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William Golding publica su primera novela en 1954. Según unas actitudes metafóricas parecidas a las de, por ejemplo, “Rebelión en la granja”, de Orwell, presentada unos diez años antes, explica la bárbara degeneración paulatina de la sociedad nueva creada por unos chiquillos, desde el recuerdo y la interpretación sui generis de la organización victoriana y el instinto propio, en una isla desierta, después de acabar ahí por un accidente de aviación, en las jornadas de una guerra. Los hechos terribles relatados en el libro originan un importante ensayo acerca de la condición humana y la inclinación natural del individuo por la barbarie, en un estado excepcional o no, y la discriminación de los miembros por causas distintas.
Colocado en una condición destacada en la bibliografía de la literatura anglosajona de la segunda mitad del siglo XX, el texto de Golding inspira, seguidamente, dos lecturas cinematográficas. La primera, a cargo de Peter Brook, e interpretada, por lo menos en cierta forma, de acuerdo con una parte de las configuraciones narrativas derivadas de las mutaciones del Free Cinema, se presenta en 1963, y, hasta el día de hoy, exhibe el adorno de la mejor observación. La siguiente traducción llega tres décadas después guiada por un Harry Hook que, más o menos, se conforma con disponer en imagen, sin ensuciarse, los hechos descritos en las páginas.
Jack Thorne no sabe o no se atreve a personalizar de veras su visión
Ahora, tras más de setenta años, aparece una nueva versión, por medio de la ficción seriada, a cuenta de un Jack Thorne, que, de alguna manera, acercándose a la isla de los niños perdidos, parece prorrogar y evolucionar algo de lo propuesto en los meses pasados con Adolescencia (2025). Efectivamente, la leída 2026 a “El señor de las moscas” suena a ampliación orgánica del retrato angustioso del peso del mal en los sujetos más jóvenes, o, quizá, a confirmación de que aquella, tan interesante como problemática, por la preferencia por el sensacionalismo, resultaba, desde luego, una lógica conclusión de lo expuesto por Golding pasado por la pantalla de Alan Clarke o Ken Loach.

La nueva adaptación de ‘El señor de las moscas’ está firmada por Jack Thorne (‘Adolescencia’).
¿Los escritores se entienden en la figurada reunión en la moderna escena del audiovisual? No del todo. Es decir, Thorne mantiene siempre el apego a la disposición de la narrativa original, y cuando necesita hacer trampa o, simplemente, repensar algunas situaciones o relaciones lo hace guardando la suficiente deferencia. De hecho, la orientación de unos cuantos retratos o acciones a las posturas de Adolescencia, posiblemente, no fastidiarían demasiado a Golding.
La sensación es que, a diferencia del trabajo de Brook, apenas se rasca realmente en éste la esencia
Así, en el apartado literario se da, sin parar, una especie de pactado juego del gato y el ratón entre los dos creadores. El uno jamás perturba excesivamente el escrito inicial, y el otro no pone en duda los cambios y los enfoques renovados. La verdad es que Jack Thorne no sabe o no se atreve a personalizar de veras su visión. Esto incrementa en el total la impresión de superficialidad en la determinación de varios caracteres, o al menos en la perspectiva de su progreso ante lo extraordinario, y también de constante redundancia, como resultado del nuevo formato.
La serie El señor de las moscas ocupa en conjunto unas cuatro horas; esto es, ciento cuarenta minutos más que la primera película. Sin embargo, la sensación es que, a diferencia del trabajo de Brook, preciso y descorazonador, apenas se rasca realmente en éste la esencia, por mucho que, como decimos, se preserve el dispositivo. Thorne señala desde las primeras imágenes la sustancia de los arquetipos y ya no se desvía de ahí, menoscabando, así pues, la profundidad de la foto particular y general. De hecho, su labor no se aleja demasiado de una instantánea inmediata, no suficientemente reflexionada o sentida, del tema.

Esta es la tercera adaptación del a famosa novela homónima de William Golding.
Por lo demás, esta idea es emocionante y puede conectarse muy bien con el aparato formal definido por el director Marc Munden. Acá, por cierto, surgen los descubrimientos más considerables de la propuesta, en paralelo a las actuaciones de los intérpretes principales, sobre todo Lox Pratt y David McKenna (Jack y Piggy), ya que el director, deliberadamente, revienta la perspectiva moderna de 1963 para colocarse en forma de reflejo acusatorio de la de 1990 y formular un recital cercano a lo vanguardista o experimental, que en parte, como mínimo, podría asociarse a algunas iniciativas de deconstrucción planteadas antes por James Benning o Gus Van Sant.
De este modo, el proyecto se transforma de vez en cuando en una interesante abstracción simbólica, de acuerdo con la metamorfosis en imagen de las figuras y las atmósferas en brochazos violentos, y la deformación casi integral de la redacción de Golding/Thorne con la intervención de lentes distorsionadoras y diversos efectos de trastorno del entendimiento, tal y como ese naturaleza frondosa y verde pintada de rojo sangre.
Director y guionista […] cada uno parece imaginar un planteamiento independiente y contrario
Munden sugiere arrebatar al relato diferentes dimensiones para zambullirse en unos restos básicos y describir exactamente el vacío y la violencia de un nuevo mundo demasiado parecido al viejo. De ahí que sea tan relevante la idea de la instantánea del libro lanzada por Thorne. Para funcionar de veras, conforme al sistema formal revelado, el director no necesita ilustrar un guion clon de la novela. Le hace falta la teórica fotografía sintética. Como no la tiene, su criterio pierde influencia en el grupo y, más allá de la efectividad visual, por su singularidad en el juego de la ficción seriada, se quiebra enseguida.

‘El señor de las moscas’ está disponible al completo en Movistar Plus +.
Con esto se descubre el verdadero enfrentamiento de El señor de las moscas. No tiene, por supuesto, nada que ver con Golding y Thorne. Entre los dos las cosas están claras. La confrontación la protagonizan el director y el guionista. Cada uno parece imaginar un planteamiento independiente y contrario, y eso, en este caso, lesiona considerablemente. La falta de entendimiento destaca en el capítulo 2, el centrado en Jack, por quedarse más vinculado a la repercusión literaria que el resto. Ahí comprobamos los puntos débiles del esquema de trabajo de escritura, como la reiteración o la escasez de detalles.
El consenso limitado de la imagen y el texto ocasiona también la progresiva pérdida de energía de una concepción visual emocionante pero frágil. Marchando en solitario por la isla queda atrapada como un náufrago en medio de la nada. En otras palabras, se convierte en ese Ralph protagonista (Winston Sawyers) cargado de buenas intenciones pero fastidioso e incauto. Al final, Jack, el cruel hijo del privilegio convertido primero en el jefe de los cazadores y luego en el dictador, en la auténtica personificación del demoniaco señor de las moscas, representa la mirada más acertada de la serie. El exterior es sensacional pero hacia dentro no hay mucho, solo un actor inspirado que trata de dar vida a un muerto.

