Crítica: 'El castillo': Mi putera España, esta España mía.
Crítica de la serie

‘El castillo’: Mi putera España, esta España mía, esta España nuestra

Tras el pelotazo de 'Antidisturbios', Isabel Peña y Eduardo Villanueva bucean ahora en una realidad tan incómoda como constatable: España es un país de puteros, en el que la trata de mujeres y la esclavitud sexual forman parte del paisaje. El sistema parece proteger a un negocio con más tentáculos que un pulpo, pero 'El castillo' se encarga de ponerle luz y taquígrafos para construir una de las series más relevantes de la temporada.

La trata de mujeres con fines de explotación sexual no fue delito en España hasta 2010, y aún tuvieron que pasar dos años para que la judicatura española, siempre a la vanguardia, comenzara a recibir formación sobre el asunto. Si hablamos de consumo de prostitución, España es el tercer país a nivel mundial y el primero en Europa. Otro récord al saco. Como que, a día de hoy, siga creciendo ese consumo entre hombres jóvenes. Son datos contrastados que, como otros igualmente edificantes, aparecen sobreimpresionados en pantalla al final de cada uno de los seis episodios de esta miniserie, y que por sí solos justifican la necesidad de poner la lupa en los intríngulis de un business tan lucrativo como inmoral.

Como casi todos los proyectos nacidos en Caballo Films (la productora de Sorogoyen, para entendernos), El castillo obedece a una voluntad de sumar espectáculo + rigor marca de la casa. Entendamos espectáculo como ese tremendo talento para enganchar al espectador creando tramas absorbentes a propósito de temáticas de altos vuelos. Y rigor como la capacidad de documentarse hasta el infinito, huyendo del estereotipo para dibujar a sus personajes, metiéndose en el barro y hasta las trancas para, con conocimiento de causa, atacar las grietas de la política y sus corruptelas en un largometraje como El Reino. O para señalar los pecadillos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado en una serie como Antidisturbios, tan y tan relevante en un mundo de desahucios salvajes y manifestaciones disueltas a golpe de porra.

‘El castillo’ que se inspira en el trabajo ingente que Mabel Lozano viene desarrollando desde hace una década

O, en el caso que nos ocupa, para tirar de los hilos y ofrecer un mapa completo del quién y el cómo, del cuándo y el dónde, de la explotación sexual. Y usando qué rendijas legales (o alegales), para mantener en pie, y con una salud de hierro, un modelo económico que necesita de la complicidad de abogados y asesores fiscales, de contables y banqueros, y de algún que otro funcionario corrupto, con o sin pistola. Una terrorífica forma de esclavitud moderna en la que la mercancía en alquiler son mujeres con distintos grados de desesperación que, engañadas, recorren cientos, miles, de kilómetros para convertirse en carne de cañón para el goce de puteros y el enriquecimiento de proxenetas que se creen y actúan como empresarios de cualquier otro sector. 

El Castillo

‘El castillo’ se estrena el 8 de octubre en Movistar Plus.

Desmenuzar el funcionamiento de esa maquinaria perfectamente engrasada está en el origen de El castillo, producción que se inspira en el trabajo ingente que Mabel Lozano viene desarrollando desde hace una década, en documentales y libros como El proxeneta: La historia real sobre el negocio de la prostitución (2017). Ese es el punto de partida para que Isabel Peña y Eduardo Villanueva hayan desarrollado su propia investigación, exhaustiva y concienzuda, sobre la trata de mujeres con fines de explotación sexual, antes de dibujar las tres líneas maestras narrativas que estructuran esta serie. La primera, la fundamental, es justamente esa: poner el foco en la rama económica del crimen, a partir de la figura del Suizo, propietario de un prostíbulo y una de las mentes pensantes de esa asociación de hombres de negocios sin escrúpulos que actúan con el crecimiento de beneficios entre ceja y ceja.

El segundo punto de vista recae en dos policías de la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales). Ellos representan la mirada del público, que nunca se ha hecho las preguntas correctas sobre ese sórdido mundo y que va descubriendo sus entresijos con asombro y creciente indignación. Y el tercer eje narrativo es, obviamente, el de las mujeres sometidas, aquellas que creen ver una luz al final del túnel en las falsas promesas de un trabajo en la otra punta del planeta que, primero, les permita mandar dinero a casa y, después, ahorrar con rapidez para regresar y empezar de nuevo.

El encaje temporal de la serie obedece también a la voluntad de retratar aquella España que, según sostenía el entonces presidente Aznar, iba bien

En ese contexto aparece Claudia, el personaje con quien el espectador conecta emocionalmente: colombiana sin recursos, 19 años, madre de un niño enfermo al que deja en su país, y que llega a Ciudad Real para caer en las garras del Suizo, al que da vida un soberbio Raúl Arévalo, físicamente transformado para potenciar una presencia intimidante traducida en amenaza permanente para sus “empleadas”.

Los caminos de todos ellos se entrecruzan constantemente desde el arranque del relato, situado en 1999. El encaje temporal de El castillo obedece también a la voluntad de retratar aquella España que, según sostenía el entonces presidente Aznar, iba bien. Aquella España del ladrillo y el pelotazo. Aquella España que se subía al bólido del hiperconsumismo, del capitalismo exacerbado. Aquella España a punto de hacer explotar la burbuja camino a una funesta crisis económica. Aquella España de trogloditas de pelo en pecho, suponiendo, que es mucho suponer, que hoy hayan descendido los porcentajes de caspa machirula gracias al impacto del movimiento feminista. Ese retrato casi documental, tan inmisericorde como realista, es también una de las bases de la serie que nos ocupa. 

El Castillo

Raúl Arévalo interpreta al «Suizo» en ‘El castillo’.

Mientras los agentes de la ley que interpretan unos ajustados Laia Marull y Omar Ayuso investigan la trama criminal alrededor de los prostíbulos, efectúan redadas que no sirven para nada (“apagamos música, encendemos la luz”) y van descubriendo, poco a poco, detalles del negocio (de las deudas que las mujeres explotadas jamás lograrán saldar al sistemático secuestro de sus pasaportes, que dificultan aún más una posible fuga, pasando por los tejemanejes en la contabilidad de los clubes de carretera o por el trabajo de los abogados buscando grietas en la legislación que permitan que mujeres extranjeras trabajen en España), el Suizo y sus socios solo piensan en innovar y ampliar sus actividades comerciales y seguir forrándose como los mafiosos de la peor calaña que son.

Hay que subrayar el extraordinario trabajo de los dos protagonistas, Raúl Arévalo y Valentina Vidal; de algunos secundarios, como Marull, Ayuso y Vert […] y también a la estupenda Ángela Boix

Y, por encima de todo, está la terrorífica peripecia de Claudia. Valentina Vidal (menudo debut el de esta joven actriz colombiana) transmite el miedo y la rebelión, la frustración y la resignación, el anhelo de una salida y la pérdida de toda esperanza, de un personaje que representa a tantas y tantas mujeres tratadas como un pedazo de carne, mentidas, humilladas, vejadas, golpeadas, asesinadas. 

Creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva, en los créditos de El castillo reza otro nombre propio junto a los del dúo de guionistas: bajo el epígrafe “una serie de”, se reivindica la implicación absoluta de Elena Martín Gimeno (Creatura) en cada una de las ramas del proyecto desde su inicio. Ella es la directora de la serie junto a Sandra Romero (firmante de varios episodios de Los años nuevos), pero Martín trasciende como tercera pata creativa. Por poner un ejemplo de calado, suya fue la autoría de una secuencia que resume todo lo que El castillo pretende contar y, sobre todo, de qué manera quiere contarlo: es aquella en la que Claudia atiende a su primer cliente. Ese polvo de debut que constata una visita al Infierno que se presume eterna.

El Castillo

Omar Ayuso y Laia Marull en ‘El castillo’.

La cámara de Elena Martín se concentra en el cliente (magnífico David Vert), en su rostro, en sus ademanes libidinosos, en ese apetito sexual unidireccional. Mientras tanto, ella, literal objeto de deseo, desaparece del plano completamente. Un hallazgo narrativo y visual, y una decisión de dirección que constata una línea conceptual en la que, entre otras cosas, se remarca en fosforito ni sexualizar ni cosificar ningún cuerpo femenino. Activando la traductora: huyamos de basuras como Sky Rojo. Siendo groseros pero también muy claros, que ni un solo frame dé para paja. 

‘El castillo’ funciona como thriller gangsteril. También como durísimo drama social y como ejercicio de investigación casi periodística

Hemos subrayado el extraordinario trabajo de los dos protagonistas, Raúl Arévalo y Valentina Vidal. Y de algunos secundarios, como Marull, Ayuso y Vert. Aplaudamos también a la estupenda Ángela Boix como vigilante de que las chicas cumplan las órdenes de arriba sin rechistar. Y, siendo justos, es imprescindible incidir en la construcción interpretativa de ese turbio universo de empresarios proxenetas: Marc Rodríguez, Xavi Sáez, David Bagès y Claudio Villarrubia, menudo póker de actorazos transmutados en indecentes hijos de mil hienas, tipejos sin escrúpulos que deciden los pasos a seguir alrededor de una mesa, en comilonas que recuerdan a las de los políticos corruptos de El Reino, aunque sin tanto marisco fresco.

En definitiva, El castillo funciona como thriller gangsteril (delincuentes, eso sí, de palillo en la comisura de los labios y roncola en vaso de tubo). También como durísimo drama social y como ejercicio de investigación casi periodística. Y, sin spoilear lo micro pero enfatizando lo macro, usa un epílogo final para arrebatarnos toda esperanza. La vida sigue igual. Y España sigue siendo un país de puteros.

El Castillo

Valentina Vidal es Claudia en ‘El castillo’.

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