'El día después' (1983): el día del fin del mundo
MOMENTOS ESTELARES DE LA TELEVISIÓN (VIII)

El día del fin del mundo

'El día después' marcó un hito en la televisión estadounidense al abordar el miedo nuclear. Su emisión en 1983 movilizó audiencias masivas y sacudió a la opinión pública y política. La cinta convirtió la catástrofe atómica en experiencia emocional colectiva. Una obra clave para entender el cruce entre cultura, poder y comunicación de masas.

La televisión y el fin del mundo se llevan bien. Hay quien asegura que el fin de la civilización lo veremos en riguroso directo y en horario de máxima audiencia. De momento nos tenemos que contentar con guerras y bombardeos. El matrimonio entre política y televisión ha sido históricamente fructífero. Y uno de los momentos más interesantes de los años 80, si del cruce entre ficción televisiva y política hablamos, es la producción y emisión de la película para televisión El día después (The Day After, Nicholas Meyer, ABC, 1983).

Las imágenes […] fueron vistas por 100 millones de espectadores en EE.UU. y provocaron tal impacto que no es descabellado decir que cambiaron el rumbo de la política nuclear estadounidense

La historia es bien conocida, pero, no por repetida, deja de ser interesante. Unos ejecutivos bastante atrevidos del canal ABC se embarcaron en un proyecto de película para televisión sobre los efectos de una guerra nuclear y con una historia ubicada, en gran parte, en una ciudad media estadounidense, Lawrence, en Kansas, de 50.000 habitantes. Las imágenes rodadas por un tipo displicente, obsesivo y poco dado a las soluciones de compromiso, el cineasta Nicholas Meyer, estuvieron a punto de ser mutiladas, metidas en un cajón y olvidadas, aunque finalmente fueron vistas por 100 millones de espectadores en EE.UU. y provocaron tal impacto que no es descabellado decir que cambiaron el rumbo de la política nuclear estadounidense.

Sabemos que el presidente Ronald Reagan y su mujer, Nancy Reagan, visionaron la película en la Casa Blanca y que a ambos les impactó mucho. De hecho, Reagan, un presidente buen conocedor de los rudimentos de la comunicación política, tenía una posición dura respeto a la Unión Soviética y la doctrina de la guerra nuclear (los historiadores siguen discutiendo si esta postura inflexible era consecuencia del asesoramiento de los halcones de su administración o bien de la propia lógica de la Guerra Fría, en la que habían vivido tantos estadounidenses como Reagan).

Pero el visionado de El día después le dejó dubitativo y, hasta cierto punto, provocó un replanteamiento de las certezas que el presidente creía tener sobre la posibilidad de ganar una guerra nuclear. ¿Realmente era posible ganar una contienda nuclear? Porque la película de Nicholas Meyer decía claramente que no. ¿Qué otra película para televisión podríamos citar que haya sido capaz de tal efecto?

Aquello para lo que se habían preparado los ciudadanos […] superaba absolutamente a todos los protagonistas y sufrientes de la historia

Este tipo de productos no suelen nacer de la nada. El impulso inicial se lo debemos a Brandon Stoddard, ejecutivo de televisión que tuvo la idea de desarrollar un producto sobre la guerra nuclear tras ver la película El síndrome de China (James Bridges, 1979), que se estrenó poco antes del incidente real de Three Mile Island. Por su parte, el guionista Ed Hume, con una amplia experiencia en el medio con series como El fugitivo (ABC, 1963-67), Cannon (CBS, 1971-76) o Las calles de San Francisco (ABC, 1972-77) planteó una historia muy sencilla: en un pueblo medio estadounidense viven el fin del mundo, la explosión nuclear fruto de una guerra entre grandes potencias atómicas. Nadie sabe cómo empieza. Ni es posible saber quién tuvo la culpa. Simplemente alguien apretó el botón y el enemigo contestó. Eso es todo.

De repente, aquello para lo que se habían preparado los ciudadanos, la explosión nuclear, con sus simulacros, recomendaciones y manuales sobre cómo combatir la radiación, superaba absolutamente a todos los protagonistas y sufrientes de la historia. Porque la guerra nuclear no se puede ganar y el fin del mundo no es buen negocio para nadie, especialmente para quienes ni entienden ni saben nada de los entresijos de la política internacional. Este extremo es, quizás, el más hiriente y punzante de la cinta: la contienda nuclear deja de ser una situación estratégica de tablero de ajedrez, como en la mítica película Juegos de guerra (John Badham, 1983), para convertirse en aquello que acaba con las vidas de las familias medias estadounidenses, que habitan apaciblemente en ciudades normales y corrientes, viven del campo o de la venta de coches, tanto da, pero que sólo aspiran a ser gente ordinaria y feliz.

El día después

El hongo nuclear se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles de la iconografía del fin del mundo.

La iconografía del fin del mundo ya era más o menos conocida antes de la cinta de Meyer. El hongo nuclear, la onda expansiva, los incendios posteriores, los efectos inmediatos sobre las personas en forma de quemaduras, los hospitales de campaña y las atenciones de urgencia, la contaminación, la imposibilidad de atender a todos los heridos, la impotencia ante un enemigo invisible que no puede combatirse. Se trata de elementos, todos ellos, que podías haber leído en descripciones y reportajes periodísticos como el de John Hersey sobre Hiroshima o visto en películas de serie B (de hecho, el equipo visionó Hiroshima, mon amour, el film de Alain Resnais de 1959, para lograr una recreación realista y dura).

Mayer, acostumbrado a las producciones cinematográficas, pretendía imponer una imagen, un lenguaje y una planificación más propias de la gran pantalla que de la pequeña

Pero esta historia ocurre en Lawrence, Kansas, y son tus vecinos los que mueren. La radiación se lleva por delante, en pantalla, a gentes que podrían ser tu propia familia. Los censores no querían que se viera sangre ni cicatrices en pantalla. Pero los espectadores acabaron por ver mucho más: escenas con gente desintegrada por la explosión nuclear, u otras con 1500 extras en un improvisado hospital de campaña en donde era imposible atender a los heridos.

Los obstáculos que debió superar la producción fueron muchos. El director Nicholas Mayer, seguro de sí mismo y acostumbrado a las producciones cinematográficas, pretendía imponer una imagen, un lenguaje y una planificación más propias de la gran pantalla que de la pequeña. El guion tenía momentos muy explícitos y los niños fueron una preocupación desde el primer momento (aunque la protección a la infancia estuviera menos desarrollada a principios de los 80, todo el mundo pudo ver que interpretar los papeles escritos por Hume con el nivel de exposición gráfica pretendido por Mayer podía perjudicar a los jóvenes actores). Con semejante material es lógico que casi todo el mundo se asustara, particularmente los directivos de la cadena. Las presiones fueron muchas. Conocemos parte de ese constante tira y afloja entre los creadores, la cadena y los patrocinadores, pero esa guerra soterrada tuvo, seguramente, episodios nunca relatados.

El día después

Jason Robards y Georgann Johnson interpretan al Dr. Russell Oakes y a su esposa, Helen.

Los nervios de la cadena provocaron que los productores Bob Florio y Stu Samuels se adueñaran de la película e hicieran su versión, sin contar con el director. El coste de la producción había sido grande y el estreno amenazaba ruina. Meyer acudió a la prensa para denunciar esta maniobra y los productores decidieron que siguiera al frente del equipo. La película seguía ganando enemigos conforme se conocían detalles de la misma. El reverendo Jerry Falwell, conservador sin tacha y sin freno, cargó contra la ABC por promocionar una obra antiamericana. La cadena no pudo vender dos noches de publicidad y renunció a su plan de emisión original.

Finalmente la película se vería en una única velada, de ocho a once de la noche. Hasta la American Psychiatric Association metió baza y recomendó que los niños no la vieran. Pero la gente la vio y quedó totalmente impactada por el alcance de la destrucción que podría provocar una guerra nuclear. En la película aparecen médicos, agricultores, soldados, jóvenes y no tan jóvenes, científicos, técnicos militares y civiles. Y nadie escapa de la devastación.

Con las audiencias tan masivas que podía acumular la televisión no es de extrañar que mucha gente presionara para evitar que El día después minara la confianza de los ciudadanos en su gobierno

Los diferentes gobiernos de EE.UU. han permanecido atentos a las representaciones cinematográficas. El cine fue un arte tan popular durante el siglo XX que las administraciones estadounidenses no podían vivir al margen del fenómeno. También fueron muy conscientes del poder de la televisión, que no pocos políticos sufrieron en primera persona (pensemos en Nixon, su debate con John F. Kennedy o el escándalo del Watergate). Con las audiencias tan masivas que podía acumular la televisión no es de extrañar que mucha gente presionara para evitar que El día después minara la confianza de los ciudadanos en su gobierno.

La misma ABC presionó para lograr un final menos sombrío que el pensado en un primer momento por Mayer y Hume. Pero poco importaba. Nadie podía controlar ya el impacto que la película iba a provocar. No cuando acabas teniendo una audiencia de 100 millones de personas, la película acaba viajando a 35 países y se traduce a 17 lenguas. Muchos de estos detalles los cuenta magistralmente Jeff Daniels en The Television Event, un documental sobre la película de Meyer estrenado en 2020.

El día después

Cartel promocional de la cadena ABC de la proyección de ‘El día después’.

La ABC emitió finalmente la película el 20 de noviembre de 1983, en una única noche, como hemos comentado. El éxito fue total. La misma cadena emitió después de la cinta un debate con invitados de mucho lustre. El ABC Viewpoint de esa noche, presentado por Ted Koppel, contó con la participación de Henry Kissinger, Carl Sagan, Robert McNamara, Elie Wiesel y William Buckley (también hubo otros invitados y público que preguntó a los contertulios). En aquella época se podía hablar en televisión sin necesidad de gritar ni de hacer de todo un espectáculo insufrible.

En ese debate se dieron cita un secretario de estado, un científico conocidísimo y respetado, un superviviente del Holocausto y un escritor conservador y presentador de televisión de enorme prestigio. La cadena pensó que un debate serviría para calmar a los más exaltados y contrarios a la película y que era necesario contextualizar lo que se había emitido. Con el paso del tiempo, este tipo de películas serían más habituales, incluso el nivel de brutalidad visual aumentaría. Pero en aquel momento no lo eran.

El día después ha quedado como un ejemplo de la mejor televisión, porque logró captar el interés de millones de personas y provocó que se formularan preguntas que, hasta ese momento, no eran populares 

El presidente Ronald Reagan hizo una referencia sobre la película en su diario tras verla. Casualidad o no, en 1987 la URSS y los EE.UU. firmaban un tratado de desarme que, no por parcial e insuficiente, fue menos importante. No tan casual fue la emisión en 1987 de la película en la televisión rusa. Ahí la coincidencia es programa político. Chernóbil también dio un baño de realidad a los soviéticos. El imperio se estaba desmoronando, pero el peligro de una guerra nuclear era bien real. El desastre estuvo cerca en más de una ocasión. Los soviéticos eran mejores espías que los estadounidenses, pero valoraban peor la información que obtenían y sobreestimaban los instintos belicosos de EE.UU. En realidad, casi nadie quería una guerra no convencional. No había forma de venderla al pueblo ni de ganarla.

Ellen Anthony, Bibi Besch, Lori Lethin, John Cullum y Steve Guttenberg en ‘El día después’.

El día después ha quedado como un ejemplo de la mejor televisión, porque logró captar el interés de millones de personas y provocó que se formularan preguntas que, hasta ese momento, no eran populares e incluso podían ser tachadas de ideas antiamericanas. Carl Sagan, muy crítico con el programa armamentístico, utilizó en el programa posterior a la emisión la metáfora de la habitación llena de gasolina y dos enemigos dentro, uno con casi cien cerillas y otros con algo menos de ochenta, y ambos preocupados por tener más cerillas que el otro, sin entender que de esa habitación no podía salirse con vida.

Es una gran explicación de lo que es capaz de hacer la estupidez humana, o el miedo, o una combinación de ambas cosas. Más de cuarenta años después, la habitación sigue llena de gasolina y los enemigos, variables, más numerosos si se quiere, con otros nombres e intereses, siguen preocupados por lo mismo, sin querer asumir que de la habitación nadie puede salir con vida.

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