Los cómicos más peligrosos de América
Momentos estelares de historia de la televisión (IX)

Los cómicos más peligrosos de América

Durante décadas, los cómicos estadounidenses han sido algo más que simples oficinistas del humor, oficiando como cronistas incómodos, jueces irónicos y, en ocasiones, enemigos declarados del poder. Hoy día la sátira vuelve a ser tratada como una amenaza y la televisión demuestra que el humor sigue siendo un territorio peligroso para quienes no saben —o no quieren— reírse de sí mismos.

El político Roy Moore y el cómico Sacha Baron Cohen en 'Who is America?'

De todos los géneros de ficción, no pocos consideran que la comedia es el más difícil de todos. No pocos escritores y actores se han estrellado en este género. Y muchos siguen intentando cada año escribir o interpretar una gran comedia. Lejos de ser un género intrascendente o destinado únicamente a aliviar nuestros malestares emocionales, la comedia ha servido a altos propósitos críticos. La comedia es, valga aquí la perogrullada, asunto serio, como prueban las luchas abiertas en los últimos tiempos entre determinados humoristas y las facciones más recalcitrantes de la derecha estadounidense (lo que quizá podamos identificar con esas siglas algo imprecisas del MAGA, Make America Great Again). Y cuanto más conocido es el humorista, más problemas puede llegar a tener.

Jimmy Kimmel se refirió sarcásticamente a los seguidores MAGA y dijo de ellos que estaban intentando sacar provecho del asesinato del activista Charlie Kirk (también se rio del estilo afectado de Trump al lamentar la muerte del activista). La cadena ABC le canceló rápidamente Jimmy Kimmel Live!, y el presidente Donald Trump se felicitó por ello y aprovechó el momento para criticar también a Jimmy Fallon y Seth Meyers. Alguien podría decir que el trumpismo no hace demasiadas distinciones y que ataca por igual a tirios y troyanos. Eso es cierto, pero ataca con especial saña a los humoristas.

La sátira desnuda al emperador y, además, lo cuenta en voz alta

Parece que determinados políticos son capaces de resistir mejor la confrontación directa y el desprecio indisimulado que la ridiculización, un gesto que parece afectarles más. No sabemos si es por falta de sentido del humor o porque la comedia tiene esa extraña y casi mágica propiedad de desvelar ciertas realidades, dejando desnudo al emperador y, además, diciéndolo abiertamente a todo el mundo.

La FCC (la Comisión Federal de Comunicaciones) está en manos de un responsable nombrado directamente por Trump, y se ha quejado de la actitud de ciertas televisiones y de algunos cómicos. El presidente tiene, además, la costumbre de amenazar a los medios de comunicación con demandas millonarias. Le pasó a la CBS y le ha sucedido incluso a la mismísima BBC. La historia de Jimmy Kimmel acabó mejor de lo que cabría esperar. Disney, propietaria de ABC, hizo algunos movimientos para recuperar el programa. Lo definitivo fue que las emisoras locales levantaron el boicot que habían anunciado al show y, finalmente, tras una semana intensa, Kimmel volvió a la pantalla. Pero los avisos estaban dados y las amenazas generalizadas siguen sobre la mesa.

El caso de Kimmel generó además numerosas reacciones en el ámbito político. Se pronunciaron desde Obama hasta conservadores como Ted Cruz. Este último apoyó al cómico, demostrando un talante más conciliador que el líder de su partido. Kimmel se disculpó, agachó la cabeza y dijo que nunca había pretendido minimizar el crimen de Kirk. Este tipo de ceremonias de autoinculpación debilitan enormemente a la profesión de cómicos y presentadores, especialmente a los del late night.

Jimmy Kimmel, presentador del late-night talk show ‘Jimmy Kimmel Live!’.

A mediados del verano pasado la CBS anunció que el show de Stephen Colbert llegaba a su fin (si todo sigue igual, finalizará sus emisiones en mayo de 2026). A veces estos anuncios son globos sonda o estrategias comerciales, pero lo cierto es que, tras el anuncio, quien se felicitó públicamente por ello fue Trump, de nuevo. The Late Show se creó en 1993 por parte de la CBS para competir con el mítico The Tonight Show de la NBC. Ahora llega a su fin entre acusaciones de juego sucio político. Algunas voces han insinuado que la cancelación es el precio pagado por la autorización que la CBS —en realidad Paramount— necesita para llevar a cabo una fusión estratégica con Skydance Media.

Cortar la proyección en los medios es la estrategia favorita de los conservadores contra sus rivales, y está siendo efectiva

En un mundo que parece sugerir que nadie ve ya la televisión porque todo es un eterno vídeo de TikTok, hay, sin embargo, una guerra abierta por el control de los medios de masas tradicionales. Colbert entrevistó hace unos meses a Zohran Mamdani, que ha acabado ganando las elecciones a la alcaldía de Nueva York. No pocos atribuyen su victoria a la estrategia mediática del candidato, muy superior a la de sus rivales. Cortar la proyección en los medios es la estrategia favorita de los conservadores contra sus rivales, y está siendo efectiva.

Llegados a este punto, alguien podría preguntarse por qué tienen, aparentemente, tanta importancia las palabras, los chistes, los sketches y las tonterías varias que estos cómicos se sacan de la manga. ¿Qué importancia puede tener que un tipo como Colbert haga chistes sobre Trump, el presidente con más poder —todavía— de todo el mundo? ¿Por qué alguien como él le pide a la NBC que despida a Meyers? Y, más importante aún, ¿por qué de repente Meyers tiene que apelar a algo tan obvio como la libertad de expresión, e incluso citar la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, para justificar sus críticas?

El historiador y profesor Garritt C. Van Dyk se preguntaba en The Conversation si Trump sería capaz de resucitar las normas sobre los crímenes de lesa majestad. Ya se sabe: en determinados momentos históricos, criticar al monarca podía llevarte al cadalso. El más reciente ensayo del profesor Stephen Greenblatt, Renacimiento oscuro, lo explica con claridad.

No tenemos una respuesta convincente para el dilema que plantea el caso de Trump, pero quizá nuestro momento televisivo pueda aportar algo de luz sobre la problemática aquí esbozada.

Sacha Baron Cohen es un actor y humorista suficientemente conocido. En el verano de 2018 se estrenó en Showtime el programa Who Is America?, un falso documental en siete entregas en el que Baron Cohen interpretaba a diferentes personajes, cada cual más delirante que el anterior. Uno de ellos, Erran Morad, era un supuesto experto israelí en antiterrorismo, con un marcado acento y un conjunto de ideas absurdas sobre cómo proteger a los niños en las escuelas ante posibles ataques con armas de fuego.

Este curioso personaje decidió entrevistar a un congresista estadounidense muy conocido del Partido Republicano, Roy Moore, que también había presidido el Tribunal Supremo del estado de Alabama. La lista de problemas judiciales de Moore es larga. Su fundamentalismo cristiano, su oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo y las múltiples denuncias por conducta sexual inapropiada le granjearon numerosos conflictos, incluidas acusaciones de mujeres que aseguraban haber sufrido abusos cuando eran menores.

Por esas ironías de la vida, Moore no tenía mucha idea de qué era Who Is America? y accedió a ser entrevistado por Erran Morad, el militar israelí interpretado por Cohen. La entrevista no tiene desperdicio. Morad comienza preguntándole por qué cree que Alabama mantiene una conexión tan estrecha con Israel. El político no entiende la ironía. Tras un rodeo por el tema de la tecnología, el cómico le explica que el ejército israelí dispone de una tecnología puntera capaz de detectar pedófilos con solo pasarles un pequeño dispositivo similar a los detectores de metales de los aeropuertos.

Roy Moore no se quedó de brazos cruzados tras la emisión del programa y demandó a Cohen por difamación

Morad se lo aplica a sí mismo, demostrando que todo está en orden, pero cuando se lo pasa a Moore el aparato comienza a pitar. Morad tranquiliza al político y le dice que seguramente funciona mal, incluso le pregunta si la chaqueta que lleva es suya. Vuelve a probar y el dispositivo sigue pitando de manera insistente. Finalmente, Moore pierde la paciencia y espeta que en todos sus años de actividad pública nadie le había acusado jamás de algo así, una afirmación falsa, ya que las denuncias que hemos citado ya se habían hecho públicas. Moore abandona la entrevista entre los pitidos del absurdo cachivache que ha provocado todo el despropósito.

Como era de esperar, Moore no se quedó de brazos cruzados tras la emisión del programa y demandó a Cohen por difamación, reclamándole 95 millones de dólares por daños morales. Tanto un tribunal de primera instancia como uno de apelación dieron la razón a Cohen y desestimaron la demanda millonaria del político.

Es cierto que, últimamente, figuras como Trump no distinguen entre humoristas y periodistas a la hora de demandar. Pero no es menos cierto que los humoristas están sufriendo de manera particular las iras constantes del presidente estadounidense y de sus acólitos, poco dispuestos a aceptar críticas que los ridiculizan y que dejan al descubierto sus numerosas inconsistencias discursivas —algo, conviene decirlo, no exclusivo de los republicanos, ya que los demócratas también son blanco habitual de la sátira—.

Quizá esta lucha contra el humor no esté bien organizada ni responda a una estrategia clara. Puede que sea más bien fruto de reacciones viscerales e inmediatas ante discursos que algunos políticos consideran especialmente dañinos para sus intereses. Esta rabia contra los cómicos no encaja bien con los comentarios despectivos que a menudo se les dedican, restándoles importancia y tachándolos de simples payasos.

Hace siglos un chiste podía llevarte al cadalso; hoy provoca demandas y cancelaciones

Tal vez una explicación a este contrasentido nos la ofrezca el propio Greenblatt. En el ensayo citado más arriba explica cómo, en la Inglaterra de finales del siglo XVI, podían debatirse cuestiones teológicas de enorme calado. Todo tenía sus límites, por supuesto, y uno podía acabar en prisión, o algo peor, por criticar la religión oficial, pero el sistema político y religioso estaba mejor preparado para soportar el debate doctrinal que la sátira descarnada. Por cuestionar la santidad de Cristo podías acabar en la Torre de Londres, o incluso descuartizado, pero por burlarte de la reina Isabel I era fácil sufrir castigos similares.

Algunos dirigentes nunca han llevado bien la ridiculización de sus costumbres y perciben en el humor un aroma de peligro que los hace reaccionar de malas maneras. Hace siglos, un chiste equivocado podía acarrear el destierro, la prisión o el cadalso. Hoy llueven demandas millonarias y cancelaciones de programas, lo que demuestra que nos hemos vuelto mucho más humanitarios en los castigos por irreverencia, aunque semejante delito, como tal, no exista en los códigos penales de los países occidentales.

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