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Hay que reconocerle a Bajamar un extraño estado de desasosiego que se produce en sus primeros compases, cuando el personaje principal, el impertérrito Dr. Soria (Germán Palacios), se baja del autobús que, en plena noche, le deja cerca de la costa, después de que el conductor le haya avisado de que no vale la pena que busque el pueblo que da nombre a la serie en el mapa. Se trata de una mota de polvo tan minúscula y escondida que hasta los cartógrafos la obviaron; si bien el pobre doctor no tardará en descubrir que a Bajamar ya le viene bien haber caído en el olvido.
Eso no es nada comparado con el descubrimiento que hace Soria en la orilla de la playa mientras camina hacia la localidad al amanecer: nada menos que el cadáver de un hombre, del que pronto sabrá que es el médico al que ha venido a sustituir. Acompañando el tono de extrañeza que todo lo embarga en esos primeros momentos, la reacción de Soria tampoco es precisamente común: apenas muestra un ligero interés por el reloj del muerto para después lanzarlo al mar, y acto seguido se dirige tranquilamente hacia el pueblo, sin saber que ha sido observado y sin notificar nada a las autoridades.
Tal telaraña de arrebatos y traiciones es efectiva gracias a un formidable reparto, en el que destacan Patricio Contreras, Leonardo Sbaraglia y Germán Palacios
De esta manera tan singular daba comienzo Bajamar – La costa del silencio, miniserie de cuatro entregas que fue emitida en su país de origen en octubre de 1996 y que estaba basada en una novela de Raúl García Luna titulada Bajamar, la novela del pueblo, editada en 1988. Sí, un par de años antes de que se estrenara Twin Peaks, por si fuera necesario evitar suspicacias. El director de la obra fue Fernando Spiner, quien, tras haber dirigido diversos documentales y episodios de series, había debutado en el campo del largometraje con el apreciable filme de ciencia ficción La sonámbula: Recuerdos del futuro (1998), protagonizado por Patricia Viruboff (una de las protagonistas de Bajamar) y nuestro Eusebio Poncela.

Patricio Contreras, Germán Palacios, y Leonardo Sbaraglia en ‘Bajamar, la costa del silencio’ (1998).
Posteriormente, Spiner se convertiría en una de las presencias más habituales del fantástico argentino gracias a títulos como Adiós, querida Luna (2004) o Inmortal (2020), que pudo verse en el Festival de Sitges. Iba a estar acompañado de otros futuros grandes de la industria argentina: Fabián Bielinsky ejerció de guionista y ayudante de dirección, no mucho antes de alcanzar la fama gracias a dirigir dos películas que tuvieron repercusión internacional (Nueve Reinas, en 2000, y El aura, en 2005), y cuyo inesperado fallecimiento, a causa de un infarto en 2006, truncó una carrera de grandísima proyección. El compositor de la banda sonora fue el prestigioso Leo Sujatovich, que posteriormente trabajaría con Federico Luppi en la única ocasión en que este se puso tras las cámaras (Pasos, en 2005) o en la interesante película de ciencia ficción La antena (Esteban Sapir, 2007). Y la productora fue Teresa Constantini, que también interpreta a Anaté, la enfermera del lugar. Constantini ha sido directora, actriz y productora de numerosos proyectos en su país.
Su ligero toque mágico le da un aura muy interesante y la convierte en algo más que un mero puzzle en el que descubrir el secreto en torno al crimen
La llegada del Dr. Soria a Bajamar y el descubrimiento del cadáver iban a ser los detonantes de un torbellino de pasiones, venganzas y secretos al descubierto, tan habituales en este tipo de dramas desde los tiempos de Peyton Place. Gracias a Soria descubríamos que el hotel lo regentaba un gerente ciego con el don de “sentir” los sueños de los habitantes del pueblo (el único y ligero toque sobrenatural de la serie, al menos de manera directa); que el jefe de policía, un hombre huraño y desagradable, tenía más de pie y medio en el mundo de la corrupción, además de estar obsesionado con acostarse con su hija, Eugenia, la profesora local que pronto se convertiría en el (primer) interés romántico del doctor; que el empresario local tenía a la gran mayoría del pueblo —incluido el alcalde— bajo su mandato, y que ocultaba un secreto salpicado de sangre que dotaba a Bajamar de una aureola de maldición, aunque nunca se llegue a afirmar tal cosa de manera literal; que la enfermera que trabajaba con Soria pudo haber tenido algo que ver con la muerte de su exmarido. La narración incluso tendría un pequeño espacio para el amor juvenil en un triángulo amoroso entre los adolescentes del pueblo que terminaría entroncando con la trama principal.
Tal telaraña de arrebatos y traiciones es efectiva gracias a un formidable reparto, en el que destacan el chileno Patricio Contreras en el papel del comisario, un hombre violento e impredecible que poco a poco va dando rienda suelta a su locura hasta convertirse en el personaje más interesante del relato; un joven Leonardo Sbaraglia, poco antes de dar la campanada en nuestro país gracias a títulos como Intacto (2001) o En la ciudad sin límites (2002), dando vida aquí al joven editor del periódico local que ve en el crimen la oportunidad de convertirse en un periodista famoso; y Germán Palacios (conocido en nuestro país gracias a su participación en la serie de TVE Herederos) como el hierático doctor, un misterioso personaje que, a pesar de esconder sus propios secretos, se ve envuelto en un laberinto extremadamente complejo que lo llevará al borde del abismo.

‘Bajamar, la costa del silencio’ está inédita en España.
Puede que no estemos hablando de un clásico de la televisión argentina ni de una obra que haya tenido una gran repercusión, pero cuenta con ciertos detalles que la convierten, desde mi punto de vista, en una obra destacable. Las localizaciones de Villa Gesell dan al conjunto un aspecto de pueblo fantasma. Son habituales los planos de la larga playa o del bosque, y apenas se ve el centro neurálgico del pueblo (y cuando aparece, no se ven más de tres extras al fondo). En el hotel apenas hay ocupantes y la sensación de vacío y de olvido está verdaderamente lograda.
Es de aquellas series que se mencionan en ciertos círculos y que se empeñan en no caer en el olvido y desaparecer de los mapas catódico
No es La maldición de Widow’s Bay, pero, a un nivel más terrenal, tampoco anda muy lejos: los fantasmas de los muertos parecen ser lo que evita el retorno de las orcas a la playa, tan esperadas por María (Julieta Díaz), la adolescente con discapacidad psíquica que vive allí, y algunos objetos, como el reloj del fallecido doctor Pusak, parecen tener vida propia. Su ligero toque mágico le da un aura muy interesante y la convierte en algo más que un mero puzzle en el que descubrir el secreto en torno al crimen.
Bajamar tardó más de un año en poder estrenarse en su país, y su paso por la televisión argentina fue bastante discreto. Y, sin embargo, es de aquellas series que se mencionan en ciertos círculos y que se empeñan en no caer en el olvido y desaparecer de los mapas catódicos. En nuestro país, directamente, es una completa desconocida (como prácticamente el grueso de la televisión argentina), que sería bien recibida en esos mencionados círculos —minoritarios, pero extremadamente fieles— de amantes de lo ignoto, a quienes la comercialidad de las propuestas les importa entre poco o nada. Como debe ser.

