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Cartel promocional de 'Ravalejar'.
Cuenta Pol Rodríguez que, en Ravalejar, los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos. Sin ánimo de llevarle la contraria al creador de la serie, y estando de acuerdo con la primera parte de su reflexión, estas líneas disentirán firmemente en la segunda. Porque, más allá de que vivamos en el contexto que vivimos y más allá de lecturas naíf que apunten a la ética cuando todo se resume en acumular poder y dinero, pocos malvados más retorcidos y desalmados que los invisibles capitostes de depredadores fondos de inversión internacionales que, como buitres ante un cadáver, revolotean sobre las azoteas de edificios que adquirir a precio de saldo para reconvertirlos en colmenas de apartamentos de diseño destinados a turistas o expats con pasta. Las víctimas colaterales, inquilinos que no pueden afrontar alquileres disparados y son obligados a hacer las maletas y a dejar atrás los recuerdos de media vida, les importan un pimiento. La gentrificación está servida.
‘Ravalejar’ mezcla las constantes del thriller febril con un dispositivo narrativo de puro documental
Decía Alfred Hitchcock que cuanto mejor es el villano, mejor es la película. En este caso la miniserie. A ver quién es el guapo que le discute nada al orondo genio del suspense. Los de Ravalejar son malos de altura, indecentes y psicópatas, los SPECTRE de nuestros días. Campan a sus anchas, protegidos por un sistema y unas leyes inútiles que garantizan inmunidad a sus obscenas tropelías. Como dictan las normas del buen malvado, uno les imagina acariciando gatetes, pero probablemente prefieran desahuciarlos. Claro que en esta producción catalana no hay James Bond que se enfrente a tanta inmoralidad estructural.
Poniéndonos en modo binario, los héroes de Ravalejar lo son simplemente por su condición de víctimas impotentes, y resistentes, en un juego perverso. Otra cosa es que, en su intento de tomar impulso cuando tocan fondo, pisen a otros que también tratan de emerger para respirar. Aquí nadie se salva de la quema aunque sea con la excusa de la supervivencia. Efectivamente, como dice Pol Rodríguez, los buenos no son tan buenos. Los malos… puro y salvaje capitalismo.

‘Ravalejar’ estará disponible semanalmente en HBO Max a partir del 22 de mayo.
En la trama de Ravalejar, la familia protagonista lleva décadas dando de comer al barrio desde la cocina de Can Mosques, un local de los de toda la vida, recetario de la abuela, donde zamparse unas galtes de porc o un suculento cap-i-pota, y chuparse los dedos como está mandado. Pero tras el traicionero birlibirloque de un agente inmobiliario, infiltrado esbirro sin escrúpulos que, a modo de brazo armado, cumple órdenes y saca tajada, los propietarios del restaurante se ven en manos del fondo buitre que ha comprado la finca.
Continuar con su negocio obliga a multiplicar los gastos de alquiler, aunque las intenciones de Eurohome (así se llama la ficticia empresa sin atisbo de humanidad… no eres tú, soy yo y es el dinero) pasen por presionar para que los molestos arrendatarios se larguen de motu propio. Esos gigantes de la especulación prefieren ejecutar en la sombra, sin que nadie pueda señalarlos con el dedo. El ruido no es bueno para los negocios, y no conviene que la prensa se interese en esa amenazada casa de comidas que debería ser un local histórico protegido por unas instituciones y unos políticos incapaces de poner freno a ese terrorismo cotidiano.
El reparto funciona como un reloj suizo, todos están estupendos y reman a favor de una obra que pide comunión con lo que se está contando
Mencionábamos a James Bond y, puestos a pensar en héroes de película, Enric Auquer se viste de Jason Bourne en una frenética, y muy bien rodada, secuencia del episodio cinco, huyendo de gentuza con malas intenciones por las azoteas y las callejuelas del Raval. Cuando llegamos a ese trepidante punto, Àlex (el personaje que interpreta un enérgico y entregado, magnífico Auquer) ya se ha ensuciado las manos de formas que ni él ni su entorno hubieran imaginado jamás. Aquí no se salva ni Dios, y mientras la especulación devora a los ciudadanos y destruye la identidad de las grandes ciudades, las consecuencias del desastre se desencadenan: inmigrantes recién llegados en busca de un techo, toxificadas fincas okupadas, mobbing, desahucios, narcopisos, degradación imparable, y a veces interesada, del paisaje de una Barcelona convulsa, decadente y desmemoriada.

Enric Auquer es Àlex en ‘Ravalejar’.
Formalmente, Ravalejar es juguetona y, mientras apuesta por mantenernos en tensión continua, dentro o fuera de la cocina, también mezcla las constantes del thriller febril con un dispositivo narrativo de puro documental: cámaras situadas en las azoteas, uso de teleobjetivos y potentes zooms, actores mezclados con vecinos, sensación de imágenes robadas que buscan, y logran, verdad de la buena. Y una inmersión total en un entorno multicultural que habla en catalán y en castellano, en tagalo, árabe y urdu, y que es tan protagonista como Auquer, o como su hermano Quim Ávila, o como los patriarcas Francesc Orella y Lluïsa Castell, miembros de la familia de Can Mosques. O como Maria Rodríguez Soto (la pareja de Auquer). O como Alba Guilera (la cara visible del fondo de inversión) y sus esbirros, Sergi López (el agente inmobiliario) y Marc Martínez (un delincuente de poca monta y mucha experiencia desokupando pisos). El reparto funciona como un reloj suizo, todos están estupendos y reman a favor de una obra que pide comunión con lo que se está contando.
Arrolladora, eléctrica y vertiginosa, buenísima, ‘Ravalejar’ puede leerse como un ejercicio de denuncia y, también, de venganza
En colaboración con Isaki Lacuesta (juntos ya nos regalaron la maravillosa Segundo premio), la visceral dirección de Pol Rodríguez tiene mucho que ver con su implicación personal en el proyecto. Y es que detrás del Can Mosques de la ficción se esconde el icónico Can Lluís, el restaurante que la familia del cineasta regentó y que, situado en la barcelonesa calle de la Cera, vio pasar a miles de comensales en casi un siglo de vida. Incluso sufrió la explosión de una bomba anarquista en 1946. Y tuvo clientes habituales de postín, como Terenci, Marsé y Maruja Torres, Ovidi Montllor, un Peret que se arrancaba con una rumbita después de la crema catalana y el cigaló, o un Manuel Vázquez Montalbán que a menudo invitaba a comer a Pepe Carvalho. Pura historia de Barcelona, devorada por un fondo buitre como el de la serie.
Arrolladora, eléctrica y vertiginosa, buenísima, Ravalejar puede leerse como un ejercicio de denuncia y, también, de venganza. Como comprometida ficción política de altos vuelos, pone el foco en el injusto sinsentido de un sistema que protege la especulación y ataca a los ciudadanos, ante la pasividad de políticos de cualquier color incapaces de legislar como es debido. Y como ajuste de cuentas, quizás también como parte del proceso de sanación de los Rodríguez, la serie apela al hartazgo y a la urgente rebeldía comunitaria, y, si me apuran, hace una más que necesaria llamada a las barricadas.

