'Muerte por un rayo' (Netflix): Disparar a pie de página
Crítica de la serie (Netflix)

‘Muerte por un rayo’: Disparar a pie de página

Las vidas del vigésimo presidente de los Estados Unidos, James Garfield, y del tipo mentalmente inestable que le disparó, se cruzan en un drama histórico notable. A pesar del tono ligeramente hagiográfico con que se presenta a Garfield, acaba ofreciendo un estudio psicológico muy completo de dos personajes unidos por la fatalidad y una visión apasionante de los mecanismos del poder en Washington
Muerte por un rayo

Michael Shannon interpreta al 20º presidente de los Estados Unidos, James Garfied en 'Muerte por un rayo'.

Aunque las citas atribuidas a personalidades históricas a menudo debería verificarlas un forense, aceptaremos que James Garfield, presidente fugaz de los Estados Unidos entre marzo y septiembre de 1881, escribió lo siguiente: “Ni el asesinato ni la muerte por un rayo pueden preverse con certeza. Lo mejor es no preocuparse por ninguna de las dos posibilidades”. Podría haber sido la máxima oculta en una galleta de la suerte especialmente filosófica, destinada a contradecir la proliferación de tanto true crime.

En cambio, esta miniserie de cuatro episodios disponible en Netflix, Muerte por un rayo, nos viene a demostrar que el pobre míster Garfield andaba desencaminado. Puestos a consultar las estadísticas, por pura curiosidad, actualmente la probabilidad de morir asesinado en los Estados Unidos es de una entre 157, con obvias oscilaciones según la clase social, la raza o el lugar de residencia, mientras que la de ser atravesado por un relámpago con un sentido algo sádico de la puntería sería de una entre 500.000. En el siglo XIX los porcentajes serían diferentes, pero por ahí andaría la cosa.

James Garfield nos es presentado como un héroe de la Guerra de Secesión, mucho más cómodo entre los sembrados de su granja familiar de Ohio que en los pasillos plagados de minas de las convenciones políticas, punto de salida de un laberinto espinoso susceptible de desembocar en el Despacho Oval.

En principio, Garfield acepta moverse de su Shangri-La agrario para apoyar a un compañero del Partido Republicano que quiere ser candidato a la presidencia. Pero acaba aupado a la nominación por sus convincentes capacidades oratorias. Es el tipo tranquilo y honorable que no renuncia a hacer uso de una voz atronadora, el granjero amable que puede mutar en Zeus justiciero. A su mujer le había prometido que en unos días volvería al redil, y quizás era honesto respecto a las pocas ganas de afrontar el paripé electoral. Aun así, en el fondo de sus ojos hundidos entrevemos un destello de ambición.

Dos hombres y un destino

Para Garfield, dejarse tentar por el gusanillo roedor del poder tendrá consecuencias catastróficas. Y que nadie nos venga con spoilers, que Muerte por un rayo narra un asesinato presidencial histórico, menos famoso que los de Lincoln y Kennedy, pero absolutamente verídico. En el otro lado del ring en que a menudo nos coloca la vida le espera un tipo mentalmente inestable, Charles Guiteau, un buscavidas pendenciero, mentiroso compulsivo con sueños de grandeza que malvive a base de estafas.

‘Muerte por un rayo’ es la crónica de un magnicidio anunciado, basada en la obra de no ficción de Candice Millard ‘Destiny of the Republic’, en la que los hilos del azar se van embrollando a la vista del espectador.

Sus delirios le llevan al peor autoengaño, el de creerse destinado a la gloria. Seguidor acérrimo de la campaña de Garfield, acaba convenciéndose de que su apoyo anónimo ha sido decisivo para su elección. Por eso se dedica a acosar al flamante presidente, y a su entorno, reclamando un puesto en la administración, una ruta guiada por el camino del éxito. De ahí a la frustración y a la caída del ídolo hay solo un paso.

Guiteau es el patético antepasado de John Hinckley Júnior, el que atentó contra Ronald Reagan para impresionar a su admirada Jodie Foster, o de Mark David Chapman, que asesinó a John Lennon por puras ansias de notoriedad horas después de que le firmara un disco. La miniserie juega a entrecruzar hábilmente los destinos de dos hombres situados en las antípodas morales, aunque igualmente preocupados por su legado. Ambos se plantean cómo arañar la inmortalidad, con métodos radicalmente diferentes. Una vez haya cometido su crimen, lo peor que le puede escupir a la cara al asesino la viuda de Garfield (magnífica Betty Gilpin, la amiga de Alison Brie en Glow) es que no va a ser más que una nota a pie de página en los libros de historia. Eso sí que escuece. Muerte por un rayo

Duelo a la sombra Muerte por un rayo

Michael Shannon consigue que su mirada siempre inquietante (Revolutionary Road, La forma del agua…) no sea un obstáculo para transmitir la sabiduría venerable del hombre de Ohio, supuestamente avanzado a su época. Nunca sabremos cuántas buenas intenciones se hubieran traducido en acciones concretas de no haberse cruzado un lunático en el camino del presidente Garfield, y es por ello que su retrato peca un poco de hagiográfico. El orgullo patriótico se filtra en una cierta idealización del personaje, afortunadamente sin llegar al extremo de mostrar una bandera al trasluz, al son de una corneta. Eso sí, podríamos apostarnos alguna extremidad a que, como presidente republicano, Garfield le daba mil vueltas en integridad, dignidad y empatía al actual inquilino de la Casa Blanca, teórico compañero de partido.

Matthew Macfadyen interpreta al asesino paranoico Charles J. Guiteau.

El duelo actoral se resuelve en tablas. El asesino paranoico, Guiteau, es interpretado con igual solvencia por Matthew Macfadyen. El actor británico da vida a un ciudadano norteamericano empeñado en subrayar lo exótico de su apellido francés, como tantos otros en esa época, obsesionados con su falta de pedigrí. Veinte años atrás, Macfadyen suscitaba los suspiros de Keira Knightley, que resonaban y encontraban un eco en las plateas de medio mundo, al encarnar a Míster Darcy en la gran versión de Orgullo y prejuicio dirigida por Joe Wright. Ahora el actor le ha dado un giro a su imagen pública. Parece empeñado en asumir personajes antipáticos y desagradables, tras haber sido el cuñadísimo de Succession, uno de los seres más babosos de la televisión reciente. Hay que aplaudir a Macfadyen por la valentía de escoger papeles tan resbaladizos.

La política, deporte de riesgo 

Muerte por un rayo es la crónica de un magnicidio anunciado, basada en la obra de no ficción de Candice Millard Destiny of the Republic, en la que los hilos del azar se van embrollando a la vista del espectador. Destaca también por su descripción de los resortes del poder, de los pasillos oscuros que hay que atravesar para alcanzar la meta. En estas trincheras aparece un malo malísimo, un antagonista cargado de furia y rabia. En este caso es Roscoe Conkling, político corrupto que basó su influencia sobre el Senado en el control del comercio aduanero en el puerto de Nueva York; le presta su rostro el actor Shea Wigham, que ya había coincidido con Shannon en la prematuramente olvidada Boardwalk Empire.

Muerte por un rayo

Muerte por un rayo ya está disponible en Netflix.

De acuerdo, la realidad puede llegar a ser maniquea hasta extremos inverosímiles. Pero los espectadores agradecemos los arcos dramáticos complejos, que huyan del trazo preciso y previsible del compás. Ahí se alza por méritos propios uno de los personajes más interesantes, Chester Arthur, aliado político de Conkling y vicepresidente de Garfield por una cuestión de equilibrios entre facciones rivales. Es un papel perfecto para Nick Offerman, actor de Parks and Recreation, a quien podemos recordar de uno de los capítulos más comentados de The Last of Us, aquella ficción encapsulada en ella misma sobre el amor y el paso del tiempo titulada “Long, Long Time”. Su interpretación del vicepresidente Arthur, nadador perpetuo entre dos aguas, símbolo del hombre que renunció a la ideología por el patrón dólar, resulta ser la más matizada de un reparto ciertamente espectacular.

David Benioff y D.B. Weiss ahora nos regalan cuatro horas electrizantes de televisión, que priorizan la narración a la divulgación.

Sorprende descubrir detrás de esta ficción basada en hechos históricos, creada y escrita por Mike Makowsky, a una pareja de productores que habitualmente nos suele trasladar a mundos de fantasía tan lejanos como los Siete Reinos. David Benioff y D.B. Weiss fueron los responsables de culminar lo que George R.R. Martin parece haber dejado para siempre en el congelador. Puede que la conclusión de Juego de tronos disgustara profundamente a algunos, sobre todo a los que tuvieron la ocurrencia de llamar Daenerys a una hija suya, pero ahora mismo ese es el único final existente de Canción de hielo y fuego.

Incluso se han atrevido con el reto de adaptar la trilogía de ciencia-ficción especulativa de Cixin Liu, El problema de los tres cuerpos, despojándola de parte de su densidad conceptual y de sus referentes orientales sin morir en el intento. Ahora nos regalan cuatro horas electrizantes de televisión, que priorizan la narración a la divulgación, un viaje hacia unos tiempos en que el barniz de civilización aplicado sobre el Far West no era suficiente para frenar a los justicieros salva-patrias. Tampoco es que hayamos avanzado mucho. Siglo y medio después, son algunos de estos iluminados los que ocupan la presidencia, y no únicamente en Estados Unidos. Realmente, cada vez parece más probable que nos pueda partir un rayo…

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