La mujer que (casi) nunca caminó sola
'Justicia'

La mujer que (casi) nunca caminó sola

'Justicia' cuenta la historia real de Anne Williams, una madre que sacrificó su vida, arruinó su matrimonio y vio la caída de un puñado de Primeros Ministros con tal de que la verdad sobre la tragedia de Hillsborough quedará escrita en piedra.
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La actriz británica Maxine Peake ('The Bisexual, 'Shameless') en el dificilísimo papel de Anne Williams / 'Justicia'

El 15 de abril de 1989 el estadio de Hillsborough, domicilio futbolístico del Sheffield Wednesday, acogía la semifinal de la FA Cup entre el Liverpool de los John Barnes, John Aldrige, Peter Beardsley y compañía y el Nottingham Forest, dirigido por el flemático Brian Clough. El partido no llegó a su fin. Apenas se habían disputado cinco minutos cuando Beardsley estrelló un balón en el palo de la portería defendida por Sutton. En ese instante, la superpoblada grada de Leppings Lane en la que estaban enjaulados los hinchas del conjunto red no dio más de sí.

Los aficionados que pudieron, saltaron la valla en dirección al campo. Otros fueron rescatados por espectadores situados en el anfiteatro superior. 96 murieron ahogados por aquella marea humana (el 97º falleció en julio de 2021 después de 32 años en coma). Fue la tragedia más grande de la historia de la Premier League y se producía cuando estaba a punto de cumplirse el cuarto aniversario del desastre de Heysel que había costado la vida a 39 supporters del Liverpool en la final de la copa de Europa que enfrentaba al equipo de Anfield contra la Juventus de Michel Platini.

Aquello le valió al futbol inglés una sanción de seis años sin participar en competiciones europeas, sin embargo, la catástrofe no solo se repitió sino que pudo haber ocurrido antes, pues en el campo del Sheffield ya se habían producido lesiones por aglomeraciones en las semifinales de los años 87 y 88. El protocolo de seguridad no cambió y, para evitar enfrentamientos entre las aficiones, se las separó en el interior del estadio, colocando a la más numerosa en la grada con menor capacidad.

Justicia, la miniserie de la ITV que Filmin estrena en España, se centra en la cruzada de Anne Williams (Maxine Peake), madre de Kevin Williams, un adolescente que se fue a ver un partido de fútbol para no regresar jamás a casa. Fue uno de los 96 de Hillsborough. El mítico capitán del Liverpool, Steven Gerrard, pudo haber sido otro, pues también estuvo allí. Sin embargo, el show no se circunscribe a la reconstrucción dramática de los hechos que rodearon la tragedia y abarca un arco cronológico de 25 años. Ese fue el tiempo que tardaron los familiares de las víctimas en que el estado reconociese que aquello no había sido un incidente vinculado al incipiente fenómeno hooligan -que fue la coartada utilizada por el gobierno de Margaret Thatcher para evadir responsabilidades- sino un múltiple homicidio ilegitimo provocado por una cadena de negligencias.

Abrazar tan vasta línea temporal en solo cuatro episodios obliga al guionista Kevin Sampson (Surveillance, Powder) a incluir numerosas elipsis para poner el foco en las fechas y los acontecimientos decisivos, saltos que confieren a la propuesta una estructura extraña y un tanto errática, sobre todo en su segunda mitad.




No obstante, el sostén de este drama no apto para almas delicadas no es otro que la actuación de Maxine Peake, una suerte de Atlas femenino que carga sobre sus espaldas con el peso de toda la función, con ese porte adusto cincelado por los golpes de la injusticia y una energía ilimitada cuyas baterías se recargan con el combustible del duelo eternamente aplazado. Peake interpreta a una madre coraje que se negó a aceptar la verdad oficial, que se repuso de los reveses administrativos y judiciales que solo querían dar carpetazo al asunto para que el mundo siguiera dando vueltas como si nada hubiera pasado porque ya se sabe que los muertos no se tocan. Anne Williams sacrificó su vida, arruinó su matrimonio y vio la caída de un puñado de Primeros Ministros con tal de que la verdad quedará escrita en piedra.

Justicia, cuyo título original es Anne: a mother’s story, no es una serie agradable. Es como sentarse en la antesala de la morgue a esperar que un señor con bata blanca y rostro gris te invite a pasar a un lugar al que jamás habías pensado ir y en el que nunca querrías estar. La luz mortecina, la sequedad de los intérpretes y el implacable uso del archivo te depositan en ese mundo de ocres apagados y superficies forradas de acero desgastado, sin brillo.

La tozudez de Anne no fue hermosa. Su coraje le pasó factura. Bruce Goodison lo sabe y entrega una serie fea, áspera. A eso se le llama rigor

Su primer episodio es especialmente duro sin necesidad de recurrir a los clichés del melodrama (algo que sucede en el forzadamente emotivo tramo final). El realizador Bruce Goodison (Our World War, Born to Kill) te suelta en mitad de un desierto de dolor sin brújula y sin agua. Compóntelas como puedas, amigo. Si Anne Williams pudo, tú también. Y a ella te aferras. A su inquebrantable tesón. A ese rostro anguloso. A esos ojos vítreos que, ya drenados de lágrimas, se clavan, inquisidores, en las miradas impertérritas de los burócratas, de los policías y de los jueces. Y una vez que coges la mano de Anne, ya no te sueltas. Te arrastra como si fueras un trozo de madera en mitad de un tornado. No importa que nada de lo que veas sea especialmente agradable. Estás repasando el gran álbum de cromos de la derrota.

Es como ser de ese Barça de entreguerras deportivas, comatoso desde que al holandés volador se le cansaron las alas, un club que no logró remontar el vuelo hasta que llegó el bueno de Terry Venables. Solo que aquí el símil balompédico no sirve. Es demasiado frívolo. La colección de fracasos que acumularon los familiares de los fallecidos en el campo del Sheffield tendría al santo Job a dieta de Trankimacin. Sin embargo, Anne Williams resistió. Su tozudez no fue hermosa. Su coraje le pasó factura. Bruce Goodison lo sabe y entrega una serie fea, áspera. A eso se le llama rigor.

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Imágenes reales de la tragedia de Hillsborough en 1989.

De ahí la escrupulosidad a la hora de presentar datos, de marcar fechas. De ver cómo Anne, con la ayuda de Sheila Colman (Clare Calbraith), se hizo con las grabaciones de la BBC para reconstruir el suceso y descubrir que la hora de la muerte fijada por el forense (15,15) no se ajustaba a la realidad. Que su hijo seguía vivo a las 15,35h de aquella fatídica tarde. Que fue transportado en una camilla improvisada y que un agente le practicó los primeros auxilios. Que había más ambulancias en el estadio de las que se dijeron. Que aquel desastre pudo haberse evitado. Que los protocolos no funcionaron porque estaban mal diseñados. Que su hijo Kevin y al menos otros 40 de los 97 fallecidos podrían haberse salvado.

Tatcher utilizó rotativos como el The Sun para dar pábulo a la teoría del hooliganismo como causante de la mortandad

Pero la exactitud no es la única virtud de Justicia, una miniserie no exenta de hallazgos estéticos, por más que en algunos pasajes recurra a los viejos trucos del melodrama facilón. Lo más interesante lo encontramos en el segundo capítulo, aquel en el que el empecinamiento de Anne por hacer cumplir la ley aniquila su matrimonio con Steve (Stephen Walters). Goodison marca el deterioro de la relación de varios modos. Cuando Anne le comunica a su esposo que no irá al viaje de fin de semana a la Isla de Man que la familia había planificado porque una testigo ha accedido a hablar con ella durante esas fechas. El realizador británico no filma una bronca, sino que desplaza a Steve, que está en el jardín arreglando las plantas, hasta la pequeña caseta en la que guarda sus utensilios. La ventana del cobertizo a través de la cual veremos el rostro de él al tiempo que se refleja el de Anne se nos impone como una barrera entre ambos y fija lo alejados que están el uno del otro.

Cuando, finalmente, hagan la salida familiar, Goodison dará cuenta de la separación definitiva: Steve y su mujer pasean por los hermosos acantilados de la isla, sus dos hijos enredan unos metros por delante. La caminata es agradable, todo parece ir bien hasta que Steve le dice a Anne que su hija cada vez se parece más a Kevin, a lo que ella responde, «es peor». Justo entonces veremos un inserto de sus manos, cogidas hasta ese momento, separándose tras la mención del hijo muerto y, de ahí, iremos hasta un gran plano general -Anne alejándose de Steve tras un brutal salto de escala- que nos da la idea de cuán agotada está su relación.

La magnífica secuencia final del episodio, montada en paralelo, en la que ella escucha The Irish Rover en un pub mientras celebra que el fiscal general ha decidido revisar el caso, y él se refugia en su casita de aperos para oír el Time Has Told Me de Nick Drake (luz, ambiente y canciones totalmente opuestas) pone el punto y final a su matrimonio. No hará falta ninguna mención más, simplemente Steve dejará de aparecer.

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Anne Williams (Maxine Peake) en ‘Justicia’ / ITV

Por último, convendría cerrar apuntando que Justicia reivindica el valor de la televisión como servicio público. En la patria de los tabloides, fueron programas como The Cook Report los que consiguieron resucitar un caso que las administraciones se habían encargado de enterrar. La serie insiste en ese poder de la televisión para convertir una triste efeméride no ya en actualidad, sino en un asunto de máxima relevancia para esas autoridades tan habituadas a jugar al despiste.

No deja de ser significativo que, una vez que se desclasificaron los documentos referidos al caso, se revelase que un diputado y algunos responsables de la policía habían financiado una campaña de difamación contra varias de las víctimas, para así dar pábulo a la teoría del hooliganismo como causante de la mortandad auspiciada por el gobierno Thatcher, que utilizó a rotativos como el popular The Sun como altavoz para difundir sus patrañas. En este caso, la televisión actuó con responsabilidad, poniéndose al lado de los más desfavorecidos, al lado de mujeres como Anne Williams.

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