‘El monstruo de Florencia’: el asesino que conmocionó a Italia
Crítica de la serie

‘El monstruo de Florencia’: el asesino en serie que conmocionó a Italia

Los responsables de 'Gomorra', Leonardo Fasoli y Stefano Sollima revisitan el caso real que conmocionó a Florencia durante casi dos décadas, combinando reconstrucción histórica y suspense contemporáneo. Entre crímenes brutales y personajes ambiguos, la miniserie propone un rompecabezas de identidades y motivaciones sobre un caso que todavía sigue presente en el imaginario colectivo.

Ocho parejas asesinadas a lo largo de 17 años. Jóvenes que se refugiaban en espacios apartados para disfrutar en paz de sus encuentros sexuales aparecían inertes, atravesados por una lluvia de balas escupidas por una Beretta. Después les cosían a puñaladas y a ellas les arrancaban los genitales. La ola de pánico que recorrió la provincia de Florencia entre 1968 y 1985 cuando, inopinadamente, los asesinatos cesaron, todavía sigue presente en el imaginario colectivo, pues la investigación para atrapar al serial killer sigue abierta.

La disposición de la dramaturgia hace de esta serie un relato lioso, difícil de seguir

A lo largo de ese tiempo y hasta nuestros días, más de una decena de personas han sido acusadas de ser ‘El monstruo de Florencia’, sobrenombre que la prensa dio al homicida múltiple, pero ninguna de ellas carga con condena alguna: nunca hubo pruebas suficientes para encausar a nadie. La miniserie de cuatro episodios que firman dos de los responsables de Gomorra (2014-2021), el guionista Leonardo Fasoli y el director Stefano Sollima, explora esas casi dos décadas de horror, se remonta los orígenes del caso y propone, sin medias tintas, una tesis sobre quién estuvo detrás de tan ominoso apelativo.

Este nuevo true crime para Netflix posee una estructura enrevesada, se alinea con ese tic tan contemporáneo que pasa por fragmentar cualquier historia y acaba por volverse tan confuso como el propio caso: quien sabe si convertir la cronología un rompecabezas responde a la intención de los autores por hacer que los espectadores se encuentran tan perdidos como las autoridades, en este caso representadas por la asistente del fiscal Silvia Della Monica (Lilliana Bottone) quien se hizo cargo del caso en 1982. Sea como fuere, esa disposición de la dramaturgia hace de esta serie un relato lioso, difícil de seguir.

El monstruo de Florencia

Esta miniserie de cuatro episodios la firman dos de los responsables de Gomorra, Leonardo Fasoli y Stefano Sollima.

Fasoli y Sollima, que aquí también trabaja como guionista además de dirigir los cuatro capítulos, sitúan la clave para resolver el misterio en el primero de los asesinatos, el de Antonio Lo Bianco y Bárbara Locci, que tuvo lugar 21 de agosto de 1968 en las inmediaciones de Signa. Cuando, en 1982, el asesino vuelve a actuar, Della Monica encuentra los paralelismos entre ese doble homicidio y otros casos en los que hay un patrón que se repite: el uso de una Beretta calibre 22, modelo Long Rifle y de proyectiles marca Winchester, serie H. El intento por localizar la pistola les llevará hasta el primer crimen, el de Lo Bianco y Locci, cometido con la misma arma y a identificar otras tres dobles muertes idénticas, una en 1974 y otras dos en 1981.

En ese crimen primigenio encontrará la serie su modelo de organización, sin temor a remontarse a décadas anteriores para explicar el background de los involucrados. Cada uno de los cuatro episodios estará dedicado a uno de los sospechosos implicado en aquel doble asesinato que despertó el ansia homicida de ‘Il mostro’. El primero versa sobre Stefano Mele (Marco Bullitta), marido de Bárbara Locci (Francesca Olia), un hombre apocado, a merced de lo que le impone su clan familiar, y a priori avergonzado por el comportamiento descarado de su esposa. Mele, que en primera instancia confesó el doble homicidio, terminaría retractándose doce años después, afirmando que se inculpó para proteger a su hijo, que estaba en el asiento de atrás cuando mataron a su madre y a su amante.

Los maltratos se hacen extensivos a buena parte de las mujeres que aparecen en la serie y que no son sino la metonimia de una violencia atávica y endémica ejercida contra el género femenino

El niño, testigo clave, también cambia su versión de los hechos casi cada vez que lo interrogan: su padre estaba allí, primero dijo que acompañado por Francesco Vinci (Giacommo Fadda), antiguo amante de la madre y al que se dedica el segundo capítulo; después dijo que quien estuvo junto a su padre fue su tío Giovanni Mele (Antonio Tintis), protagonista del tercer capítulo, y por último que fue Salvatore Vinci (Valentino Mannias), hermano de Francesco, quien tiempo atrás fue un perturbador inquilino en la casa de los Mele.

Sin ánimo de desvelarles más pormenores sobre la trama, digamos que hay abusos, violaciones y vejaciones de todo tipo que recaen sobre la figura de Bárbara, maltratos que se hacen extensivos a buena parte de las mujeres que aparecen en la serie y que no son sino la metonimia de una violencia atávica y endémica ejercida contra el género femenino, simbolizadas por las mutilaciones genitales de un asesino en serie que solo las práctica sobre el cuerpo de ellas (a los hombres los mata, pero no los desmiembra).

El monstruo de Florencia

Francesca Olia interpreta a Bárbara Locci en ‘El monstruo de Florencia’.

La galería de tarugos que esta teleserie italiana nos muestra daría para llenar el ala entera de un psiquiátrico o de una cárcel: esposos que prostituyen a sus cónyuges, homosexuales reprimidos que transforman en agresividad y anhelo de venganza sus carencias, maridos pusilánimes dispuestos a someter a sus consortes ni que sea por interposición, hombres cuyas pulsiones eróticas son harto discutibles y que son capaces de violentar a sus parejas en un cementerio mientras ‘dramatizan’ los crímenes de ‘El monstruo’, clanes familiares a los que no les tiembla el pulso a la hora de deshacerse de una mujer con tal de proteger su honor, …

En este nuevo proyecto todo parece surgir de una plantilla en la que la voluntad por no mostrar el rostro del asesino obliga a repetir recursos a la hora de representar los crímenes

Ese es el clima en el que se desarrolla el relato, por lo demás barnizado por una generosa capa de  sordidez que, sin embargo, no se plasma con excesiva fortuna. Hay aquí poco de la energía que Stefano Sollima sacó a relucir en Sicario: el día del soldado (2018) o en la alargada pero efectiva Adagio (2023). En este nuevo proyecto todo parece surgir de una plantilla en la que la voluntad por no mostrar el rostro del asesino obliga a repetir recursos a la hora de representar los crímenes.

Los bosques bañados de oscuridad, la iluminación de baja intensidad y el envejecimiento de las imágenes para simular una época concreta tratan de crear una atmósfera que raras veces alcanza el impacto buscado. Y no nos referimos a los numerosos tiroteos a bocajarro que la serie muestra, o a los apuñalamientos y mutilaciones post mortem, sino a un par de pasajes que, por su concepción, transmiten mucha mayor inquietud que las escenas más explícitas.

El monstruo de Florencia

‘El monstruo de Florencia’ se estrena el 22 de octubre en Netflix.

Nos referimos, por poner dos ejemplos, a esa secuencia en la que la disposición del hogar de los Mele sirve para mostrar los deseos y la extraña y posterior comunión que se forjara entre dos tipos tan distintos como Stefano Mele (bañado por una luz azul) y Salvatore Vinci (envuelto en una luz ocre, rojiza). Dos personas muy diferentes – la colorimetría y un tabique los separan- que en un apaño atroz, terminaran por hermanarse en aras de satisfacer sus apetencias.

La otra es la secuencia final, en la que el supuesto asesino, ataviado con el frontal que utiliza para moverse con agilidad por los bosques a oscuras, desciende hacia a una cueva, como una alimaña que se esconde en su guarida antes de volver a actuar. Afortunadamente, y desde 1985, ‘El monstruo de Florencia’ no ha vuelto a hacer acto de aparición. Leonardo Fasoli y Stefano Sollima tienen claro por qué la bestia dejó de matar. Y lo cuentan.

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