Crítica 'Vladimir' (Netflix): el deseo no prescribe
Crítica de la serie (Netflix)

‘Vladimir’: el deseo no prescribe

Rachel Weisz explora el deseo obsesivo de una profesora universitaria por un colega más joven, en una trama que intenta desmontar tópicos con altas dosis de ironía y algunas fantasías eróticas, pero que promete ser más ingeniosa y juguetona de lo que realmente acaba siendo.

Imagen promocional de la serie de Netflix, 'Vladimir'.

Llevamos tanto tiempo atendiendo a los traumas de mediana edad de hombres ya maduros, soñando con seducir a mujeres más jóvenes para reverdecer laureles mustios, que cuando las tornas se invierten parece la toma de la Bastilla. Suerte que la ficción actual está compensando tal déficit histórico, y que cada vez más mujeres consiguen poner en imágenes los dilemas propios de su condición. Aunque el riesgo de caer en la caricatura simplista siempre está ahí, tanto para ellos como para ellas.

En el caso de las mujeres, la generación de los cincuenta y tantos ha vivido en primera persona la metamorfosis de una industria que en los inicios de su carrera jugaba a fondo la carta del personaje femenino florero y que, con los años, por convicción o por cálculo hipócrita, se ha mostrado dispuesta a retratar mujeres con relieves y cicatrices. Ahí está Rachel Weisz, productora ejecutiva y protagonista absoluta de Vladimir.

La actriz, a quien vimos en su juventud dándole la réplica a Brendan Fraser en La Momia, encarnando a una damisela en apuros más espabilada de lo habitual, es ahora una profesora universitaria en pleno tránsito gradual hacia la invisibilidad. Trabaja en un campus liberal y supuestamente progresista, una comunidad idílica consagrada al conocimiento, un oasis en el país de la testosterona y el gatillo fácil. Ha llegado a esa edad en que se siente ignorada por su marido poliamoroso, por su hija abogada, por sus colegas, por los alumnos…

‘Vladimir’ explora lo que ocurre cuando la pérdida de relevancia no llega acompañada de la pérdida de inteligencia

La respuesta a la consabida crisis vital de esta profesora sin nombre, “M”, consiste en inflamarse de deseo por un nuevo colega del claustro, Vladimir, un joven novelista genial de origen ruso, que se ha trasladado lejos del mundanal ruido con su mujer, Cinthia, y su niña de pocos años, Phee (uno de esos personajes infantiles de cartón piedra, que apenas aparecen en pantalla y nos hacen dudar de quién asume su crianza mientras los padres ocupan el tiempo en dilemas existenciales de salón). Las fantasías eróticas de la profesora con el tal Vladimir, que convierten los estantes de una librería en el apoyo más sensual, se ven reforzadas por la espontaneidad ambigua del muchacho.

De cara a la pared

A estas alturas, ya no nos sorprende que un protagonista rompa la cuarta pared y establezca una relación directa con el público, a través de miradas de complicidad y comentarios más o menos sardónicos. Aun sabiendo que jamás nadie osará llegar tan lejos como Michael Haneke en Funny Games, en el universo seriéfilo contamos con los ilustres precedentes de House of Cards y Fleabag. Esta última nos conecta directamente con Vladimir. Incluso teniendo en cuenta todas las diferencias generacionales, argumentales y culturales (la una británica, la otra americana), podría parecer que Phoebe Waller-Bridge y Rachel Weisz hayan estado dando vida a la misma mujer, tan cínica como insegura, en dos fases diferentes de su currículum sentimental. Eso sí, nos seguimos quedando con la inglesa.

Vladimir

Rachel Weisz en una de las muchas escenas donde «rompe la cuarta pared».

La profesora aprovecha esta posición de privilegio, la de la narradora de sus propias neuras, para justificar las decisiones más absurdas que va tomando. Su anhelo de pasión, sus ansias por vivir una aventura con el ruso, le hacen entrar en una espiral autodestructiva, matizada por la pátina irónica de muchas de las situaciones, rayando en el humor negro. En palabras de Weisz, Vladimir explora lo que ocurre cuando la pérdida de relevancia no llega acompañada de la pérdida de inteligencia.

Algo de lo que, sin ninguna duda, las actrices de Hollywood pueden hablar largo y tendido, tanto o más que las tutoras de literatura creativa. Se nota que Weisz se lo pasa de fábula recreando este descenso a los infiernos de la irresponsabilidad y el desprestigio, haciendo gala de su dominio del oficio. Cada vez que nos mira directamente desde el otro lado de la pantalla, está a punto de guiñarnos un ojo. Aunque consigue transmitir parte de ese espíritu lúdico, apostamos que se lo ha pasado un poco mejor que los espectadores (y las espectadoras).

Deshojando la margarita

Netflix ha confiado totalmente en la autora de la novela original, Julia May Jonas, que debuta en la ficción audiovisual como guionista y productora ejecutiva de su propia adaptación. Puede ser que unas manos más expertas hubieran pulido los lugares comunes de la trama, ese retrato voluntariamente paródico de la mujer en crisis. El personaje de Weisz vive pendiente de deshojar la margarita, un angustiante me quiere-no me quiere, que por suerte no se prolonga más de la cuenta, gracias a la media hora de duración de sus asequibles ocho episodios.

Tras sus reclamos supuestamente lujuriosos, la serie nunca llega a estar a la altura del buen trabajo de sus intérpretes. 

Del mismo modo, nos imaginamos a Jonas jugando a escoger entre los pétalos de la comedia y los del drama psicológico. Comedia-drama-comedia-drama… comedia. Y ya puestos, con algunos elementos de brocha gorda. Quizás el camino de la igualdad también pase por ahí. Después de haber conocido a tantos machos en celo en la realidad y en la ficción, que bordean el ridículo al babear casi literalmente por una hembra más joven, debe de ser su turno.

Vladimir

Vladimir y ‘M’, en un momento apasionado.

Hay caricatura, junto a cierta reflexión de fondo sobre el acto creativo. El deseo de la profesora hacia Vladimir funciona como expresión de un anhelo vital mucho mayor, el de seguir siendo relevante. En el caso de estos profesionales de la escritura, el anhelo de legar una obra perdurable. El deseo sexual acaba siendo metonímico (dedicado a los profesores de literatura que estén por ahí).

Vladimir asegura que escribir es necesario porque es íntimo, porque a nadie le importa que lo hagas o dejes de hacerlo. No es casual que “M” lleve inmersa en un bloqueo creativo los últimos quince años. A manera de autodefensa, afirma que la vida no va de ser el mejor cuando eres joven, sino de aferrarte a la roca de la que te quieren hacer caer pasado el tiempo. Y es verdad que la vida no debería ser un sprint, sino una carrera de fondo. Que se lo digan a Weisz, que en el 2028 estrenará la cuarta entrega de La Momia, una saga de la que se había descolgado en su prescindible tercera parte y a la que ahora vuelve, asumiendo un rol más tradicional.

¿Realmente las certezas morales son una cuestión de modas, o de ciclos pasajeros?

Complementando el reinado incontestable y casi omnisciente de Weisz (otro saludo a los estudiosos de la literatura), Leo Woodall cumple con el expediente de encarnar al hombre objeto, musa de la protagonista. Que la RAE no haya admitido por el momento el término “muso” resulta muy sintomático. Vladimir se ve con interés creciente, incluso con esa sonrisa cómplice que Weisz pretende arrancarnos con su odisea sentimental, hasta un clímax teatral y metalingüístico un poco excesivo, que ya nos ha sido anunciado en la primera secuencia. En el fondo, tras sus reclamos supuestamente lujuriosos, la serie nunca llega a estar a la altura del buen trabajo de sus intérpretes. 

El poliamor en los tiempos del cólera

La profesora innominada vive un matrimonio cordial y algo aséptico, el que forma con John Slattery. En su día acordaron mantener una relación abierta, lo que ha sido aprovechado sobre todo por él. Una coartada más que un pacto. John (actor y personaje comparten nombre) ha sido el jefe del departamento universitario donde trabajan ambos. Al inicio sabremos que ha sido suspendido de sus funciones, caído en desgracia por haberse enrollado con muchas de sus alumnas, abusando de su poder y de la erótica de la docencia. Esta trama secundaria, centrada en el recordado actor de Mad Men, sirve para completar el perfil de la protagonista. Su manera de tolerar las infidelidades maritales parecen predisponerla cuando es ella quien decide saltar al terreno de juego. Eso sí, partiendo de una diferencia de edad menos acusada.

No hace falta recordar ciertas declaraciones de Catherine Deneuve defendiendo los piropos y la “libertad de importunar”, para entender que entre las mujeres existen diferentes ópticas generacionales respecto al consentimiento, y al machismo en general. Lo que para las más jóvenes es un abuso de poder, para la protagonista de la serie son destellos de aquella juventud en que se paseaba por la facultad ansiando copular con el claustro entero. Por lo menos, esas son sus palabras, reflejo de la añoranza por un tiempo definitivamente pasado.

Actualmente, tenemos más claros los límites cuestionables, donde acaba el juego mutuo y empieza el acoso unidireccional, y es necesario que así sea. ¿Realmente las certezas morales son una cuestión de modas, o de ciclos pasajeros? ¿De verdad el contexto de su época convertía en más lícitas las relaciones con alumnas veinte años atrás? ¿La liberación de la mujer pasa por invertir patrones? En tiempos de profilaxis general, Vladimir se sitúa en esa intersección traviesa y plantea, ni que sea de refilón, interrogantes incómodos.

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