Todas las capas del amor
'Normal People'

Todas las capas del amor

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Connell (PAUL MESCAL) y Marianne (DAISY EDGAR JONES) / Hulu (Crédito: Enda Bowe)

La serie de BBC y Hulu adapta la novela de Sally Rooney con delicadeza y seguridad en sí misma, pero es difícil interpretar como retrato generacional una historia tan desapegada de la realidad.

Los protagonistas de Normal People no ven películas ni series. Diría que no entran ni en Twitter. El suyo es un amor, además de turbulento, apasionado y hasta diría que peligroso, perteneciente a una esfera culta. La pareja protagonista de la serie discute con sus amigos sobre poesía, nociones filosóficas o la idoneidad de hacer un trío. Ella (Daisy Edgar-Jones) tiene una casa en Italia, en una especie de versión genérica de la Toscana. Él (Paul Mescal) baraja, en los compases finales de la serie, mudarse a Nueva York para empezar un máster de escritura creativa. Todo es innegablemente hermoso y delicado. Pero el retrato generacional no lo encuentro por ningún lado.

Normal People, que en España se puede ver a través de Starzplay, cuenta la historia de Marianne y Connell y los avatares de su complicada relación a través de los años, desde la adolescencia hasta el final de la universidad. Lo que en un inicio parece un amor de instituto en la gran tradición de la ficción romántica adolescente (ella una rarita sin amigos a la que le encanta encerrarse en los libros, él un chico popular y deportista, pero con una sensibilidad oculta) va sumando capas dramáticas a su discurso hasta convertirse en la crónica de una relación realmente compleja, en la que la aproximación psicológica a los personajes no olvida los conflictos de clase, el lado político de toda relación humana. Ella es rica. Él es pobre. Sus idas y venidas, en ese sentido, sirven para iluminar muchos otros problemas: la mala suerte de tener una familia tóxica, la vergüenza de presentarse ante un grupo de gente que estás convencido de que te desprecia, la culpabilidad de dejar atrás a los amigos del pueblo.

Me pregunto si estos dos se han elegido o ha sido una pasión irracional la que ha unido a dos personas que en realidad no tienen nada que ver

La serie está cruzada de temas complejos y consigue hilvanarlos de forma realmente brillante en la relación de Marianne y Connell, pero eso no impide que la parte más sensual de su relación quede enterrada bajo las reflexiones que la rodean. Lo que quiero decir es que follan mucho. Las escenas de sexo, estupendamente bien filmadas, son a la vez testimonio del maravilloso trabajo de dirección, interpretación y fotografía de la serie y una interesante apuesta narrativa: en esencia, no estamos acostumbrados a ver a una pareja de personajes teniendo sexo más de una vez. Así, en Normal People cada momento de intimidad entre Marianne y Connell trabaja sus matices para mostrar sin palabras el punto de la relación en el que se encuentran: la torpeza inicial, la seguridad que da el tiempo, la frialdad de los momentos de crisis, la ternura que permite la cercanía.

Es innegable que el contradictorio romance al que se entregan los protagonistas de Normal People, en el que amor, inseguridad y complejos se hacen compañía de una forma indivisible, consigue construir un mundo propio a su alrededor con sus propias normas, su propio lenguaje. No es fácil sostener una serie de doce episodios sobre (prácticamente) solo dos personajes, sobre sus miradas y sus silencios. Normal People lo hace estupendamente bien, sin forzar apenas ninguno de sus diálogos, trabajando cada gesto a la perfección.

Pero, incluso con esta colección de elogios merecidos, para mí la serie se sitúa en un lugar extraño. Que consigue transmitir a la perfección su realidad, y de paso la realidad de cierto tipo de relación romántica, es innegable. El problema es que esa realidad no tiene mucho que ver con la mía. No entiendo realmente qué es lo que ata tan fuertemente a Marianne y Connell, más allá de lo bien que se lo pasan follando (que ya es, eso también es verdad), y de algunos lugares comunes que no me interesan mucho. Hay algo trágico, oscuro, en ese sentido: bajo la capa del romance, late un terror difícil de situar completamente pero que contamina muchas de las imágenes de la serie. Me pregunto si estos dos realmente se han elegido o ha sido una pasión irrefrenable, irracional, la que ha unido a dos personas que en realidad no tienen nada que ver. Y a la vez pienso que claro que sí, que son tal para cual. Para cambiar de opinión al siguiente segundo.

Nada de esto, claro está, es malo per se. La contradicción es uno de los motores que mueve una serie que pretende ir más allá del mero retrato de una relación. Pero esa sensación de terror, de que nada acaba de ir bien del todo nunca, nos hurta muchos otros momentos que, más allá del sexo, uno vincula a una relación sentimental: el humor, por ejemplo. O cualquier otro síntoma sencillo de que las dos personas miran el mundo con el mismo prisma. Quizá mucho menos ominoso, mucho menos trascendente, que una mirada en silencio, claro está. Hay algo extraño en que una serie tan preocupada por las implicaciones de clase nos acabe mostrando un amor que solo puede darse en un determinado contexto. Hay una ironía que creo que lucha por dejarse ver, quizá derivada de la fuente original, del cinismo de Sally Rooney, pero que aquí me parece que queda ahogada entre imágenes de tanta belleza.

Escrito por Ricardo Jornet en septiembre 2020.

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