Crítica 'Al este del Edén' (Netflix): ¡Viva Steinbeck!
Crítica de la serie

‘Al este del Edén’: ¡Viva Steinbeck!

La actriz y guionista Zoe Kazan —vista en el largometraje 'Al descubierto' (Maria Schrader, 2022) o en la serie 'The Deuce' (Las crónicas de Times Square) (2017-19)—, siguiendo cuidadosamente la plantilla de Netflix, se ocupa de la actualización de la novela de John Steinbeck “Al este del Edén”. El resultado, presentado ahora en siete capítulos, tiene muchos de los defectos de los productos de la plataforma y, por desgracia, muy pocos de los hallazgos que ya ofrecía su abuelo, Elia, en la adaptación cinematográfica de 1955.

El novelón de Steinbeck de 1952, acerca de dos generaciones de las familias Trask y Hamilton en un escenario de importantes cambios en las posiciones materiales y los estados mentales —particulares y simbólicos—, ha sido llevado a la imagen en movimiento en dos ocasiones antes de la serie de Zoe Kazan para Netflix. La primera, ampliamente conocida y aplaudida por cinéfilos y mitómanos por la decisiva participación del malogrado James Dean, representa una nítida muestra de las capacidades de cierto cine norteamericano durante la década de los cincuenta. La siguiente, una miniserie en tres partes, realizada en 1981 para la televisión por Harvey Hart a partir de la adaptación literaria de Richard Shapiro, queda tapada por la alargada sombra del largometraje y trata de justificar su existencia apelando a un clasicismo conservador que no estaba presente en aquel y a la decisión de aproximarse de forma íntegra al libro.

En efecto, Elia Kazan, pasando por alto la estructura global de la novela original para centrarse en la historia de Cal Trask, solo convierte en celuloide su última parte. En la práctica, esta decisión, lejos de perjudicar el enfoque de la película, lo eleva al cargar sobre el muchacho una parte considerable de los sufrimientos y los avances relatados en sus páginas y convertirlo en un símbolo, en una convincente materialización del genio del escritor. En esta operación juega un papel determinante un James Dean que, con cada intervención, coloca la imagen ante lo inesperado y una perspectiva preclara de los deseos de su generación, pero también de las pasadas. En cierto modo, el filme Al este del Edén surge de una grieta en la que el tiempo se ha enquistado en un escenario concreto, en torno a unas figuras seleccionadas.

‘Al este del Edén’ tiene muy poco del genio de Steinbeck o Kazan […] y sí mucho de esa indeterminación tediosa de unas lecturas anteriores que parecen aproximarse al texto con apresuramiento

Evidentemente, la versión televisiva posterior, protagonizada por Jane Seymour, Timothy Bottoms y Bruce Boxleitner, no puede jugar con estas cartas. Así, se conforma con funcionar sin plantear demasiados problemas a la audiencia, ofreciendo una cadena de secuencias deshilvanadas que, en el mejor de los casos, intentan por reverberación recurrir a una nostalgia inofensiva. Con todo, la sabida corrección formal de este tipo de productos y el buen hacer de un reparto completado por Warren Oates, Anne Baxter, Karen Allen y Lloyd Bridges contribuyen a proporcionarle un acabado bastante aceptable.

Al Este del Edén

Julie Harris y James Dean en ‘Al Este del Edén’ (1955), de Elia Kazan.

¿Y ahora dónde y cómo se coloca la actuación de Netflix? Justo al lado del resto de recientes producciones inspiradas en obras de prestigio, como Cien años de soledad (2024) o El gatopardo (2025), en la barriga de la plataforma, rodeada de otros cachivaches de usar y tirar. Desde luego, Al este del Edén de 2026 tiene muy poco del genio de Steinbeck o Kazan, tampoco demasiado de la inocua regularidad de Harvey Hart, y sí mucho de esa indeterminación tediosa de unas lecturas anteriores que parecen aproximarse al texto con apresuramiento, con miras a concretar un supuesto producto de renombre, arreglado para un dispositivo conocido que repite, con independencia del temperamento del material de origen, un esquema predefinido y aceptado, por su elementalidad, por parte de los usuarios.

La serie falla porque intenta a toda costa, por encima de sí misma y de sus opciones, ser un artefacto mimético Netflix

Los responsables de la nueva serie se aproximan a las ideas del escritor sin confianza. Recogen el argumento y, siguiendo un cuadro literario-formal predefinido, aunque algo condicionado también por el éxito de varias producciones de la competencia, construyen un reflejo deformado. Esta deformación, naturalmente, no tiene nada que ver con la comprensible actualización de las distintas vías de acción, la resignificación de las individualidades o la irremediable tendencia al parloteo que afecta a tantas ficciones seriadas de los últimos tiempos.

Es del todo normal, y necesario, que una representación de 2026, en su voluntad de dialogar y justificarse en un nuevo contexto, se aparte lo suficiente de un modelo de hace más de setenta años y de posteriores intervenciones. No, la puesta al día no es el problema. La cuestión no es otra que el constante regodeo en la propia inoperancia y en la falta de ambición artística. Las imágenes no creen en la posibilidad de lo memorable ni en su conquista porque ni siquiera se lo plantean.

Al este del Edén

Florence Pugh es Cathy en ‘Al este del Edén’

Al este del Edén 2026 falla porque intenta a toda costa, por encima de sí misma y de sus opciones, ser un artefacto mimético Netflix. Los desplazamientos, más o menos sustanciales, de los personajes —esos Trask que acaban arrinconando a los Hamilton, como, por otro lado, ocurre en la versión de 1955— y la explicación de sus graves agitaciones, así como la conexión singular establecida con el mito de Caín y Abel en dos partes diferentes del texto, se rompen o, peor aún, se exponen sin más. Y es una lástima, porque esas rupturas podrían haber supuesto una alternativa de reinvención: en lugar de eso, todo acaba convertido en el retrato de una danza aburrida de clones sin personalidad. De este modo, por encima de Steinbeck o de, por ejemplo, García Márquez, ante las imágenes de la versión el espectador tiene, desde luego, la impresión de estar una vez más consumiendo una mercancía que no le va a generar ningún tipo de desafío.

Hay algo realmente imperdonable: el desperdicio de una luz que incide sobre los cuerpos o las estancias por mera costumbre

Es totalmente lógico que una gran firma tenga unas señas de identidad concretas y reconocibles. En los años treinta del siglo pasado, durante una de las etapas más sobresalientes del clasicismo, por encima de la labor de los distintos realizadores, podía reconocerse a la perfección en las propuestas la marca Paramount o Warner. La problemática se encuentra en la intervención conformista sobre las materias que conforman una experiencia audiovisual, no en la existencia de unas determinadas idiosincrasias.

Además, en la serie Al este del Edén hay algo realmente imperdonable, por encima de la puesta en escena monótona o de las actuaciones zombis de Florence Pugh, Christopher Abbott o Joseph Zada: el desperdicio de una luz que incide sobre los cuerpos o las estancias por mera costumbre. Este es el auténtico meollo del asunto: la pobre gestión de la luz a lo largo de todo el programa. A simple vista, esto relaciona quizá la serie con el desaparecido Estudio 1 (1965-2016). Sin embargo, la falta de garra y de entrega creativa del trabajo de 2026 la aparta inmediatamente de ese posible precedente.

Al este del Edén

‘Al este del Edén’ está disponible en Netflix.

¿Y qué aporta Zoe Kazan a todo este asunto? Como responsable de la adaptación literaria del escrito original, resuelve actualizar las relaciones y redefinir varias personalidades, introduciendo energías nuevas mientras intenta conservar, por lo menos en cierto modo, las estructuras e inquietudes de Steinbeck. Lo repito: no hay nada que echar en cara a una necesaria actividad de modernización que, por otro lado, convenientemente llevada a cabo, puede completar el desarrollo del primer material y además declarar su valía en una coyuntura diferente. Lamentablemente, la acción principal del texto —la reconsideración del personaje de Cathy— se siente como una labor de maquillaje que a lo mejor tapa, en algún momento, el trazo original, pero que en ningún caso lo anula ni lo hace evolucionar. De esta manera se pone en práctica la iniciativa de la autora, primero en el set y después en el montaje: desde una mirada básica y cansada. De hecho, no cuesta demasiado esfuerzo imaginar a los responsables principales del proyecto atrapados en una estancia no muy distinta de la oficina deshumanizada del personaje de Jack Lemmon en El apartamento (Billy Wilder, 1960).

En el mejor de los casos, la serie es un culebrón intrascendente acerca de unos hermanos que se odian y de su relación con una mujer malvada

Soy perfectamente consciente de lo injusto y fácil que resulta enfrentar varias versiones. Pero encarar, aunque solo sea por un instante, la de Elia Kazan con los tramos correspondientes de esta resulta bastante revelador. La corriente desesperada de la primera, tan bien encarnada y gestionada por Dean, se convierte aquí en una publicación de Instagram obstinada en camuflar con filtros su irrelevancia voluntaria.

John Steinbeck estudia en su novela, a través de la transformación de dos familias, el paso del tiempo y la metamorfosis experimentada por una parte de Estados Unidos durante el tránsito del siglo XIX al XX. Se refiere, ciertamente, al paso de lo clásico a lo moderno. En el mejor de los casos, la serie es un culebrón intrascendente acerca de unos hermanos que se odian y de su relación con una mujer malvada.

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