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En una escena del quinto episodio, Vince y Jake Friedken, hermanos y residentes en Nueva York, visitan la vieja casa familiar, en venta tras la muerte de su madre. En la habitación que compartían de chavales recuerdan aquellos viejos buenos tiempos. O no tan buenos, porque de aquellos barros, estos lodos. Es un instante que supone un paréntesis a las tensiones, a los reproches, a las rencillas, a los dimes y diretes entre ambos que, a estas alturas del relato, ya conocemos sobradamente. Es un episodio luminoso que ilustra el vínculo que les une contra viento y marea, forjado en una infancia en la que no abundaban, precisamente, los momentos felices, e irrompible por una razón de peso de la que pronto se nos hará partícipes.
Vince y Jake encuentran una caja con aquellos viejos casetes que escuchaban, soñando convertirse en rockeros. De hecho, liderando a la banda The Black Rabbits tocaron el éxito con la punta de los dedos, hasta que el mayor de los hermanos lo echó todo a rodar y vivieron el primero de unos cuantos distanciamientos, como si se apellidaran Gallagher y no Friedken: “Mandaste a la mierda a la discográfica y tuviste una sobredosis en el escenario”, hace memoria Jake. “La cago constantemente, es una maldición”, responde Vince, en ese oasis en medio del desierto. La calma anterior a la tormenta.
‘Black Rabbit’ propone una madeja de malas decisiones, de pufos y de engaños, que llevan a estos dos liantes profesionales de un callejón sin salida a otro
Creada por Zach Baylin y Kate Susman, Black Rabbit comienza con un atraco a mano armada. Dos cacos enmascarados aparecen de la nada para interrumpir un fiestón en un exclusivo restaurante de moda. El local es propiedad de Jake y de sus socios, la talentosa chef que colecciona estrellas en críticas gastronómicas de periódicos relevantes y un viejo amigo de sus tiempos musicales que, él sí, se ha convertido en una estrella. El violento robo tendrá trágicas consecuencias que no conoceremos inmediatamente, porque el guion de esta miniserie de ocho episodios estrenada por Netflix se entretiene en dar contexto y mostrarnos los, no pocos, sucesos del mes anterior que acabarán desembocando en esa irrupción a tiro limpio.

Jason Bateman y Jude Law son los hermanos Vince y Jake en ‘Black Rabbit’
Es ese lapso de tiempo previo el que nos descubre la figura de Vince, la oveja negra de la familia, un bala perdida que sobrevive trapicheando entre sus adicciones y ludopatías, el clásico tipo que ganaría todas las medallas de oro si la autodestrucción fuese un deporte olímpico. Presentados los hermanos protagonistas, a los que interpretan Jude Law y Jason Bateman, Black Rabbit propone una madeja de malas decisiones, de pufos y de engaños, que llevan a estos dos liantes profesionales de un callejón sin salida a otro.
Porque si Vince es una rémora sin discusión, Jake no se queda muy atrás: la primera escena de la serie nos lo muestra evidentemente contrariado en el cuarto de baño, lavándose la cara y las manos, y mirándose al espejo, mientras se esfuerza en ensayar la mejor de sus sonrisas. No es un gesto intrascendente, aunque el vendaval que se avecina pueda hacernos olvidarlo, porque Jake, todo fachada, ha medrado con un indudable don de gentes y un envidiable talento a la hora de convencer a un personal que apoye sus infinitas ambiciones. Un atractivo lobo con piel de cordero, o un cretino integral vestido de encantador de serpientes.
Existen múltiples paralelismos entre el ‘Black Rabbit’ de la ficción y el restaurante Spotted Pig, cuyos dueños fueron denunciados hace unos años
Son dos personajes atrapados que han tocando fondo por enésima vez, marcados por la fatalidad y la insana afición a pedir préstamos que no podrán devolver, incapaces de escapar de la espiral que les arrastra al desastre. Y a su alrededor se levanta un drama familiar con aires de thriller criminal, o un thriller criminal con aires de drama familiar, en el que conviven las influencias del inevitable Shakespeare y del nunca suficientemente reivindicado Sidney Lumet, de The Bear y de Ozark. Y en el que hay espacio para una subtrama que conecta con las agresiones sexuales que dispararon el #MeToo en el negocio de la restauración: como contaba hace unos días un artículo del The New York Times, existen múltiples paralelismos entre el Black Rabbit de la ficción y el restaurante Spotted Pig, cuyos dueños fueron denunciados hace unos años.

‘Black Rabbit’ ya está disponible en Netflix.
Los dilemas éticos y los sacrificios morales son constantes en una miniserie que da vueltas alrededor de la idea de la lealtad amenazada: ni los vínculos de sangre ni la amistad más pura se salvan de infidelidades y mentiras, de traiciones y puñaladas traperas. Y, en ese campo de batalla, los Friedken se conocen todos los trucos. Es cuestionable la figura del antihéroe por la que apuestan Zach Baylin y Kate Susman, porque pone en tela de juicio la empatía que el espectador pueda sentir ante dos personajes que usan la supuesta maldición que les han marcado a fuego como excusa a su deleznable comportamiento. Sus miserias serían difícilmente perdonables en cualquier contexto, aunque nos rueguen, incluso nos obliguen, a simpatizar con ellos sin más motivos que la compasión hacia personas que no dejan de saltar al vacío.
Ocurre también que, a ratos, el guion avanza a trompicones, entre reiteraciones innecesarias y algún que otro ‘olvido’ que no concretaremos aquí. Y tampoco acierta en el dibujo de dos de los villanos de la función que, como escucharemos en uno de los diálogos, nos pintan como dumb and dumber aka dos tontos muy tontos. Muy listos no son, pero estos dos matones disparan sin preguntar.
Un notable cuento con moraleja sobre dos tipos que prefieren creer que son buena gente antes que mirarse al espejo y encontrarse forzando una sonrisa falsa
Igualmente cierto es que Black Rabbit se eleva en brazos de dos actores carismáticos, de un puñado de escenas potentes (una conversación sobre una violación, una discusión en calzoncillos, o cada una de las apariciones del prestamista mafioso al que da vida Troy Kotsur, el oscarizado coprotagonista sordomudo de CODA), de una estructura de rompecabezas que encuentra su mejor versión en el cambio de puntos de vista del sexto capítulo, de una puesta en escena atmosférica que saca petróleo de la noche neoyorquina y de sus luces de neón, de una energía narrativa y visual que luce sobre todo en sus episodios finales, dirigidos por Justin Kurzel (que ya trabajó con Jude Law en una fabulosa película, The Order) o de una más que satisfactoria resolución de la trama.
Así las cosas, Black Rabbit es un notable cuento con moraleja sobre dos tipos que prefieren creer que son buena gente antes que mirarse al espejo y encontrarse forzando una sonrisa falsa.

