Crítica ‘Sugar’ T2: reinventar el neo noir (otra vez) es posible
Crítica de la serie

‘Sugar’ T2: reinventar el neo noir (otra vez) es posible

A caballo entre el extrañamiento de Robert Altman y el laconismo seco de la novela 'pulp', la sofisticada producción de Apple TV utiliza un entramado de corrupción sistémica para reconstruir la figura del detective privado como el último enigma moral de un mundo a la deriva.

La anacronía hacía de Un largo adiós (Robert Altman, 1973) una de las relecturas fundamentales para entender la evolución del noir, toda vez que su época dorada había sido enterrada bajo la lápida de la modernidad. Siempre hubo escritores y cineastas que se interrogaron sobre la posibilidad de seguir cultivando los géneros clásicos tras la emisión de su certificado de defunción – desde el Roberto Bolaño de ‘La pista de hielo’ al James Gray de Z, la ciudad perdida (2016) pasando por el Abel Ferrara de New Rose Hotel (1998) -, en un tiempo en el que sus estructuras se habían vuelto previsibles y el retorno a los lugares comunes había dejado de proporcionar el placer de antaño. O dicho de otro modo, para qué ver el Testigo accidental (1990) de Peter Hyams pudiendo ver la original de Richard Fleischer.

Siempre que hablo de ‘Sugar’, vuelvo a la película de Robert Altman, Un largo adiós (1973)

En su versión de la mítica novela de Raymond Chandler, Altman sometía el material de partida a un iluminador tercer grado – ¿qué sentido tenía la existencia de un detective privado después de la revolución contracultural? – para generar una sensación de extrañamiento que dejaba al espectador desnudo en mitad de una tormenta de sentido. ¿Cómo se atrevía el director de Los vividores (1971) a manosear un clásico de aquella manera? ¿Por qué nos adentraba en una atmósfera nebulosa y colorista para que nos extraviásemos junto a Philip Marlowe en ese viaje al extrarradio de un género levantado sobre el blanco y negro? ¿Acaso no pretendía Altman imprimir el paso del tiempo sobre los fotogramas de la película misma? ¿No venía a decirnos que en una época ahogada por el narcisismo ya no había espacio para la seca determinación de Bogart? ¿No nos sugería que ahora Marlowe solo podía lucir las pintas de despistado perenne de Elliot Gould interpretando a un hombre fuera de su tiempo?

Siempre que hablo de Sugar, la serie ideada por Mark Protosevich, ahora relevado en el papel de showrunner por Sam Caitlin para la segunda entrega que Apple TV estrena hoy, vuelvo a la película de Altman. Sobre todo porque no puedo dejar de verla como el siguiente paso en la escala evolutiva del género: si en Un largo adiós el detective privado es una anomalía, en Sugar la única identidad posible que le queda por asumir es la del extraterrestre.

Sugar T2

Colin Farrel es John Sugar en ‘Sugar’.

Por lo demás, y de inicio, la serie es fiel al código. Un clima moral corrompido, un pasado que regresará para alterar el presente (la relación de Sugar con su hermana extraviada), una asoleada intriga criminal que remite a la herencia angelina de Ross MacDonald y un protagonista que, como decía Chandler, “debe ser el mejor hombre de este mundo y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo”. Ahora bien, bajo los adoquines de la tradición, la playa de la modernidad: preferencia por la secuencias diurnas, ‘desarquetipización’ de los personajes femeninos, inclusión de temáticas actuales y reconstrucción de la figura del detective privado, único detentor de un código moral respetable en un mundo a la deriva, un extraterrestre humanista, un ser extraordinario que aspira a ser un hombre común, el protagonista convertido en el mayor enigma de una historia de detectives.

Para descifrar la fórmula de este noir hipercodificado es necesario recurrir, en este caso, a una referencia interna. De entre los múltiples fotogramas sampleados de diversos clásicos de la historia del cine que se intercalan durante el metraje, en un ejercicio que combina erudición intertextual y complicidad dramática  – la citas a El buscavidas, Más dura será la caída, Casablanca, Gilda, Vértigo, Vacaciones en Roma o, sobre todo Vicio propio, por señalar solo algunos de los muchos títulos que aparecen, nunca son gratuitas – llama poderosamente la atención el tiempo en pantalla que se le concede a El difunto protesta (Alexander Hall, 1941), la historia de un boxeador que muere antes de tiempo y que regresa a la tierra enfundado en un nuevo cuerpo para tratar de conquistar el campeonato mundial. Quizá a muchos de ustedes les resulte más familiar la versión protagonizada por Warren Beatty y titulada El cielo puede esperar (Warren Beatty & Buck Henry, 1978).

De tan desvirtuado como ha quedado el noir en los últimos tiempos, con las editoriales y las plataformas intentando que cualquier procedimental policíaco pase por ‘negro’, se agradece una trama compleja

En cualquier caso, la mención a la obra ideada por el dramaturgo Harry Segall trasciende lo anecdótico. En primer lugar, John Sugar (Colin Farell) investigará la desaparición del hermano díscolo de un púgil, en un nuevo exponente del conocimiento del género y de la precisión en su ejecución por parte de un equipo de guionistas en el que, entre otros, está Christopher C. Rogers (Halt and Catch Fire).

De tan desvirtuado como ha quedado el noir en los últimos tiempos y en todos los campos, con las editoriales y las plataformas intentando que cualquier procedimental policíaco pase por ‘negro’, se agradece una trama compleja que visibiliza una red de corrupción sistémica en la que una epidemia de muertes por fentanilo, vinculada a un descenso en su precio de venta, conduce a una colosal estafa inmobiliaria manejada por un grupúsculo de policías que amordazaron a su conciencia en la trastienda del hipocampo.

Sugar T2

La segunda temporada de ‘Sugar’ se estrena el 19 de junio en Apple TV.

En segunda instancia, además de la conexión boxística con El difundo protesta, encontramos una conexión temática que viene de la mano de las segundas oportunidades, pues conviene recordar que Sugar, en lugar de regresar a su planeta con el resto de sus compatriotas, decide permanecer en la Tierra (enfundado en otro cuerpo) para seguir con su quijotesca tarea: observar, aprender y preservar un estilo de vida sin recurrir a la violencia. ¿Será capaz nuestro detective de rehacer su vida ahora que se siente como el Holly Martins (Joseph Cotten) de El tercer hombre (Carol Reded, 1949)? Citando al propio Sugar: “como un americano en el extranjero en un mundo que no comprende”.

‘Sugar’ es, probablemente, la serie más cool de la última década

Por último, la estilizada producción de Apple TV sigue, de una parte, revisando los tropos del género, desde arquetipos como la femme fatale (atención al papel de Laura Donnelly) o el ayudante (aquí la Val que encarna Sasha Calle, como si uno de los irregulares de Sherlock Holmes ocupase el puesto del doctor Watson) a espacios característicos como esa casa en mitad del desierto que recuerda a a un pasaje de ‘El sueño eterno’. Del otro lado, no abandona su filiación ci-fi, que se desliza como una suave cinta de tul apenas visible durante siete episodios para envolver con un lazo azul la temporada en un episodio final que funciona como coda y que vuelve a proporcionarnos un giro de guion quizá no tan impactante como el de la entrega inaugural, pero igualmente imprevisible, inevitable y gratificante porque sigue siendo capaz de unir lo mejor de dos mundos casi antagónicos.

Esa estilización a la que aludíamos se extiende a cualquier aspecto de la producción. La voice over de Sugar, con su monocorde laconismo y su fraseo corto  – sujeto, verbo, predicado, punto – en la mejor tradición de la novela pulp. El retrato panóptico de Los Ángeles, repasando la tradición urbanita del género, desde una viaje por los viejos estudios Paramount a las lujosas casas de Mulholland pasando por los improvisados campamentos donde se hacinan yonquis y vagabundos. Tampoco hay que olvidar la concepción posmoderna del relato, pues Sugar configura su personalidad (y elige su oficio) a través de su pulsión cinéfila, una coartada que justifica la sofisticación visual, la introducción de citas y la deconstrucción genérica ejecutada con conocimiento de causa. Sugar es, probablemente, la serie más cool de la última década.

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Laura Donnelly es Charlotte Fischer en ‘Sugar’.

La depuración formal de la propuesta alcanza un grado superior en esta segunda temporada de ocho episodios. No parece casual que Sam Catlin forjara parte de su carrera escribiendo en Breaking Bad (Vince Gilligan, 2008-2013), o que Tony Dalton, figura fundamental en Better Call Saul (Vince Gilligan & Peter Gould, 2015-2022), ejerza como villano de la función. O que Michael Morris, que también estuvo detrás de las evoluciones de Walter White (Bryan Cranston), dirija varios episodios (en la nómina de directores está, también, el mexicano Amat Escalante en una decisión que se antoja bastante lógica si uno vio La región central -mezcla de géneros- o Perdidos en la noche).

Si uno observa el arranque del quinto episodio (‘Unknowns’), dirigido por Adam Bernstein, otro veterano de las producciones Gilligan, se dará cuenta de determinados paralelismos estilísticos que abundan en la obra del creador de Pluribus (2025), aquí pasadas por el filtro del noir. El gusto por los planos detalle, por las posiciones de cámara imposibles, el tempo definido por la música seleccionada acompasado por el montaje, todo para describir un entorno (en este caso una morgue) que después tendrá mucha mayor importancia de la que pensamos en el momento en el que desfila por primera vez ante nuestros ojos.

Si tenían alguna duda, abandónenla en la primera cuneta que encuentren. Sugar sigue siendo una delicia. Como un Willett Single Barrel.

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