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Cartel promocional de la serie 'Task'.
‘Dios ha salido en viaje de negocios. ¿Quiénes son los que dejamos a cargo? Asesinos, ladrones y abogados’, cantaba Tom Waits. En Task, lo último de HBO, Dios se ha ido, no ha dicho si piensa volver y el contestador automático ya está lleno. Por ella se arrastran tipos que no saben qué hacer consigo mismos y que lidian con traumas del tamaño de un piano de cola día sí, día también. Ellas ya se han ido o no tienen intención de entrar al trapo y ellos saben que la soledad es el menor de sus problemas.
En este paisaje de tierra quemada, Brad Ingelsby (el creador de Mare of Eastown), sitúa a dos hombres que se parecen más de lo que desearían pero que están condenados a batirse en duelo porque residen en universos enfrentados. Uno es Robbie Prendergrast, un basurero metido a ladrón (Tom Pelphrey) que roba porque le gusta pensar que con el botín suficiente podría optar a algo distinto, a algo mejor; el otro es Tom Brandis, un agente del FBI (Mark Ruffalo) que ha abandonado el sacerdocio, sin saber si fue él el que perdió la fe o la fe la que le perdió a él.
Task rehúye los tópicos de perseguidor y perseguido y aunque hay tiroteos y persecuciones, todo ello parece una pausa obligada en el estudio de la complejidad que muchas veces acompaña a la condición humana
Uno es un hombre que vive de prestado en una casa que no es la suya, criando a una familia que de algún modo no le pertenece y el otro intenta ser el faro de una adolescente para la que más que invisible es transparente. Por si fuera poco, los dos son incapaces de entender que están luchando contra molinos de viento, flotando sobre el espejismo de un futuro donde todo esté un poco más ordenado.

Tom Pelphrey es Robbie Prendergrast en ‘Task’.
Así, nadando contracorriente, Task cuenta la sempiterna historia del policía que persigue al delincuente, más porque se supone que eso es lo que debe hacer que por una convicción laboral que parece haberse esfumado como el humo de un cigarrillo. Además, si el ladrón tiene que cargar con dos cómplices sin más horizonte que la pasta, el agente ve cómo le asignan a dos compañeras que parecen salidas de una tienda en liquidación y a un botarate que no mejora a las compañeras. Un equipo (el ‘task’ del título) casi de comedia que haría que el Gary Oldman de Slow horses soltara una ristra de pedos y media docena de eructos.
El show nunca se disfraza de nada que no sea lo que es: un retrato preciso de lo que pasa cuando alguien ha tapiado la luz al final del túnel
Pero al contrario de lo que sucede con los rezagados de Oldman, en Task se intuyen pinceladas de humor negro que solo son eso, pinceladas. El pozo en el que se mueven los protagonistas no casa bien con los grafitis, el cachondeo y las salidas de tono. En cambio, la serie opta por seguir el mapa del poeta John Milton, que hace más de 300 años ya advertía que, ‘largo y tortuoso es el camino que conduce de la oscuridad a la luz’. Por eso Task rehúye los tópicos de perseguidor y perseguido y aunque hay tiroteos y persecuciones y apuntes de procedural, todo ello parece solo una pausa obligada en el afilado estudio de la extrema complejidad que muchas veces acompaña a la condición humana, plasmada aquí sin moralejas ni disquisiciones filosóficas, en la crudeza del que se encuentra atrapado en su propio cuerpo.
Task pertenece a esa especie que hemos visto proliferar desde la llegada de HBO al juego de la tele: las series a las que –aparentemente– no les importa moverse en los tempos del señor que se distrae mirando una nube y es en ese ánimo contemplativo que a veces parece difuminar la realidad para meternos de lleno en la piel de sus protagonistas lo que la hace valiosa. El show nunca se disfraza de nada que no sea lo que es: un retrato preciso de lo que pasa cuando alguien ha tapiado la luz al final del túnel.

Mark Ruffalo es Tom Brandis en ‘Task’.
Además, la serie goza de uno de los mejores diseños de producción que hemos visto este año en el universo del streaming, cortesía de Keith P. Cunningham, un tipo que tiene en su currículum monstruos del tamaño de Zodiac, Señales o Traffic y que aquí convierte el cuartel general de los buenos en una de esas casas a los que uno mandaría al matrimonio Warren y al Padre Karras con una tonelada de crucifijos. Una guarida sucia y maloliente que es casi la escenificación material de la oscuridad que respira Brandis en cada escena de Task, un hogar decadente que deja claro al espectador que la misión en cuestión tiene la misma importancia para el FBI que el robo de un plátano en un Trader’s Joe en New Jersey el día de Navidad.
Al final de ‘Task’ es imposible no llegar a la innegable conclusión de que, no hay nada más tozudo que la mala fortuna
Lo mejor del nuevo show de Ingelsby es la ausencia de cualquiera de esos personajes que abundan en la televisión moderna: los aprendices de Pablo de Tarso que encuentran a Dios un día cualquiera se perdonan a sí mismos mientras deletrean lentamente la palabra, ‘redención’, y proceden a fingir que aquí no ha pasado nada. En el páramo de Task no hay sitio para trileros y los pecados de los padres pasan a los hijos y los de estos a los nietos, nadie olvida nunca nada y hasta es bastante probable que al morir te vayas de cabeza a las calderas del infierno.

Los dos primeros espisodios de ‘Task’ están disponibles en HBO.
Y sí, por supuesto, lo que nos arrastra de un episodio al siguiente es ese relato de ladrones que roban a traficantes y a los que su espíritu amateur mete en un lío de dos pares de cojones y del equipo del FBI que les da caza con más torpeza que brío y menos habilidad que suerte, porque al fin y al cabo sería excesivo sentar a Pelphrey y Ruffalo en los escalones de una casa cualquiera, de un barrio cualquiera, y dejar que la cámara les despelleje sin necesidad de que abran la boca.
Sus rostros son un espejo que le devuelve al espectador un reflejo cristalino que conjuga todas las formas del verbo, ‘perder’. Y es que al final de Task es imposible no llegar a la innegable conclusión de que, no hay nada más tozudo que la mala fortuna. Si se encapricha contigo, ya puedes rezar para que Dios no haya salido en viaje de negocios.

