un cafre sin remedio.

Wet hot american summer

“Tan pronto nos encontramos con subtramas adolescentes aparentemente realistas, como con latas de verduras en conserva que hablan, como con demenciales gags visuales”

Empecemos, pues, definiendo ese “absurdo”: el tono de la serie, al igual que el del filme de 2001 en el que se basa, sorprende por su libertad, por su absoluta falta de adhesión a ninguna tradición cómica concreta: tan pronto nos encontramos con subtramas adolescentes aparentemente realistas (tímido-conoce-guapa, tímido-contra-abusón), como con latas de verduras en conserva que hablan (en un giro como mínimo surrealista), demenciales gags visuales más propios de un Aterriza como Puedas o sucedáneos, giros escatológicos que harían enrojecer a los fans de American Pie (y, lo que es peor aún, de las secuelas), extrañas conspiraciones gubernamentales que requieren la presencia, armado con un contingente de tanques y soldados, del presidente Reagan (!)… La serie, en fin, no se pliega a ningún manual de comedia o de guión mínimamente coherente, parece no tener muchos estándares de calidad y puede ser rechazada (y de hecho el filme lo fue, por prácticamente toda la crítica) como “otra chorrada americana más”. Todo esto es cierto. Pero quizás ahí resida su magia.

“Netflix resucita un filme de culto de hace quince años con los mismos actores cuarentones vestidos como si continuasen teniendo veinte años”

Hace ya unas cuantas décadas que la cultura popular occidental está aquejada de un síndrome de Peter Pan que la obliga a postrarse de cara hacia el pasado en una operación nostálgica que recopile, recicle y reinterprete el legado cultural precedente. A este movimiento se le puede llamar de muchas formas pero parece acompañado de un rasgo definitorio del estar en el mundo del adulto contemporáneo: el miedo a crecer. Tarantino vuelve sobre el cine exploitation y eso nos apasiona al imaginarnos ese pasado glorioso y sin ley que parecen resucitar todos sus filmes, esa geografía-collage despolitizada que nos fascina como motor de referencias a otras obras; Adam Sandler vuelve a negarse a entrar en la edad adulta como actor, personaje y figura popular en Pixels, que además de continuar con su mitología del niño grande pretende capitalizar a la generación que se quemó las pestañas hace décadas en sus pantallas de 8-bit; Netflix, en su cruzada como nuevo y arriesgado (y perfectamente informado de los gustos de sus consumidores) productor cultural, resucita un filme de culto de hace quince años, Wet Hot American Summer, y lo hace en forma de miniserie, con el mismo equipo tras las cámaras y al guión, las mismas localizaciones y los mismos actores cuarentones vestidos como si continuasen teniendo veinte años, simulando ser más jóvenes incluso. Toma ya.

Al igual que en esta jugada maestra de Netflix, gran parte de la comedia mainstream estadounidense cinematográfica ha tenido que lidiar de una forma u otra con el tema de la nostalgia y el anhelo por una época despreocupada e inocente, no-adulta, en las últimas décadas; los ritmos de la sitcom quizá hayan sido algo distintos, y la necesidad de una narrativa continuada pero que ofreciese nuevas tramas semana tras semana ha fomentado la construcción de grupos familiares, laborales o de amistad con la mirada más puesta en el futuro que en el pasado feliz e inocente. Pero Wet Hot American Summer: First Day of Camp proviene de un referente cinematográfico, y por lo tanto poco tiene en común con una comedia televisiva al uso: nos encontramos ante una larga, larga película dividida en ocho episodios de media hora cada uno, que, como ya sucedía en el filme original, narra, a lo largo de todo un día, las demenciales aventuras de los campistas y encargados de un campamento perdido en los bosques de Maine.

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“La exploración cómica del desequilibrio entre cuerpo y mente de sus protagonistas, adolescentes o universitarios que entran en la edad adultapero continúan en un régimen de estupidez asociada a la infancia”

La operación de la serie, pues, es eminentemente nostálgica, y como buenos nostálgicos podemos echar la vista atrás para entender mejor cómo encaja en la historia de la comedia, y como se relaciona con sus referentes. En 1978, la revista satírica para jóvenes National Lampoon dio el salto al cine, de la mano de John Landis, inaugurando todo un género (la gross-out comedy o comedia escatológica) que se recrea en la exploración cómica del desequilibrio entre cuerpo y mente de sus protagonistas, adolescentes o universitarios que entran en la edad adulta y con ella tienen que asumir orden y responsabilidad pero continúan en un régimen de estupidez supina y despreocupada, asociada a la infancia. Las gamberradas, la incapacidad para relacionarse de manera coherente con el sexo femenino, la falta de respeto a la autoridad y en general una lógica que bebe sobre todo del slapstick pasado de vueltas y al que se le ha extirpado el espíritu reaccionario de gran parte del cine clásico estadounidense, todo ello son rasgos que campan a sus anchas en Desmadre a la americana, y que tendrían continuación, cada vez menos rompedora y arriesgada, en filmes de los ochenta como Porkys y sus sucedáneos. Lo interesante de esta primera ola de cine gamberro es su capacidad para enunciar desde el presente: no existe nostalgia ni mirada hacia el pasado, no hay descompensación ni se ridiculiza el hecho de que gente que debería estar preparándose para crecer esté persiguiendo un par de tetas, sino un flujo de animaladas proyectadas hacia el futuro, la convicción de que hacer el gilipollas, tengas la edad que tengas, nunca pasa de moda.

Algo pasa con Mary

“La risa se hizo mayor y de repente nuestros protagonistas ya no se encontraban en un ambiente propenso a la chorrada, sino en un mundo más adulto y cínico”

Sin embargo, la risa se hizo mayor, y, cuando en la segunda mitad de los noventa, la comedia cinematográfica estadounidense parecía haber virado hacia un saludable retorno a los idiotas sin remedio, abanderados de lo cual fueron los hermanos Farrelly con ese dúo de odas a la inmadurez más irredenta que fueron Dos Tontos muy Tontos y Algo Pasa con Mary, la cosa cambió ligeramente: con una generación de estrellas más adultas (el propio Adam Sandler, Ben Stiller, Jim Carrey) y la introducción progresiva de arquetipos de géneros considerados menos salvajes, como la comedia romántica, de repente nuestros protagonistas ya no se encontraban en un ambiente propenso a la chorrada, sino en un mundo más adulto y cínico, el de las relaciones humanas maduras, y gran parte del efecto cómico provendría, pues, paradójicamente de una certeza nostálgica: pobre loco, que ya dejó atrás la juventud pero nunca podrá crecer. Aquí, al slapstick se le podía sumar la screwball comedy (la tradicional guerra de sexos con intercambios verbales veloces y ambiguos, ahora, claro está, eliminada gran parte de la ambigüedad).

Freaks and Geeks

“‘Freaks and geeks’, pequeña comedia ‘teenager’ que parecía una hija bastarda del humor de instituto con mensaje y profundidad que había practicado John Hugues un buen puñado de años antes”

En septiembre de 1999, la NBC estrenó una pequeña comedia teenager que parecía una hija bastarda del humor de instituto con mensaje y profundidad que había practicado John Hugues un buen puñado de años antes. El programa se llamaba Freaks and Geeks y tras él se encontraba Judd Apatow, un hombre que a lo largo de la primera década del siglo XXI se asentaría como el mecenas principal de un nuevo tipo de comedia humanista, por momentos pasada de vueltas y por otros dolorosamente realista, que se ha dado en llamar Nueva Comedia Americana. Es una definición complicada y esquiva pero que podría partir desde los ejemplos mencionados en el párrafo anterior para desparramarse en la diversidad de películas variadas que la factoría Apatow ha venido estrenando desde principios de siglo. El díptico formado por Lío Embarazoso y Si fuera fácil es quizás el paso más definitorio en este viaje hacia la adultez de la comedia, que empieza con el embarazo de la primera, prueba de madurez irrefutable que obliga a Seth Rogen a elegir entre la estupidez supina de sus amigos o la responsabilidad de ser padre, y acaba con el matrimonio de la segunda, sorprendentemente naturalista, de Paul Rudd y Leslie Mann, paradigma de la clase media norteamericana y tratado con un aliento realista y cercano que convierte el filme casi en un predecesor bajo cuerda de Boyhood.

Si fuera facil

El valor de Wet Hot quizás resida, pues, y teniendo en cuenta la breve historia de la comedia pasada de vueltas esbozada hasta el momento, en su apuesta decidida por un modelo que acaba por combinar los logros del cine universitario de Landis y compañía, con su gusto por el exceso y la despreocupación constante, con la reflexión nostálgica de filmes posteriores encuadrados dentro de la Nueva Comedia Americana; el elemento en el que convergen ambas líneas es, en una operación aparentemente absurda pero que ahora vemos que tiene mucho sentido, el cuerpo de sus intérpretes, que ellos no saben que ya es inadecuado (se llevan unos buenos veinte años con sus respectivos personajes, pero nunca llega a hacer ningún chiste sobre esto, curiosamente, como si fuese lo más normal del mundo), y que los espectadores identificamos desde el principio como erróneo, absurdo, incorrecto, pues necesitaríamos una anatomía joven para que las cosas fluyesen de manera normal. ¿Y acaso no es este acto de detención del tiempo, de retorno infinito a un mismo espacio en el que todo puede suceder, en el que la lógica ha salido por la ventana, el acto nostálgico por antonomasia? Hay, en fin, mucho de valor en estos tontos, muchos enlaces con tradiciones anteriores y una apuesta decidida, podemos confirmarlo, por encontrar su lugar en la historia más amplia de la comedia estadounidense. O igual no, igual son solo un montón de gilipollas enamorados del rock, los porros y las tías buenas; pero, si has llegado hasta aquí, y ahora que entiendes de dónde vienen estos tontos, no lo dudes: te va a valer mucho la pena conocerlos.

Escrito por Ricardo Jornet en septiembre 2015.

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