Crítica ‘Cochinas’: a las mujeres también les gusta el porno
Crítica de la serie

‘Cochinas’: a las mujeres también les gusta el porno

'Cochinas' (Prime Video) transforma la Valladolid de 1998 en un escenario donde la represión y el deseo colisionan sin disimulo, convirtiendo un modesto videoclub en el epicentro de una sátira reveladora sobre la moral de provincias.

Valladolid, 1998. Sendos datos, la ciudad y el año en el que se desarrolla Cochinas (2026), la serie creada por Carlos del Hoyo (Señoras del Hampa, Mariliendre) e Irene Bohoyo (Todos los lados de la cama), no son gratuitos. La capital pucelana es una ciudad de provincias conservadora, relicario cerrado a la modernidad, los ánimos empapados por el hisopo de la beatería. Desplazarnos a los últimos años del siglo pasado, un tiempo ahora remoto en el que todavía existía el VHS y los móviles eran tan inteligentes como JD Vance, cumple con idéntico propósito, colocarnos en las coordenadas previas a un doble cambio, de milenio y de mentalidad.

En ese contexto se desempeña Nines (Malena Alterio), ama de casa de misa semanal, modelo de recato, imagen de marca de lo que debe ser una señora católica, apostólica y romana. A su cargo tiene a una hija adolescente militante en la revolución hormonal y un hijo al que, para espanto de su madre, le gusta emperifollarse como una vedete y cantar el ‘Ven devórame otra vez’ en la versión de las Azúcar Moreno. Cierra el cuarteto familiar Mariano (Chani Martín), su señor marido, gerente del videoclub Dorothy, un tipo que no vería el camino de baldosas amarillas ni aunque se lo indicase un señalero aeroportuario y con una mano para los negocios digna de un crupier con discalculia.

Parodia los clichés del llamado cine para adultos, y por fortuna, no se queda ahí, sino que se esfuerza por poner en tela de juicio unos cuantos tópicos

Lo peor no es que Mariano sea un manirroto, alguien que cree que la pasión cinéfila equivale a tres años de marketing, lo peor es que un accidente le dejará en coma y obligará a Nines a cargar con las obligaciones familiares. Nines, que lo único que ha hecho en su vida son croquetas e ir a misa. Nines, que veía La túnica sagrada (Henry Koster, 1953) en Semana Santa y ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946) en Navidad. Pobre Nines.

Cochinas

Malena Alterio es Nines en ‘Cochinas’.

Y allá que va ella, dispuesta a levantar un negocio en ruinas custodiado por Chon (Celia Morán), una dependienta con más empuje que un tren de mercancías, y Agus (Álvaro Mel), un apocado empleado al que siempre le sale el sigue buscando en el rasca y gana de la vida.

Secundada por esos dos escuderos, siempre a la greña con Chon, Nines descubrirá que para salir a flote no le quedará otra que contravenir sus principios. Porque la única vía para recuperar la clientela perdida y sanear las cuentas del endeudado videoclub pasa por ampliar la sección de X de su establecimiento. Porque, albricias, la regente del Dorothy descubre que bajo el tul plomizo que cubre la rancia moral vallisoletana, bulle una corriente de deseos insatisfechos que necesita ser encauzada.

Sin abandonar un determinado modelo de comedia costumbrista, lo cierto es que ‘Cochinas’ traza un camino alternativo dentro de su conexión con lo popular

Ahí es donde Cochinas encuentra un filón, en la explotación de las contradicciones entre una moralidad revenida y la revitalización empresarial vinculada a un movimiento de emancipación, pues viola las normas  del sistema represivo que ha tenido a Nines, y a tantas otras mujeres, maniatada toda su vida. Ya la secuencia de apertura – un enorme Cristo rebotando contra la pared mientras Nines y Mariano copulan; ella con indiferencia funcionarial, el con frenesí conejil- pone ante nuestros ojos cuáles son las intenciones de sus creadores.  El mejor ejemplo lo encontramos en las continuas alucinaciones de Nines, que ve como sus deseos reprimidos se manifiestan en forma de visiones que, simultáneamente, la perturban y la atraen.

Desde los hilarantes créditos, la serie parodia los clichés del llamado cine para adultos, solo que, por fortuna, no se queda ahí, sino que se esfuerza por poner en tela de juicio unos cuantos tópicos y por analizar según qué estereotipos, sin duda culpables de la generación de determinadas actitudes con respecto al sexo (véase la evolución del personaje encarnado no por casualidad por Daniela Blume, que pasa de actriz porno a directora de películas X con perspectiva femenina).

Cochinas

Malena Alterio, Álvaro Mel y Celia Morán protagonizan ‘Cochinas’.

El genérico ya muestra, además, el regusto pop de una serie que provoca accidentes de sentido al hacer colisionar pasodobles asociados a la España cañí con una imaginería softcore; una propuesta que abunda en la cita cinéfila y que delimita su contexto recurriendo a iconos de la cultura popular del momento, del ‘Amiga mía’ de Alejandro Sanz al ‘Mi vida eres tú’ de Rudy la Scala que sobrevolaba los inicios de cada episodio de Cristal (Delia Fiallo, 1985-1986).

Nos ofrece un amplísimo muestrario de todo lo que se sale del espectro heteronormativo a todos los niveles

Sin abandonar un determinado modelo de comedia costumbrista – algo que hace que la serie en ocasiones se decante por los sermones explicativos, tal y como vemos, por ejemplo, en el capítulo quinto, con ese parlamento a propósito de las posibilidades que ofrece el cine -, lo cierto es que Cochinas traza un camino alternativo dentro de su conexión con lo popular. ¿Cómo? Por la vía argumental propone la creación de un videoclub convertido en cinefórum para mujeres de todas las edades en el que se reúnen para ver películas pornográficas y analizarlas, todo ello como paso previo para compartir sus experiencias sexuales, en lo que pasa a definirse como un espacio seguro que funciona por oposición al bar castizo en el que sus maridos juegan al mus y beben coñac.

En cuestiones de representación se nos ofrece un amplísimo muestrario de todo lo que se sale del espectro heteronormativo a todos los niveles: desde la diversidad física (hombres y mujeres de todos los tamaños y dimensiones), a la etaria (el sexo desenfrenado en las residencias de ancianos), pasando por los distintos tipos de orientación sexual – el premio se lo lleva Irene (Ana Mencía), lesbiana con síndrome de Down, … Todo ello mostrado sin tapujos (hay más desnudos que en el Interviú) y sin condescendencia.

Cochinas

‘Cochinas’ se estrena el 24 de abril en Prime Video.

En lo visual, la nueva producción española para Prime Video comandada por la directora Ana Jaurrieta – dirige la mitad de los episodios, el resto se los reparten Laura M. Campos y Núria Gago – demuestra su astucia a la hora de alterar los patrones de los géneros clásicos, algo que ya se observaba en Nina (2024), su anterior película, si bien aquí todo se desplaza hacía el terreno del humor; Mariano protagonizando una secuencia que parece sacada de un spaghetti western de Enzo Barboni en el capítulo final, con un copazo de sol y sombra como atrezo distintivo.

Quizá lo menos importante sean las pruebas que Nines deberá superar para que el negocio, ahogado por las deudas, sobreviva. Dicho de otro modo, Cochinas funciona a partir del encadenado de secuencias entre inspiradas y cachondas, más que en virtud de su diseño general, con personajes apenas desarrollados o de los que los guionistas se olvidan, como es el caso de Encarni (Celia de Molina). Estamos, por definirla de algún modo, ante una comedia impresionista en la que el videoclub se convierte en metáfora de la propia serie, pues termina siendo el gran escaparate de las diversas conductas sexuales que a una sociedad carpetovetónica no lo quedará más que aceptar. Valladolid entrando en el siglo XXI.

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