Crítica de 'Aquel' (Netflix): la primera vida de Raphael
Crítica de la serie

‘Aquel’: la primera vida de Raphael

'Aquel', la nueva "bioserie" de Raphael en Netflix, ofrece una curiosa hagiografía en forma de retablo vistoso pero sin apenas profundidad.
Aquel

"Yo soy aquel, que por quererte da la vida..."

La aparición en los créditos de Jacobo Martos, uno de los tres hijos de Raphael y la periodista Natalia Figueroa, entre los productores de Aquel (2026) ya debería levantar sospechas a propósito de esta bioserie sobre el cantante jienense que Netflix acaba de estrenar. Su final, que nos abstendremos de revelar y que establece un claro paralelismo con el de Bosé (Nacho Faerna, 2022), confirma esa primera intuición.

Revisión exhaustiva de la vida de este ídolo pop avant la lettre (al menos en España), que poco o nada aporta a lo que exponía el ya de por sí benevolente retrato que ofrecía Raphaelismo (Charlie Arnaiz & Alberto Ortega, 2021), esta nueva miniserie producida por José Manuel Lorenzo (Anatomía de un instante, El inmortal) ahonda en la hagiografía de un hombre atrevido (el concierto que dio en el teatro de la Zarzuela desatendiendo los consejos de su mánager y de su representante), inasequible al desaliento, honrado (tras el fiasco de una serie de conciertos en Ciudad Real se compromete a pagar el salario de la troupe que la acompaña de su bolsillo), duro (se lía a golpes con un tipo que le hace la vida imposible en el cuartel) y perspicaz (su giro hacía los ritmos latinos que le valió una nominación al Grammy en 1993).

A quien la vida de Raphael le interese entre poco y nada, apenas descubrirá ninguna anécdota que no pueda encontrar en la Wikipedia.

Los fans de una de las grandes estrellas de la música española de todos los tiempos, que a sus 83 años sigue conservando su voz (atención a las imágenes inéditas que cierran la serie) y girando alrededor del mundo, repasarán con alborozo la colección de greatest hits vitales de Rafael Martos; desde las penurias económicas que vivió de niño, aquí ilustradas por la pérdida de un billete y la posterior la reprimenda de su madre, su formación como ayudante de sastre y sus inicios en la música que alcanzaron su cenit en el Festival de Benidorm en 1962, hasta la operación de trasplante de hígado que le permitió seguir viviendo en 2003. Ese es el periodo que abarca Aquel: su primera vida.

Aquel

Raphael durante su triunfal participación en el festival de Benidorm.

Los versados en la biografía del intérprete de ‘Como yo te amo’ disfrutarán de su gran noche –la verán del tirón– solazándose con lo que ya conocen, pero a quien la vida de Raphael le interese entre poco y nada, apenas descubrirá ninguna anécdota que no pueda encontrar en la Wikipedia. Si a algo se asemeja a la nueva bioserie de Netflix es a un retablo: una colección de estampas más o menos vistosas, disímiles entre ellas, sin apenas profundidad.

Si uno revisa la trayectoria de un cantante que, en todo momento, trató de llevar su carrera por caminos ignotos, alejados de los estándares de la industria española –su afrancesado concierto en el teatro de la Zarzuela, su extravagante gestualidad que levantó sospechas sobre su orientación sexual o los sucesivos virajes creativos que le llevaron de colaborar con Manuel Alejandro a probar con José Luis Perales y de ahí a fichar a Willy Chirino; por no hablar de su odisea sinfónica–, convendrá acordar que la serie solo se pone interesante cuando imita las fugas artísticas de su protagonista.

Dicho de otro modo, cuando huye de la reproducción acartonada modelo Cuéntame y se entrega a montajes paralelos imposibles a los que todavía les falta un punto de arrebato (¿por qué Adela (Lucía Carballo) no se pone a bailar?), a los colores lisérgicos y las angulaciones aberrantes que aprovechan el telón de fondo de Las Vegas y la descomposición anímica del artista.

La serie solo se pone interesante cuando imita las fugas artísticas de su protagonista y huye de la reproducción acartonada modelo ‘Cuéntame’

En ese sentido, el episodio sexto –una rom-com desprejuiciada que podría funcionar de forma autónoma en la que se relata la relación entre el cantante y Natalia Figueroa (Natalia Varela)– es el que más se acerca a esos registros camp con los que Raphael siempre flirteó: suena el ‘Estar enamorado’ y la pareja se contempla sentada en un coche rojo frente a una enorme luna, el naife intercambio de postales, el arrebato pseudomusical de la novia ante la ausencia del amado, el uso de la pantalla partida, … En este episodio, y en algunos otros momentos, es cuando Aquel se parece más al tipo que, con un inglés voluntariamente macarrónico, hizo del ‘Aquarius’ de Rado, Ragni & McDermot un éxito a su manera.

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Francesco Carril junto Javier Morgade, como el jóven Rapahel, en un fotograma de ‘Aquel’.

Cuando el sentido del humor y la autoconsciencia, siempre presentes en ese sexto capítulo escrito por Paloma Rando y dirigido por Beatriz Sanchís, desaparecen en favor de la solemnidad, la serie se torna kitsch (en especial los dos últimos episodios, en los que Carlos Santos encarna al vocalista de Linares). Las secuencias en contrastado blanco y negro, el modo elegido para retratar la enfermedad del artista (coincidente con su participación en el musical ‘Jekyll & Hyde’), la magnificación de las emociones y la obviedad de algunos simbolismos parecen mirarse en cineastas adictos al exceso como ¿Darren Aronofsky?

Todo se queda en una performance superficial que en ningún momento provoca sensaciones que vayan más allá del reconocimiento de una imitación correcta.

.Es cierto que la serie intenta funcionar como una antología, dotando de estéticas distintas a cada episodio (baste ver los cambios en el rótulo que se compendian al final), lo que termina generando problemas a varios niveles. Por un lado, el peso específico con el que se dota a algunos personajes que no tienen importancia ni en la vida del cantante ni en la trama posterior (el de la novicia Adela es paradigmático). Por otro, las transformaciones que operan en el ánimo de Raphael apenas pueden calibrarse: la enorme elipsis que separa los episodios sexto y séptimo, y la deformación del carácter del cantante –de yerno ideal a artista avinagrado– solo se justifica por la fulgurante irrupción de Julio Iglesias, unida a la crisis de los cincuenta que parece aquejar a la estrella (el episodio, jalonado por caprichosos saltos temporales, interpretaciones desacompasadas, un diseño de producción pobretón –esas ceremonias– y varios momentos ‘chananates’, apenas levanta el vuelo en un par de momentos).

No es algo puntual. Pasamos de ver a alguien que solo ha bebido vino en las misas al Ben Sanderson (Nicolas Cage) de Leaving Las Vegas (Mike Figgis, 1995) con madre al fondo. O ese capítulo tercero, que abarca su estancia en el servicio militar, contado en paralelo a la historia de Adela, una novicia que abandona los hábitos porque, digan lo que digan, nadie le asegura que Dios cante mejor que Raphael, en una subtrama que solo pretende explicar los irracionales mecanismos que articulan el fenómeno fan.

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Carlos Santos también da vida a Raphael en ‘Aquel’, disponible en Netflix.

Con mejor fortuna que Enrique Bunbury en su última etapa, Javier Morgade y Carlos Santos imitan la gestualidad de este icono incuestionable, si bien todo se queda en una performance superficial que en ningún momento provoca sensaciones que vayan más allá del reconocimiento de una imitación correcta (en ese sentido, secundarios como Francesco Carril o Josean Bengoetxea funcionan mejor como bastón cómico). Quizá porque como el propio Raphael le dice a su futura esposa: “lo que ves es lo que hay, no hay mucho misterio”, Aquel sea como la mayoría de entrevistas que el cantante ha dado a lo largo de su carrera: medida, equidistante y con una extraña defensa de la libertad individual en oposición al compromiso político –“yo no puedo arreglar el mundo, pero puedo hacerlo un poquito mejor”, le dice a la Pasionaria en el quinto episodio, una película de espías en formato corto con motivo de la visita del artista a Moscú en 1969, ideada para justificar ese aislacionismo ideológico del que Raphael siempre ha hecho gala (véase la letra de ‘Qué sabe nadie’) y que resulta enormemente problemático. En Aquel, la leyenda sigue quedando intacta.

Por cierto, el que lo borda es Sergio Moreno, el hombre encargado de ponerle voz a los temas de Raphael y que obliga a los actores a entregarse a un lipsync que no siempre funciona y que convierte la serie en un monumental sing-along que Netflix debería explotar cuanto antes.

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