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David Lorente, interpretando a Tejero en pleno 23-F.
Cuando Anatomía de un instante ya encara su recta final, un relevante, casi poético, momento nos muestra a dos hombres sentados de espaldas a la cámara que comparten tabaco. Uno es Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista legalizado no hace tanto, y el otro, Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del gobierno y general del ejército. Dos hombres en las antípodas, ideológicas y puede que también morales, aunque lo que consideran el bien común les ha unido en sus objetivos. Dos hombres caídos en desgracia entre los suyos, que les tachan de traidores. El calendario señala un 23 de febrero de 1981, y ambos han sido conducidos a un despacho y creen encarar sus últimas horas de vida, después de que un grupo de militares armados hasta los dientes hayan asaltado el Congreso de los Diputados.
Entre la clase política de ayer y la de hoy media un abismo, y es mucho más que posible que esa reflexión sea uno de los mensajes que quiere hacernos llegar esta magnífica miniserie de Movistar Plus+
Ese instante, como ese cigarrillo, es uno entre los varios que representan la esencia misma y el sentido último de la política: esto es, el acuerdo tras la discusión, el consenso tras el choque dogmático, el compromiso tras las renuncias, el punto medio tras las exigencias. Antes, también con humo de tabaco de por medio, ha nacido una irrompible e improbable amistad entre el propio Carrillo y Adolfo Suárez, falangista y primer presidente de un gobierno democrático tras cuarenta años de franquismo.
En los tiempos que vivimos de polarización interesada, en los que la política y los políticos provocan vergüenza ajena e indignación, cuando no tremenda repugnancia, Anatomía de un instante nos recuerda algo que no deberíamos perder de vista: en comparación a lo de aquellos tipos que, con sus muchas sombras y pese a diferencias aparentemente irreconciliables, se jugaban la vida en busca del pacto, lo de ahora es paripé inmovilista, puro teatrillo con actores terriblemente mediocres.

Eduard Fernández se pone en la piel de Santiago Carrillo.
Entre la clase política de ayer y la de hoy media un abismo, y es mucho más que posible que esa reflexión sea uno de los mensajes que quiere hacernos llegar esta magnífica miniserie de Movistar Plus+, también el libro homónimo de Javier Cercas que adapta. Otro de los objetivos de esta producción enlazaría con aquella célebre frase del filósofo George Santayana: “Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”. Los estudios sociológicos y sondeos demoscópicos nos advierten del calado entre las jóvenes generaciones de las vomitivas ideas de una extrema derecha que avanza como una plaga de termitas, y hacer Memoria Histórica con mayúsculas se antoja una obligación.
Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo se convierten en los tres vértices sobre los que descansa el dispositivo narrativo de Anatomía de un instante, o la crónica de las largas horas en las que los diputados del Congreso fueron retenidos a punta de pistola y amenazados de muerte en un intento de golpe de estado que puso en jaque a una recién nacida democracia que aún andaba en pañales. Esos tres hombres fueron los únicos que permanecieron dignamente erguidos cuando, al grito de “todo el mundo al suelo”, el teniente coronel Antonio Tejero disparó su arma hacia las pinturas del techo del hemiciclo.
Adolfo Suárez, falangista de provincias y miembro del Opus, arribista, vendedor de lavadoras y de cualquier cosa que se propusiera, tal era su magnetismo y su capacidad de convencer a cualquiera de cualquier cosa, llegó al poder como hombre de confianza de Juan Carlos I. Manuel Gutiérrez Mellado, altísimo mando del ejército franquista, una anomalía entre militares, se convirtió en cómplice y mano derecha del nuevo presidente, encargado de convencer a los uniformados de la necesidad de un giro de 180 grados que les obligaba a obedecer al poder civil. Y Santiago Carrillo, enemigo mortal de la dictadura, diablo rojo desde los lejanos hechos de Paracuellos, que con la muerte de Franco y tras años de exilio, sabedor del papel que la historia le destinaba, regresó a España cuando seguía en busca y captura, cruzando una aduana camuflado con unas lentillas y una ridícula peluca.

‘Anatomía de un instante’ ya está disponible en Movistar Plus+.
Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado, tres hombres confrontados a sus propias contradicciones que prácticamente se inmolaron ante los suyos al dictado de un bien mayor. Tres figuras fundamentales para entender la Transición en un país que aspiraba a recuperar las libertades robadas durante cuatro décadas. En cada uno de ellos se fija cada uno de los tres poliédricos primeros episodios de esta miniserie que apela al instante en el que el país se congeló, temeroso de volver atrás, cuando un tipo con tricornio y bigote clamó “¡se sienten, coño!”.
De ahí parten los capítulos para, centrados en cada una de esas tres personalidades, ampliar el foco y resumir de forma brillante los acontecimientos, las causas y las consecuencias, que les llevaron hasta ahí: Alberto Rodríguez, su habitual colaborador Rafael Cobos, y una de las mentes pensantes de las ficciones de Movistar como Fran Araújo, desarrollan en el guion una magnífica labor a la hora de sintetizar del camino de España a la democracia.
‘Anatomía de un instante’ es rigurosa, nerviosa y cargada de tensión, atmosférica, densa pero nunca confusa, pedagógica y, sí, tremendamente entretenida.
Más allá de seguir el trayecto de esos tres personajes, Anatomía de un instante amplía el foco y da contexto, abordando hechos tan relevantes como la aprobación de la Ley para la Reforma Política de 1976, las conspiraciones de altos cargos del ejército como Armada y Milans del Bosch para restituir un gobierno militar, la Operación Galaxia, las reuniones de unos y otros con el rey Juan Carlos, los atentados de ETA, los asesinatos de la extrema derecha como aquella matanza de los abogados laboralistas de Atocha, los funerales de estado en los que se insultaba a los demócratas y se vitoreaba al dictador, o la caída política de Suárez.

Los altos cargos militares durante el juicio por el 23-F, en una escena de ‘Anaotmía de un instente’.
Crónica de hechos conocidos y documentados, pero también retrato ficcionado de pasillos, despachos y salones, de cigarrillos y humo, de gestos y silencios, de muelas que provocan un dolor insoportable, de servilletas con anotaciones clave para el cambio político del país, de reyes en maleteros, de carteles de Portero de noche en plena Gran Vía madrileña, y de bailes al ritmo del Me olvidé de vivir de Julio Iglesias. Con un diseño de producción que recrea la época hasta el más mínimo detalle, los cuatro absorbentes episodios de esta miniserie -el último se centra en el juicio a los golpistas- son también una muestra de extraordinario talento interpretativo: menudas exhibiciones, la de Álvaro Morte (Suárez), Eduard Fernández (Carrillo), Manolo Solo (Gutiérrez Mellado) y David Lorente (Tejero). Son buenísimos.
Hablábamos de la obligación de hacer Memoria Histórica, y de la necesidad de llegar a esos chavales que, sin atisbo de vergüenza torera, manifiestan su ignorancia a los cuatro vientos. “¡Viva Franco!”, dicen, sin tener la más repajolera idea de qué significa respirar bajo las normas de una dictadura fascista. En este sentido, muy pocos cineastas son tan capaces de aunar rigor y entretenimiento en sus historias como Alberto Rodríguez. Meticuloso, reflexivo, exigente, empeñado en el ‘menos es más’, abierto a las sugerencias de un equipo fiel en el confía y con el que trabaja una y otra vez, y alérgico al ruido y a los focos, Rodríguez es uno de los grandes de nuestro cine. De Grupo 7 a Modelo 77, su filmografía suele utilizar herramientas de thriller apasionante como trampantojo para retratar los claroscuros de la España que conocimos y que nos explica.

Miki Esparbé es Juan Carlos I en ‘Anatomía de un instante’, elegida Mejor Serie Nacional en el pasado Festival Serielizados.
En mayo de 2014, coincidiendo como jurados en un festival, el arriba firmante aprovechó una pausa lúdica para que el cineasta sevillano le mostrara el tráiler de La Isla Mínima: “Nos ha quedado entretenida”, decía Alberto con la boca pequeña. Meses más tarde, vista la película, y en un nuevo encuentro, el periodista no pudo reprimirse: “¿Entretenida, cabrón? Es un peliculón”. Sirva la anécdota para dibujar también a un director con los pies en el suelo, nada pagado de sí mismo, y obsesionado con que su cine agarre al espectador y lo deje pegado a la butaca, más allá de las mil virtudes que él nunca reconocerá.
A ratos narrativamente juguetona a la manera de la estupenda El hombre de las mil caras, con un acertado uso de la voz en off de un narrador omniscente (Raúl Arévalo en la invisible piel de un periodista) que pone orden y acelera el ritmo ante hechos que podrían resultar abrumadores, Anatomía de un instante es rigurosa, nerviosa y cargada de tensión, atmosférica, densa pero nunca confusa, pedagógica y, sí, tremendamente entretenida. La mejor de las conspiraciones contra el olvido.

