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Cartel promocional de 'El cuco de cristal'.
Adaptar al escritor Javier Castillo es como invertir en bonos del tesoro: un valor seguro. La enorme base de lectores con la que cuenta – ha vendido más de 2,5 millones de ejemplares contabilizando toda su bibliografía– supone un atractivo suficiente como para que cualquier plataforma se lance a comprar derechos y a encadenar producciones basadas en su obra. Si Prime Video apostó por Juan Gómez Jurado y Atresmedia hizo lo propio con Carmen Mola, Netflix no ha dudado en poner sus ojos sobre el autor malagueño. Tras lanzar las dos partes de La chica de nieve (Jesús Mesas & Javier Andrés Roig, 2023-2025) ahora llega El cuco de cristal, publicada en 2023.
Aun respetando el espíritu de la novela, la somete a un ejercicio de síntesis que solo puede ser recibido con tímida alegría
Ahora bien, el valor cualitativo del material original queda al margen de la operación mercadotécnica que supone llevar best-sellers a la pequeña pantalla y que, a buen seguro, funciona como reclamo para un fandom siempre entregado. Digámoslo ya, ‘El cuco de cristal’ de Javier Castillo es un trhiller redundante, de proceder mecánico, salpicado de golpes de efecto que carecen de consistencia o que abusan del deus ex machina, además de una novela voluntaria e innecesariamente alargada hasta las casi 500 páginas.
La adaptación que de nuevo firman los guionistas Jesús Mesas Silva y Javier Andrés Roig es, por un lado, deudora de la estructura en dos tiempos que el original propone; por el otro, y aun respetando el espíritu de la novela, la somete a un ejercicio de síntesis – supresión de personajes, aligeramiento de tramas, compresión del relato- que solo puede ser recibido con tímida alegría. Sí, la serie se ve mejor de lo que el libro se lee.

Catalina Sopelana es Clara en ‘El cuco de cristal’.
El planteamiento recuerda lejanamente al de Deuda de sangre, la novela de Michael Connelly llevada al cine por Clint Eastwood en 2002: Clara (Catalina Sopelana), una joven residente de medicina sufre un infarto inesperado. Un oportuno trasplante de corazón le salvará la vida. Una vez recuperada, Clara tiene interés en conocer al donante y tras una breve investigación dará con la madre de este, interpretada por Itziar Ituño, y se desplazará hasta el ficticio pueblo de Yesques para conocerla y descubrir quién era su hijo Carlos (Roque Ruiz).
Sin embargo, la visita la llevará a enmarañarse en un caso criminal que hunde sus raíces en el pasado. El misterioso extravío de un bebé el día de la llegada de Clara al pueblo no es más que el último episodio de una serie de desapariciones que se remonta a años atrás. Miguel Ferrer (Álex García), el sargento de la Guardia Civil que investigó algunos de aquellos casos y que se esfumó sin dejar rastro en 2005, es el padre del donante. Clara, con la ayuda de Juan (Alfons Nieto), hermano de Carlos y también agente de la benemérita, tratará de arrojar luz sobre el asunto.
Insistiendo en que la versión seriada se digiere con mayor ligereza que su antecedente literario, también podemos afirmar que abunda en los mismos errores
No figura en nuestro ánimo destripar los numerosos giros de una trama alambicada, pero si es necesario decir que, si uno se coloca en lado de los fans de Castillo, que ejerce como asesor de la serie, encontrará las suficientes sorpresas como para albergar un sentimiento de satisfacción en cuanto vea aparecer los títulos de crédito. La primera modificación, y la más obvia de todas, es que la historia se traslada de Estados Unidos a España, del estado de Misuri a tierras extremeñas, y que ese cambio de ubicación, decorado con notas de color relativas al folclore local, dota de cierto encanto a la propuesta, por más que nunca se explote a fondo la conexión entre determinadas tradiciones y los fundamentos cinegéticos que sustentan el proceder de un asesino de mujeres.
La miniserie de Netflix es mucho más directa y concisa que el libro, verbigracia la exposición de la relación de parentesco entre los dos villanos de la función, que se nos explica de buenas a primeras cuando en la novela suponía una de las grandes revelaciones, situada, además, en el clímax del relato.

‘El cuco de cristal’ se estrena el 14 de noviembre en Netflix.
Dicho esto, e insistiendo en que la versión seriada de El cuco de cristal se digiere con mayor ligereza que su antecedente literario, también podemos afirmar que abunda en los mismos errores. A saber:
– Su farragosa estructura en dos tiempos, con la añadidura de esos rótulos que nos recuerdan siempre en qué época estamos, como si el argumento o las distintas opciones colorimétricas para distinguir cada periodo no fuesen suficientes.
– Una ordenación fragmentaria que obedece a la necesidad de mantener el misterio, una opción que, sin embargo, conduce a atomizar la narración aun cuando no lo necesita. El capítulo quinto se cuenta desde un único punto de vista, el de Rafa (Iván Massagué) y es, dicho sea de paso, el más sólido de todos. Ahora bien, ni siquiera aquí los guionistas se resisten a la tentación de romper con esa lógica.
¿Resulta verosímil que, en un pueblo tan pequeño, hayan desaparecido 11 personas en tres décadas y todo siga igual?
Más allá de que repitan el final del capítulo anterior contado desde la óptica de Rafa sin que ello justifique el casual y oportuno ménage à trois homicida de la escena, acto seguido se cambia la focalización para incluir una escena ilustrativa que cualquier espectador medianamente atento puede deducir y que no es necesaria. Obviaremos también la coda final, en la que Rafa le explica a su mentor qué enfermedad tiene (el mentor, no Rafa) para que así la audiencia se entere, como si no fuese capaz de concluir que el señor que tiene ante sus ojos padece demencia. Los males de la sobreexplicación, una vez más.
– La inconsistencia de un desenlace – en parte diferente al de la novela- que se basa en encuentros fortuitos, oportunos parroquianos del bar que reconocen al asesino y torticeros usos del fuera de campo.
– La nula química entre Carla y Juan, que deriva en una inverosímil relación romántica; algo que tiene que ver, sobre todo, con el plano diseño de personajes, por más que el elenco mantenga un tono aceptable, con la excepción de un torvo Tomás del Estal, sin duda lo mejor de la función.

Álex García es Miguel Ferrer en ‘El cuco de cristal’.
– A nivel de puesta en escena, y más allá de algunos guiños al slasher (el asesinato del capítulo quinto) que se apartan del monocorde estilo de todo el show, El cuco de cristal adolece de todos los tics de las producciones Netflix: la música impositiva, el uso inmoderado (e innecesario) de los drones o la aplicación de sonrojantes soluciones enfáticas (esa persecución final por el bosque), por citar solo algunas.
Y, para acabar, háganse unas cuantas preguntas cuando terminen la serie, si es que llegan hasta el final. ¿Qué importancia dramática posee la enfermedad del donante? ¿Cuál es el grado de fortaleza exhibido por los lazos que unen a Clara con su amiga? ¿Puede una decisión de casting contribuir a la previsibilidad del desenlace? ¿Resulta verosímil que, en un pueblo tan pequeño, hayan desaparecido 11 personas en tres décadas y todo siga igual? Y la más importante: ¿qué opinará la Tourist Info de Cáceres de El cuco de cristal?

