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Cartel promocional de 'Dos tumbas'.
Me imagino el pitch de esta nueva producción española de Netflix. Dos tumbas
Dos adolescentes desaparecen una noche de feria en un pequeño pueblo almeriense. La primera es encontrada muerta unos días después. El cuerpo de la otra nunca aparece. Tras dos años, su abuela, una mujer jubilada que imparte clases de piano en sus ratos libres, no ha dejado de buscarla, pese a que las investigaciones de la Guardia Civil y los intentos del padre de la chica asesinada, un hampón local, por aclarar los hechos han resultado infructuosos.

Kiti Mánver es Isabel en ‘Dos tumbas’.
La abuela, frente a la pasividad de su propio hijo y viendo que el caso está en vía muerta, redobla sus esfuerzos y encuentra, finalmente, un hilo del que tirar: uno de sus alumnos posee un dato que nadie conoce y ella lo torturará hasta…
La historia de esta abuela coraje termina en una comedia involuntaria con secuencias que piden a gritos la resurrección de Leslie Nielsen
Disculpen la interrupción. En este punto, en el que una septuagenaria pasa de ser una Miss Marple andaluza a convertirse en Charles Bronson sin bigote, alguien debió levantar la mano y decir aquello de: “denle una vuelta”. El acto de fe que la serie le pide al espectador le da sopas con honda a aquella bromita que el Altísimo le gastó a Abraham. Así que la historia de esta abuela coraje termina en una comedia involuntaria con secuencias que piden a gritos la resurrección de Leslie Nielsen, como aquella en la que Isabel (Kiti Mánver) entra en un barco, puntilla en mano, dispuesta a sacarle información sobre el paradero de su nieta al que fuera principal sospechoso del crimen, un estibador que no ha cumplido el cuarto de siglo. Si tú ahí metes un holograma de Leslie Nielsen y un par de frases absurdas, igual la cosa cuela.
Dos tumbas acumula desaguisados en todos los campos. Tiene un evidente problema de tono, pues Agustín Martínez, Antonio Mercero y Jorge Díaz –el trío conocido con el sobrenombre de Carmen Mola– no renuncian a su truculencia habitual (torturas, sordidez), un entorno en el que la figura de Isabel encaja tanto como la de la señora Fletcher (Angela Lansbury) protagonizando A la caza (William Friedkin, 1980).

Álvaro Morte es Rafael en ‘Dos tumbas’.
Ese desajuste tonal tiene su eco en las interpretaciones, con una esforzada Kiti Mánver tratando de imprimirle una pátina naturalista a su personaje en un registro que choca frontalmente contra las actuaciones enfáticas del resto del elenco, con Álvaro Morte a la cabeza de un grupo de actores que lanza cada frase como si fuese la última y con la machacona banda sonora de Marc Timón acompañando cada réplica como si los diálogos necesitasen de una fuerza extra para resultar creíbles, algo, por otra parte, sintomático del grueso de las producciones Netflix.
La serie también tiene graves problemas a nivel de construcción. Al igual que sucedía con El inocente (Oriol Paulo, 2021), en el prólogo de Dos tumbas caben un par de series de cinco temporadas. Se tiende a la narración acumulativa, de corte claramente folletinesco, con continuos golpes de efecto y un encadenado de situaciones extremas que anulan los momentos de reposo y apenas dejan espacio para una reflexión a propósito de lo que se está viendo, pues el único objetivo parece ser avanzar como si andásemos montados en una diligencia desbocada.
A poco que uno preste atención a sus tres episodios verá que todo en la confección del guion y en la realización resulta vacuo
Después de ese prólogo vertiginoso, cuando las riendas del relato se tensan un poco, las cosas tampoco mejoran. En la, digámoslo así, parte ‘missmarpeliana’ los errores procedimentales son tan toscos que a uno le parece extraño que a nuestra abuelita no le dé por marcarse un Yo soy la justicia (Michael Winner, 1982) a las primeras de cambio.

‘Dos tumbas’ está disponible en Netflix.
Veamos. Las dos chicas desaparecen en el recodo de un camino. Allí las dejó un chaval conocido suyo tras recogerlas en la feria. Resulta del todo punto inconcebible que los agentes de la Guardia Civil fueran incapaces de sospechar (y de encontrar después) la casa a la que se dirigían para ir a una fiesta de dudosa moralidad (ya saben, famosos, drogas, sexo, dinero).
¿Nadie pensó que, si las habían dejado ahí, en mitad de la nada, irían a un sitio cercano (no podían andar mucho tal y como iban vestidas)? ¿A ningún policía se le ocurrió investigar aquella casa? ¿Necesitamos que el aprendiz de piano, que reconoce unos pendientes que lleva la abuela y que son idénticos a los que llevaba su nieta en aquella fiesta de la que nadie ha tenido noticias hasta ese momento, sea torturado por Isabel como si fuese el villano de Saw (James Wan, 2004) con artrosis para que se llegue a tal conclusión?
En el momento en el que a los ejecutivos de Netflix –o a su algoritmo– les pareció una buena idea mezclar ‘Se ha escrito un crimen’ con ‘Venganza’ todo se fue al garete
Lo de la entente criminal entre la señora Isabel y Rafael Salazar (Álvaro Morte), importador de coches para unos, enemigo público número uno para todos, resulta tan creíble como los soldados que sobreviven a cualquier explosión en cualquier capítulo de El equipo A. No entraremos a valorar los giros de guion finales para no joderles (más aún) el visionado ni en el hecho de que, en dos años, en una fiesta llena de famosetes, con ese crápula que ejerce como presentador de magacín vespertino que encarna Salva Reina, nadie se fuese de la lengua. Llamaremos la atención, eso sí, sobre cómo en Dos tumbas la gente muere con educada normalidad, sin necesidad de montar escándalos (Goyo Jiménez nos diría que en España no se mata tanto ni mucho menos con tanta frecuencia, que eso solo pasa en las pelis norteamericanas).

Hovik Keuchkerian es Antonio en ‘Dos tumbas’.
A poco que uno preste atención a sus tres episodios verá que todo en la confección del guion y en la realización resulta vacuo, desde los golpes de efecto hasta un ramillete de interpretaciones que parecen mirarse en el Al Pacino de los últimos 25 años, pasando por los continuos subrayados musicales o por esas secuencias que tratan de forzar el suspense a toda costa (todo lo relacionado con Ceferino, el jardinero/pretendiente de Isabel parece entresacado de La casa de los líos). Lo mismo puede aplicarse al esteticismo gratuito que Kike Maíllo (Toro, Cosmética del enemigo) le inyecta a la dirección, con una secuencia de apertura –ese plano desde el interior de la piscina familiar para ilustrar una conversación entre abuela y nieta– que marca el inicio de un conjunto de decisiones visuales ‘vistosas’ que jamás van parejas a la dramaturgia.
En realidad, en el momento en el que a los ejecutivos de Netflix –o a su algoritmo– les pareció una buena idea mezclar Se ha escrito un crimen (Peter S. Fischer, Richard Levinson & William Link, 1984-1996) con Venganza (Pierre Morel, 2008), todo se fue al garete.

