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Tras su sensacional trilogía Juan Carrasco (Vota, Vamos, Venga), lo nuevo de esa magnética alianza entre Diego San José y Javier Cámara propone un sorprendente y dramático viraje hacia la desolación. Porque esto va de fracasados, de perdedores, de desesperanzados, de los que disimulan torpemente su rendición, de aquellos que tropiezan seis veces con la misma piedra, que se dan de cabeza una y otra vez contra idéntica pared. Y de monstruos. Por encima de todo, Yakarta va de monstruos.
Lo de Javier Cámara es, aquí, de otro planeta: su Joserra es hijo de personajes como los que ya compuso en Vivir es fácil con los ojos cerrados, Truman o El olvido que seremos
Los del pasado que destrozan por dentro, que quitan el sueño, que destruyen ilusiones, que empujan a la adicción, que instalan en el fracaso, que incentivan el abandono, propio y ajeno. Monstruos que te colocan en un ‘casi’ perpetuo: casi curación, casi olvido, casi perdón, casi salvación, casi redención. Monstruos que, ante cualquier ligero despiste, convierten a sus aterrorizadas víctimas en criaturas como ellos, o parecidos, o distintos, pero monstruos al fin y al cabo. También señala a monstruos del presente, los que miran hacia otra parte, los que aíslan en lugar de acompañar o de abrazar o de reconfortar.
Y Yakarta también va de otros monstruos, los de la escena, los de la interpretación. Porque lo de Javier Cámara es, aquí, de otro planeta: su Joserra es hijo de personajes como los que ya compuso en Vivir es fácil con los ojos cerrados, Truman o El olvido que seremos. El humanismo en la narrativa pasado por el filtro y los infinitos recursos de un actorazo capaz de abrazar la amargura y la tristeza, el abatimiento y la furia, en este caso las de un personaje roto que, a su manera, intenta rebelarse de un destino ya escrito. En la relación que entabla con su discípula, su Joserra podría ser, incluso, hijo bastardo, o sobrino lejano e igualmente bastardo, del Clint Eastwood de Million Dollar Baby.

Javier Cámara en ‘Yakarta’.
“Uno no empieza a jugar a badminton si es feliz”, afirma el protagonista en un momento del primero de los seis episodios de la serie, arrancando de cuajo cualquier esperanza de épica deportiva para ese diamante en bruto que ha descubierto en un torneo de medio pelo, ganando puntos y pegando gritos a lo Rafa Nadal. En esa adolescente cree ver el mismo talento que a él mismo le llevó a disputar los Juegos Olímpicos de Barcelona, y, claro, a perder contra un coreano. Efectivamente, Mar no es feliz: silenciosamente afectada por conflictos familiares, ve un paréntesis, o una buena vía de escape, en la sorprendente propuesta de participar en una gira de partidos clasificatorios para llegar a disputar el campeonato de España.
La decadencia marca el periplo de estos dos personajes antagónicos pero condenados a entenderse, aunque sea a raquetazos
Joserra la convence de sus posibilidades de victoria, y de dar pasos firmes para llegar en un futuro hasta Yakarta, la Shangri-La, la Ítaca, el paraíso perdido que sí reconoce a quienes juegan a esa especie de tenis o pádel raruno que, si no fuera por Carolina Marín, veríamos como una excentricidad. Pero para llegar a Yakarta hay que pasar por Totana, por Ponferrada y por Tardajos. Y para pasar por Totana, por Ponferrada y por Tardajos, hay que aprobar un examen de literatura sobre el Siglo de Oro.
Y más: para llegar a la redención hay que tocar fondo. Joserra lo ha tocado, tanto que parece (in)cómodamente instalado en él. Como uno de los enjaulados agapornis con los que comparte vida, nuestro hombre también se da picotazos en las plumas cuando se siente solo, que es todo el rato. Su desaliñado aspecto, ese chándal de mercadillo que viste sin ser domingo, ese rostro sin afeitar y esa calva descuidada, esa apariencia que pide a gritos una ducha, señales de la más tremenda de las derrotas. Tampoco ha levantado el vuelo como entrenador: José Mourinho estaría orgulloso de un tipo que repite como un mantra lo de que “ganar con trampas es ganar dos veces”. O que, de pronto, te suelta: “No vayas al psicólogo, esto no se trata de mejorar, se trata de estar mal para que lo paguen tus rivales”.
La decadencia marca el periplo de estos dos personajes antagónicos pero condenados a entenderse, aunque sea a raquetazos. La decadencia de ciudades intercambiables y polideportivos semivacíos, de bingos de mala muerte, de hoteles de medio pelo en los que se celebran concursos de imitadores de Julio Iglesias que siempre gana un tipo que se mudó a Menorca para que el moreno le diera más posibilidades. La decadencia, los miedos y los fantasmas son compañeros de un viaje que hermana el volante (la no-pelotita) del badminton y el de un automóvil prestado, de un viaje que recupera una piscina y un viejo diario como testimonios de horrores vividos, de un viaje en busca de una improbable salvación.
Estupenda también en ‘Pubertat’, Carla Quílez vuelve a demostrar que la joven promesa es una más que firme realidad
Hablábamos de la exhibición de Javier Cámara y puede que resulte inevitable centrar toda reflexión acerca de Yakarta en el trabajo extraordinario del actor riojano. Y es justamente por esa misma razón que es obligatorio subrayar en fluorescente lo de Carla Quílez. Gran revelación de La maternal (qué feliz guiño a Pilar Palomero eso de contar con otro de sus descubrimientos, la Marina Guerola de Los destellos, para dar vida a la luminosa hija del protagonista), estupenda también en Pubertat, Quílez vuelve a demostrar que la joven promesa es una más que firme realidad.

Carla Quílez es Mar en ‘Yakarta’.
Y hablando de interpretaciones, qué mejor momento para mostrar una admiración absoluta por un mayúsculo robaescenas que siempre convierte sus apariciones en un festival: aquel sensacional profesor de autoescuela de No me gusta conducir que pedía a gritos spin-off propio (Lorenzo debería ser nuestro Frasier Crane), el gruñón agente de asuntos internos de El Centro, el temible Antonio Tejero de Anatomía de un instante o, aquí, el antiguo compañero de entrenamientos y traumas de Javier Cámara. Cada personaje de David Lorente en nuestro audiovisual nos dice que, de haber nacido algunas décadas antes, formaría parte de la estirpe de los Pepe Isbert, Agustín González o Manolo Alexandre.
Diego San José nos regala un homenaje a los perdedores, a los que nunca llegan a la final
Volviendo al viraje temático y genérico como creador de Diego San José, puede que el giro no sea tan radical como parece, cuestión de matices y tonos, porque las miserias y el patetismo de Joserra no se alejan tanto de las de Juan Carrasco o las del compungido terrorista de Fe de etarras. Apoyado en los guiones por Fernando Delgado-Hierro y Daniel Castro, y con la complicidad en la dirección de una Elena Trapé que ya firmó varios episodios de Celeste, San José nos regala un homenaje a los perdedores, a los que nunca llegan a la final. Y si llegan, no la ganan.
A quienes de tanto correr por la vida sin freno, olvidaron que la vida se vive un momento; a quienes de tanto querer ser en todo el primero, se olvidaron de vivir los detalles pequeños, recordándonos que en las letras de Julio Iglesias está absolutamente todo. Y quizás también en las reglas del badminton. Punto, set y partido.

‘Yakarta’ está disponible en Movistar Plus+.

