Humanos, lagartos y viceversa
'V'

Humanos, lagartos y viceversa

serie v 1983

'V' se estrenó en lo que entonces era TVE1 el sábado 2 de febrero de 1985.

Amazon Prime Video recupera en su parrilla todos los capítulos de 'V', serie de ciencia-ficción camp, que, pese a su desmadre argumental, resultó sorprendentemente premonitoria, al mostrar un mundo sojuzgado por viscosas criaturas reptilianas.

Flashback: Barcelona, 1983. Un muchachito aún muy ternasco trata de evadirse del decepcionante mundo real leyendo, compulsivamente, cómics de Marvel de la Edad del Bronce o relatos fantásticos de Isaac Asimov o H.P. Lovecraft, y también pasando más horas de las recomendadas frente al televisor. Las series que emite la pequeña pantalla no le parecen demasiado estimulantes: abundan las ficciones formuleicas con episodios autoconclusivos de desarrollo más bien previsible, sin salidas de tono que puedan perturbar la moral de «clase media» del momento, como El Coche fantástico (1982-1996) o El equipo A (1983-1987). Pero, de repente, aparece una miniserie de género fantástico llamada V que lo cambia todo.

El chaval se obsesiona hasta sobrepasar los límites de la dignidad humana. Empieza a comprar –no sin cierta vergüenza, al solicitarla al quiosquero– la revista Tele Indiscreta, que regala merchandising lumpen: pegatinas, una pistola-láser de cartón troquelada, pósteres con fotos e ilustraciones apócrifas, e incluso un cómic (también pirata) por entregas, que parece calcar, con mano temblorosa, diversos fotogramas de la serie. Se traga, sin complejos, la adaptación literaria de V de Ann C. Crispin, escritora de ciencia-ficción que en aquel momento no le suena de nada, especializada en novelar sagas televisivas y cinematográficas como Star Trek o Star Wars, y atesora los cómics de DC dedicados a la serie, que por estos lares edita la desaparecida Zinco.

Viajamos ahora hasta la FNAC de Plaza Catalunya, en 2008, antes de la llegada de las plataformas de streaming. El chico es ahora un (digamos) adulto, que está considerando comprarse algún pack de series «adultas» de la llamada Tercera Edad de Oro de la Televisión, como The Wire. De repente, divisa una caja que contiene todos los capítulos de V. Mira a un lado y a otro. No parece haber nadie conocido. Su elección está clara.

Damos un nuevo y definitivo salto temporal, y nos plantamos por fin en 2020. Las distopías futuristas de antaño se han convertido en cinema-vérité. Pero no todo son malas noticias: Amazon Prime Video ha incluido en su catálogo todos los episodios de la serie de los ochenta. Una coartada perfecta para que aquel chaval, convertido ahora en «plumilla», vuelva a zamparse la serie original (y de paso, las dos temporadas del desopilante remake del siglo XXI), y, quizá a modo de autojustificación, escriba este artículo para explicarles por qué, más allá de la nostalgia, V es, en su modesta opinión, un pedazo importante de la historia de la televisión. Vamos allá.

la tele indiscreta v serie

Ilustración dedicada a ‘V’ de la revista Tele indiscreta.

La invasión de los reptiles fascistas

Kenneth Johnson es un avispado guionista, productor y director televisivo, especialmente interesado en el género fantástico. Tiene cierto talento para conectar con las audiencias, pero no parece precisamente un «visionario» a lo Rod Serling, sino un aplicado artífice de productos industriales de explotación. Sus grandes logros, hasta ese momento, son la adaptación de El increíble Hulk (1977-1982), con un culturista pintado de verde llamado Lou Ferrigno repartiendo mamporros, y la creación de La mujer biónica (1976-1978); series que hoy pueden apreciarse sobre todo desde una óptica camp.

Sus esmerados servicios en la «telefórmula» serán finalmente recompensados autorizando que lleve a cabo un proyecto más personal, que Johnson había presentado en 1982. Se trata de una adaptación de la novela de Sinclair Lewis, Eso no puede pasar aquí (1935), una ucronía que describe a unos Estados Unidos que, tras el crac bursátil de 1929, asisten a la irrupción de un líder mesiánico con un fervoroso discurso nacionalista, que planea instaurar un régimen totalitario. El guion, titulado inicialmente Storm Warnings, traslada la acción a la Norteamérica de los ochenta, y establece evidentes paralelismos con las políticas de Ronald Reagan. Ese carácter satírico era precisamente lo que atemorizó, en un principio, a los ejecutivos de NCB.

Alguien sugiere a Johnson que la amenaza fascista podría provenir del exterior, para quitar algo de hierro al asunto; quizá de China o la URSS. Deciden ir aún más lejos, para no enemistarse con nadie, hasta llegar al mismísimo espacio exterior. Cualquier autor purista (o quizá simplemente sensato) hubiera abandonado el proyecto en aquel preciso momento, pero Johnson decidió reescribir su libreto fundiendo la inspiración de Lewis con el espíritu desprejuiciado de un Philip K. Dick.

Johnson redactó el primer borrador de ‘V’ en pentámetro yámbico, inspirándose, según su propia confesión, en el espíritu coral de ‘Guerra y paz’ de León Tolstói

La nueva versión resultó ser aún más aventurada que la primera. En pleno ataque de heterodoxia creativa, Johnson redactó –tal como se cuenta en el interesante ensayo de Dan Copp, Fascist Lizards from Outer Space– el primer borrador de V en pentámetro yámbico, cual William Shakespare catódico, inspirándose, según su propia confesión, en el espíritu coral de Guerra y paz, de León Tolstói. El proyecto –contra todo pronóstico– recibió la luz verde de los ejecutivos de NBC, y Johnson se permitió rodarlo como le dio la gana, excediéndose incluso en unos quince minutos de la duración pactada.

El resultado era una lustrosa y más malévola puesta al día del fascinante imaginario de las revistas pulp, los cómics y las películas de serie B que mostraban platillos volantes y metafóricos monstruos mutantes que aterrorizaban a los estadounidenses de pro en los inicios de la Guerra Fría (y, aún antes, en el famoso experimento de La Guerra de los Mundos, de Orson Welles). Al mismo tiempo, la voluntad alegórica de la serie, sus resonancias políticas y las críticas al carácter alienante de la sociedad de masas la convertían en una valiente precursora de la denominada Quirky-TV, o televisión «estrafalaria», que irrumpiría con fuerza a principios de los años noventa. Los lagartos fascistas, decididos a engullir seres humanos, eran, al fin y al cabo, una versión hiperbólica de los políticos de la derecha más desmesurada o de los implacables ejecutivos de Wall Street (y también de los «reptiloides», «baletricianos», «dinosauroides» y demás criaturas del universo conspiranoico).

En años posteriores, surgirían otras críticas brillantes y bizarras a una sociedad convulsa y desmesurada (que, por cierto, ha dado lugar a la actual), como las magistrales Videodrome (1987), de David Cronenberg, o Están vivos (1988), película de John Carpenter que sustituía a los reptiles por unos extraterrestres de aspecto cadavérico que también adoptaban aspecto humano para colonizar, disimuladamente, la Tierra.

Pistola V la tele indiscreta

Pistola de merchandising de ‘V’ de la revista Tele indiscreta.

El hombre que soñaba con lagartos

Las dos primeras miniseries se convirtieron en un auténtico fenómeno global, en parte gracias a diversos momentos imborrables: la escena en la que la impagable Jane Badler engullía tranquilamente un ratón, el primer nacimiento de una mutante hija de visitante y humana (sin duda, uno de los grandes cliffhanguers de la historia de la televisión) o el clímax, que no les contaré aquí, de V: The Final Battle, que recordaba el tono emotivo del buen cine bélico de directores como Anthony Mann o Samuel Fuller, de la era del Hollywood clásico. Los efectos especiales, versión lo-fi de la estética de Star Wars, también sorprendieron a un público acostumbrado a cierta precariedad en la producción para la pequeña pantalla. Poco importaban las diversas concesiones dramáticas y las soluciones trilladas (como la recurrente habilidad de la Resistencia para entrar y salir de la nave nodriza, sin que los pobres Visitantes se enteraran de nada).

El título y el diseño del cartel de la serie sintetizaban de forma brillante el mensaje. La letra V fundía la estética de los grafitis, omnipresentes en los escenarios urbanos de los ochenta, con la memoria de los supervivientes del Holocausto (esta idea se traiciona totalmente en el remake de 2009, donde la V hace alusión a la llegada de los extraterrestres, y es, por tanto, utilizada de forma «triunfalista» por estos). El símbolo original de los Visitantes, obviamente, recodaba la esvástica. Johnson se servía de todo ello con una doble intención (reflexiva, y al tiempo, distanciadamente irónica) que acercaban su obra a los postulados de la postmodernidad.

La obsesión por explotar la «gallina de los huevos de oro» provocó que la serie fuera languideciendo en los índices de audiencia, hasta que finalmente fue cancelada

El creador de V abandonó el proyecto en la producción de la segunda miniserie (que aún ofrece diversos momentos muy apreciables), por diferencias con el desarrollo argumental que se le quiso imponer. Después, los productores decidieron explotar la notoriedad alcanzada con una serie mucho más conformista (la incorporación de personajes estereotipados como el James Dean de pacotilla que interpreta el sosainas de Jeff Yaguer es una buena  muestra de ello), que prescindía de los momentos más turbadores y disruptivos de la propuesta original. Al tiempo, se plantearon narrativas expandidas mediante una serie de novelas que mostraban la lucha contra los alienígenas, en otros puntos del planeta. La obsesión por explotar la «gallina de los huevos de oro» provocó que la serie fuera languideciendo en los índices de audiencia, hasta que finalmente fue cancelada, dejando a los espectadores con un último cliffhanguer sin resolver.

V se convirtió en el gran éxito de la carrera de Johnson, y también en una obsesión personal. Su creador intentó reconducir el imaginario que había creado, prescindiendo de las aportaciones de la segunda miniserie y de la serie posterior. Cuando, alrededor de 2008, Warner Bros. manifestó su interés por producir una nueva versión, Johnson se lanzó a escribir una nueva miniserie, y también una novela que, al modo de Alexandre Dumas, retomaba su historia más exitosa veinte años después.

En esta continuación, los Visitantes han creado una suerte de dictadura global, y también han conseguido controlar todos los medios de comunicación planetarios, pero, a cambio, han erradicado el cáncer, el SIDA o las enfermedades cardiacas. Como explica el propio Johnson a David Chase, el creador de Los Soprano, en una interesante conversación, «si los Visitantes estuvieran al mando de todo, el 11 de septiembre nunca hubiera sucedido». Los «nacionalpopulismos», como el de Donald Trump (que bien podría tener escamas de lagarto bajo ese caparazón anaranjado) han sido sustituidos por un populismo global, que adopta posiciones proteccionistas, a cambio de la depredación de recursos y la restricción de libertades. ¿Qué habrían hecho los Visitantes si hubieran tenido que hacer frente a la COVID-19? Pues, seguramente, a diferencia de los políticos europeos, nos habrían sacado con rapidez del atolladero. Y, ahora, por supuesto, estaríamos en deuda con ellos.

Lamentablemente, Warner prescindió de Johnson y decidió conceder el proyecto a un equipo comandado por Scott Peters, creador de Los 4400 (2004-2007). La serie apuesta por una narrativa hiperbólica y más bien ligera, repleta de giros inverosímiles y embrollos sentimentales que hacen que la primera versión parezca, prácticamente, cine de autor. Aunque es el testimonio de una televisión de otra época, 37 años después de su aparición, las dos primeras miniseries mantienen la intensidad dramática y el punch político de antaño. Mientras revivimos tiempos pasados en un probable nuevo confinamiento, Johnson –que ya ha cumplido 78 años– sigue soñando con lagartos, fantaseando aún con producir un par de largometrajes que hagan justicia al imaginario que creó. Ojalá algún productor romántico se atreva a hacer feliz pronto a este anciano.

Escrito por Enric Ros en diciembre 2020.

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