Crítica 'El cineclub' (Movistar Plus+): The Last Picture Show
Crítica de la serie

‘El cineclub’: The Last Picture Show

Sencilla, con tanto encanto como escasas pretensiones, la primera serie creada por Aimee Lou Wood abraza con su inteligencia y calidez a la hora de jugar con los recursos de la comedia romántica para escribir una carta de amor al cine y a su impacto en nuestras vidas cotidianas.

El cine como idioma y vínculo emocional entre seres humanos, el cine como espacio para soñar despiertos, el cine como cobijo ante una realidad y un mundo de mierda, el cine como herramienta para combatir inseguridades y miedos, el cine como medicina para la mente y el alma. Aunque estas líneas parezcan desmentirlo, no es la intención ponerse demasiado trascendente. Entre otras cosas porque la serie que aquí nos ocupa huye de toda solemnidad, por mucho que también apunte a asuntos muy serios, y defienda el poder sanador y el impacto en nuestro día a día de lo que Ricciotto Canudo definió como el séptimo arte.

No parece casual que a sus creadores, Aimee Lou Wood y su compañero de clase y de piso Ralph Davis, se les ocurriera la idea de El cineclub en plena pandemia, al percatarse de cómo la ficción audiovisual estaba ayudando a la gente a gestionar los efectos de una crisis sanitaria nunca vista. Fueron aquellos unos meses en los que películas y series sirvieron como parapeto a la soledad, y como vínculo emocional ante la imposibilidad de un abrazo o de una reunión alrededor de una mesa.

Vestida de comedia romántica british, a ratos pelín deconstruida, en otros fiel a lo esperado, la serie diversifica esfuerzos más allá de si la tensión sexual nunca resuelta acabará por explotar

Sin ir más lejos, y me permitiréis la batallita personal, el arriba firmante pudo combatir el confinamiento a base de proyecciones diarias de clásicos compartidas y comentadas, cada uno desde su casa, con un grupo de amigos. Desde su propio encierro, alguien proponía cada mañana el visionado de esa noche, y mandaba al resto un vídeo de presentación del título elegido. A veces, incluso, disfrazándose para la ocasión.

Así que este texto nace desde una inmediata e innegociable simpatía hacia el empeño, a veces irracional, de la protagonista de El cineclub por mantener aquella quijotesca idea que tuvo durante sus años universitarios: todos los viernes, brille el Sol o suenen los truenos, el garage de su casa se convierte en una sala donde disfrutar en comunidad de una película, un espacio de evasión convenientemente decorado para el evento. Claro que, de la docena de fieles cómplices que, en aquellos tiempos de juventud e irreverencia, no dudaban en sumarse al cosplay, hoy apenas queda su mejor amigo.

El cineclub

Nabhaan Rizwan y Aimee Lou Wood son Evie y Noa en ‘El cineclub’.

El primer capítulo de esta miniserie de seis episodios de media hora, perfecta para maratonear, nos presenta a Evie y a Noa. Ella, interpretada por Aimee Lou Wood y sus toneladas de carisma (lo mucho que se habló de la actriz, y de sus dientes, tras participar en Sex Education y en The White Lotus), lleva seis meses encerrada en casa de su madre tras sufrir una tremenda crisis nerviosa que ha acentuado una paralizante agorafobia. Él, su leal Sancho Panza, estupendamente interpretado por Nabhaan Rizwan (su más que perfecta imitación del Jeff Goldblum de La Mosca convalida para cualquier cosa), es el único de sus colegas que no se pierde un solo pase, probablemente por un sentimiento de compromiso que va más allá de su amor al cine.

Con el garage-sala de proyecciones transformado en una USCSS Nostromo de papel Albal, nuestros particulares Ripley y Kane comerán palomitas con Alien, el octavo pasajero. La sesión número 198 del Film Club esconde que los seis años de felicidad cinéfila parecen acercarse a su fin, porque Noa está a punto de abandonar Manchester para irse a trabajar a un bufete de estirados abogados de Bristol. Y el miedo de nuestra insólita pareja de antihéroes es que los 200 kilómetros que separan ambas ciudades apunten, en realidad, a una distancia sideral que rompa definitivamente su conexión.

El cineclub

‘El cineclub’ ha sido creada por la propia Aimee Lou Wood.

Ripley, Dorothy y David Lean

Vestida de comedia romántica british, a ratos pelín deconstruida, en otros fiel a lo esperado (y deseado), El cineclub diversifica esfuerzos más allá de si la tensión sexual nunca resuelta acabará por explotar o si, como en la maravillosa Breve encuentro de David Lean (contigo empezó, y terminó, todo), el aparente final feliz no existe. Porque, desde la ligereza y un comedido pero tremendamente eficaz sentido del humor, la serie apunta a cuestiones como el imperativo proceso de madurar pese a las pérdidas y la infelicidad que ello puede conllevar.

Una sentida carta de amor al cine como motor de vida y refugio en el que sentirse protegido, y una reivindicación del frikismo y de los frikis

O como los devastadores efectos, propios y ajenos, de las enfermedades mentales. O como lo fundamental que resulta el apoyo de la familia, consanguínea o elegida, ante las hostias que da la vida. There’s no place like home, que decía Dorothy en El Mago de Oz, la película favorita de Noa y sesión número 199, inevitablemente acompañada de las alusiones de Evie al infierno que soportó Judy Garland durante el rodaje, un running gag tan divertido como nada inocente.

El cineclub

El cineclub está disponible en Movistar Plus+.

Es en ese entorno familiar, amical y vecinal en el que brillan personajes como el novio (Adam Long) y la hermana (Liv Hill) de Evie, o ese adolescente del barrio tan gamberro como dickensiano (un Owen Cooper a punto de vivir el bombazo de Adolescencia) o, por encima de todos y de todo, la madre de la familia: Suranne Jones se pone en modo robaescenas para encarnar a una mujer tan cariñosa como invasiva, tan excéntrica como adorable, tan impetuosa como vulnerable. Suyos son algunos de los momentos más cómicos de una trama que, en algunos instantes y en cuanto a la levemente disfuncional relación entre hermanas y madre, recuerda a la fabulosa Such Brave Girls.

El cineclub es, en definitiva, una serie cálida y reconfortante, emocional y tronchante en su justa medida. Una sentida carta de amor al cine como motor de vida y refugio en el que sentirse protegido. Y, también, una seguramente necesaria reivindicación del frikismo y de los frikis, buenos ejemplos de la entrega y la pasión irracional con la que todos deberíamos vivir las cosas de la vida que son verdaderamente importantes.

en .