‘Berlín y la dama del armiño’ (Netflix): el ataque de los clones
Crítica de la serie

‘Berlín y la dama del armiño’: el ataque de los clones

El regreso de 'Berlín' (Netflix) insiste en los mismos mecanismos que definieron el universo de 'La casa de papel', aunque esta vez el exceso de explicaciones, subtramas románticas y casualidades acaba erosionando cualquier sensación de sorpresa.

Berlín y toda su troupe

Arranca la segunda temporada de Berlín con una canción que no aparece en los títulos de crédito cuya letra dice así: “life is great, enjoy the ride, until it’s time to go, let’s go in style”. Y es que este spin-off de La casa de papel quiere marcharse fiel a su estilo. Otra cosa es que su envoltorio se ajuste a las declaraciones de su cocreador, Alex Pina, quien recientemente afirmaba que “en un industria hiperclonada tienes que tener tu propio ADN”.

Si algo es Berlín y la dama del armiño (Alex Pina & Esther Martínez Lobato, 2026) es, precisamente, un calco que reúne todos los tics que ya estaban presentes en La casa de papel y que antes habían sido testados en series como Vis a vis (Iván Escobar, Esther Martínez Lobato, Daniel Écija & Álex Pina, 2015-2019) y que se han ido replicando en todo lo que llevase la firma del creador navarro, de White Lines (Álex Pina, 2020) a la desastrosa El refugio atómico (Álex Pina & Esther Martínez Lobato, 2025).

Así que, más que diseccionar un argumento prolijo en giros de guion, quizá sea mejor que nos centremos en cuáles son los cromosomas que conforman un ADN que está lejos de ser genuino y que, a fuerza de repetirse, ha perdido la originalidad y el punch que tenían las primeras entregas de la muy reivindicable Vis a Vis o de La casa de papel. Nótese, por ejemplo, cómo Berlín se cuida de elaborar discurso alguno a propósito de la realidad más inmediata.

La serie es un manual que debería estudiar todo aquel que desee convertirse en un tahúr profesional

Si el prison drama protagonizado por Maggie Civantos y Najwa Nimri se pegaba a la actualidad nacional y los épicos asaltos a la Fábrica Nacional de la Moneda y Timbre y al Banco de España orquestados por ‘El profesor’ (Álvaro Morte) podían verse como una justa venganza contra una banca que era, al tiempo, responsable y beneficiaria de las más recientes crisis económicas; en Berlín la gran preocupación es que la pirotecnia en la línea de una Ocean’s Eleven (Steven Soderbergh, 2001) mal coreografiada luzca como debe.

En esta ocasión, Andrés de Fonollosa/Simón/Berlín (Pedro Alonso), reúne a su banda para completar la petición de un aristócrata andaluz, Álvaro Hermoso de Medina (José Luis García-Pérez), quien que les encargará robar ‘La dama del armiño’, cuadro de Leonardo da Vinci que descansa en el Museo Nacional de Cracovia y que ha de ser trasladado a Sevilla para una exposición temporal. La cuadrilla de los seis se las ingeniará para hacerse con la pintura y, a la vez, desposeer al Duque de Málaga de una inmensa fortuna acumulada gracias a negocios mal avenidos con la legalidad, así como de su valiosísima colección de arte.

Berlín y la dama de armiño

‘Berlín y la dama del armiño’ es la secuela de ‘Berlín: La Casa de Papel’.

El pantone genérico del que toman muestras Pina y Martínez Lobato, en esta ocasión apoyados en la escritura por Lorena G. Maldonado, Itziar Sanjuán, Humberto Ortega y Luis Garrido, comprende las heist movies, el melodrama desaforado y la comedia romántica. Los guiones siguen apostando por la escritura retrospectiva, con constantes  flashbacks que proporcionan oportunas soluciones a los problemas del presente narrativo, si bien esta entrega final es más lineal en lo cronológico, aunque no falten los continuos cambios de escenario – toda la subtrama en la que se ve envuelta Cameron (Begoña Vargas).

Si nos detenemos en la parte relativa al procedimiento – esto es, la de los atracos- la vistosidad y la velocidad a la que se nos cuentan los hechos no deberían servir para disimular las numerosas carencias en su desarrollo. Un palacio repleto de cámaras de seguridad que nadie supervisa, un duque que se olvida oportunamente un llavero que abre la bóveda en la que custodia todo su capital pese a ser un tipo obsesionado con la seguridad, un aristócrata que, en una noche de vino y corridos mexicanos, le enseña a Damián (Tristán Ulloa) los secretos de su cripta,  …

Casi todo en ‘Berlín y la dama del armiño’ es gratuito

La serie es un manual que debería estudiar todo aquel que desee convertirse en un tahúr profesional, por más que los guiones no superen un mínimo test de estrés. Se podrían elegir numerosas secuencias para explicarlo, pero nos quedaremos con una.  Durante la fase de prospección de la finca en la que residen el Duque y su esposa, Keila (Michelle Jenner) y Bruce (Joel Sánchez) se cuelan en el interior tras cortar la valla electrificada con tal de recuperar un dron averiado. Allí les pillará in fraganti el guardés, Santos (Luis Callejo), un tipo que parece entresacado de Bosque de sombras (Koldo Serra, 2006).

La situación es un delirio, porque el vigilante sabe que para acceder a la dehesa han tenido que violar el sistema de seguridad, así que la tensión que la secuencia intenta generar se basa en pretextos absurdos y se crea a partir de una elongación del todo inverosímil. La figura de Santos es sintomática de lo arbitrario del diseño de toda la serie, un personaje que va y viene a conveniencia (como tantos otros) y que carece de peso específico alguno, más allá de las cualidades estereotípicas que se le asignan (fiel ayudante, violento y desagradable).

Berlín y la dama de armiño

Pedro Alonso vuelve a meterse en la piel de Berlín en ‘Berlín y la dama del armiño’.

Casi todo en Berlín y la dama del armiño es gratuito. Fíjense, por ejemplo, en ese oportuno control de la Guardia Civil (capítulo primero) que los guionistas colocan para situar a Candela (Inma Cuesta) en una posición de inferioridad con respecto a Berlín y juguetear con la actividad/pasividad de los personajes para así activar el piloto del amor entre ellos. Hasta ese momento, la vengativa Candela había llevado el peso de la relación entre ambos; a partir de aquí, con esa huida en coche para escapar de la benemérita, las fuerzas se equilibrarán. Así que, viva la Guardia Civil.

Si nos adentramos en las cuestiones románticas, observaremos que todas las relaciones han sido trazadas utilizando la misma plantilla triangular. Berlín y su enamoramiento de Candela interrumpido por la reaparición de Camille (Samantha Siqueiros). Damián, la duquesa Genoveva (Marta Nieto) y su marido. Keila y el proyecto de trío propuesto por su novio Bruce que en este caso incluye a Claudio (Jasón Fernández), un fotógrafo que podría vivir de hacerse fotos a sí mismo del que la nerd queda prendada. And last but not least, la ruptura entre Roi (Julio Peña) y Cameron motivada por la aparición del exnovio de esta.

‘Berlín’ es una serie para invidentes; se nos explica lo que vemos, a veces por duplicado

No es ya que todas la relaciones estén construidas del mismo modo, es que además siempre se resuelven apelando a los mismos tics. Si la cosa se pone trágica, desde la banda de sonido se invoca al espíritu de Antonio Stradivari y empiezan a sonar los violines como en un concierto de año nuevo. En Berlín hay más música que en la sala de espera de un dentista. Un dentista devoto de Paganini. Lo que también hay, y mucho, son diálogos. Berlín es una serie para invidentes. Se nos explica lo que vemos, a veces por duplicado.

Pueden planchar mientras ven Berlín. O jugar al Call of Duty (muteado). Se nos explican los atracos mientras se practican. Keila nos plantea sus dilemas amorosos. Todo el mundo expresa sus dudas y sus sentimientos porque ya se sabe que la falta de comunicación solo trae  problemas. Y es que Berlín trata al espectador como si fuese esa pareja a la que no quiere perder.

Berlín y la dama de armiño

‘Berlín y la dama del armiño’ está disponible en Netflix.

¿Qué nos queda, entonces? Pues una fracción de comedia romántica que, pese a los tópicos, sobrevive gracias al buen hacer de Pedro Alonso y de Inma Cuesta, esa sevillana enamoradiza y celosona, con más carácter que la defensa del Sevilla del 92. La Carmen de Merimée por otros medios.

Pintona es, también, la secuencia del atraco final, con Migue Amoedo capitaneando un golpe en la estela de Fast & Furious (Rob Cohen, 2001). El resto es puro énfasis. Desde los diálogos engolados (“esto es un burbuja de arte y de neurosis”), hasta las actuaciones over the top magnificadas por el uso de primeros planos, por no hablar del gusto por convertir las secuencias de embeleso romántico en un anuncio de Cruzcampo o de Invictus, según se tercie, cuando no en el enésimo videoclip de uno de esos grupos indies que este verano peregrinarán por los macrofestivales españoles. Avisados quedan.

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