Sobre la memoria audiovisual

Say their names

Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado. Carguen con el aforismo nichiano hasta el punto y final de este artículo.

Hace mucho tiempo, antes incluso de que Satanás abandonase su llameante chabola para pulular por la tierra de los mortales con el seudónimo de Spoiler, bajo la tiranía de una televisión estéril gobernada por las fuerzas oscuras crecieron nuestros héroes. La esperanza de un futuro exento de mediocridad televisiva les condujo a un entrenamiento sin descanso, al más puro estilo Oenomaus, siempre con la vista vuelta hacia las artes luchadoras de los guerreros más cremas del olimpo cinematográfico. Un poder latente, alimentado gota a gota durante años, que acabaría por irrumpir en las cadenas como un maremoto sobre un barquito de papel cebolla. Los cinéfilos habían conquistado la televisión. Una nueva guerra veía la luz.

Desde las incontables parodias de Los Simpsons hasta el momento casi costumbrista que viven Walter White y Walter White Junior sentados frente al televisor disfrutando la Scarface de Brian De Palma, y pasando por la siempre hilarante imitación de Michael Corleone con la que Silvio Dante nos tenía acostumbrados en Los Soprano, se despliega todo un submundo de referencias a la gran pantalla en la ficción televisiva contemporánea. Una práctica cultivada bajo el pretexto artístico y moral del homenaje, pero que en ocasiones remite más a una declaración de superación: el imaginario televisivo engullendo el imaginario cinematográfico.

«El manido discurso que proclama que el mejor cine está teniendo lugar frente a los sofás de los hogares hace oídos sordos a las reivindicaciones de singularidad que viene haciendo la serie como ente emancipado»

Pero no es ésta una superación en términos de calidad, o al menos no necesariamente. El manido discurso que proclama que el mejor cine está teniendo lugar frente a los sofás de los hogares hace oídos sordos a las reivindicaciones de singularidad que viene haciendo la serie como ente emancipado, cuyo lenguaje temporal y psicológico lo convierten en incomparable. El cine es el cine. La serie es la serie. La superación es en este caso en términos de penetración simbólica: la huella que asienta la ficción televisiva, semana tras semana, en el imaginario audiovisual colectivo, se está volviendo más robusta que un metapod.

En estos tiempos nuestros de identidades débiles e inconcretas, la cultura es más que nunca un complemento estético. Y desde que un puñado de mindundis se estrellaran en una isla camino de Sidney, las series de televisión se han erigido entre todas las artes como el argumento más definitorio de la personalidad. La gente ya no es de Godard o de Truffaut: es más de Peaky Blinders o de Boardwalk Empire. No silban la banda sonora de Jurassic Park: silban la intro de Juego de Tronos. Y por supuesto nadie aspira a ser un motero sin ley a causa de Easy Rider: todos quieren una parca en la chaqueta que los convierta en el anhelo carnal de todas las mujeres de este mundo.

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Afrontémoslo: el mundo ya ha cambiado. Puedes olerlo en la nostalgia de esa camiseta sucia abandonada al fondo del armario desde la cual alguien asegura ser tu padre. Puedes oirlo en los ‘say my name‘ que gritan unos calvos con sombrero desde la superficie de una sudadera. Puedes tocarlo, incluso, en esas astas de ciervo que ya no conducen al bueno de Bambi sino a una Lousiana hostil y sombría como la cara de Slenderman. Hace casi diez años que las islas dejaron de ser el hogar de Robinson Crusoe. Algo menos desde que los gladiadores cambiaran el honor por el slow motion. Menos aún desde que Sherlock Holmes comenzara a usar smartphone.

Los símbolos ya no revelan las mismas verdades. Sacudidos por razones que darían para un año de artículos, hemos destituido a los antiguos demiurgos del lenguaje visual popular, capitaneados por Kubrick, George Lucas y Peter Jackson, para encumbrar a aquellos héroes de empedernida cinefilia que un buen día asaltaron la hasta entonces deprimida televisión. Chase, Gilligan, Sutter, Pizzolato… Quizá ni siquiera sepas quienes son, pero definitivamente ya no puedes entender el mundo sin ellos.

Escrito por Juan Antonio Navarro en enero 2015.

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