‘Daredevil’: The Punisher was here
Desde la Cocina del Infierno

‘Daredevil’: The Punisher was here

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En su segunda temporada la serie ha afinado la voz, ha encontrado acomodo definitivo en su propia huella y una dirección sólida. No obstante, como ya pasó en la anterior campaña, 'Daredevil' no vale tanto por el superhéroe que da nombre a la cabecera como por sus secundarios.

Daredevil fue la primera serie de superhéroes que tuvo la brillante idea de tratar al espectador como una persona adulta, no como un gilipollas. A la televisión le ha costado entender que el cómic no es un divertimento exclusivo de adolescentes pajilleros, sino un arte consumido por toda suerte de público, como el cine o la literatura.

La calidad del universo fílmico de Marvel y los Batmans de Christopher Nolan ha contribuido a lubricar la transición de la pubertad a la plenitud, pero todo esto habría sido imposible sin la visión de Netflix; la visión de Hell’s Kitchen, un barrio neoyorquino castigado por la pobreza y la delincuencia, patrullado por un escuadrón de superhéroes urbanos que dicen palabrotas, tienen debilidades, follan cuando pueden y se enfrentan a hipotecas y hampones, en lugar de contener invasiones alienígenas o amenazas extradimensionales.

«Hablamos de una Nueva York deprimida, amenazante, cruda, lluviosa; un tono noir para desarrollar tramas de hampa, crimen y venganza»

La Cocina del Infierno se ha convertido, pues, en un campo de batalla hiperrealista, el lienzo perfecto para desplegar ese realismo sucio en clave superheroica que ha convertido Daredevil y Jessica Jones –sabemos que habrá más- en las cabeceras comiqueras más serias de la televisión actual. Netflix lo tenía claro y apostó por una línea: el universo que germinaría de la primera temporada de Daredevil marcaría el linaje de sus sagas superheroicas posteriores: hablamos de una Nueva York deprimida, amenazante, cruda, lluviosa; un tono noir, detectivesco, para desarrollar tramas de hampa, crimen, injusticia y venganza; un lenguaje sin codificar, adulto, directo, impregnado incluso de cierta crítica social; y un respeto absoluto por el Daredevil de Frank Miller y Ed Brubaker, los autores que mejor han teñido de negro las historias del ciego enmascarado.

Pues bien, en su segunda temporada la serie ha afinado la voz, ha encontrado acomodo definitivo en su propia huella: donde antes había altibajos y ciertas dudas de dirección, ahora solo hay una solidez indestructible. Esta campaña carece de fisuras, es una roca compacta que te atrapa desde el primer hasta el último episodio. Duro y a la encía. Si todavía no las has visto, ten a mano una pala: tendrás que recoger los pedazos de tu cráneo del parqué cuando termine la pelea salvaje de Matt Murdock contra una legión interminable de moteros. Bestial. Alucinante.

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No obstante, como ya pasó en la anterior campaña, Daredevil no vale tanto por el superhéroe que da nombre a la cabecera como por sus secundarios. Parece que la serie se resiste a concentrar sus energías en el superhéroe -un acierto a mi modo de ver- y prefiere convertir a sus antagonistas en los ganadores morales en términos de protagonismo y fascinación. En efecto, si en la primera temporada el Kingpin de Vincent D’Onofrio se convertía en el perfil más complejo y el mercurio subía cada vez que irrumpía en pantalla, en esta nueva andadura es el hijoputa supremo Frank Castle quien lleva a la serie a su máximo estado de excitación en todas sus apariciones.

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«La contraposición entre este ejecutor perturbado y Daredevil destila, además, apasionantes consideraciones sobre el concepto de justicia al filo de la moral»

Jon Bernthal, un actor que despertó mucho recelo entre el fandom, ha conseguido bordar al justiciero más sanguinario y frío del universo Marvel, un psicópata cuya única motivación vital es aniquilar mafiosos como si fueran cucarachas. Los guionistas se han inspirado claramente en el Frank Castle de Garth Ennis, la versión más salvaje que nunca se ha visto en la trayectoria comiquera del personaje. El tirón gravitacional de The Punisher engulle todo lo que se cruza en su camino. La contraposición entre este ejecutor perturbado y Daredevil destila, además, apasionantes consideraciones sobre el concepto de justicia al filo de la moral. Es un personaje perturbador que pone al límite tus convicciones, te invita a reflexionar a cuchillo sobre el uso de la violencia, el concepto de venganza y otros asuntos de gran tonelaje y, de paso, te regala algunas masacres antológicas que te arrancarán aplausos histéricos y sacarán el Charles Bronson que hay en ti.

La inclusión de la asesina Elektra parece también un acierto. Aunque alejada de los cánones establecidos por Frank Miller en las viñetas de Daredevil, la ex amante de Matt Murdock, notablemente interpretada por la atractiva Elodie Yung, convence y sobrevive al agravio comparativo con el monstruo creado por Bernthal. A los radicales del tebeo nos parece la única pata que cojea en toda la temporada –la Elektra del cómic es mucho más letal, subyugante y misteriosa- pero no todos los espectadores son unos talibanes como yo, de hecho, seguro que al grueso de los televidentes se la suda en caliente si se parece o no a la asesina del tebeo. Vista desde fuera, Elektra es una buena secundaria, a pesar de los lloriqueos del lobby comiquero. Somos como niños.

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Con Jessica Jones consolidada, la confirmación de que The Punisher tendrá serie propia y la promesa de la llegada de nuevas cabeceras ambientadas en La Cocina del infierno, de momento Netlfix nos permite disfrutar de una serie en plena madurez, inspiradísima, con un protagonista acosado por un fantasma de su pasado -la enigmática Elektra- y un fantasma de su presente -el sanguinario The Punisher-. Cuento los días para saber qué nuevo fantasma le depara el futuro a este Daredevil para adultos. Dicen que un hombre sin esperanza, es un hombre sin miedo. ¿Alguien me sigue?

Escrito por Óscar Broc en abril 2016.

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