Las series que contraprogramaron el franquismo
Televisión de anteayer

Las series que contraprogramaron el franquismo

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Diana Rigg (Emma Peel) y Patrick Macnee (John Steed) en la serie 'Los Vengadores'

'Los Vengadores', 'Kung Fu', 'Los Intocables'... en los 60 y 70 las series de corte popular arrasaron en España y ayudaron a digerir los avatares sociopolíticos más traumáticos.

Las modas vienen y van. Lo único que permanece es la nostalgia, por lo menos desde el punto de vista editorial. En Jo també cantava L’estaca (Ara Llibres, 2018), echamos la vista atrás hacia la Cataluña de los años 60 y 70, inevitablemente marcada por una dictadura castradora y una falta de libertad de expresión que ahora algunos se empeñan en minimizar… o incluso en adaptar al siglo XXI.

Junto a los acontecimientos políticos reseñados en el libro y a sus inquietantes paralelismos con la actualidad, nos ocupamos también de la música, los tebeos, el teatro, el cine o la radio que marcaron la infancia de diversas generaciones. Y por supuesto, de la televisión, de aquellas series que llenaron la parrilla de las dos únicas emisoras existentes en ese momento.

Si recuerdas que Star Trek se estrenó inicialmente bajo el título La conquista del espacio, y que se emitía en la UHF, tal vez este sea tu libro. Aquí tenéis un pequeño avance, traducido al castellano, con cinco de las series que evocamos en el libro. No todas ellas son obras maestras, pero forman parte de la memoria sentimental. Y la memoria sentimental es intocable, como los primeros que van a desfilar por aquí (toma ya, menuda manera de ligarlo todo).

‘Los intocables’: la ley sin embudos

En 1964, TVE estrenó una de las primeras grandes series de la historia, un año después de su finalización en Estados Unidos. A los iluminados que repiten al estilo loro hipster que el mejor cine actual está en la televisión, como si las fronteras entre ambos medios no hubieran sido permeables, les iría bien revisar una serie vinculada al buen cine negro, Los intocables, la historia de un grupo policial de élite liderado por el insobornable Elliott Ness (Robert Stack), que se enfrentaba a Al Capone y a todos los mafiosos que quisieran sacar provecho de la prohibición del alcohol en plena Ley Seca, en el Chicago de los años 20.

El protagonista era una versión muy idealizada del Ness real, que efectivamente ayudó a meter en prisión a Capone por un tema de evasión fiscal, un delito mucho más vigente que el contrabando de licor. La serie atrapó a los espectadores de los 60 con unos niveles de violencia inusuales. También supuso una novedad ver policías que, si vestían de gris, era para hacer conjuntar el chaleco con la americana.

Los productores de Los intocables habían alcanzado la fama en televisión en un registro muy diferente. Se trataba del matrimonio formado por Lucille Ball y el cubano Desi Arnaz, admirados por la comedia de situación digna de este nombre emitida en España, Te quiero, Lucy. A través de su empresa Desilu Productions (esto de fusionar nombres propios no tiene fronteras), tiraron adelante proyectos tan distanciados de la comedia como Star Trek, Misión imposible o Mannix.

Con Los intocables se ganaron algunos enemigos de peso: Frank Sinatra se fue a quejar personalmente ante Arnaz de la imagen que esbozaba la serie de los americanos de ascendencia italiana, siempre encasillados en el papel de mafiosos. Por eso en la segunda temporada se añadió a un personaje italiano en el equipo policial, el agente Rico Rossi. Y para dejar claro que la maldad no tiene nacionalidad, se inventaron un mafioso ruso de nombre impagable: Joe Vodka.

Al director del FBI le molestaba que la resolución de algunos casos por parte de su cuerpo fuera atribuida a la ficción de Elliott Ness

A J. Edgar Hoover, director del FBI desde 1924 hasta 1972, le molestaba que la resolución de algunos casos por parte de su cuerpo fuera atribuida a la oficina de Elliott Ness en la ficción. Al fin y al cabo, la fidelidad histórica no era uno de los puntos fuertes de una serie que aquí llegó doblada con acento suramericano y una voz en off altisonante que anunciaba el reparto y comentaba la acción.

En algunos capítulos aparecieron puntualmente futuras estrellas: Charles Bronson, James Caan, Robert Duvall, Martin Landau, Robert Redford… La película de Brian De Palma rodada en 1987, con Kevin Costner en el papel de Elliott Ness y Robert De Niro en el de Capone, actualizó el mito de modo excelente.

‘Los Vengadores’: espías como nosotros

El espíritu del Swinging London, el Londres de la música beat y la moda atrevida, quedó reflejado en la serie británica más influente y fluctuante. Pocos recuerdan hoy su primera temporada. Los vengadores iniciales eran dos hombres, un médico que veía cómo en la víspera de su boda unos traficantes de droga mataban a la novia y un agente secreto, John Steed, que lo ayudaba a vengarse. El actor que encarnaba al médico lo dejó, de modo que fue necesario ensayar otra fórmula.

A Steed, interpretado por Patrick McNee, lo transmutaron en gentleman imperturbable, un caballero que hacía del vestido a medida, el sombrero y el paraguas la mejor armadura. Le acompañaba Cathy Gale, antropóloga viuda con conocimientos de artes marciales, normalmente vestida de cuero negro ceñido, según decían con el objetivo de que la actriz Honor Blackman tuviera mayor libertad de movimientos. La verdad… hemos escuchado coartadas más elaboradas. El título de la versión francesa de la serie es bastante descriptivo: Chapeau melon et bottes de cuir (‘Bombín y botas de cuero’), el eslogan de uno de los primeros casos de tensión sexual no resuelta en una serie.

Blackman dejó Los Vengadores para fichar por la saga Bond: en Goldfinger fue Pussy Galore, mujer de confianza del nuevo enemigo del agente con licencia para matar. El relevo fue todo un acierto: la actriz Diana Rigg asumió el papel de Emma Peel, la que duró más en el cargo. Peel practicaba esgrima y era una autoridad científica. La tensión sexual con el flemático Steed se animó gracias a la esgrima real y verbal entre ambos. Y los vestidos ajustados se combinaban con minifaldas, diseños geométricos de arte óptico y modelos vistosos.

En esta etapa, las tramas tendían a incluir elementos delirantes y psicodélicos propios del género fantástico. Diana Rigg, cansada del ritmo de producción y mosqueada por las diferencias salariales (cuando empezó cobraba menos que los cámaras), siguió los pasos de Honor Blackman y fichó para Bond en 007 al servicio secreto de Su Majestad, al lado del olvidado George Lazenby. Mucho más tarde, ha sido Lady Olenna Tyrell en Juego de tronos.

‘Kung Fu’: saltamontes a cámara lenta

En un momento en que las series del Oeste estaban en vías de extinción, una nueva producción renovó la iconografía del western introduciendo a un monje imbuido de sabiduría oriental en los habituales paisajes polvorientos del género. Estrenada en TVE en 1973, Kung Fu narraba la historia de Kwai Chang Caine, hijo de una china y un norteamericano, que había aprendido los secretos del budismo y las artes marciales en el monasterio Shaolin.

Los practicantes del shaolin rechazan la violencia, pero siempre encuentran quien ha cometido una ignominia suficientemente grave como para devolverle el golpe. En el caso de Caine, que un sobrino del emperador Ming dispare a sangre fría a su guía espiritual, el maestro Po, ha sido motivo suficiente para enfrentarse a él en un combate de kung-fu, liquidarlo y huir del país de su madre para viajar al de su padre, los Estados Unidos de finales del siglo XIX, a buscar un hermanastro perdido.

Caine fue el primero en demostrar que un macho alfa podía llevar una bolsa en bandolera sin perder ni un ápice de virilidad, incluso aun cargando con una flauta kilométrica colgada de la espalda. Allanó el camino a posteriores héroes televisivos como Marco o Jack Bauer, usuarios asiduos de las bandoleras.

En cada capítulo Caine se encontraba con algún tarambana que le obligaba a resistir todo tipo de provocaciones y a controlar los instintos primarios. Debía contar mentalmente hasta cien… o hasta diez millones. Le ayudaba desde la distancia el maestro Po, mediante unos flashbacks que le mostraban los años de juventud en el monasterio, lecciones comprimidas de paciencia oriental de andar por casa (rodadas en decorados de Camelot, el musical dirigido por Joshua Logan en 1967).

Era fácil distinguir cuando la acción pasaba de Occidente a Oriente, sobre todo porque de repente veías a Caine, el “pequeño saltamontes”, completamente rapado. Eso sí, el maestro Po no debía ser tan sabio. ¿No se daba cuenta de que el auténtico motivo de su ceguera eran aquellas incómodas lentes de contacto blancas que llevaba a todas horas? Finalmente, Caine no tenía más remedio que dejar fuera de combate al bruto de turno, mediante peleas estilizadas a cámara lenta, muy esperadas por el público infantil.

Los directivos de la ABC rechazaron a Bruce Lee porque no tenían claro si la audiencia aceptaría un protagonista de rasgos asiáticos

Los herederos de Bruce Lee, gran responsable de la popularidad del cine de artes marciales, sostienen que la primera opción para interpretar al personaje era él, pero los directivos de la ABC no acababan de tener claro si la audiencia aceptaría un protagonista de rasgos asiáticos. Una cosa era ver a George Takei y Nichelle Nichols en el puente de mando de la Enterprise y una muy diferente ceder todo el peso de la trama a un actor de otra etnia.

El elegido sería David Carradine, hijo y hermano de actores, sin ninguna experiencia previa en las artes marciales, que dispuso de tres temporadas y 63 capítulos para encontrarle el gusto a las palizas coreografiadas. Su desgraciada muerte en 2009, poco después de volver a convertirse en icono gracias al Kill Bill de Tarantino, tuvo que ver con un armario, una cuerda y otro tipo de coreografías mal ejecutadas.

‘Los ángeles de Charlie’: terapia de grupo

En una metáfora involuntaria de los resortes invisibles del patriarcado, estas tres chicas listas, combativas y estratégicamente vistosas, formadas en la academia de policía, trabajaban a las órdenes de un tipo a quien nunca le veías la cara, con un tal Bosley como intermediario. Eran Sabrina (Kate Jackson, que después apareció en El espantapájaros y la señora King), Jill (Farrah Fawcett, famosa por su peinado de rizos imposibles, fijado mediante cantidades ingentes de laca que suponían un claro desafío a la capa de ozono) y Kelly (Jaclyn Smith, la única que se mantuvo las cinco temporadas).

Cuando una ángel colgaba las alas se le buscaba sustituta: Cheryl Ladd, Shelley Hack y Tanya Roberts. Los guionistas se sacaron de la manga que el personaje de Farrah Fawcett había dejado la agencia para competir al volante de un bólido en el Grand Prix de Europa (en realidad, la productora la demandó por incumplimiento de contrato), mientras que el de Kate Jackson lo dejaba para casarse. No podrían haber encontrado dos actividades más alejadas en la escala de la independencia femenina.

‘Sandokan’: unos flecos pendientes

Si los méritos de ciertas coproducciones europeas de origen italiano se hubieran medido por el barroquismo capilar, comparable a los cardados arquitectónicos de Farrah Fawcett, hubieran sido obras maestras. El primero en llegar, en 1976, fue Sandokan, “el tigre de Malasia”, en una miniserie de seis episodios dirigida por Sergio Sollima y basada en la creación de Emilio Salgari.

Sandokan era el príncipe destronado de una isla de Asia Oriental con nombre de protector de estómago, Mompracem, enfrentado al colonialismo británico. Para entendernos, el “timbaler del Bruc” con melena. En su misión le ayudaban un aristócrata portugués opuesto al dominio occidental, Yáñez de Gomera, y la sobrina de uno de sus enemigos, Lady Marianna, que atendía a nuestro héroe después de un naufragio. Sandokan luchaba con destreza para apartar cualquier obstáculo, ya fuera un sir inglés o un tigre de Bengala.

La serie sedujo a la audiencia dominical por los ambientes selváticos en que se había rodado, escenarios naturales de Malasia y la región india de Madrás, y sobre todo por el indio Kabir Bedi (su nombre significa “magnífico”): gracias a una cabellera morena y reluciente digna de un catálogo de Vidal Sassoon, así como a la mirada más reluciente del sureste asiático, el actor llegó a rivalizar con los músicos que se estaban repartiendo el botín del fenómeno fan, de Los Pecos a Miguel Bosé, pasando por Leif Garrett.

Bedi tuvo la oportunidad de escuchar los chillidos en directo, porque visitó Madrid el 28 de noviembre del 1976 para asistir al programa Esta noche… fiesta, de José María Íñigo, y vender felicitaciones navideñas de Unicef. Tuvo que huir corriendo, trepando por encima de los coches para evitar que la masa le aplastara, le hiciera trizas el vestido o le estirara un pelo de la barba como souvenir.

Para digerir los avatares políticos y sociales más traumáticos de esos años, la gente necesitaba nutrirse de buenas dosis de ficción popular

A lo largo de Jo també cantava L’estaca aparecen muchas otras series imprescindibles de los 60 y los 70: El Virginiano, El Santo (visita de Roger Moore a Barcelona incluida), Superagente 86, Los Picapiedra, El fugitivo, Flipper, Heidi, Colombo, Kojak, La casa de la pradera (desmontando el falso mito de la Transición sobre cuál de las hermanas Ingalls caía rodando por los prados en los títulos de crédito).

Al fin y al cabo, para digerir los avatares políticos y sociales más traumáticos de esos años, la gente necesitaba nutrirse de buenas dosis de ficción popular para escapar momentáneamente a otras realidades. En dictadura o en democracia, bajo una monarquía o una república, la burbuja de la ficción siempre supondrá uno de los mejores refugios conocidos. Eso sí que esperamos que no cambie nunca. Brindemos por ello.

 

Este artículo es un extracto del libro ‘Jo també cantava l’Estaca’ (Ara Llibres, 2018).

Escrito por Josep Maria Bunyol en abril 2018.

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