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Javier Bardem y Amy Adams protagonizan 'Cape Fear'.
John D. MacDonald publica en Estados Unidos en 1958 “The Executioners”. Conocida en el mercado hispanoparlante por el título “Los verdugos”, y más tarde “El cabo del miedo” debido a sus dos famosas adaptaciones a cine, la novela se refiere a la progresiva destrucción del pequeño universo idílico de una característica familia norteamericana, los Bowden, con la llegada de un hombre brutal, Max Cady, al que en el pasado, en el tiempo de la Segunda Guerra Mundial, el testimonio del padre del clan, Sam, le lleva a la cárcel. Unos años más tarde de la condena por una violación salvaje a una adolescente, el criminal sale de la cárcel, tras esquivar la cadena perpetua y los trabajos forzados, decidido a vengarse del responsable del castigo por la denuncia.
En 1962 J. Lee Thompson convierte el relato angustioso de huida y desquite en el largometraje El cabo del terror, con la colaboración de unos impecables Gregory Peck y Robert Mitchum representando al honrado padre de familia y al peligroso retornado respectivamente. El cineasta, agarrado a un blanco y negro duro, borra del texto las importantes referencias a la guerra y a las responsabilidades de los dos hombres en la contienda con el fin de profundizar en el aparato moral y formal del American Way of Life, y explicar su eliminación simbólica según la inyección por etapas de energías tóxicas.
Nick Antosca propone enseguida una serie de variaciones fundamentales en las distintas relaciones de los personajes principales
Treinta años más tarde Martin Scorsese restablece las sustancias de la película, no del libro, y plantea con El cabo del miedo, conducido por un De Niro alucinado, la visión más notable del asunto. En la imagen de comienzos de los años noventa solo quedan los escombros y los lamentos del achacoso estilo de vida estadounidense. La familia ideal original, vista también en la aproximación de los sesenta, desaparece consumida por las heridas profundas internas y los reproches continuos. Además, el cineasta introduce alrededor de las memorias del caso Cady una ambigüedad moral verdaderamente emocionante.
A diferencia de las lecturas anteriores, Sam Bowden no es un ciudadano ejemplar que testifica contra un monstruo en el juzgado, después de ser testigo del ataque a una chica. Acá es el abogado defensor que decide no presentar una prueba en el juicio que, en efecto, puede dar la vuelta del todo al asunto y evitar la condena a su cliente. Esta decisión moral, si se quiere entendible, problematiza de manera crucial el retrato del individuo acosado al mostrarlo más allá del ensalzamiento natural del pasado. El abogado también se mueve entre sombras. En ese sentido la trémula actuación de Nick Nolte es muy importante a la hora de fijar los rasgos de una imagen falsificada en descomposición.

Gregory Peck y Robert Mitchum protagonizaron ‘El cabo del terror’ (1962).
En la novela de MacDonald Max Cady interviene realmente muy pocas veces, y ese es un acierto importante, ya que se le impone en las páginas a modo de amenaza abstracta, casi demoniaca. Scorsese lee esto muy bien y transforma a ese personaje continuamente colado en los planos en una especie de aparición satánica. En El cabo del miedo deja de ser un hombre y se convierte en un súcubo. La determinación de trastornar el film con sus paranoias religiosas terminan por conducirlo a ese espacio mágico e indeterminado señalado por Danielle (Juliette Lewis), la hija de los Bowden, en su relato. Es ella, de hecho, quien recuerda y presenta la cuestión terrible.
Después de treinta y cinco años de silencio el fantasma Cady regresa para volver a atormentar a los Bowden agarrado a una ficción seriada directamente inspirada en la cinta de 1991. No en vano, Scorsese y Spielberg, el productor de aquella, desempeñan tareas de gestión, o acaso de fiscalización del legado. ¿Cómo es ese Max Cady interpretado por Javier Bardem y situado en 2026 por Nick Antosca? Sin lugar a dudas, se trata de una razonable progresión del monstruo fijado en celuloide por Mitchum y De Niro.
Pero lo más interesante del personaje en el acercamiento actual no apunta exactamente a las materias privadas. El descubrimiento más relevante se refiere a su posición en una comunidad, a su faceta pública en una escena social, política y particular explicada por el enganche a las redes sociales y la fascinación mórbida por el True Crime. En Cape Fear el ex-convicto es una suerte de ídolo para un público mayoritario necesitado de sensacionalismo y famosos bocazas e inútiles.
Max Cady 2026, lo mismo que el de 1991, se apodera de la imagen al instante
Esta drástica reformulación en el mapa general se consigue gracias a la alteración de distintos puntos originales respetados antes con escrúpulo por Thompson y Scorsese en sus interpretaciones. Dicha alteración se refiere a la figura pública y también a la privada. Así, Antosca propone enseguida una serie de variaciones fundamentales en las distintas relaciones de los personajes principales desde el comienzo del asunto, cuando Anna, la abogada defensora de Amy Adams, defiende al acusado Bardem de los cargos presentados por el fiscal Tom Bowden (Patrick Wilson), con quien acabará casándose.
Todo esto coloca la nueva leída al texto de MacDonald en una emocionante situación, puesto que una parte de las certezas se desvanecen mientras irrumpen en la imagen impulsos y emociones inesperadas, detallando además una escalofriante tergiversación total en torno a las personalidades. ¿Quién es realmente el villano de la función? Por primera vez podemos ver las colas de las intervenciones de Cady o algunas de sus actuaciones fuera del núcleo Bowden. Esta perspectiva plantea unas vacilaciones hasta el momento sin precedentes en el universo de la historia de su venganza.

Javier Bardem se pone en la piel del criminal Max Cady en la nueva ‘Cape Fear’.
Max Cady 2026, lo mismo que el de 1991, se apodera de la imagen al instante. Por supuesto, en la novela y la película de 1962 ocurría algo parecido, aunque en una esfera más indeterminada. Sin embargo, a diferencia del film de Scorsese, aquí no encuentra un verdadero rival que luche para expulsarlo y devolverlo al infierno. En El cabo del miedo se da un constante choque entre él y Danielle. Los dos tratan de fijar en la imagen su mirada, una ejerciendo el papel de narradora lejana-víctima y el otro el de personaje emancipado y descontrolado vinculado a las pesadillas.
Esta rivalidad, afectada de igual forma por una mutua fascinación erótica-intelectual, no es casual, naturalmente. Los dos pertenecen a un marco diferente al del resto de sujetos. A decir verdad, rechazan sin parar las tracciones del mundo real intentando convocar una visión particular propiciada por la fusión de dimensiones y sueños.
En contraste con la relación nerviosa entre las obras de 1962 y 1991, la propuesta ahora es en esencia idólatra, y eso, está claro, desarma a la nueva
Ahora bien, en Cape Fear no está Danielle. Los Bowden tienen dos hijos, Natalie y Zach (Lily Collias y Joe Anders), pero estos no poseen la trascendencia en el conjunto de la chica del pasado. Tampoco el matrimonio de abogados cuenta con la envergadura suficiente. Ciertamente son apenas unas sombras difusas de sus homólogos. En consecuencia, Cady no encuentra en el recorrido a sus antagonistas, y, así pues, vaga por la imagen con absoluta libertad. Sin las incesantes hostilidades por la aplicación en el relato de una voz, el personaje pierde muy pronto su misterio primario. Esto no es necesariamente un problema, puesto que, a priori, cuenta con las firmezas modernas procedentes de la modificación de su condición ante la mirada pública.
El inconveniente insuperable es que la conexión con la película de Scorsese pretende ser profunda en determinados puntos, o al menos eso parece, tal y como podemos sospechar con el visionado de secuencias siamesas. En contraste con la relación nerviosa entre las obras de 1962 y 1991, la propuesta ahora es en esencia idólatra, y eso, está claro, desarma a la nueva y deja a Cady flotando en una representación actualizada del escenario descrito por MacDonald, sobre un relato injustificadamente alargado y redundante, en donde no se tejen como es debido unas temáticas novedosas y sorprendentes.

Amy Adams y Patrick Wilson son Anna y Tom en ‘Cape Fear’.
Al compromiso insensato de reproducir El cabo del miedo se le resisten, con todo, algunas imágenes turbadoras por su sombrío coloreado. En varias ocasiones, por lo general en el hogar de los Bowden, reina un punto de vista de irrealidad rara provocado por el empleo de una luz lúgubre en un escenario pintado de un verde que, en cierta forma, podría llegar a evocar el de los momentos de rotura de la realidad de la mismísima Vértigo (De entre los muertos) (1958). Obviamente, Cape Fear no va tan lejos como el film de Hitchcock, pero, en cierta medida, sí consigue dirigirse hacia la entrada a una eventual dimensión desconocida. Junto a la reformulación oficial de Cady en el texto, este ingenio formal resulta la invención más considerable y singular de la serie.
Es muy interesante la observación de la evolución entregada de unos personajes característicos en un contexto diferente a los anteriores
Este deslizamiento hacia una irrealidad esencialmente audiovisual no es, por otro lado, una insurrección planteada por Antosca y su equipo contra la tiranía de la nostalgia y la repetición cultural. Se trata del asentimiento a una práctica determinada por Scorsese puede que inconscientemente. En 1991 propone su redacción particular del libro pero, por el contrario a otras experiencias similares, no niega la existencia de la película anterior, la acentúa mientras la desarrolla en un nuevo contexto cinematográfico y social, en el que sería absurdo reproducir tal cual los párrafos y los planos previos. Así, recupera y repiensa algunas secuencias concretas y la banda sonora de Bernard Herrmann, o utiliza en papeles opuestos a varios protagonistas, como Mitchum, Peck o Martin Balsam, al mismo tiempo que define una nueva fase de una cadena interconectada.
Cape Fear también busca esto, e incluso, a veces, emplea fórmulas parecidas, tal cual la reactivación de la música o de algún intérprete. Lo que pasa es no lo sabe hacer y además está encorsetada en sí misma. Aun así sigue siendo muy interesante la observación de la evolución entregada de unos personajes característicos en un contexto diferente a los anteriores.
En la novela de MacDonald la familia Bowden, formada por Sam, Carol y sus tres hijos, representan con precisión las emociones del American Way of Life, al igual que en El cabo del terror. En esta, sin embargo, aparecen varios cambios sustanciales. Por ejemplo, los dos niños pequeños desaparecen y las dos mujeres, la esposa Peggy (Polly Bergen) y la adolescente Nancy (Lori Martin), son solo comparsas esquemáticas de ese Sam de Peck tan honrado como el del libro, donde, sin ocupar de veras posiciones decisivas, como mínimo cuentan con una cierta autoridad personal. Esta reducción del rol de la mujer en la primera traslación a celuloide explica muy bien una verdadera participación en el cine de género de la época.

‘Cape Fear’ se estrena el 5 de junio en Apple TV.
El cabo del miedo repite la disposición de la familia, y, además de empañar las relaciones, hace valer con determinación la aportación de la mujer al conjunto, eliminando la imagen tradicional de la ama de casa anodina de acuerdo con la imposición de la idea de Jessica Lange. La nueva Peggy se llama Leigh y es diseñadora gráfica. Su parte en el asunto Cady es activo, y, por lo demás, incorpora a la película un erotismo especial que dialoga una y otra vez con la violencia del villano. Por otra parte, Danielle, el siguiente nombre de la Nancy literaria, ya lo hemos dicho, asume una tarea vital al encarnar la metamorfosis de la narración y la pérdida de una inocencia no demasiado diferente a la publicitada con aquellos cartelones de colores del American Way of Life.
La serie de Nick Antosca parece celebrar esas convulsiones originadas sobre la novela de John D. MacDonald
Para acabar, Cape Fear da la vuelta al organismo familiar y a sus nexos con Cady. El abogado protagonista originario se refugia en una intrascendencia parecida a la de Peggy en El cabo del terror, mientras su esposa toma el testigo principal para ejercer unos compromisos personales y profesionales históricamente unidos al hombre. Anna Bowden, sujeta a un matrimonio insatisfactorio y lleno de mentiras, igual que la Leigh de Lange, niega la herencia conformista de la Peggy en blanco y negro. Del mismo modo se aparta de una diseñadora empoderada con arreglo a las necesidades de la versión, es decir, de su erótica. El personaje de Amy Adams se afirma en su totalidad, desde la expresión de una panorámica de una biografía conflictiva. En la teoría eso funciona estupendamente. Fracasa más bien, empero, en la transición práctica, y en la identificación de los sentidos con los otros personajes.
La serie de Nick Antosca parece celebrar esas convulsiones originadas sobre la novela de John D, MacDonald que con el paso de los años han provocado la llegada de mutaciones, contrastes, y quizá la arquitectura de un secreto multiverso interdependiente poblado por distintas versiones de los Bowden y el malvado Max Cady. En este cosmos específico algunos personajes desaparecen y luego vuelven, incluso cambian de nombre y físico, otros evolucionan hacia lo espontáneo o lo planificado. Sea como fuere, el miedo siempre permanece.

