'Las aventuras de Pepe Carvalho': El otro Carvalho.
Series para la historia IX

‘Las aventuras de Pepe Carvalho’: El otro Carvalho.

En 1986 TVE emite la lectura particular de Adolfo Aristaráin de las historias de Pepe Carvalho. Repartida en ocho episodios independientes, ocho casos a fin de cuentas, la serie, protagonizada por Eusebio Poncela, replica una parte de las pesquisas políticas y existenciales de Vázquez Montalbán, mientras rebusca en las imágenes su propia identidad. Como buena parte de los espacios de ficción seriada de la época, se encuentra en la plataforma de RTVE Play.  

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El primer largometraje de Bigas Luna, Tatuaje (1978), presenta la primera aparición en cine del detective privado de Manuel Vázquez Montalbán. Con los rasgos del actor Carlos Ballesteros, el personaje vaga por las imágenes tomadas en una Barcelona travestida de noir existencialista exponiendo sobre celuloide una parte de las características morales y físicas de sus andanzas de papel. Cuatro años más tarde, representado por Patxi Andión, regresa a la gran pantalla, de la mano de Vicente Aranda, para intervenir en la traducción de la novela “Asesinato en el Comité Central”.

A pesar de la destacada popularidad conseguida, sobre todo en las primeras etapas de su singladura literaria, Pepe Carvalho no consigue asentar, de verdad, una trayectoria semejante en la expresión cinematográfica. Interpretado por Omero Antonutti o Juan Luis Galiardo, en los años noventa, reintenta, sin éxito, la aventura del cine, amarrado a un conjunto desafinado, con películas, más o menos, grises realizadas por Rafael Alcazar y Manuel Esteban. No obstante, la traslación a la imagen en movimiento de las historias del investigador peculiar, o la definición de nuevos relatos o variaciones, no es exactamente un fracaso.

Es cierto que la serie pone de manifiesto muy pronto sus desequilibrios y derrapes, pero, en su mayoría, resulta enérgica, y bastante poco común

La televisión, en cierta forma, sí consigue ajustar bien el traslado de los revuelos literarios y las convulsiones materiales en una serie de productos, tal vez, desprolijos, en suma, pero también lo suficientemente curiosos y, a su forma, efectivos. En este grupo televisivo, sobresale, de inmediato, la serie realizada por el argentino Adolfo Aristaráin para TVE a mediados de los años ochenta, con el concurso del propio escritor barcelonés, el teórico Domènec Font, y, ante todo, un Eusebio Poncela inesperado e impecable como el protagonista. En realidad, este programa bien puede señalarse como la más feliz manifestación de los alborotos criminales de Carvalho fuera de las letras originales.

Las aventuras de Pepe Carvalho

Eusebio Poncela es Pepe Carvalho en ‘Las aventuras de Pepe Carvalho’.

De lo que pudo haber sido y no fue

Las aventuras de Pepe Carvalho, por lo visto, maneja, en el momento de su emisión, unos índices de audiencia no demasiado satisfactorios, y obtiene unas felicitaciones tibias de parte de la crítica. Tampoco satisface a un Vázquez Montalbán que, a continuación, y a pesar de su implicación creativa en la definición y redacción de los guiones, reniega, públicamente, del resultado, tal cual puede verse en varias noticias de la época, e incluso ataca al director por medio del posterior y malintencionado relato “Asesinato en Prado del Rey”, tras señalar una imperdonable alteración de varios puntos de vista de los libretos durante la filmación.

Todo esto, con la suficiente perspectiva, desde luego, parece tan desleal, por un lado, como injusto, por otro. Es cierto que la serie pone de manifiesto muy pronto sus desequilibrios y derrapes, pero, en su mayoría, resulta enérgica, y además bastante poco común, por lo menos desde un cierto punto de vista, en un contexto de gran ficción televisiva organizada según la traducción de poderosos y reputados novelones del pasado.

‘Las aventuras de Pepe Carvalho’ supone la natural evolución de aquellas producciones convocadas desde la conjugación de corrientes norteamericanas y francesas

La propuesta de Aristaráin se mueve, de prisa, entre lo magnífico y lo mediocre, es cierto, como podemos ver en el capítulo siete, Recién casados. Arranca con un corte extraordinario, Young Sierra, peso mosca, acaso una de las muestras más apreciables del género negro en la escena local en los años ochenta, donde se define la identidad global del proyecto, con su inmersión moral y tangible en los bajos fondos de Barcelona, a partir del desarrollo particular de un característico relato de caída profesional y personal, en el universo del boxeo, de un personaje hundido, íntimamente asociado a la literatura y el cine negro, visto por su hijo, un adolescente al que da vida Jorge Sanz.

Y además se evoca, con acierto, la electricidad singular de producciones pretéritas nacionales, como Young Sánchez (Mario Camus, 1963), o, en definitiva, del potente total de enunciados de género montados, durante los cincuenta y los sesenta, en blanco y negro, en la Ciudad Condal por Julio Coll o Antonio Santillán.

Las aventuras de Pepe Carvalho

Jorge Sanz interpretó al hijo de Pepe Carvalho en la serie.

De hecho, de algún modo, Las aventuras de Pepe Carvalho supone la natural evolución de aquellas producciones convocadas desde la conjugación de corrientes norteamericanas y francesas. En este sentido, pone de relieve una peculiar acentuación teórica, una suerte de comentario moderno y crítico de todo aquello, o, en todo caso, un raro distanciamiento espiritual, provocado por el enfoque remoto del director extranjero y, en especial, la actuación de un Poncela que, por un lado, recupera, con espontaneidad, la tensión definida antes en su papel de policía en el largometraje El arreglo (José A. Zorrilla, 1983), y, por otro, transfiere, al rol de Carvalho, un misterioso misticismo idiosincrásico.

En cierta forma, esta serie está más cerca de los posicionamientos especulativos del Godard de Lemmy contra Alphaville (1965) que de una narración de género de pulsiones clásicas. Late con fuerza sobre el conjunto el concepto de la representación. A decir verdad, el director no ilustra exactamente los textos redactados con Font y Vázquez Montalbán, más bien se esfuerza, conscientemente o no, en iluminar las fórmulas de representación de ese tipo de novela en un contexto artístico determinado, relacionado, además, a unas configuraciones externas. Por consiguiente, Las aventuras de Pepe Carvalho no va, efectivamente, de la exposición activa de una serie de casos de distinta índole, del asesinato a la extorsión, pasando por el secuestro o la infidelidad conyugal. La auténtica razón es la reflexión a propósito de cómo interpretar las distintivas aventuras del detective privado de acuerdo con la intervención decisiva de vigores forasteros.

Historias de fantasmas

En uno de los capítulos de la serie, el héroe y un conocido se refieren a la relación con Vázquez Montalbán, precisamente. Al parecer, -dicen-, el escritor visita, de cuando en cuando, al detective, y éste le cuenta algunos casos que, seguidamente, se transforman en la base de los libros. Con esta información, juguetona pero importante en su fusión inesperada de dimensiones, el Carvalho de Poncela se distancia del retratado en los textos, que vendría a ser, por supuesto, una visión moral de literatura; en otras palabras, una perspectiva de la ficción.

Como sea, y aceptando la idea de que, a fin de cuentas, el personaje de la serie, de igual forma, es un punto de vista singular y único, establecido por la conciencia del intérprete, todo esto da a conocer una especie de curiosa percepción de un multiverso Carvalho, donde el autor puede ser un personaje más, a decir verdad.

Las aventuras de Pepe Carvalho

Poncela, inesperado e impecable como el protagonista de ‘Las aventuras de Pepe Carvalho’.

La profunda relación de la serie con la exploración de la representación a través de la imagen en movimiento se confirma, años más tarde, en el reencuentro de Aristaráin y Poncela en la película Martín (Hache) (1997), donde el actor, todo el tiempo, diserta en torno a la correspondencia profunda de la vida y el arte, y a las tácticas de gestión de la imagen, propia y colectiva. De esta manera, la reunión de los dos artistas en un plató distinto ofrece la coartada para recuperar la tesis de la adaptación televisiva y evolucionarla, después de revelarla.

Las consideraciones trascendentales derramadas sobre la imagen del film rememoran las propiedades de una obra fluida anterior, que, al fin y al cabo, ensaya forzando sus mecanismos y alterando las coloraciones. El director toma parte recogiendo las fórmulas de narración del cine negro de la década anterior, en particular el unido a las coproducciones. Entonces, comenta la imagen áspera y granulada peculiar, y sus uniones toscas de montaje, y también las sorprendentes relaciones dispuestas con la reunión en el set de personalidades y conocimientos opuestos, tal y como ocurría en esas películas en los años sesenta o setenta.

Puede que sea un espejismo, otro más, de estas aventuras del detective de Vázquez Montalbán conducidas por el otro Carvalho, pero no importa. Es demasiado apasionante

Un claro ejemplo de estos parentescos casi imposibles especificados por la producción lo encontramos en los capítulos tres y ocho, Golpe de estado y Pigmalión, con la actuación de Bernard Fresson y Eddie Constantine, justamente el citado Lemmy Caution, sobre las esencias de los relatos de Vázquez Montalbán. A propósito del capítulo final, Cecilia Roth actúa acá con Poncela para Aristaráin, anticipando así algunos de los cuadros de Martín (Hache). El encuentro de los dos frente a las cámaras evoca, de igual forma, la experiencia decisiva de la tóxica Arrebato (1979). No es, por otro lado, el único reencuentro recogido a propósito de la obra de Iván Zulueta, y, en consecuencia, puesto en contacto con un plano eminentemente personal.

Las aventuras de Pepe Carvalho

Portada de ‘Las aventuras de Pepe Carvalho’. La serie está completa en RTVE Play.

En Un mar de cristal, el capítulo cuatro, aparece, de manera fugaz, en la playa, casi como un náufrago, Will More, el tercer intérprete del film maldito, promoviendo acaso una inventada y frágil imagen siguiente para el mediometraje de Ibiza Mi ego está en Babia (Zulueta, 1975). La cámara de la serie recoge entonces la entrevista de los dos antiguos compañeros, junto al mar, encubiertos por el cuento de crímenes, y desvela otra de su facetas más emocionantes.

De este modo, más allá de las secuencias de altercados o persecuciones, de los encuentros eróticos pasajeros y frívolos, o de los reencuentros con antiguos camaradas de lucha, como en ese capítulo 6, La curva de la muerte, uno de los mejores, justo bajo el primero, en que se rememora el pasado de militancia política del protagonista en el partido comunista, mientras se compone una inquietante canción de fantasmas en su Galicia natal, aparecen unas acotaciones en la imagen acerca de las verdaderas emociones de las figuras. Puede que sea un espejismo, otro más, de estas aventuras del detective de Vázquez Montalbán conducidas por el otro Carvalho, pero no importa. Es demasiado apasionante.

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