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Tras indagar por segunda vez sobre las turbiedades que envolvieron el caso Aldo Moro en la espléndida Exterior noche (2022) – recordemos que ya lo hizo desde la lateralidad revolucionaria de las Brigadas Rojas representada por los captores del malogrado Primer Ministro en Buenos días, noche (2003) -, el octogenario director Marco Bellocchio regresa al ámbito de la ficción seriada para centrarse en un rocambolesco episodio de la historia más o menos reciente de su país. Aquí cinco razones para adentrarse en la barroca, enrevesada e insólita Portobello (2026).
1. ¿Verdad que parece mentira?
Si usted le presenta a una productora o a una plataforma una ficción con un argumento idéntico al de Portobello se la rechazarán de inmediato por inverosímil. Y es que no hay quien se crea que Enzo Tortora (Fabrizio Gifuni), el popular presentador del magacín televisivo de la RAI que da nombre a la serie, sustituyera la tensión por conocer los índices de audiencia diarios por la angustia de saber a cuántos años ascendería su condena.
Tortora vio cómo pasaba de recibir la Orden al Mérito de la República Italiana a ser internado en la cárcel de Bérgamo en menos de un año
Acusado por más de una decena de miembros de la Nuova Camorra Organizzata, dirigida por el severo ‘professore’ Rafaele Cutolo, no solo de pertenecer a este eficiente y vengativo sindicato del crimen sino, además, de liderar la distribución de cocaína dentro del mundo del espectáculo, Tortora vio cómo pasaba de recibir la Orden al Mérito de la República Italiana a ser internado en la cárcel de Bérgamo en menos de un año. Durante casi cuatro años vivió un calvario judicial y mediático, trató de probar su inocencia por todos los medios hasta el punto de concurrir como candidato a las elecciones europeas como cabeza de lista del Partido Radical, lo que no le impidió renunciar a su aforamiento, pues salió elegido, cuando se celebró el juicio de apelación.
Pero, ¿había algo de cierto en las acusaciones vertidas por los camorristas? ¿Era Tortora uno de los muchos peones que Cutolo movía a su antojo por el tablero transalpino? ¿O todo fue una confabulación entre delirante y malintencionada? La miniserie de seis episodios dirigida al completo por Marco Bellocchio y escrita por el propio cineasta junto a Stefano Bises, Giordana Mari y Peppe Fiore, trata de responder a estos interrogantes al tiempo que va perfilando un revelador bosquejo del extravagante funcionamiento que rige un país como Italia.
2. El gran teatro del absurdo
En uno de los carteles promocionales de la serie observamos a un papagayo posado sobre un máscara veneciana, afiche que remite a la secuencia de apertura de la serie, situada en la trastienda de los platós de la RAI. El loro era uno de los grandes atractivos del programa. Formaba parte de un número en el que uno de los invitados tenía que lograr que el pájaro pronunciase el nombre del programa, lo que suponía un premio para el participante. Su plumaje colorido, y el fondo azul elegido para la fotografía, contrastan con el negro de la máscara. Portobello se mueve entre la extravagancia festiva de un show televisivo de variedades y la ominosa penumbra en la que cohabitan los espurios intereses del crimen organizado, la malagiustizia y el denodado afán de notoriedad de determinados personajes: dos mundos distintos y, a la vez, indesligables.

‘Portobello’ narra la historia real de Enzo Tortora, el popular presentador de televisión italiano.
A lo largo de la serie hay tres términos que se repiten de manera recurrente: teatro del absurdo, farsa y comedia (o el arte de la comedia). Como ya hiciese en El traidor (Marco Bellocchio, 2019), sobre todo en la parte referida al juicio en el que el pentito Tommaso Buscetta (Pierfracesco Favino) era la gran estrella, Bellocchio pone en evidencia, siempre de manera sutil, los mecanismos que articulan la representación, de modo que las diferencias entre el proceso y un circo de tres pistas sean prácticamente nulas.
Todo es un gran escenario, un gran plató, en el que cada interviniente juega su papel. Los arrepentidos, como el locuaz esquizofrénico Giovanni Pandico (impresionante Lino Musella), el feroz asesino múltiple Pasquale Barra (Massimiliano Rossi) o un embaucador nato como ‘il bello’ Gianni Melluso (Giovanni Buselli), dan vuelo a una fábula que hubiese firmado el mismísimo Carlo Goldoni. Otro tanto sucede con fiscales, jueces y testigos. Todos ellos asumen su rol dentro del gran espectáculo de la justicia y la puesta en escena refrenda esa idea de representación continuada: el modo en que Bellocchio filma la sala en la que se celebra la vista, las continuas referencias literarias de un fabulador enfermizo como Pandico, las menciones al arte de la actuación, cómo filma la deposición del falsificador Giuseppe Margutti ante el juez, el hecho de casi cada localización sea presentada como un escenario, …
Sucede, sin embargo, que el único que parece desconocer las reglas del juego es Tortora, como si un eco involuntario de Jury Duty (Lee Eisenberg & Gene Stupnitsky, 2023) resonase en Portobello. Bellocchio plantea una batalla entre el lenguaje de la verdad y la retórica de la ficción jugada en un terreno – el de la representación de corte farsesco- en el que ambas son equivalentes.
Otra de las reflexiones importantes en esta producción compuesta por capas y capas de significado pasa por calibrar el poder vertebrador de la televisión
Portobello es, también, la síntesis del proceso de aprendizaje que acomete el propio Tortora, que comprenderá las normas no escritas que regulan un proceso judicial enturbiado por corrientes de opinión altamente contaminadas cuando, en el juicio, intervenga Renato Vallanzasca (Alessandro Fella) para desmontar el ponzoñoso argumentario de Gianni Melluso – alguien que llegó incluso a asegurar que tenía un foto de Tortora con el boss Frank Turatello – en un careo antológico que viene a concluir que para imponerse en la guerra de la oratoria es necesario haber estudiado a Demóstenes (o que para ganar una pelea en el barro uno tiene que ensuciarse).
El último speech de Tortora ante los magistrados del tribunal de apelación demostrará que el veterano presentador ha logrado dominar el código que antes desconocía, lo que derivó en una primera y dolorosa condena.

Fabrizio Gifuni interpreta a Enzo Tortora en la serie.
3. La televisión es nutritiva
Otra de las reflexiones importantes contenidas en esta producción para HBO compuesta por capas y capas de significado pasa por calibrar el poder vertebrador de la televisión. Bellocchio entiende que la televisión nos iguala, de ahí esas secuencias en las que la emisión de Portobello se erige en el elemento de unión entre escenarios tan diferentes como una celda, un hogar de pensionistas, un convento, el salón de una casa aristocrática o el improvisado y lúgubre descansillo de una necrópolis en la que un guardia de seguridad mira atento el programa en un pequeño aparato portátil.
Resulta paradójico que una serie repleta de declaraciones se revele como un ejemplo ideal para adentrarse en la función expresiva del diálogo más allá de la literalidad
Las reacciones que suscitaba un personaje tan popular como el de Tortora, alguien sobre quien el grueso de la población se arrogaba el derecho a opinar – véanse las entrevistas a pie de calle que aparecen en el tercer capítulo – porque lo consideraban poco menos que una propiedad, alguien que les pertenecía del mismo modo que un familiar o una mascota.
En definitiva, Portobello explora los modos en que la televisión influye sobre la percepción que la opinión pública tiene a propósito de distintos sucesos, pero también incide en cómo el medio deforma la mirada que vertemos sobre aquellos que dejan que su imagen sea pasto de las cámaras, un fenómeno que todavía se ha acrecentado más con la llegada de las redes sociales. En ese sentido, la serie no se aleja ni un milímetro de nuestro presente.
4. Parole, parole, parole
Resulta paradójico que una serie repleta de declaraciones, careos e interrogatorios se revele como un ejemplo ideal para adentrarse en la función expresiva del diálogo más allá de la literalidad. En primer lugar, aquí las palabras renuncian a la precisión, sirven para enmascarar la verdad y anulan la capacidad comunicativa del lenguaje.
Los parlamentos torrenciales de Pandico desnudan las palabras de su función primordial y buscan, por el contrario, arrastrar cualquier resto de verdad por el sumidero de la confusión. En Portobello los personajes sufren continuos ataques de verborrea y, sin embargo, sus intervenciones apenas explican nada sobre ellos. Es más, los discursos enardecidos ocultan los pensamientos de quienes los pronuncian, siempre en aras de defender sus intereses, y jamás concuerdan con la verdad de unos hechos que necesitan de pruebas que vayan más allá del testimonio oral para garantizar su veracidad.

‘Portobello’ se estrena este jueves 2o de febrero en HBO Max.
Pero más allá de estas cuestiones, y de lo difícil que resulta que la verdad se imponga en un duelo dialéctico en el que la habilidad retórica todo lo puede, más aún si no hay pruebas concluyentes – el peso de lo tangible, una fotografía, una grabación, frente a la evanescencia de la palabra-; independientemente de esta cruenta batalla oral en la que realidad y ficción poseen idéntico valor, la construcción de los diálogos se aparta de los usos más convencionales.
La repetición permite que los diálogos sedimenten unos sobre otros, que eludan la explicación frontal y fomenten la asociación de ideas
El mejor ejemplo lo hallamos en el tercer episodio. Debido a sus problemas cardíacos, Tortora está a punto de ser trasladado a una cárcel más cercana a su domicilio. Mientras se despide de los que han sido sus compañeros de celda durante meses, le pregunta a uno de ellos algo que antes no se había atrevido a preguntarle: “¿Por qué estás aquí?”. El joven recluso le responde: “Ayudé a mi madre”.
Ya en la nueva cárcel, la de Bérgamo, el presentador entabla relación con un preso veterano que le propone que practique meditación, a lo que Tortora se niega. Durante la charla que mantienen, que tiene lugar mientras se celebra una misa/homenaje de tintes (una vez más) farsescos, Tortora vuelve a hacerle la misma pregunta que le hizo al joven reo: “¿Puedo preguntarle por qué está aquí?”, a lo que el anciano contesta: “Maté a mi mujer. Hace muchos años. No lo volvería a hacer”.
Las dos respuestas a la misma pregunta impactan la una sobre la otra y permiten inferir, por un lado, que el primer recluso mató a su padre para proteger a su madre (“ayudé a mi madre”), un padre que se espeja en ese anciano que asesinó a su mujer y que revela un patrón de conducta repudiado por una generación posterior. La repetición permite que los diálogos sedimenten unos sobre otros, que eludan la explicación frontal y fomenten la asociación de ideas.

Lino Musella interpreta a Giovanni Pandico en ‘Portobello’.
5. Tres imágenes
Cerremos el presente texto comentando algunas composiciones (o bloques secuenciales) que nos pueden servir para calibrar la magnitud del último trabajo de un cineasta en pleno dominio de su oficio.
– Como ya hemos comentado, en el tercer episodio, Tortora es trasladado de un penal a otro por motivos de salud. Durante el trayecto, el convoy que lo transporta se detiene en una bulliciosa área de servicio porque los agentes de la ley quieren ir al baño. Cuando las puertas del vehículo en el que está retenido el presentador se abren, un enjambre de reporteros gráficos y curiosos se precipita sobre el furgón. Unos toman fotos, otros le alientan, algunos no dudan en calumniarle. La cámara se mueve inestable. Tortora trata de ocultarse. La situación es tensa y opresiva.
El totum revoltum de opiniones rebota contra los cristales de la furgoneta. Bellocchio comprime los encuadres. Los guardias regresan. Le ofrecen agua, que Tortora rechaza. El convoy reprende la marcha. Un corte de montaje nos sitúa frente a una imagen de nueve cazas surcando el cielo. Las estelas de humo de colores que sueltan los aviones forma la bandera de Italia. La asociación entre la secuencia inmediatamente anterior y esta describe un país en apenas un par de minutos, la figura de Tortora como crisol en el que se funden los anhelos, las ansiedades, las envidias y las esperanzas de una nación tremendamente confusa.
‘Portobello’ es una mina para los analistas y un gozo para el espectador. Larga vida al gran Marco Bellocchio
– No abandonemos el tercer capítulo. El juez Girogio Fontana (Alessandro Preziosi) sale de su despacho en las dependencias judiciales. Bellocchio opta por filmar esa salida con un plano general en escorzo, mostrando el imponente tamaño de la estancia. De repente, una rata aparecerá en escena y cruzará por delante de la cámara (si hay ratas, hay suciedad). El magistrado seguirá caminando y en los pasillos se cruzará con un empleado que porta una máquina de escribir. El juez le inquiere si está robándola, a lo que el joven pasante contesta que la ha cogido porque tiene que escribir un informe y no hay máquinas disponibles. De hecho, hay tan pocas que hay funcionarios que las encadenan a sus mesas. El juez parece un tanto sorprendido.
En esas dos imágenes, el director de El rapto (2023) pone de manifiesto la precaria situación de la justicia italiana – la monumentalidad de las dependencias frente a la pobreza de recursos -, pero también da cuenta de la visible distancia entre los todopoderosos jueces y los funcionarios de base.
– Para terminar, vayámonos al final del quinto episodio. Finalizado el primer juicio contra Tortora, el tribunal le condena a 10 años de cárcel y una multa de 50 millones de liras. Los periodistas que han cubierto el proceso celebran una cena corporativa. Para ellos, la sentencia contra Tortora y el resto de imputados es una victoria, el triunfo de los cronistas humildes. Se congratulan de haber ayudado a revelar la verdad.
Uno de ellos, el más veterano, saca la guitarra y entona una canción popular napolitana. El resto le secunda. La cámara sobrevuela la mesa – serán unos 15- mientras vemos trajinar a los camareros. Se observa que están en la planta más elevada de un edificio – quizá el restaurante de un hotel-; en una ubicación privilegiada (¿tal vez su particular torre de marfil?). La tonada popular va embruteciéndose hasta desaparecer y ser sustituida por una canción que parece una pieza de ska dodecafónico.
La cámara sigue con su movimiento, abandona a los periodistas y nos muestra que toda la terraza en la que se encuentran está forrada de plástico. Se detiene delante de una farola. Aparecen los créditos de final de capítulo. Con ese simbólico desplazamiento, Bellocchio señala que aquellos que deberían arrojar luz sobre el asunto que investigan – el affaire Tortora- tienen la mirada entelada y no pueden ver con claridad la verdad sobre el caso que les ocupa.
En definitiva, Portobello es una mina para los analistas y un gozo para el espectador. Larga vida al gran Marco Bellocchio.

