Ya no quedan santos en Newark
The Many Saints of Newark

Ya no quedan santos en Newark

Michael Gandolfini junto a Alessandro Nivola: Tony Soprano y Dickie Moltisanti.

Este fin de semana pasado llegó a las carteleras la película Santos Criminales. Sí, las series son nuestro menester. Pero cuando se habla de Los Soprano y su esperada precuela, por mucho que sea una película, toca hablar de ella una vez vista.

Antes de entrar en detalles, permitidme pararme un rato en ese terrible título que ha escogido en España la gente de Warner Bros –que me hace malpensar que no han visto la serie original–. Por mucho que pueda quedar superficial, Santos Criminales es el peor título posible para la película. Tal cual. No solo suena mal, si no que por culpa de él, se pierde el juego de palabras original (Many Saints viene del apellido Moltisanti).

Aunque sobre todo, con este título se renuncia a atraer al único público posible para el film (los fans de la serie) por la idea de atraer precisamente al público que no la querrá ver o que incluso no entenderá parte del film. Es decir, aquellos que no hayan visto la serie original. ¿Por qué distanciarse de una marca tan reconocible como es Los Soprano? Quienes entren en la sala sin haber visto la serie, no podrán gozar de la película como tal.

La banda al completo en una escena inicial de ‘The Many Saints of Newark’.

Y quizás ahí esté el problema; el pecado original. ¿Porqué hacer una película precuela sobre Los Soprano? La primera reacción al verla es que Santos Criminales –perdón, de ahora en adelante seguiré con el título original, The Many Saints of Newark– debería ser una miniserie o cualquier otro formato extendido más cercano al de la serie original.

De ese modo, la galería de personajes presentados así como los temas morales, sentimentales y existenciales que existen en la película se hubieran podido desarrollar con más detalle. Los homenajes a la serie no hubieran quedado como simples movidas fan service de aquí te pillo y aquí te mato. Y éstos se hubieran dado de forma más orgánica. Porque, con tan solo dos horas de metraje, la función principal de The Many Saints of Newark –su razón de ser– queda totalmente diluida y subdesarrollada.

Quién es quién en la película de ‘Los Soprano’

Mucho se ha hablado de Michael Gandolfini en The Many Saints of Newark y la verdad, con toda razón. La sola idea de utilizar al hijo del difunto James Gandolfini es genial. No solo por el físico. Pedemos intuir que la travesía emocional por la que ha transcurrido el joven actor no ha sido fácil. Y eso se transmite en su actuación sin que por ello parezca un rol ajeno. Al contrario, en The Many Saints of Newark, Michael Gandolfini respira, ríe, sufre, siente y hace trastadas como lo hacía su padre. Con ello se apropia, con justicia, de parte del legado del personaje.

Hay algo engañoso en la promoción de la película: no es la historia del joven Tony Soprano, es la historia del tipo que moldeó al joven Tony, Dickie Moltisanti.

Es en la escena final de la película cuando todo cobra sentido. Por fin podemos decir que el joven Tony es ahora Michael Gandolfini y seguir tan contentos. Su imagen, enfundado en traje y corbata, pone la piel de gallina. Y emerge como la nueva figura de la saga. Y ojo, una figura genuina y totalmente orgánica. No así como sucede con algunos secundarios que parecen imitaciones de la imitación de sus correspondientes en la serie. En esa categoría podríamos poner a buenos actores como Billy Magnussen (Boardwalk Empire) y John Magaro (The Umbrella Academy) perdidos totalmente en sus caricaturas de Paulie Gualiteri y Silvio Dante, respectivamente.

En otra categoría superior estaría una tríada de reconocidos intérpretes que con lo poco que tienen en pantalla, demuestran que pueden hacerse suyos unos personajes que ya tenían dueño. Se trata de Corey Stoll (House of Cards) como Corrado «Junior» Soprano, Vera Farmiga (Bates Motel) como Livia Soprano y en menor medida –por el poco desarrollo del personaje, tanto en la serie original como en la película– del magnético Jon Bernthal (The Punisher) como Johnny «Boy» Soprano, el padre de Tony.  De los tres, es por encima del resto, Vera Farmiga la que consigue darle un matiz extra a Livia Soprano.

Livia Soprano (Vera Farmiga) y Johnny Soprano (Jon Bernthal), los padres de Tony Soprano.

La matriarca siempre fue el personaje clave de Los Soprano. De hecho, fue la razón por la que David Chase, marcado por su propia y particular figura materna, se lanzó a crear la serie. Lamentablemente, la muerte de Nancy Marchand en el año 2000 cortó de raíz los planes que habían con el personaje. Algunas de las tramas y sobre todo, las dinámicas afectivo-psicológicas que la mujer producía en Tony se vehicularon a través del personaje de Janice Soprano (Aida Turturro) así como la retahíla de amantes de Tony. Todas cortadas por el mismo patrón.

En The Many Saints of Newark, Vera Farmiga, pese a una nariz prostética que distrae, consigue darle a la fría y calculadora Livia algo de calidez en su relación con el joven Tony. Así como aprofundiza también en unas dinámicas tóxicas con su marido. Cosa que explica mucho de lo que se cuece en casa de los Soprano a lo largo de las generaciones.

Por su parte, aunque se recuesta demasiado en los tics y las perlas rencorosas que tan bien llevó a cabo Dominic Chianese en la serie, Corey Stoll también es una de las figuras clave de la película. Su carácter ansioso y envidioso, pese a parecer silencioso, acaba resultando esencial en la trama de The Many Saints of Newark. Y a la vez, en retroactivo, en la de Los Soprano. Reescribiendo y sembrando dudas sobre un elemento concreto de la serie que prefiero no revelar. 

Los Moltisanti de Newark

Hay algo engañoso en la promoción de The Many Saints of Newark y su gancho hacia el público. La película no es la historia del joven Tony Soprano como parecía indicar el primer tráiler del film. La película es la historia del tipo que moldeó al joven Tony: Dickie Moltisanti, interpretado por Alessandro Nivola. A través de él, The Many Saints of Newark cobra sentido como exploración de un personaje que ya estaba muerto al empezar la serie. Como iremos descubriendo, él fue la personificación de muchos de los rasgos que luego vimos en el Tony de James Gandolfini.

Por eso mismo, y buscando una conexión de ultratumba que liga bastante con las salidas metafísicas que a veces tenía la serie, no resulta extraño que David Chase haya decidido que The Many Saints of Newark esté narrada por el espíritu del hijo difunto de Dickie Moltisanti. A Chris Moltisanti lo vuelve a interpretar Michael Imperioli, esta vez prestando solo su voz. Son sus palabras las que abren y cierran la película para reafirmar que, en efecto, se trata de una historia contada desde el punto de vista de los Moltisanti. Y al igual que la película, Chris juega con la ventaja de saber todo lo que ocurrirá.

Dickie Moltisanti (Alessandro Nivola), el patrón por el que se cortará el futuro Tony Soprano.

En este sentido, Nivola domina todo el relato del film. El actor consigue ser carismático, ademas de peligrosamente temperamental. Y es también quien más tajada saca de esta operación de nostalgia estratégica que es el conjunto del film. Puesto que, entre todo el panorama de referencias y recreaciones, él es uno de los personajes del que menos conocemos. Por ende, es de los que más puede aportar en las dos horas que dura The Many Saints of Newark.

Pese a todos sus defectos de fondo y forma, ‘The Many Saints of Newark’ sí consigue funcionar como una suerte de obertura musical a la ópera que fue, es y será ‘Los Soprano’.

Algo parecido le ocurre a Ray Liotta, en el papel dual del padre y el tío de Dickie. Así como a la italiana Michela De Rossi como la otra Moltisanti de la ecuación. Su Giuseppina Moltisanti es una recién llegada de Nápoles, aún con la idea del «sueño americano» intacta. Una inocente chica que pasa de los brazos del padre Moltisanti al los del hijo. Un triángulo amoroso que se extiende a otros personajes y que además, configura también un punto de origen, estético e idealizado, para la serie de amantes que coleccionó Tony más adelante. De hecho, como gran parte de las mujeres del universo Soprano, deviene en víctima del dominio masculino opresor y ejecutor. 

La otra pata del mundo Moltisanti es Harold McBryer, el colector afroamericano que trabaja para Dickie y aspira a llevar su propio negocio de apuestas. En otras palabras, desea emanciparse de la Mafia. Tal y como por aquel entonces hicieron otros mafiosos negros de Nueva York como Frank Lucas o Bumpy Johnson, a lo que hemos podemos ver recreados en la película American Gangster o la serie El padrino de Harlem. A Harold lo interpreta Leslie Odom Jr. (Hamilton) con buen resultado pero su personaje es víctima de ese pecado original anteriormente mencionado. Su posición respecto al negocio y la visión de Norteamérica que puede aportar es de lo más interesante del film, pero no aparece lo suficiente como para ser sustancial. Si The Many Saints of Newark fuese una serie o miniserie, Harold sin duda sería uno de los personajes más beneficiados.

Un juego de dualidades católico, apostólico y romano

Pese a todos sus defectos de fondo y forma, The Many Saints of Newark sí consigue algo destacable: Funcionar como una suerte de obertura musical a la ópera que fue, es y será Los Soprano. En este nuevo film muchos de los temas que la serie exploró aparecen planteados en forma de anticipo. Como si se tratara de un avance temático que nos prepara para lo que llegará a continuación. Es un proceso ventajista por su cronología inversa pero que sin duda, es lo que más sentido da al film. Por eso se trata irremediablemente de una película que deben ver quienes hayan visto la serie o en menor medida, para quienes estén a punto de verla. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Lo más relevante de este esquema de obertura introductoria es el juego de dualidades constante que ofrece The Many Saints of Newark. Tanto como espejo general de la serie original, como en sí misma, la contraposición de elementos aparentemente contradictorios y su intrínseco «tira y afloja» es la base de lo que nos quiere contar la película. Ahí tenemos al personaje doble que interpreta Ray Liotta; dos hermanos gemelos totalmente opuestos. Uno, el padre de Dickie, es la figura dominante que infiere terror y respeto desde el altar familiar. Mientras que el tío es la figura desconocida y apartada que, más adelante desde la cárcel, ejerce de consejero espiritual de Dickie. Se trata de un criminal que acepta sus pecados y paga por ellos, al contrario de lo que hace el resto de gente que habita en el mundo de Dickie.

Livia y Tony comparten escena en la cocina familiar.

También existe la dualidad entre Dickie y Tony. La influencia a priori bien intencionada del primero termina por ser una mimesis perversa en el segundo, que heredará también todos sus defectos y pecados. Sin olvidar que, a lo largo de sus respectivas vidas, estará también presente la dualidad entre el querer ser una buena persona y el dejarse llevar por su faceta más sociópata y asesina.

A su vez, potenciada por otro juego de dualidades muy propia de Los Soprano: el de la idealización romántica de la vida mafiosa antigua –esas referencias constantes a El Padrino– y del macho hollywoodiense clásico –como decía Tony Soprano más de una vez, «¿Donde están los tipos fuertes y silencios de antes como Gary Cooper?– frente a una realidad en la que el cerco policial es cada vez más estrecho, la muere llega más pronto que tarde y donde la sensibilidad y los sentimientos que experimenta el adolescente Tony deben ser capados para convertirse en el macho que se espera que sea.

En el mundo católico, apostólico y romano de Los Soprano, las personas pueden ser santos y pecadores a la vez. Porque según quién los juzgue, serán una cosa u otra.

Sin olvidar cómo son vistas las mujeres de ese mundo a lo largo de The Many Saints of Newark. A través de esa dualidad católica que tan al extremo ha llevado la cultura mediterránea, y que un director como Martin Scorsese ha expresado en numerosas películas: la de la santa o la puta. O la Madonna e la Puttana. Todos los mafiosos retratados en la serie y la película tienen una esposa, que debe cumplir el papel de santa madre, pura y lista para ser idealizada. Al mismo tiempo tienen una amante, la goomah, utilizada solo para el placer sexual y el alarde ante el resto de machos.

Pese a que sean dos roles diferenciados, en principio, en mujeres distintas, a los ojos de estos hombres, cada mujer tiene la capacidad de pasar de Madonna Puttana en cualquier momento. Y eso se transmite de padres a hijos, y de figuras paternas como Dickie a figuras filiales como Tony. Por eso a Livia Soprano se le une ahora Giuseppina Moltisanti. Juntas como dualidad,  marcarán la manera de ver a las mujeres que tendrá Tony, con trazos de complejo de Edipo incluidos.

Y por descontado, ahí está continuamente la doble moral mafiosa en la que los valores positivos de la familia y la religión son pervertidos por la activad criminal con la que llenan sus bolsillos de dinero y sus platos de comida. Una dualidad moral manchada además por sentimientos católicos como la culpa y la redención. ¿Y cómo se limpia todo eso? Mintiéndote a ti mismo, tal y como enseña Dickie a Tony cuando le regala unos potentes bafles JBL robados. Es decir, nunca se limpia. 

Leslie Odom Jr. como Harold McBryer en un momento de la precuela. 

En el mundo católico, apostólico y romano de Los Soprano, las personas pueden ser santos y pecadores a la vez. Porque según quién los juzgue, serán una cosa u otra. Y porque gracias al perdón llegarán a ser santos una vez pasen a mejor vida. Un choque doble que se ve perfectamente en esa cosa tan de la Livia Soprano de la serie, alabando constantemente a su difunto marido («tu padre era un santo») mientras que la Livia de la película debe sufrir las vejaciones del marido vivo.

La vida contra la muerte. O mejor dicho, cómo vemos una vida a través de la muerte. El mismo proceso por el que pasará el protagonista Dickie Moltisanti. A los ojos del joven Tony será un santo, y con el paso del tiempo, aún más. Pero como vemos en The Many Saints of Newark, Dickie es otro ejemplo más de un detestable pecador que merece ser castigado. Un criminal capaz de las bajezas más despreciables, destinado a pudrirse en el infierno junto al narrador de la película –su hijo– y probablemente también junto al sobrino que lo idolatra. Del mismo modo, los pecados de The Many Saints of Newark quedarán atrás y nos servirán para recordar las bondades idealizadas y sacralizadas de Los Soprano. Para finalmente darnos cuenta que ni unos ni otros serán nunca santos. 

Escrito por Guillem F. Marí en noviembre 2021.

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