“Los gozos y las sombras”: Yo no soy yo, evidentemente.
Series para la historia VIII

“Los gozos y las sombras”: Yo no soy yo, evidentemente.

Emitida en TVE en el primer semestre de 1982, Los gozos y las sombras es una magnífica lectura de la trilogía homónima de Gonzalo Torrente Ballester. Más de cuarenta años después de su presentación en la pequeña pantalla, la serie sostiene a la perfección sus valores artísticos. El aficionado puede descubrirla en RTVE Play, o regresar a las imágenes llevadas por unos inolvidables Poncela, Larrañaga y López.

El señor llega

El fallecimiento de Eusebio Poncela el pasado 27 de agosto cambia forzosamente una parte del sentido de este texto. Así, al recuerdo de la serie de TVE se unen algunas palabras de elogio hacia el actor desaparecido. La representación del papel del señorito Carlos Deza implica un regreso victorioso a los espacios de televisión, después de su intervención en los pasados Los libros (1974-1977), Curro Jiménez (1976-1979) y, en especial, Estudio 1 (1974-1979), donde trabaja en las adaptaciones de “Mirando hacia atrás con ira” o “Hedda Gabler”, y también la conquista de un fugaz reconocimiento popular, después de convertirse en una de las figuras más excepcionales del underground por su inolvidable interpretación del cineasta en la maldita Arrebato (1979), de Iván Zulueta.

De todos los papeles de Eusebio Poncela tal vez, el de Los gozos y las sombras es el que justifica una mayor consideración por su asombroso sentido del equilibrio y la quimérica tendencia hacia una pureza imposible

Eusebio Poncela es uno de los artistas de la interpretación más sobresalientes de la historia del cine español, acaso el más especial, y uno de los más desaprovechados e incomprendidos. En realidad, más allá de Zulueta y quizá el Almodóvar de La ley del deseo (1987), en la que otra vez da vida a un director de cine amarrado al abismo, nadie supo, o pudo, sostenerle la mirada; a lo mejor, Eloy de la Iglesia, otro de los condenados importantes de la cinematografía nacional, en La semana del asesino (1972), el primer papel verdaderamente destacado en la gran pantalla, por la cual hace de voyeur manipulador y morboso, es decir, de alter ego. Quizá esta fue una de las penas de arte del madrileño.

Naturalmente, en la mejor etapa de su carrera en cine, de 1972 a 1988, no solo afronta cometidos intensos emplazados en la penumbra existencial, artística o política. De todos los papeles moderados del periodo, tal vez, el de Los gozos y las sombras es el que justifica una mayor consideración por su asombroso sentido del equilibrio y la quimérica tendencia hacia una pureza imposible. Ese descendiente último de los antiguos patrones de una villa situada en la costa gallega, Pueblanueva, de regreso después de una efímera y frustrante aventura europea, permite al artista investigar y descubrir emociones y aspiraciones, generalmente, desatendidas de su personaje característico.

Eusebio Poncela

Eusebio Poncela es Carlos Deza en ‘Los gozos y las sombras’.

Carlos Deza incita a Poncela a profundizar en un romanticismo anacrónico, no por fabuloso desprovisto de alucinantes zonas de sombra. La conexión del actor y el personaje es natural e inmediata. Incluso, a veces, durante el transcurso de la serie, es complicado, adivinar dónde está uno u otro de veras. Resulta muy sencillo imaginar, por ejemplo, al Poncela personal perseguir un ideal absoluto de libertad lo mismo que su personaje, mientras procura disfrutar de un hedonismo afectivo-sexual en un ambiente de incomprensiones y responsabilidades artificiosas.

Donde da la vuelta el aire

La serie de Rafael Moreno Alba comienza con el viaje de vuelta de Deza a Pueblanueva. Igual que incontables personajes de la literatura o el cine, el forastero, unido a una secuencia de ideales y esperanzas insólitas, llega a un lugar concreto, del que ya es miembro por un motivo u otro, social o filosófico, y enseguida choca contra sus costumbres y relaciones de poder. Una parte considerable de la obra a desarrollar a continuación se refiere justamente a las descripciones de la colisión y a la enumeración sentimental de las progresivas transformaciones experimentadas por el individuo y el sitio. Los gozos y las sombras mantiene esta configuración clásica y la explora durante sus trece capítulos.

Es muy interesante el progreso del personaje de la mujer en el conjunto, y muestra una ruta metafórica sutil pero vigorosa acerca de la gradual transformación de España en las jornadas últimas de la Segunda República

Con todo, el regreso del nuevo hombre moderno al entorno anticuado no es el único tema atendido. Sobre la base de las letras de Torrente Ballester, el director, sin perder de vista en ningún caso a la figura principal, plantea una suerte de comedia humana con la composición de retratos complementarios de los vecinos más relevantes. Así, a la imagen de Deza se suman las del boticario, el juez, algunos trabajadores del astillero, o la del dueño del establecimiento, Cayetano Salgado (Carlos Larrañaga), la acentuada némesis de ese héroe de fuera casi angelical. A la observación de estos hombres se une la de Clara Aldán (Charo López), la hermana de un comprometido sindicalista amigo íntimo del retornado.

Es muy interesante el progreso del personaje de la mujer en el conjunto, y muestra una ruta metafórica sutil pero vigorosa acerca de la gradual transformación de España en las jornadas últimas de la Segunda República. Clara en los primeros capítulos es fundamentalmente una personificación de un cierto ideal sexual del heteropatriarcado. Conforme el relato avanza, niega enérgicamente esa condición grosera y simplona, otorgada por esa representación hipócrita de las fuerzas vivas, reunidas ad aeternum en el humeante casino de la plaza mayor, hasta emanciparse afectiva y económicamente. El cuento de Clara Aldán contempla un proceso complejo de empoderamiento y negación de las pesadas tradiciones en una localidad cerrada, poco a poco, sacudida por el avance de las ideas modernas y los compromisos. Esta es una de las líneas argumentales más valiosas, y mejor especificadas, de la serie.

Los gozos y las sombras

Charo López es Clara Aldán en ‘Los gozos y las sombras’.

Otra, igualmente feliz, trata el antagonismo de Carlos y Cayetano. La explicación de su constante enfrentamiento remite a formatos clásicos, inclusive, en cierta forma, al mito de Caín y Abel. Camaradas en la infancia, a pesar de la rivalidad de sus familias, en la edad adulta pelean, constantemente, por sus diferencias emocionales e intelectuales. En esencia, y esto es otra característica común en la exposición de antagonismos, el uno es el reflejo sombrío del otro.

Esto, de vez en cuando, está muy claro, sobre todo en las secuencias de las agresiones de Salgado a su amante Rosario “La Galana” (Rosalía Dans) y a Clara, de la que se enamora casi en el acto final, o en la pelea brutal nocturna con un Juan Saldán (Santiago Ramos) convertido en ministro de la República, vista en el capítulo de cierre. Sin embargo, en algunos casos, “el villano” pone de manifiesto una fragilidad emocional que lo puede situar, a ojos del espectador, en un inesperado emplazamiento conmovedor y muy natural, alejado de la forzada sacralización remolcada por un Carlos mucho más caprichoso y egoísta de lo sospechado al principio.

Pese a tratarse de un rol complementario, el personificado por un brillante Larrañaga recibe una atención notable del realizador. No en balde, él es el auténtico protagonista del comienzo y no Poncela. De hecho, la serie propone el dibujo de un círculo narrativo con el inicio y el desenlace. En el capítulo 1 podemos ver ya el grave enfrentamiento personal y de clase de Cayetano con Juan.

La Pascua triste

En muchos momentos de Los gozos y las sombras el tiempo parece haberse detenido. En un cierto sentido, Carlos Deza vuelve a un pueblo donde la misma jornada se repite casi obsesivamente, o eso parece. Las transformaciones de diferente signo apreciadas en el exterior apenas son recibidas en forma de ecos lejanos. Naturalmente, la ojeriza por el nuevo vecino se fundamenta en la probable alteración del orden provocada por su entrada. Rafael Moreno Alba parece organizar las distintas secuencias desde la búsqueda de esa particular inmovilidad. A menudo, los capítulos parecen amontonar anécdotas sin determinar verdaderos avances en la historia. Esto, que en otros casos debería entenderse en forma de equivocación o incapacidad narrativa, es uno de los hallazgos más significativos de la traducción a imagen del texto.

La habitación devastada es la perfecta descripción moral y física de una derrota honda individual y también colectiva

Dado que, en líneas generales, contemplamos siempre un espacio detenido, las corrientes programadas nos impresionan y señalan cambios internos sustanciales. Los más extraordinarios se localizan en el capítulo último. Acá, en varias secuencias, el director se permite afianzar, al fin, el organismo metafórico valorado con delicadeza antes. Esta operación desemboca en la imagen más imponente y apreciable. Se trata del penúltimo plano de la serie. Después de recibir una paliza de Cayetano, tratando de auxiliar a Juan, Carlos ayuda a una Clara también golpeada.

Los gozos y las sombras

Fotograma de la escena final de ‘Los gozos y las sombras’. // Disponible al completo en RTVE Play.

La casa de la mujer está totalmente destrozada. La ira y la frustración amorosa del dueño del astillero acaba con todo, incluso con la única mujer a la que ha amado y que ahora ha decidido marcharse de Pueblanueva para vivir en Buenos Aires, muy lejos de los malditos fantasmas. Carlos y Clara, lastimados y afligidos, se acarician y consuelan como pueden, como saben, amarrados a una relación sentimental compleja, en un teatro de dolor y penas. La peculiar composición y toma del plano, muy abierto y algo picado, acentúa la ilusión de la escenificación. Por lo demás, ésta no es la única imagen curiosa del conjunto.

En muchos casos, el director presiona y desfigura las redacciones tradicionales a fin de rechazar un previsible academicismo y, sobre todo, con la rareza prevalente anunciar la inminencia del fin. La habitación devastada es la perfecta descripción moral y física de una derrota honda individual y también colectiva. El capítulo de cierre ocurre un poco antes del golpe de estado de julio de 1936 y el inicio de la Guerra Civil. El cuarto es una evidente visión del futuro trágico. En el último instante surge la cuestión esencial de la serie, el recuerdo de un tiempo desgarrado y de sus personalidades.

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