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Cartel promocional de la serie 'Las maldiciones' (Netflix).
Un político corrupto manejado por su madre, una mujer ambiciosa y calculadora. Un asistente personal que intenta salir de la tela de araña en la que está envuelto y una trama en la que se cruzan intereses personales, políticos y económicos y es difícil saber dónde terminan unos y empiezan otros. Estos elementos son los que maneja Las maldiciones, miniserie argentina de Netflix que adapta un libro de una de las autoras más reconocidas de la novela negra en español, Claudia Piñeiro, y que está creada por Daniel Burman, cineasta que lleva ya una larga temporada más dedicado a la ficción televisiva que al cine.
A priori, es un proyecto muy goloso, y no solo por el protagonismo central de Leonardo Sbaraglia. Su gobernador provincial con aspiraciones más altas es alguien que puede perderlo todo con un solo desliz, tan intrincado es el castillo de naipes sobre el que se asienta su poder, y ese desliz va a llegar por el lado más vulnerable, que es el privado. Pero como lo público y lo privado están más a flor de piel de lo que parece, afecta a sus pretensiones políticas y, sobre todo, a la cobertura que dichas pretensiones van a dar a una trama corrupta en la que hay implicadas tierras aparentemente baldías y empresas extranjeras.

Mónica Antonópulos, Leonardo Sbaraglia y Alejandra Fletcher en ‘Las maldiciones’.
De qué va ‘Las maldiciones’
La serie, de tres episodios, arranca con una niña dormida en el asiento trasero de un coche que recorre una carretera polvorienta a través del desierto. Quien conduce es Román Sabaté (Gustavo Bassani), asistente personal y mano derecha del gobernador Fernando Rovira (Leonardo Sbaraglia), que está ultimando los apoyos de una importante votación concerniente al uso del agua en ciertas regiones de la provincia. Estamos a viernes y la votación es el lunes, y al estrés de asegurarse los votos para que dicha ley no salga se une el de que, de repente, Rovira desconoce dónde está su hija y por qué su principal empleado no contesta a sus llamadas.
A partir de ahí, la serie va desvelando poco a poco las complejas relaciones entre todos los personajes, que difuminan la línea entre lo profesional y lo personal. Se cultivan amistades para ser utilizadas como arma política y Rovira está rodeado, más que de consejeros y asesores, de ‘fixers’ que arreglan cualquier inconveniente que surja en sus planes. Sbaraglia interpreta al gobernador como alguien seguro de que es imposible que lo derroquen de su trono, totalmente convencido de que su juego a largo plazo va a salir bien porque no puede permitirse otro resultado.
‘Las maldiciones’ tiene un pequeño problema, y es que es difícil quitarse de la cabeza la idea de que su origen pudo estar en un proyecto de película que terminó transformándose en serie
El gran hallazgo de la serie es la Lady Macbeth particular del gobernador, que es su madre, una mujer que se marca un objetivo muy claro desde el principio de la serie y lo va a cumplir al precio que sea. Todos los personajes acaban enredados en su trama o sufriendo sus efectos colaterales y Alejandra Flechner, su intérprete, consigue presentarla como alguien temible pese a su aparente fragilidad física. Quienes se mueven a su alrededor la respetan o la temen, y su actitud es más de Vito Corleone que de una matriarca que vela por el futuro de su hijo.
Sin embargo, Las maldiciones tiene un pequeño problema, y es que es difícil quitarse de la cabeza la idea de que su origen pudo estar en un proyecto de película que terminó transformándose en serie. Ninguno de sus tres capítulos llega a la hora de duración (el primero supera por poco los 30 minutos) y el último resuelve todos los conflictos con algo de premura, sin dar tiempo a que comprendamos mejor las motivaciones de Sabaté para hacer lo que hace y sin que se pueda construir más convincentemente a otros personajes como la esposa de Rovira, cuyas decisiones juegan un papel demasiado crucial para que no se le dedique más tiempo.

Francesca Varela es Zoe Rovira en ‘Las maldiciones’.
Un thriller que podría ser película
Hacia el final de la miniserie, un personaje hace referencia al título de la obra al afirmar que los hijos sufren las maldiciones de los padres, pero es una sentencia con mucho peso que, sin embargo, no está reflejada del todo en pantalla. Solo la relación entre Rovira y su madre adquiere esa importancia, y otras conexiones paternofiliales que, sobre el papel, resultan fundamentales, acaban desdibujadas.
La serie contenía elementos para cristalizar en un thriller con mayor peso y que de verdad tuviera algo más que decir sobre lo emponzoñados que pueden estar a veces la familia y el amor
Al final, cae presa de uno de los grandes males de la era del streaming, que es que proyectos que nacen como película se alargan un poco para ser miniserie porque es para lo único que consiguen la financiación. Pero esa adaptación a un formato seriado no tiene lugar como debería. Las maldiciones lo intenta dedicando el segundo episodio a un flashback que nos pone en contexto de lo que estamos viendo, para luego pasar a una resolución de la historia apresurada y que deja la sensación de que la serie quiere dar importancia a aspectos que al espectador no le han terminado de llegar de la misma manera.
Se ve rápido porque, en el fondo, se genera cierta curiosidad por comprobar si los planes de Rovira se vendrán abajo por su propia arrogancia (o, realmente, por la de su madre), pero contenía elementos para cristalizar en un thriller con mayor peso y que de verdad tuviera algo más que decir sobre lo emponzoñados que pueden estar a veces la familia y el amor.

‘Las maldiciones’ ya está disponible al completo en Netflix.

