'Silencio', crítica de la serie (Movistar Plus+): Lo siento, mi amor
Crítica de la serie (Movistar Plus+)

‘Silencio’: Lo siento, mi amor

Presentada en Locarno y, más tarde, en el Festival de Cine Fantástico de Sitges, la serie de vampiras de Eduardo Casanova sube a Movistar Plus+ a
comienzos de diciembre. Esta tragedia romántica, magreada por un humor viciado, y situada en dos épocas, en torno a sendas pandemias, la peste negra y el sida, es uno de los trabajos más precisos y reveladores de su autor.

Movistar Plus+ estrena la primera serie de Eduardo Casanova tras su paso por prestigiosos festivales.

Muera el amor

Eduardo Casanova forja en Silencio un artefacto mutante, perturbador y perturbado, a propósito de una fragmentaria reunión de ánimos de una vampiresa y su familia a lo largo de casi siete siglos. La propia concepción del espacio ya resulta, sobre el papel, lo suficientemente confusa y problemática con su decisión, ¿voluntaria o forzada?, de una división en tres capítulos, con errática exposición y expansión, de apenas veinte minutos cada uno. La suma de las partes, en la práctica, descubren un mediometraje extenso o la posibilidad de un largo muy breve. Sin embargo, el autor opta, sin proporcionar demasiadas explicaciones, afortunadamente, por organizar el asunto a partir de una personalización de las conformaciones de la ficción seriada. 

La elección profundiza, sin duda, en esa entidad líquida y de cambio constante. De hecho, la interrupción episódica de la historia parece remarcar la llegada de una nueva transformación tras un instante de apagado. Cada salto en el reportaje vampírico, el siguiente mordisco sin esperanza, provee al conjunto de una nueva e importante tonalidad, casi siempre asociada al hecho amoroso-sexual, transmitiendo distintos cometidos a las figuras de un grupo concreto de personajes, en especial a Malva (Lucía Díez), la última superviviente de una estirpe milenaria de monstruos, y sobre la que verdaderamente gira el programa. 

Silencio

Lucía Díaz interpreta a Malva, la protagonista de la serie de Eduardo Casanova.

Silencio, lo mismo que su figura central, Malva, y también el propio Casanova, por supuesto, parece moverse constantemente, y con una cierta desesperación, alrededor de diferentes conmociones a fin de surgir de veras para alcanzar un propósito bello e iluso con respecto al maldito amor. Es, en último término, una de las más enloquecidas y suicidas redacciones presentadas en relación a la pasión y la emancipación individual en los últimos tiempos. En sus imágenes golpea el frenesí con una urgencia descontrolada. El artilugio de vampiras y amor supone un grito de deseo y auxilio, ensamblado con entendible premura detrás de la supervivencia en un momento de crisis y dudas profundas. Agrupa numerosas percepciones e ilusiones con un montaje atolondrado, demasiado excitado, empujado por los desequilibrios incesantes. 

‘Silencio’ es una actuación de búsqueda personal emprendida en base a la celebración de un cierto ritual del Yo

Lo mismo que un sueño erótico profundo, el ciclo pasa por diferentes estados emocionales según la proyección de retales de diferente autoridad. Así, en la cadena de imágenes entregada finalmente por Casanova conviven instantes sublimes con otros mediocres o, de todas formas, casi no afinados. Entre los primeros llaman la atención muchos de los localizados en el capítulo tercero, cuando Malva, tras la muerte de su madre amargada, Verónica (Ana Polvorosa), ya se ha convertido en la sobreviviente última de su clan y descubre, de veras, el amor y el deseo junto a la yonqui Triana (María León), enferma de sida, a finales de los años ochenta.

También, sin duda alguna, resplandece ese videoclip sangriento-sexual de apertura del capítulo dos, y ensamblaje a mordiscos, con una extravagante interpretación del conocido tema “Muera el amor” de Rocío Jurado, que insiste en la observación del temperamento posmoderno y romántico del proyecto y, en resumidas cuentas, de la creación como director de Casanova. 

Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo

De algún modo, Silencio, habitada por espectros corroídas por el amor en decadentes guaridas secretas, del tiempo de la peste negra al del VIH, puede leerse en modo de subjetiva versión de la imposible aproximación de John Waters a la novela de Anne Rice Entrevista con el vampiro. Ciertamente, la sombra del director de Baltimore danza encima de las imágenes de Casanova, al igual que en las experiencias anteriores. Sin embargo, y quizá por primera vez, acá la silueta solo es anecdótica, un tinte utilizado para señalar, con sutileza, elementos del atrezo, dado que realmente las aflicciones, los enfoques y los amoríos son particulares.

‘Silencio’ sugiere un desgarramiento de la realidad y un emocionante alarido acerca de la diferencia y la excentricidad, la radicalidad, el amar y el joder, en la escena actual tan profundamente conservadora y caníbal. 

Silencio es una actuación de búsqueda personal emprendida en base a la celebración de un cierto ritual del Yo. Su sustancia, como decía antes, está completamente ligada al carácter iluso y triste de su heroína. La chica vampiro es la perfecta representación de la entidad de la obra, y esto descubre una intimidad alarmante, cuando averiguamos que ella quiere morir. Con esto regresamos forzosamente a la dirección suicida mencionada antes. Hoy algo quiere cerrarse sobre las imágenes de los monstruos del folclore pero no para acabar con su presencia para siempre. El deseo es seguir la lógica de las criaturas chupadoras de sangre y pasar a un estado diferente de la existencia. Casanova acaso confiesa una aspiración romántica y delirante. 

Silencio

Las Vampiras, de izquierda a derecha: Leticia Dolera, Carolina Rubio, Ana Polvorosa y Mariola Fuentes.

Por consiguiente, el artefacto, instalado en una suerte de frontera invisible entre dimensiones, trabaja en torno al ayer y al mañana. Esto queda absolutamente claro con el diseño argumental y la colocación del relato en dos tiempos de acuerdo a la observación de las penas sentimentales de dos mujeres vampiro, madre e hija, las dos enamoradas de los humanos Felipe (Omar Ayuso) y Triana. El autor detalla y perfecciona la acción desde una imagen propia pretérita, la del romance del alienígena y Jackie Kennedy del corto Lo siento, mi amor (2018).

Esta resignificación moral y política del magnicidio de Dallas, el amour fou condenado, impulsa ahora la preparación de una narración semejante, sacudida por correspondencias amorosas y eróticas parecidas entre seres enfrentados, para encontrar el mañana. Una fotografía de ayer señala un posible rumbo hacia el futuro. Sucede igual en el relato, las polaroid de Triana excitada y colocada en la cama, después de chutarse heroína, tomadas en el lejano 1989, activan, en efecto, todo lo demás.  

Casanova vuelve a referirse a los estremecimientos de los inadaptados. En este momento formula una resignificación queer del hecho del vampiro, y reivindica sus pesadumbres y aspiraciones como propias. Así, Silencio conquista también la condición de potente objeto político en función del sentido moderno de revolución y empoderamiento poliédrico del desplazado y señalado, tradicional e injustamente. Cada mordisco y beso sanguinolento supone en la imagen de la serie una intensa declaración del ser político del engendro. El director parece recoger y aplicar varias ideas expuestas por Bruce LaBruce en el escrito “Notas sobre lo camp y lo anticamp” apartando el levantamiento del conservadurismo burgués y el burlesque reaccionario. Sugiere un desgarramiento de la realidad y un emocionante alarido acerca de la diferencia y la excentricidad, la radicalidad, el amar y el joder, en la escena actual tan profundamente conservadora y caníbal. 

Con humor collage, peroratas absurdas e interminables, como las de las hermanas alrededor de una mesa en las secuencias del siglo XIV, una ilustración ligera y exhibicionista, a la vez, y garabatos traviesos sobre las figuras del monstruo imaginadas por Murnau, Jordan, Hooper o el dibujante Sfar, Casanova arma y confía en este momento un organismo ensangrentado y poético similar a una convulsión exasperada, una visión de la inmortalidad de la imagen en movimiento.

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