‘Salvador’- Crítica (Netflix): ¿Puede un facha ser buena persona?
Crítica de la serie

‘Salvador’: ¿puede un facha ser buena persona?

'Salvador' (Netflix) navega entre la adrenalina y la emoción exagerada; una serie que logra atrapar al espectador, aunque compromete la profundidad de sus personajes y la reflexión sobre los conflictos que retrata.

Luis Tosar en una imagen promocional de 'Salvador', el nuevo estreno de Netflix.

En el genérico, y tras la aparición del título que da nombre a la serie, vemos desfilar ante nuestros ojos el siguiente rótulo: dirigida por Daniel Calparsoro.

Pese a que Salvador (2026) es un proyecto liderado por el veterano productor y guionista Aitor Gabilondo, la figura que parece tutelarlo, al menos a tenor de la importancia que se le da en los créditos –el resto del equipo técnico y artístico lo conoceremos una vez acabe el primer episodio– será el del director de Salto al vacío (1995), su primer y mejor trabajo.

La ascendencia de Calparsoro sobre el material se torna evidente ya en los primeros compases de esta historia en la que un médico (ex)alcohólico y ludópata caído en desgracia y metido a conductor de ambulancias trata de recobrar el favor de su hija, integrante de una banda neonazi.

‘Salvador’ es un híbrido imposible entre ‘Rompe Stomper’ y ‘The Pitt’ reproducido a 20.000 revoluciones por minuto

Bucear en el argumento de esta miniserie de 8 episodios apenas puede llevarnos a nada que no exceda de la explicación ornamental. Baste decir que se bifurca en dos vectores, el de Salvador (Luis Tosar) buscando justicia para su hija, y el de Julia (Claudia Salas), otra miembro de esa pandilla de descerebrados que ejerce como confidente forzada de la policía, pues su hija, de la que ha perdido la custodia, es utilizada como instrumento de extorsión.

Salvador es un híbrido imposible entre Rompes Stomper (Geoffrey Wright, 1992) y The Pitt (R. Scott Gemmill, 2025) reproducido a 20.000 revoluciones por minuto. Mientras Salvador y sus compañeros del SAMUR atienden urgencias, nuestro héroe tratará de averiguar qué ha sucedido con su hija, para lo cual necesitará acercarse más de lo aconsejable a la banda de skinheads en los que ella milita.

Salvador

Claudia Salas y Luis Tosar en ‘Salvador’.

Como ya viene sucediendo más o menos desde Combustión (2013), a Calparsoro no le interesa tanto el rigor de la puesta en escena como desplegar la mayor cantidad de energía cinética posible. De ahí que abunden las tomas aéreas destinadas a acuñar llamativas postales de Madrid. O los travellings circulares –muchas veces abortados sin sentido alguno– empleados para ilustrar conversaciones e intensificar la gravedad de los diálogos. La lógica interna del relato se sacrifica en aras de ir encadenando una set piece tras otra a mayor gloria del espectáculo, tal y como refleja la sucesión de cruces fortuitos entre Salvador y su hija Milena (Candela Arestegui) en un primer episodio insostenible. Otro tanto sucede con el desenlace final, en el que la oportuna torpeza profesional de la experta inspectora Martín (Patricia Vico) revela la condición de topo de Julia, lo que obliga a que los acontecimientos se precipiten.

Los guiones se esfuerzan por borrar el estigma de los estereotipos pero todo resulta tan evidente, tan premeditado, que los personajes son adjetivables con demasiada facilidad

Después de tomarte el segundo Lexatin, cuando crees que la acción desenfrenada ha ganado un punto de contención, Calparsoro saca los violines y tensa las cuerdas de la emoción con el arco del melodrama más ramplón: primeros planos de actores llorando que harían las delicias de Luis César Amadori y una música a un volumen tal que ni siquiera Florentino Pérez dejaría que sonase en el Bernabéu.

En lo referente al discurso, la serie todavía plantea más problemas. Como si Hardcore (Paul Schrader, 1979) se ambientase en el submundo de los grupos neonazis, Calparsoro busca enfrentar a un señor sacado de una película escrita por Paul Laverty –detallazo que viva en un piso compartido con inmigrantes … aunque tenga una casa en Altea (?)–con los colegas de Edward Norton en American History X (Tony Kaye, 1998).

Los guiones se esfuerzan por borrar el estigma de los estereotipos –véase el parlamento del empresario cínico que encarna Pedro Casablanc–  pero todo resulta tan evidente, tan premeditado, que los personajes son adjetivables con demasiada facilidad: el abogado taimado y maquiavélico, el jefe de policía corrupto, la inspectora integra, el incel loquito, el facha mastuerzo, …

Salvador

‘Salvador’ se estrena el 6 de febrero en ‘Netflix‘.

Solamente los roles femeninos aportan ciertos matices dentro de un puñado de composiciones sin aristas. Una estupenda Leonor Watling ejerciendo de matriarca de una camada de cachorros hambrientos de sangre que, además, expone con rotundidad un argumentario que no poca gente compra con pleno convencimiento. O la Julia interpretada con la convicción habitual por Claudia Salas, amamantada por el odio de una tribu de descerebrados que cuidó de ella cuando sus padres prefirieron atender antes a sus presupuestos ideológicos que a su hija. Cuando las mujeres hablan la serie no trata a los espectadores como si fuesen críos de doce años. Cuando se aparta de esa pedagogía baturra que define la realidad a partir de oposiciones simples, la cosa se vuelve un pelín interesante.

Pese a que la balanza entre el entretenimiento y la reflexión se decanta claramente hacia el primero, esta producción para Netflix apunta temas interesantes

Es decir, Salvador es mejor cuando más se aproxima a Camada negra (Manuel Gutiérrez Aragón, 1977). Sucede que a Calparsoro le interesan más las batallas campales entre hinchas del Real Madrid y el Olympique de Marsella o las persecuciones a lomos de una ambulancia con motor de fórmula 1 a la que solo le falta el Nicholas Cage de Al límite (Martin Scorsese, 1999) para alcanzar el paroxismo, que atender a los condicionantes sociológicos que han provocado el resurgir de la extrema derecha.

Y aún así, y pese a que la balanza entre el entretenimiento y la reflexión se decanta claramente hacia el primero, esta producción para Netflix apunta temas interesantes como los vínculos entre los grupos de extrema derecha y la policía o la irrupción de asociaciones que bajo la cara amable de la solidaridad incuban el huevo de la serpiente (los paralelismos entre el Amar Madrid de la serie y la organización Hogar Social son evidentes).

Salvador

Leonor Watling interpreta a Carla en ‘Salvador’.

Por no hablar de la utilización que de esas hordas violentas hacen determinadas élites –hecho que se observa, por ejemplo, en Verdades ocultas (Sterlin Harjo, 2025), aunque tratado con bastante más profundidad– o de cómo los radicales neofascistas anidan entre las hinchadas de los clubes de futbol, algo que de manera mucho más elusiva y matizada aparecía reflejado en Molt lluny (Gerard Oms, 2025) en la que se explicaban esas conexiones a través de escenas íntimas, como una discusión en la cocina de un restaurante o una pachanga jugada en las calles de Utrecht.

Si buscan sutilezas, Calparsoro no es su hombre. Si tienen la tensión baja, en lugar de tomarse Orvaten, vean Salvador.

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