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Anthony Boyle (No digas nada) y James Norton (McMafia) protagonistas de la nueva serie de Steven Knight.
Beber para no comparar
A la espera del nuevo James Bond que va a escribir para Dennis Villeneuve, y del inminente epílogo de Peaky Blinders en forma de película, The Immortal Man, Knight ha reincidido en el drama de época de espíritu contemporáneo. Ya lo hizo unos meses atrás con Mil golpes, situándonos en los bajos fondos de Londres y apelando a la fuerza de Stephen Graham y Erin Doherty, pocas semanas antes de la eclosión de ambos en Adolescence. Esta vez, en La casa Guinness, nos presenta una familia aparentemente más legal, aunque no menos carente de secretos y falta de escrúpulos. En palabras de su creador, se trata de un clan de “outsiders”, advenedizos que han conseguido el éxito y la ascensión social comerciando, y que precisamente por esa razón son aceptados con resquemor por la aristocracia de toda la vida.

Los hermanos Arthur y Edward en un fotograma de ‘La casa Guinness’.
Knight cuenta con la fidelidad nostálgica de su parroquia de convencidos, que son (somos) muchos, consciente de que alcanzar la excelencia de Peaky Blinders es tarea ardua. Los mimbres de los que dispone tampoco son los mismos. El reparto no brilla con igual intensidad, y algunos personajes que prometen un desarrollo interesante acaban siendo desaprovechados, incluso desaparecen de escena incomprensiblemente. De los cuatro posibles herederos del patriarca Guinness, el foco está puesto en Arthur y Edward (volveremos a ellos en seguida), mientras que Anne queda casi limitada a sus aspiraciones filantrópicas y ciertas maniobras casamenteras, los ámbitos de actuación que le reserva la sociedad de su época a una mujer. Y el más joven de todos, Benjamin, borrachín díscolo, se larga a Londres a dormir la mona.
Todos [los personajes] se encuentran atascados en una encrucijada tan peliaguda como universal, justo allá donde se bifurcan la obligación y la devoción.
Algunos de los personajes potencialmente más feroces acaban amaestrados por su vertiente más sentimental: es el caso de la militante feniana interpretada por Niamh McCormack o del eficaz y peligroso capataz de los Guinness, míster Rafferty, asumido con convicción por James Norton, un papel en el que también hubiera encajado ese cómplice ocasional de Knight que es Tom Hardy. Norton (le recordamos de Happy Valley y Grantchester) sería uno de los rostros más populares de un reparto en el que sorprende encontrar, bastante irreconocible, al actor que dio vida (y muerte) a Joffrey Baratheon en Juego de tronos. A años luz del rey más odioso de los Siete Reinos, Jack Gleeson es aquí un bastardo de los Guinness que maniobra para introducir la marca en Nueva York.
De tal astilla, tal astilla
Hay una curiosa maldición no escrita en el universo seriéfilo reciente: por mucho que seas el hermano mayor de una familia adinerada, algún otro vástago más espabilado acabará destacando por encima de ti. A los primogénitos de la ficción televisiva les ha tocado a menudo desempeñar el papel del eslabón débil de la cadena, el invitado de piedra en las cumbres familiares, el tonto útil que asiente y firma los cheques. Que se lo pregunten al Arthur Shelby Jr. de Peaky Blinders, ese personaje tan poderoso dramáticamente y tan patético en su mísera existencia. Por mucho que se avanzara al nacimiento de Tommy Shelby, su fragilidad congénita y su dependencia del hermano pequeño de mirada glacial le habían llevado a asumir la derrota antes del pistoletazo de salida.
Aunque en algún momento puntual pueda haber más espuma que cerveza, son elementos suficientes para entretener y convencer a los acólitos de la Iglesia de San Steven Knight.
Algo similar le ocurría en Succession a Connor Roy, que por edad y actitud parecía un tío lejano, desplazado de la empresa y empeñado en la quimérica misión de llegar a la Casa Blanca como candidato independiente. Vaya por delante que las comparaciones de La casa Guinness con Succession se basan en una revisión perezosa de la premisa de entrada, como si las historias de herencias se hubieran inventado ayer. Pueden existir puntos de intersección, pero esto no es Succession, ni Downton Abbey, ni La edad dorada. Ni siquiera una mezcla de las tres.

Emily Fairn interpreta a Anne, la única hija del fallecido Arthur Guinness.
En La casa Guinness también hay un hermano menor con pinta de avispado, Edward, aunque el primero en la línea sucesoria, Arthur, no le va a la zaga. En este caso intuimos que ha sido boicoteado por cuestiones íntimas que tienen poco que ver con su capacidad para gestionar la mayor empresa cervecera de Irlanda. La serie nos presenta una galería de personajes torturados por el destino que les ha sido asignado, incluso por su naturaleza más elemental, esa que no se elige, sino que se siente. Todos ellos se encuentran atascados en una encrucijada tan peliaguda como universal, justo allá donde se bifurcan la obligación y la devoción.
De los cuatro Guinness inmersos en esa dicotomía, los guionistas han decidido centrarse en Arthur y Edward, interpretados por Anthony Boyle y Louis Partridge, que nos regalan los mejores diálogos. Hay que ser sinceros: tampoco es que sean Cillian Murphy y Paul Anderson. No son auténticas fuerzas de la naturaleza, pero no lo exigen ni la historia ni el tono un poco folletinesco de algunas situaciones.
El vaso medio lleno
En una secuencia claramente pensada para resaltar, Edward detalla la técnica necesaria para servir un vaso de Guinness, comparándola con la situación política de Irlanda. La liturgia forma parte de la marca. Incluso hoy en día, cuando en el Museo dublinés de la empresa desechan aquella copa en que la espuma no ha quedado un milímetro por encima del borde, sino que ha acabado vertiéndose por los costados. Lanzan su contenido al fregadero, y abren de nuevo el surtidor.
Según Edward Guinness, el nuevo factótum, se trata de verter la cerveza sólo hasta la mitad, emocionada y burbujeante por haber salido de la botella, por sentirse “libre”. A continuación, se impone la espera, un tiempo patrocinado, el llamado “minuto Guinness”. Para el heredero de una fortuna irlandesa aumentada al calor del apoyo unionista, a Irlanda le hace falta pararse a reflexionar. Cuando uno reanude el llenado del vaso, “sólo se tendrá éxito si se mantiene la calma”. El joven magnate parece disfrutar de la frivolidad malintencionada que supone situar al mismo nivel la pinta perfecta y la libertad de un pueblo.
En La casa Guinness, la familia da muestras de ese pragmatismo cobarde de la clase privilegiada, intentado mantenerse en terreno neutral en el pulso entre católicos y protestantes, independentistas y unionistas. Este telón de fondo político, pese a la presencia de Kneecap en la banda sonora, es una simple excusa argumental para que la acción avance. La trama relacionada con Arthur, el hermano destinado a ocupar un escaño en el Parlamento irlandés, sirve básicamente para plantear otro de esos dilemas apremiantes entre el deber y el querer, con un cliffhanger final de infarto servido en copa alta. Aunque en algún momento puntual pueda haber más espuma que cerveza, son elementos suficientes para entretener y convencer a los acólitos de la Iglesia de San Steven Knight. La casa Guinness es una serie que no pasará a la historia; aun así, nos encanta de qué manera juega con ella.


