Entrevista a Pol Rodríguez, creador de 'Ravalejar'
Entrevista a Pol Rodríguez, creador de 'Ravalejar'

Pol Rodríguez: «Escribí ‘Ravalejar’ como un acto casi de venganza»

Charlamos con el cineasta catalán Pol Rodríguez a las puertas del final de temporada de ‘Ravalejar’, el thriller de realismo social que agita Barcelona a ritmo de tecno. Una producción eléctrica nacida del desahucio real del restaurante centenario de su propia familia, con la que se adentra en las contradicciones de la gentrificación y el arraigo vecinal.

Ravalejar, el nuevo thriller de realismo social que ha sacudido el panorama de la ficción nacional con Barcelona como escenario y la música tecno como latido constante, estrena este viernes su último capítulo. Aprovechamos el final de temporada para recuperar nuestra charla con su creador y director, Pol Rodríguez.

Lo que comenzó en su mente como un largometraje de ficción, terminó mutando en una serie de seis episodios cuando la realidad golpeó de frente: el desahucio en 2021 de Can Lluís, el restaurante centenario de su propia familia en el Raval, devorado por la presión de un fondo de inversión.

Con referentes que miran de reojo a la crudeza de The Wire y a la vibrante tensión de la saga Bourne, Rodríguez ha firmado una producción incómoda, compacta y rabiosamente eléctrica. Una obra que huye del retrato panfletario para meter el dedo en la llaga de la gentrificación, las contradicciones vecinales y la pérdida de identidad de los barrios.

Nos sentamos con el cineasta catalán para desgranar los entresijos de una filmación kamikaze a dos cámaras, el uso obsesivo del ‘beat’ musical en el montaje y el significado profundo de lo que él mismo define como una «venganza cinematográfica».

Es obvio que ‘Ravalejar’ bebe de tu historia real, de tu familia,  del restaurante Can Lluis. Recuerdo en el estreno comentaste que esta serie era una «venganza cinematográfica». ¿Nos podrías explicar el origen del proyecto y de este concepto?

Pol Rodríguez: ‘Ravalejar’ se inspira en la historia de mi familia. Nosotros tuvimos un restaurante centenario en el Raval, durante 90 años, abierto por mis bisabuelos. Un restaurante donde lo mataron dentro con una bomba, donde mi padre nació en la habitación encima de la cocina, y donde nos desahuciaron en 2021 porque un grupo inversor compró el edificio. Estuvimos cuatro o cinco años negociando con ellos un nuevo contrato de alquiler, pero ya notábamos la presión y las amenazas en esas negociaciones.

Fue a partir de esa situación cuando empecé a escribir un largometraje donde los personajes estaban buscando un sitio habitacional en Barcelona. Pero de repente, desahuciaron a mi familia y vi cómo mi realidad estaba entrando en mi ficción. A partir de esa situación me planteé hasta dónde podía haber llegado yo si me hubiese saltado las leyes que en teoría me protegían. Fue entonces cuando decido hacer esta «venganza cinematográfica» que para mi fue cómo decir «vamos a por ellos ahora», y escribo ‘Ravalejar’, pues eso, como un acto de venganza cinematográfica, donde estos personajes si que deciden saltarse esas leyes que no les protegen.

«Tenía clarísimo que la música tecno tenía que estar presente para intentar hacer una serie hiperdinámica»

Has dicho que empezó como un largometraje. ¿Cómo y por qué evolucionó hacia una serie? y ¿qué te ha aportado este formato?

P.R: Pues la verdad es que en el momento que nos pasa esto y decido introducir la realidad familiar dentro del proyecto, empiezo a investigar, y a hacer mucho trabajo de campo con con Maialen Vélez. Empezamos a trabajar con asociaciones del Raval para entender cómo funciona; cuales son las dinámicas de gente sin vivienda… Empecé entrevistarme con colectivos activistas que defienden espacios vacíos en contra de los narco pisos, asociaciones del Raval para activistas de plataformas para vivienda. Y también me empecé entrevistarme con fondos de inversión para saber cuáles son sus dinámicas.

Me fui dando cuenta de lo complejo y contradictorio que es todo, y de que toda esa información no me cabía en un largometraje. A partir de ahí, decidí pasar a un formato más largo para intentar profundizar más y explicar las contradicciones de una problemática que nos afecta a todos, que es muy transversal y que surge cuando un bien universal acaba siendo un bien de consumo del que todo el mundo tiene interés en sacar un provecho económico. Así es cómo surge ‘Ravalejar’, una serie que, en principio, iba a tener ocho episodios —que acabaron siendo seis—, en la que intento visibilizar y explicar las contradicciones de toda esta problemática.

Pol Rodríguez

Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta en el set de ‘Ravalejar’. | Fotografía: Lucia Faraig

La serie mezcla thriller y realismo social de una forma muy acertada, recordándonos un poco al cine social francés, algo que aquí aún no se había hecho, sobre todo en ficción seriada y menos en Barcelona. ¿Tenías algún referente en mente a la hora de rodar?

P.R: A la hora de rodar, no. Si que es verdad que el cine francés que toca muy bien el cine social y el thriller. Es un gran referente. Y luego, pues series como ‘The Wire’, de David Simon también eran referentes que me gustaba mucho cómo les daba importancia a esos personajes a los que normalmente no se les da importancia, y puedes ver las contradicciones que tienen ellos mismos siendo dealers o siendo policías, y a partir de ahí contar las contradicciones de mis personajes.

Luego, a nivel estético, no había nada que nos funcionase para la puesta en escena, pero a nivel de trama sí que había películas como Detroit que lo hacen muy bien; nos parecía que a nivel de cámara y de puesta en escena tenían algo que ver, así que hicimos el trabajo de estudiarlas y analizarlas. También estaba esa identidad que Iñaki y yo queríamos: ese punto de vista «estilo Bourne», de esas persecuciones locas en medio de las ciudades que nos apetecía muchísimo hacer. A partir de ahí, teníamos muy claro que era una serie para rodar a dos cámaras con zoom y con un montaje muy dinámico. Tenía clarísimo que la música tecno tenía que estar presente para intentar hacer una serie hiperdinámica.

«La voluntad de la serie era rodar en sitios reales porque quería que el barrio entrase en la ficción de forma orgánica, a brocha gorda»

Esa era justamente la siguiente pregunta: la música tecno. ¿Cómo fue esta elección? Recuerdo que me comentaste una vez que la música ya estaba compuesta antes del montaje.

P.R: Sí, con el tema de la música tecno yo tenía muy claro desde el arranque que iba a ser la identidad sonora de la serie. De hecho, yo ya me ponía a escribir todo el tratamiento y las tramas escuchando tecno para no perder ese ‘beat’, ese latido de corazón que no para nunca y que te da una sensación de ritmo ininterrumpido. Esa es un poco la sensación que quería transmitir en la serie: una vez que estamos arriba, no bajamos; al contrario, todavía hay más, todavía podemos estar más presionados, todavía podemos estar más angustiados.

A partir de ahí, contacté con la gente de Cançons, con Álex y Eloy, que son creadores con los que ya había trabajado anteriormente en una serie documental. Sabía que Eloy tenía su propio proyecto de música tecno y les propuse la historia. Entraron de cabeza. Entonces propusimos —gracias a una idea de Dani, nuestro montador— poder disponer de música original directamente en la sala de montaje. Durante el proceso de rodaje compartimos listas de música y referentes, pero con temas totalmente discotequeros, de «zapatilla» como digo yo, de bailar mucho.

Ellos me prepararon cuatro temas, pero cada tema duraba unos 20 minutos, una locura. Nos pasaron estas pistas para cuando estuviéramos en la sala de montaje, lo cual nos permitió ir desmembrándolas y poder trabajar las bases o las melodías en función de lo que queríamos introducir ya desde el propio montaje. Esto hace que, de alguna manera, te vayas enamorando de las canciones que tienes. Por un lado, consigue que el montaje vaya al milímetro, que todo encaje de forma muy compacta, y creo que al final la serie transmite esa sensación tan estanca donde la música tecno entra de una manera muy natural.

Pol Rodríguez

‘Ravalejar’ está inspirada en la historia familiar de Pol Rodríguez. | Fotografía: Lucia Faraig

Me remito otra vez a las imágenes de estos bloques de pisos de los que hablabas, que la verdad es que son muy impresionantes. Pensaba en que el Raval es un barrio superpoblado; hay muchísima gente a todas horas y son calles muy estrechas. En términos de producción, ¿cuáles fueron las escenas más difíciles de rodar? Veíamos también a toda la gente real con la que os cruzáis, ¿cómo rodasteis y cómo conseguisteis determinados espacios?

P.R: Pues sí. A ver, el Raval es un barrio que tiene apenas un kilómetro cuadrado, es muy pequeño. Creo que tiene alrededor de 50.000 habitantes. El índice de densidad del barrio es súper alto, muchísimo, se asemeja a la densidad de algunos barrios de la India. Estamos hablando de una gran concentración de población. Sorprendentemente, no tuvimos ningún problema para rodar en el Raval. Yo creo que los vecinos y la vida de la gente del Raval tienen otras prioridades; que tú pongas una cámara en la calle les da bastante igual. Ellos tienen su día a día y pasaban de una manera súper natural por delante del set, y no pasaba nada.

Sí que es verdad que la voluntad de la serie era rodar en sitios reales porque quería que el barrio entrase en la ficción de forma orgánica, «a cucharadas»,  a brocha gorda. Por eso hay personajes de fondo con las caras tapadas y cosas así. Pero luego, respecto a escenas complicadas, sí: la escena de la corrala del episodio cuatro es una de las más complejas que tuvimos que rodar. Hay que pensar que toda la figuración que tenemos es gente del propio barrio. Es una figuración que, de alguna manera, está viviendo en su propia piel esa presión inmobiliaria o está en situaciones a veces precarias, por lo que entendían perfectamente la escena. Piensa que esa secuencia, que creo que dura unos 12 minutos, ¡no pude ni ensayarla!

Normalmente, las secuencias con tanta gente —tenías a 50 personas ahí metidas, aparte de la acción y los diálogos— requieren tiempo para ensayarlas y afinarlas, pero por cuestiones de calendario no tuvimos margen y tuvimos que rodarla directamente el mismo día. Fue muy sorprendente cómo todo el mundo entendía la escena y la posición de cada uno de ellos. Yo siempre dejo una cierta libertad para que los actores aporten cosas y a partir de ahí atacar en la dirección, pero esa fue de las secuencias que más te remueven en el asiento y estoy muy orgulloso de ella.

«Cuando estás en riesgo de perder un negocio familiar, lo que te da más miedo no es solo perder el local, sino perder esas dinámicas comunes familiares»

Yo me quiero alejar un poco más del drama, para ir al caos de la cocina. Entiendo que tú debes de tener tus pinitos e historia en los fogones. ¿Cómo te ha influenciado eso a la hora de rodar las escenas de cocina y las recetas?

P.R: Totalmente. A ver, yo en el restaurante de mis padres no estaba dentro de la cocina, yo siempre estaba fuera, atendiendo en la sala. Pero obviamente es algo que he mamado toda mi vida; mi madre ha estado muchos años trabajando ahí dentro y siempre ves cómo funciona. Lo que me interesaba mucho retratar eran esas dinámicas que se crean en la cocina: cuando es un negocio familiar todo se mezcla; el trabajo, las relaciones personales, el estrés… Me parecía muy interesante ver cómo de puertas para adentro había una realidad de tensión brutal que se transmitía a través del servicio de un mediodía, pero de puertas para afuera, la cara que se da al cliente debía ser totalmente externa y tranquila.

Para lograr transmitir eso en las escenas, yo aplicaba una presión tremenda en el set de la cocina. A los actores les iba cambiando indicaciones y añadiendo imprevistos sobre la marcha para que estuviesen medio perdidos y no supieran del todo bien qué hacer. Esa sensación de agobio y de estrés continuo —cambiando cosas en cada toma para que ya no pasaran como lo habíamos ensayado— les provocaba una confusión que hacía que ellos mismos estuviesen mucho más crispados de forma real.

«Todo el mundo sabe que necesitamos progresar y que la ciudad necesita evolucionar. ¿Pero a qué precio? ¿El precio del progreso es olvidar de dónde venimos y quiénes somos?»

Pero para llegar a eso, hubo un proceso previo de conseguir que supieran cocinar de verdad. A Lluïsa Castell, lo primero que le pregunté fue: «¿Tú cocinas?», y me dijo: «Yo no cocino nada». Y le respondí: «No me jodas. Pues lo que voy a hacer ahora es meterte en un curso de cocina para que aprendas». Y le obligué a que tuviese que cocinar un menú completo para todo el equipo técnico antes del inicio del rodaje.

Era una forma de decirle: «Vas a sacar algo positivo de esta serie, que es salir sabiendo cocinar un fricandó». Me interesaba mucho. Creo que la serie tiene este punto de homenaje a la cocina tradicional, a esos platos de la abuela, que tienen una complejidad brutal, que requieren mucho tiempo y que, de alguna manera, representan un espacio familiar donde una conversación o un estrés externo se introduce en la intimidad de la casa.

Pol Rodríguez

Enric Auquer junto a Pol Rodríguez en el set. | Fotografía: Lucia Faraig

Claro, las dinámicas entre familias son también dinámicas de trabajadores, ¿no?

P.R: Claro, se mezcla todo. Cualquiera que tenga un negocio familiar sabe lo complejo y lo interesante que es. Porque, al mismo tiempo, cuando estás en riesgo de perder un negocio familiar, lo que te da más miedo no es solo perder el local, sino perder esas dinámicas comunes familiares. Te quedas sin ese espacio donde compartir, donde hacer las celebraciones, donde ver a tu hermano, a tu hermana o a tu tío y decirles: «Oye, ¿cómo estás?». Todo esto era muy importante: mostrar que lo que estaba amenazado de muerte era un núcleo de vida. Y esas son, precisamente, las motivaciones de Àlex para seguir luchando y hacer las locuras que hace.

Al hilo de lo que comentabas, al final, aunque el tema central es la gentrificación, la serie también habla muchísimo de la identidad y de la pertenencia; del sentimiento de pertenencia a un espacio. ¿Qué querías que sintiera alguien que nunca ha pisado el Raval?

P.R: Bueno, creo que hay varias cosas aquí. Por un lado, está esta tensión entre la idea de progreso y la memoria. Todo el mundo sabe que necesitamos progresar y que la ciudad necesita evolucionar. ¿Pero a qué precio? ¿El precio del progreso es olvidar de dónde venimos y quiénes somos? Es decir, perder esos espacios que configuran nuestra identidad. Cuando tú viajas a una ciudad, tú no quieres ir a visitar las mismas tiendas de Zara en todas partes; las ciudades cada vez se parecen más entre sí. Tú lo que buscas son esos espacios que son típicos, que le dan carácter a esa ciudad, y este restaurante para esta familia significa exactamente eso.

Esa idea de progreso y memoria también me interesaba meterla dentro de la propia cocina, a nivel intrafamiliar, con la lucha entre padres e hijos sobre cómo debería ser el negocio. ¿Seguimos luchando por mantener unos platos de cuchara y una cocina tradicional, o apoyamos al personaje de David, que quiere dar un paso más allá, modernizarlo un poco, adaptarlo a los nuevos tiempos y poner la carta en inglés para que vengan más turistas? Todo es necesario, si es que no se trata de que una opción sea mejor que la otra. El tema real es una cuestión de equilibrio, de medida, y eso siempre es muy jodido porque la balanza es difícil de mantener.

«Esto es lo que me interesa: que la gente vea el Raval real sin caer en un retrato panfletario»

Y luego está el propio barrio del Raval. Es un barrio que, si nos remontamos a su nacimiento en el siglo XII, ya nació con un estigma. Hay que entender que el Raval era la zona donde se construían los hospitales de la ciudad, con lo cual todos los «apestados» y los enfermos se quedaban fuera de las murallas. Ese es el origen histórico del Raval. A partir de ahí, ese estigma lo ha arrastrado siempre, pero esa es una mirada puramente externa. Si tú conoces el Raval desde dentro, vas a descubrir un barrio que es de los puntos de Europa con más asociaciones vecinales y ONG por metro cuadrado.

Esto es lo que me interesa: que la gente vea el Raval real sin caer en un retrato panfletario. También es un sitio donde hay mucha precariedad, donde hay problemas de drogas y situaciones de violencia; no podemos engañarnos ni vamos a romantizarlo. Había que retratarlo de forma real y no quería caer en el buenismo, pero sí que creo que la serie te permite experimentar esta visión del Raval desde las terrazas, pudiendo observar la vida con un punto de vista desde arriba, viendo cómo se mueve la gente.

Pol Rodríguez

María Rodríguez Soto y Enric Auquer son Marta y Àlex en ‘Ravalejar’. | Fotografía: Lucia Faraig

Me gustaría saber cómo habéis trabajado el intentar entender todos los puntos de vista. Incluso el de los fondos buitre.

P.R: Al hacer la investigación, al final nos dimos cuenta de lo complejo que es. Que esto no va de buenos y de malos. Esto va de un sistema. De un sistema en el que vivimos hoy en día que es de presión. todo se basa en cómo nos presionamos los unos a los otros para intentar sacar provecho de algo que no se debería sacar provecho, como es la vivienda. La vivienda es un bien universal, que si pasa a ser un bien de consumo todo el mundo querrá sacar provecho de ello. Yo creo que eso es un gran error. Y esto es fruto de una políticas que vienen de los años 70, que se establecieron en todos los países occidentales, viendo que no podían luchar en contra de China y demás. Y se basa en darle valor a todo lo que es vivienda.

«Todos nosotros somos turistas. A la que tenemos un ratito viajamos. Y hay que tener cuidado. Hay que entender que esas dinámicas siempre tienen una parte oscura.»

A partir de esto, sesenta años después, y con la crisis de l vivienda del año 2008 en España pues estamos en la situación que estamos. Por eso no podía hacer una cosa panfletaria. Es algo mucho más complejo. Está claro que nuestro punto de vista es el de la familia que intenta salvar su restaurante, y que nos tenemos que identificar con ellos, pero también hay esa crítica a la misma familia de, hasta que punto, cuando te pica la serpiente venenosa de la especulación, cómo caes en el veneno y empiezas a sacar provecho. Es un poco una crítica con nosotros mismos en situaciones como: «¿qué pasa con el piso de la abuela?» cuando también le queremos sacar más provecho y alquilarlo por algo más.  Vamos a plantearnos quien queremos ser. Al final estamos siendo o gente sin hogar o turistas. Y ahí estamos todos. Todos nosotros somos turistas. A la que tenemos un ratito viajamos. Y hay que tener cuidado. Hay que entender que esas dinámicas siempre tienen una parte oscura.

¿Cómo fue trabajar con tantos idiomas y culturas distintas? Oímos castellano, catalán, árabe, urdu… 

P.R: La verdad es que el tema idiomático en el Raval es algo orgánico, tienes de todo. Por lo que, si quieres hacer un retrato fidedigno del barrio, es haciéndolo lo más plurilingüe posible. Una de las cosas que estoy más orgulloso de la serie es su retrato sonoro. Esto es un trabajo que hicimos con Belén. Tú puedes cerrar los ojos y escuchas el Raval. Esta es una realidad con la que vivimos y que bienvenida sea. Porque al final eso significa que somos una ciudad hospitalaria. Y el Raval lo tiene de toda la vida. Antes eran los andaluces o los gallegos, pero en un mundo globalizado te viene gente de mucho más lejos. Si que es verdad que era jodido rodar las escenas en urdu porque no sabes bien bien que dicen, pero por suerte teníamos a Nisrin que me podía ayudar en la traducción. Y luego, que la getne entendía la situación y hablaban en consecuencia a ello. A sido un placer. Creo que contra más plurilingüe mejor. Creo que las lenguas suman.

Ya para acabar…¿nos dirías tres series que te hayan gustado mucho últimamente? 

P.R: Estoy un poco encefalograma plano últimamente, porque estoy muy cansado (risas). Una de las que estoy viendo es ‘Euphoria‘, –muy encefalograma plano, la verdad–, y no me está gustando nada (risas). A ver déjame pensar…empecé a ver ‘Hacks’, y me pareció super interesante la propuesta. Ah, y ‘The Gold’, que me flipa. Me pareció increíble. Estoy con ganas de ver más cosas…¡me tenéis que recomendar vosotros!.

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