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Domingo 14 de octubre de 2001. Dos delincuentes, Manuel Brito y Francisco Javier Picatoste, escapan del Centro Penitenciario de Ponent en Lleida dejando atrás a dos Mossos d’Esquadra heridos graves. Los Mossos enjaulan la ciudad para que no escapen. Ponen controles en las salidas, peinan las calles e interrogan a los vecinos con tal de darles caza. Es imposible que hayan salido de la ciudad, pero nadie da con ellos. Durante más de un mes, Brito y Picatoste permanecerán huidos de la justicia, refugiándose en la sierra de Collserola, tirando de contactos para mantenerse a salvo y alimentados, preparando un golpe que les permita conseguir el botín suficiente para marcharse a Francia y, desde allí, quién sabe si al Caribe.
Esta información pueden encontrarla sin demasiado esfuerzo en el archivo de cualquier periódico digital que dio cuenta del que fue uno de los casos más complicados de la historia de los Mossos d’Esquadra. También pueden recuperar esta aventura sangrienta viendo los dos primeros episodios de Crims (Carles Porta, 2020-?), el ya mítico true crime creado por el periodista y productor Carles Porta que bucea en los expedientes de la historia criminal catalana.
La verdad es que, pese al aumento del metraje, las diferencias con ‘Crims’ son más bien escasas y, sobre todo, no son sustanciales
Es precisamente Porta el que, tras la insistencia del director general de Atresmedia, José Antonio Antón, se ha encargado de dramatizar la fuga de Brito y Picatoste, cuyos nombres, al igual que muchos otros, han sido convenientemente modificados en este primer true crime de ficción liderado por el autor de Tor (2024). Aquí los delincuentes se llaman Calatrava y Prieto. La cuestión está, pues, en saber qué aporta el cambio de formato al repaso de unos acontecimientos de sobra conocidos por la audiencia; al menos, por la audiencia que frecuenta con cierta asiduidad la crónica de sucesos y, más concretamente, los capítulos de Crims de Carles Porta.
La verdad es que, pese al aumento del metraje – lo que en Crims se contaba en un par de capítulos, en 33 días se va hasta los seis- las diferencias son más bien escasas y, sobre todo, no son sustanciales. Para adentrarse en los pantanosos terrenos de la ficción basada en hechos reales, Carles Porta ha recurrido a la pluma de dos expertos como Javier Olivares y Jordi Calafí, guionistas principales con una larga trayectoria conjunta que incluye éxitos incontestables como El ministerio del tiempo (Javier Olivares & Pablo Olivares, 2015-2020) o la primera temporada de Isabel (Javier Olivares, 2012), y series menos reconocidas pero igualmente estimables como Kubala, Moreno i Manchón (Annaïs Schaaf & Javier Olivares, 2011).

Juan Villagrán es Calatrava en ’33 días’.
Las directrices parecen claras. El objetivo es profundizar en el diseño de personajes. Pero, antes de entrar en esa cuestión, convengamos que la nueva producción de Atresplayer busca, primero, repasar las eventualidades de la fuga y de la investigación (lo que veíamos en Crims). Después, nos invita a jugar al gato y al ratón en lo que, por momentos, parece más un episodio de Tom y Jerry que un operativo policial, pues la falta de efectivos, la descoordinación entre las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado o los problemas jurisdiccionales van en contra de la correcta y efectiva aplicación de la ley.
Y, por último, se busca un mayor desarrollo de los personajes, faceta que el documental, que se rige en función de las aportaciones testimoniales, no permite (o no permite más allá de lo que los intervinientes estén dispuestos a contar sobre sí mismos, factor en el que también influye la pericia del documentalista).
La relación Calatrava-Prieto, pese a los zarandeos causados por la persecución, se torna en exceso monocorde
Aquí es donde empiezan los problemas. Todos los personajes están creados desde el conflicto. Calatrava (Juan Villagrán) no tiene suficiente con escapar de la policía ni con compartir huida con un tarado, también tiene que mostrar el sentimiento de culpa que arrastra por haber paseado a su madre por la calle de la amargura un día sí, otro también.
Prieto (José Manuel Poga) es un descerebrado que no da muestras de arrepentimiento y no parece acumular factura alguna que incremente su cargo de conciencia, así que es necesario enseñar las consecuencias que sus actos tienen sobre su exmujer y su hija en breves pinceladas que bosquejan personajes mínimos y que buscan despertar la emoción del público. Hay, dicho sea de paso, muchos roles utilitarios y sin peso específico, verbigracia los dos responsables de la Policía Nacional a los que se da un desarrollo mínimo e insuficiente.

’33 días’ se estrena este domingo en atresplayer.
Ni que decir tiene que la relación Calatrava-Prieto, pese a los zarandeos causados por la persecución, se torna en exceso monocorde: la tercera vez que el macarra al que da vida un José Manuel Poga en su salsa repite que pronto estarán en el Caribe tomándose cubatas, el estribillo se torna cansino.
Otro tanto sucede con los policías que brindan el contrapunto a los fugados, dibujados con la misma plantilla. Pau García (Pau Durà) será el responsable de la operación y, además, tendrá que lidiar con un matrimonio a la deriva cuyo naufragio ha sido causado por un hecho traumático que nos abstendremos de revelar. Su segunda de abordo, Clara Moyano (Nausicaa Bonnín) no solo tendrá problemas con la autoridad -y con su superior-, también deberá afrontar el delicado estado de salud de su madre, por no hablar del peso que en su trayectoria supone la actitud machista de un padre ya ausente que no entendía la presencia de mujeres en los cuerpos policiales.
Otro de los grandes problemas es que, más allá de la exhaustiva y trepidante recopilación de acontecimientos, apenas cuenta nada más que eso
Esa sobresaturación de conflictos y la necesidad de crear arcos dramáticos para cada personaje se torna formularia. Si uno piensa en El caso del Sambre (Jean Xavier de Lestrade, 2023) o en Memories of Murder (Bong Joon-ho, 2003), película que todo aquel que apueste por el true crime debería estudiar con ahínco, se dará cuenta de que ni es necesario conflictuar a todos los protagonistas – pueden entrar y salir de un historia sin que tengan que transformarse, basta con que sean ‘singulares’-, ni que tampoco hace falta explicitar su background biográfico, lo que no significa que no lo tengan.

Pau Durà y Nausicaa Bonnín en ’33 días’.
Otro de los grandes problemas de 33 días es que, más allá de la exhaustiva y trepidante recopilación de acontecimientos, apenas cuenta nada más que eso. Es decir, no hay un tema que trascienda al ‘hecho real’. Y es curioso, porque si uno atiende a los errores sistémicos y sociales expresados por la agente Moyano, encuentra un posible hilo del que tirar. También podría haberse abordado, por buscar otra alternativa, la complejidad de los procesos de reinserción partiendo de dos perfiles criminales tan distintos como los de Calatrava y Prieto.
La serie satisfará a los seguidores de Porta, sobre todo porque el elenco aguanta incólume y hace que la revisión del caso no pierda verosimilitud
Tampoco ayuda la repetición de recursos formales sobrexplotados. Las entrevistas a cámara que sugieren la elaboración de un documental a posteriori – y que apenas dan para un guiño gracioso- abundan en la verbalización de las problemáticas de los protagonistas. El uso de los drones y de las tomas aéreas ha pasado a convertirse en la opción más cómoda (y más espectacular). La metáfora del cuervo – como transposición animal de Prieto-, además de obvia, se agota de inmediato, …
En cualquier caso, 33 días satisfará a los seguidores de Porta, sobre todo porque el elenco aguanta incólume y hace que la revisión del caso no pierda verosimilitud: Pau Durà borda los cargos institucionales, tanto que deberían incluir su rostro en algún escudo de armas; Nausicaa Bonnín pone cara de armadura medieval para defender su posición y convencernos de su dureza; José Manuel Poga podría hacerle bullying al Joker y Juan Villagrán siempre tuvo duende para transmitir la fragilidad de los desamparados. Quizá, por ahí, la serie les convenza.

