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Ana Boga debuta en 'Yo siempre a veces'.
“Es muy difícil cuidar a un niño, no puedo hacerlo sola. Yo también soy una niña, y necesito que cuiden de mí”. En un relevante momento de Yo siempre a veces, y apuntando a sus carencias emocionales en sus primeros meses de maternidad, la frase de Laura resume un extenuante periplo de renuncias y frustraciones, de decepciones y precariedad, de hartazgo y desesperación, también de preciosos descubrimientos: quién se imaginaría capaz de amar con la fuerza de los mares y el ímpetu del viento a ese pequeño cuya llegada no formaba parte de sus planes inmediatos. Las prioridades cambian para Laura, hija de una generación sin demasiada fe en el futuro que se aferra a una adolescencia que desearía perpetua. Sus prioridades cambian, aunque ¿quién garantiza que tener un bebé sea una llave mágica para madurar?
La vida de la protagonista da un vuelco tras un revolcón: las consecuencias de una noche de fiesta y techno, de alcohol y drogas varias, de profundas conversaciones psicotrópicas y excursiones tras la pista de una tierra prometida en forma de rave, de un señor polvazo y un inconsciente ‘hazme un hijo’, esas consecuencias sin marcha atrás convierten a Laura en madre por accidente. Y le dan la bienvenida a la realidad de una crianza convertida en una odisea de pruebas que ni Ulises, ni Heracles, ni Harry Potter tuvieron que superar, seguramente porque eran tíos.
El retrato que proponen las Martas no reduce a su protagonista a la etiqueta de ‘madre’
Tras un primer capítulo a modo de prólogo que convierte a Barcelona en cuna del hedonismo de fin de semana, que viva la fiesta, los cinco siguientes episodios de la estupenda Yo siempre a veces abren los ojos que se resisten a identificar como infierno el día a día de los residentes de una ciudad entregada a los turistas y a carroñeros fondos de inversión. Y si Barcelona, o cualquier otra gran capital europea, es desalmada para ellos, ellas y elles, la agresividad se multiplica hasta el infinito para una madre soltera como Laura.

David Menéndez y Ana Boga son Rubén y Laura en ‘Yo siempre a veces’.
Ese es el salvaje contexto que complica las ya titánicas tareas de una crianza en soledad. Como tantas mujeres, Marta Bassols y Marta Loza (de ahora en adelante, las Martas), creadoras de esta tan cruda como tierna y luminosa miniserie, saben de lo que hablan. Ellas, además, también lo saben contar, y muy bien. No parece casualidad que Yo siempre a veces se estructure a partir de las distintas casas que la protagonista se ve obligada a habitar junto a su bebé (la de los padres, la de las amigas, la del artista, la de los espíritus y la de Berlín). Hoy, tener un techo se acerca peligrosamente a un lujo asiático. Un tremendo palo, o tronco, más en las ruedas de una casi imposible conciliación materno-laboral, o materno-vital, en la era de la precarización.
Pero ojo, y puede que ahí esté la clave de todo el asunto: el retrato que proponen las Martas no reduce a su protagonista a la etiqueta de ‘madre’. No hay signos de arrepentimiento en Laura, pero sí una reivindicación de que, agazapada y más allá de su nueva condición, sigue existiendo una mujer llena de contradicciones, de fortalezas y debilidades, de miedos y dolor, también de alegrías, fantasías y sueños, que trascienden a la maternidad y a la crianza, y que son propias de casi cualquiera.
La serie abunda en el necesario cambio de perspectiva hacia la maternidad y los ya mencionados equilibrios de las mujeres para no perder su identidad como tales
Como también lo es un cierto desencanto generacional respecto a los pilares que todos necesitamos para transitar en esta vida: ni la familia, ni la pareja, ni las (no siempre bien) elegidas amistades, ni el entorno festivo ni el profesional, nadie parece estar a la altura cuando las cosas se ponen feas. Siendo honestos, probablemente ni nosotros mismos lo estemos. Acaso los pizzeros de la esquina, dispuestos a echar una mano ante una situación de crisis, nos gritan que no todo está perdido, aunque el neoliberalismo se empeñe en ser una máquina de destrucción masiva que, también, nos hace un poco más egoístas.

Ana Boga debuta en su primer papel protagonista en ‘Yo siempre a veces’.
En lo temático, Yo siempre a veces abunda en el necesario cambio de perspectiva hacia la maternidad y los ya mencionados equilibrios de las mujeres para no perder su identidad como tales. Algo que el audiovisual viene ofreciendo en los últimos tiempos, obra y gracia de creadoras que han roto con el imperante punto de vista masculino, con películas como Cinco lobitos o Salve Maria, o series como la muy reivindicable Smilf, de Frankie Shaw. Formalmente, la puesta en escena de la serie, parida por las Martas junto a la complicidad de dos directoras del oficio y el talento de Claudia Costafreda (Cardo, Superestar) y Ginesta Guindal (Su Majestad, Vida perfecta), remite a un cine social a lo Dardenne: primeros planos, cámara al hombro, sensación inmersiva, que nos pega a la peripecia de la protagonista, una Ana Boga que se come la cámara.
Menudo debut, el de Ana Boga, llevando a cuestas el peso de la trama como si de una profesional curtida en mil batallas se tratara
En la piel de la atribulada Laura y en su primera experiencia como actriz, esta madrileña, que hasta no hace tanto se ganaba la vida gestionando personal de hostelería, da todo un recital: menudo debut, el suyo, llevando a cuestas el peso de la trama como si de una profesional curtida en mil batallas se tratara. Ana Boga es el alma y el rostro de la serie, y no hay necesidad de frotar bolas de cristal para augurarle premios y aplausos, y para aseverar que ha llegado para quedarse. David Menéndez, la propia Marta Bassols, Belén Ponce de León, Mercè Arànega o una espiritual Maria de Medeiros dejan también su huella, en un reparto que apuesta por la diversidad, marca de la casa de los Javis, productores de la serie.

‘Yo siempre a veces’ se estrena el 23 de abril en Movistar Plus +.
Así las cosas, mientras Laura intenta lo imposible (que el padre de la criatura se responsabilice, que no tenga que cambiarse de hogar cada dos por tres, que los curros de mierda no la esclavicen más de la cuenta, que la guardería tenga plazas libres sin absurdas trabas burocráticas, que sus padres dejen de tratarla como a una cría, que sus amigas no se metan rayas con su bebé en la misma casa, que Berlín desaparezca de su horizonte mental, que sus vecinos guiris bajen la puta música de una puta vez), el camino va haciendo mella. “Es muy difícil cuidar a un niño, no puedo hacerlo sola. Yo también soy una niña, y necesito que cuiden de mí”.

