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El mañana nunca muere
En 1993 John le Carré publica la novela El infiltrado, donde, a partir del recuerdo del ciclo Smiley, expone los esfuerzos de un soldado veterano, reclutado por la Inteligencia Británica, Jonathan Pine, para acabar con la organización criminal del traficante de armas internacional Richard Roper. Este texto, transformado por David Farr en 2016 en una ficción seriada para la BBC, y puesto en imágenes por Susanne Bier, se convierte, en su estreno, en una muestra impecable de las energías de un cierto relato audiovisual de espías, con inclinaciones clásicas, y en una convencida celebración de sus filosofías.
Por otro lado, con sus resultados vigorosos, da una clara respuesta a una incógnita frívola, ¿cómo funcionaría Tom Hiddleston en el pellejo de 007? Recordemos, el actor, durante algún tiempo, encabeza algunos de los listados montados por diferentes publicaciones con los candidatos a sustituir a Daniel Craig en las responsabilidades al frente de la franquicia del agente con licencia para matar. La actuación de Hiddleston en El infiltrado da a conocer, indiscutiblemente, sus capacidades para asumir una tarea que, a fecha de hoy, todavía no ha sido asignada.
No es del todo disparatado señalar que la temporada dos, en cierta forma, se parece a ‘El imperio contraataca’ o a ‘Regreso al futuro II’
El posible Bond visto en la serie, bajo la máscara de Pine, no se parece demasiado a la bestia casi descontrolada presentada por Martin Campbell en Casino Royale (2006). Su poder se conecta mucho mejor, por su palpable secretismo e impasibilidad ambigua, a ese Timothy Dalton que, fugazmente, a finales de los años ochenta, se ocupa de dar vida al personaje de Ian Fleming. En 2016, la traducción de Farr y Bier del libro de John le Carré certifica las competencias de su protagonista para el papel de agente secreto, mientras propone una vía alternativa emocionante. Su continuación, presentada a comienzos de 2026, las confirma, afianzando los hallazgos principales del conjunto y desarrollando algunos de los componentes más singulares e íntimos, siguiendo con acierto el modelo de las mejores segundas partes conectadas a la escritura de género.

Tom Hiddleston es Jonathan Pine en ‘El infiltrado’.
Sin tiempo para morir
No es del todo disparatado señalar que la temporada dos de El infiltrado, en cierta forma, se parece a El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) o a Regreso al futuro II (Robert Zemeckis, 1989). Lo mismo que éstas descubre varios secretos privados importantes en un universo que, por distintas razones, se viene abajo, y además propone un final abierto al filo del abismo, colocando a los héroes frente a sus demonios más íntimos. La disposición de este nuevo ciclo, naturalmente, anticipa la futura entrada de un tercero, en donde, probablemente, se complete el recorrido por las sombras del escurridizo personaje de Hiddleston.
¿Qué ocurre en la segunda parte que ahora se presenta? Una década después de los sucesos que enfrentan a Pine y a ese Roper con el rostro de Hugh Laurie, el agente, ligado a una nueva identidad, dirige una unidad de vigilancia. Unos años atrás se confirma, tal y como muestra el prólogo, la muerte del villano a manos de sus captores sirios. Una suma de casualidades activan, enseguida y naturalmente, los mecanismos de un nuevo relato de espionaje que conduce al protagonista a Medellín. En la escena colombiana, vestido de un sinvergüenza millonario evadido tras un supuesto desfalco en el banco donde trabaja, entra en contacto, de veras, con un peligroso hampón local, Teddy Dos Santos (Diego Calva), a quien le sigue la pista desde la costa catalana.
El fin del mundo, tal y como lo conocemos, es el asunto principal trabajado por la segunda entrega de ‘El infiltrado’
La entrada de este personaje en la serie la conmociona por su inquietante intensidad. Es una figura extrañamente trágica, unida a un pasado doloroso y reservado, de sonoridad clásica y moderna, a la vez, no demasiado distinta a los enemigos más retorcidos y profundos de Bond. La llegada de Teddy, sí, marca la puesta en marcha de lo inesperado sobre las imágenes. A partir de entonces, el relato de agentes secretos, el thriller trepidante, anunciado por el primer capítulo cambia de forma drástica hasta convertirse en una catástrofe metafísica. El avance de la trama criminal acentúa esto. Casi de inmediato, Pine descubre que, tras los tejemanejes y los contrabandos de la organización local, se oculta una trascendental conspiración internacional, en la que también está implicada una parte de los servicios de inteligencia británicos, para derrocar al gobierno e imponer un nuevo régimen en el país.

Camila Morrone y Diego Calva interpretan a Roxana Bolaños y Teddy Dos Santos en ‘El infiltrado’.
El fin del mundo, tal y como lo conocemos, ese es, efectivamente, el asunto principal trabajado por la segunda entrega de El infiltrado. La documentación de este tema en las imágenes, en torno a un texto de género, relaciona, al instante, el espacio de la ficción con nuestra realidad más inmediata y angustiosa. A decir verdad, en el descubrimiento de la intriga, al mismo tiempo que el sufrido protagonista, no cuesta demasiado trabajo identificar figuras y movimientos del plano real. Las últimas imágenes de la etapa corroboran todo esto.
Sólo se vive dos veces
Susanne Bier cede el manejo de la puesta en imágenes del escrito a una Geogi Banks-Davies, la realizadora de I Hate Suzie (2020), que asume, con naturalidad, el planteamiento narrativo-formal estipulado en 2016. Proporciona elegancia y nervio al conjunto, y además formula, desde una apreciable sutileza, determinadas rimas y anuncios, como puede apreciarse, por ejemplo, en la comunicación de los planos de unos perros en la mansión del verdadero villano de la función y Teddy en el capítulo final, cuando, ciertamente, ya se ha convertido en un engendro existencialmente herido.
La reaparición de Roper, representado por un Laurie mefistofélico e hipnótico, provoca la inmersión en la esfera más íntima de las figuras principales
¿El verdadero villano? Sí, es cierto, la serie oculta un as. Incluso los títulos de crédito esconden el secreto en los tres primeros episodios. Al final del tercero, de noche, en mitad de la selva, en un caserón aislado, llega la revelación: Richard Roper sigue con vida, y además es el auténtico cabecilla de la confabulación. De aquí en adelante, las piezas desordenadas por las intervenciones de Teddy son incapaces de volver a unirse. Con su aparición, el malvado, convertido definitivamente en un siamés del Blofeld de 007, destroza todo y sitúa la trama en lo imposible. La reaparición del personaje, representado por un Laurie mefistofélico e hipnótico, provoca además la inmersión en la esfera más íntima de las figuras principales.
Así, la indispensable primera reunión con Pine recupera los pedazos de la primera parte para, tras agitarlos, proclamar trastornos personales y modificaciones en los parentescos figurados. En el interior de la selva colombiana empieza a representarse entonces un drama de trasfondo psicoanalítico. Éste no solo compete a los dos enemigos. Teddy es una pieza fundamental en el teatro de la conspiración. El último acto montado en la noche, en un campamento de los revolucionarios, muestra el encuentro terrible del padre y sus dos hijos, de Saturno devorando a sus hijos. En esas secuencias, Jonathan Pine ya no es James Bond, George Smiley, o acaso Harry Palmer. Aquí, antes de la caída del telón, completa su metamorfosis fantasmagórica. Ya es una sombra derrotada.

La segunda temporada de ‘El infiltrado’ está disponible al completo en Prime Video.

