Reescribiendo la nostalgia
'Cobra Kai' (T3)

Reescribiendo la nostalgia

cobra kai final serie netflix
En pleno boom del revival, esta aproximación al universo Karate Kid parte de una mirada desmitificadora no exenta de ternura hacia sus personajes.

Que el revival es uno de los pilares sobre los que se sostiene el entretenimiento audiovisual del presente es una afirmación difícilmente discutible. Ahí está The Mandalorian revitalizando una saga fundada en 1977 – franquicia que no ha dejado de reformularse desde entonces (¿o quizá deberíamos decir repetirse?) – o todos los updates que prepara Marvel a propósito de un universo cuya gestación se inició hace ochenta años. Pero Disney, a través de sus potentes filiales, no es la única que sigue sacándole rédito a los éxitos del pasado: vean a HBO Max dispuesta a amortizar de nuevo la franquicia Harry Potter o, a un nivel más modesto, los comebacks de todas esas series que triunfaron no hace tanto, del regreso de Expediente X a la vuelta de Sexo en Nueva York.

La explotación, más o menos rutinaria en función de cada caso, de los distintos componentes del ecosistema Marvel -no es lo mismo El soldado de invierno (Joe y Anthony Russo, 2014) que Vengadores: la era de Ultrón (Josh Whedon, 2015), como tampoco juegan en la misma liga Daredevil (Drew Goddard, 2015-2018) y Iron Fist (Scott Buck, 2017-2018) – apela a un imaginario y a una narrativa hipercodificados y fácilmente reconocibles por esos espectadores devotos a los que no paraban de metérseles esquirlas en los ojos a medida que avanzaba el season finale de la segunda temporada de The Mandalorian. Existen, sin embargo, otros modelos, un tanto alejados de esa aproximación nostálgica, a la hora de encarar la recuperación de aquellos viejos éxitos del pasado que hoy siguen congregando ante las pantallas tanto a fans que peinan canas como a sus jóvenes padawans (como si al relevo generacional no le sucediera un relevo mitológico, como si mis ídolos de ficción fueran Roberto Alcázar y Pedrín, el Jabato o El Guerrero del Antifaz; esto es, los mismos que los de mi padre).

Para ir aligerando: tenemos el modelo Delorean, representado por Stranger Things (Duffer Brothers, 2016-?), una serie basada en la acumulación de referentes (principalmente) del cine comercial/familiar estadounidense de los años 80, todo un panegírico a mayor gloria de la Amblin que busca traer al presente las sensaciones que películas como Los Goonies (Richard Donner, 1985) o Exploradores (Joe Dante, 1985) despertaron en los espectadores de aquel tiempo: una serie que quiere que sigas teniendo entre 6 y 12 años.

‘Cobra Kai’ no pretende inventar nada pero está escrita y ejecutada con la suficiente enjundia como para que el homenaje no quede reducido a fotocopia insulsa

La otra vía (que podríamos denominar modelo Gremlins) viene representada por Cobra Kai (también por la nueva versión de Las escalofriantes aventuras de Sabrina), la serie creada por John Hurwitz, Hayden Schlossberg y Josh Heald a partir de los personajes ideados por Robert Mark Kamen, todos ellos integrados en una trilogía que, entre 1984 y 1989, se convirtió en un notable éxito de taquilla (el filme inaugural costó 8 millones de dólares y recaudó 91, la segunda parte se fue hasta los 115. Aún así, están lejos de los grandes taquillazos de la época: en 1984, Indiana Jones y el templo maldito recaudó 333 millones de dólares en todo el mundo; en 1986, Top Gun se fue hasta los 356).

Los artífices del regreso de Daniel LaRusso (Ralph Macchio) y Johnny Lawrence (William Zabka) no quieren congelar el tiempo ni devolvernos al Los Ángeles de mediados de los 80; la operación es justo la contraria, constatar el paso de los años y resucitar una rivalidad que ya no se podrá manifestar en los mismos términos que entonces, porque ni LaRusso es un quinceañero recién llegado de Newark ni Lawrence el golden boy de su instituto. Cobra Kai proporciona entretenimiento ingenioso partiendo de la recombinación de elementos prexistentes. Como si Karate Kid fuera un mecano, Hurwitz, Heald y Schlossberg, desarman uno a uno a los personajes y, siguiendo la misma vieja estructura dramática, los reconfiguran para dar así un nuevo aire a la historia (que en esencia sigue siendo la misma pero que no es igual).

cobra kai temporada final netflix

Daniel LaRusso (Ralph Macchio) en ‘Cobra Kai’ / Netflix

Si en la película inaugural Daniel-san insistía en reivindicar que en la Norteamérica de los 80 todo era posible -el famoso «hey, it’s the eighties»-, tres décadas y media después los mensajes que resuenan con más fuerza los pronuncia Ali Mills (Elisabeth Shue) en los dos últimos episodios de la tercera temporada: «esto no es 1984» y «no se puede vivir en el pasado». La mirada sobre las películas dirigidas por John G. Avildsen es a la vez tierna y desmitificadora. Cobra Kai no pretende inventar nada -su puesta en escena no puede ser más elemental- pero está escrita y ejecutada con la suficiente enjundia como para que el gozoso homenaje no quede reducido a fotocopia insulsa (el distanciamiento irónico y la inversión de roles tienen toda la culpa de que así sea). En el fondo, la lectura que propone no está tan lejos de aquella frase que pronunciaba Randy ‘Pink’ Floyd, el personaje interpretado por Jason London en Movida del 76 (Richard Linklater, 1993) a propósito de su paso por la universidad: «Solo digo que si alguna vez empiezo a referirme a estos como los mejores años de mi vida, recuérdame que me suicide».

Entrando en el dojo

Las películas dirigidas por John G. Avildsen partían de un sencillo esquema dramático: Daniel LaRusso llega a una nueva ciudad – Daniel LaRusso conoce a una chica – Daniel LaRusso sufre bulliyng – Daniel LaRusso será adiestrado por Miyagi (Noriyuki ‘Pat’ Morita) en el arte defensivo del karate – Daniel LaRusso saldrá triunfante. Con ligeras variaciones, sobre todo en la película que cierra la trilogía, esa es la trama que vertebra el desarrollo de la saga, un argumento por otra parte de sobra conocido por Avildsen, quien siete años antes se había llevado un Oscar al mejor director por Rocky (imponiéndose a Ingmar Bergman, Sidney Lumet, Alan J. Pakula y Lina Wertmüller). De hecho, Karate Kid podría verse como la revisión amable de aquel éxito de la épica deportiva con el que comparte no pocos motivos temáticos, por más que el filme de 1984 sea menos brioso y crudo -más enfocado a un público que comparte la edad del protagonista- que aquel que narraba la gloriosa derrota del potro italiano interpretado por Sylvester Stallone.

La ausencia más notoria de ‘Cobra Kai’ es la de Miyagi, el padre simbólico de Daniel (algo que él aspira a ser pero que no consigue), que siempre tenía a mano el consejo idóneo

¿Qué recupera de todo aquello Cobra Kai? En las dos primeras temporadas ya quedaba claro que la pauta a seguir era la misma… pero invirtiendo los papeles. Ahora el que se ve obligado a vivir en el humilde barrio de Reseda es el otrora pijo Johnny Lawrence, mientras que Daniel LaRusso saborea las mieles del éxito, en tanto potentado propietario de una red concesionarios y hábil vendedor de coches. Los guiones se esfuerzan, capítulo a capítulo, por doblegar los arquetipos: un Johnny que no tiene dónde caerse muerto, separado y con un hijo al que apenas conoce, un cincuentón con un hígado patrocinado por Coors y una cuenta corriente decorada por Dario Argento no puede sino despertar nuestras simpatías. Es un perdedor, un tipo que sigue aferrado a sus éxitos juveniles (es, además, un analfabeto digital), alguien que le daría una patada en el culo a Peter Pan mientras le tira los tejos a Campanilla. Por su parte, Daniel LaRusso ya no es aquel chiquillo locuaz que utilizaba el karate como defensa ante los matones que lo atosigaban. Ahora es un tipo bastante repelente; bajo la fachada de padre de familia ejemplar se esconde un engreído que ha hecho de sus triunfos adolescentes una imagen de marca. De las enseñanzas de Miyagi no queda ni rastro: hay momentos en los que deseas que la patada de la grulla le hubiera salido mal.

La serie que inicialmente produjo YouTubeRed y que en 2020 recaló en Netflix juega constantemente con el intercambio de papeles entre bully y víctima. Tampoco eso es nuevo. Karate Kid II: La historia continúa arrancaba con las imágenes posteriores al torneo de All-Valley: Johnny reconocía sus errores, abjuraba de las enseñanzas de su sensei John Kreese (Martin Kove) y perdía perdón a Daniel. Esa era su última aparición en la saga. Y a ese cambio que experimentaba el personaje se agarran los autores del relanzamiento. Ahora será Johnny el que ayude a Miguel (Xolo Maridueña) a enfrentarse al bullying. Y Miguel no es sino la versión centennial de Daniel: un adolescente recién llegado a Reseda que vive con su madre (y con su abuela), que sufre acoso escolar y que hace buenas migas con Sam… LaRusso (Mary Mouser), la hija de Daniel. Si se fijan, el esquema es idéntico al de Karate Kid, solo que aquí Johnny tendrá que ejercer como señor Miyagi… y digamos que sus aptitudes son limitadas.

cobra kai final serie

Johnny Lawrence (William Zabka) en la temporada 2 de ‘Cobra Kai’ / Netflix

La tercera temporada, estrenada por Netflix el primer día de 2021, sigue sacándole punta a todos esos elementos, desechando todo aquello que no han dado resultado: en una decisión tan acertada como sorprendente los guionistas han eliminado de la serie a Anthony (Griffin Santopietro), el obeso hijo menor de los LaRusso que lo mismo se tira de campamento veraniego hasta 2056. Así pues, la producción auspiciada por Sony continúa con los procesos de reescritura de personajes y constata que la historia común -la que nos mostró Karate Kid– tiene tantas versiones como participantes intervinieron en ella: Johnny tiene la suya que es opuesta a la Daniel (cuyo punto de vista es el que compartimos los espectadores) y Ali regresa para reordenarlas, para darles equilibrio -por cierto, las mujeres de la serie son las que aportan la madurez de la que carecen eternos adolescentes como Johnny y Daniel; Amanda (Courtney Henggeler), la mujer de Daniel, Ali o Kumiko (Tamlin Tomita) son las que terminan situándoles en el buen camino, como se observa en la cena del episodio que cierra la temporada.

Cobra Kai reflexiona sobre cuestiones como el legado y la importancia de la herencia genética, de ahí que las lealtades cambien constantemente (los alumnos irán cambiando de profesor a medida que ‘aprenden’). El triangulo que forman Johnny, Daniel y Kreese (tres maneras distintas de entender el karate y la vida) encuentra su eco en una nueva generación formada por Miguel, Sam y Robby (Tanner Buchanan), el hijo conflictivo de Johnny. La gracia está en observar cómo Miguel -que sería la versión joven de Daniel- es entrenado por Johnny, mientras que Robby recibe sus lecciones en casa de los LaRusso. En tanto adolescentes volubles sumidos en un clima de enfrentamiento perpetuo y zarandeados por los vaivenes provocados por la (inmadura) autoridad de sus senseis, esta nueva generación seguirá cometiendo los mismos errores que sus maestros. ¿Por qué? Pues porque la ausencia más notoria de Cobra Kai no es otra que la de Miyagi, el padre simbólico de Daniel (algo que él aspira a ser pero que no consigue), el viejo que siempre tenía a mano el consejo idóneo, aunque lo expresara de manera un tanto críptica con aquel inglés macarrónico que convertía cada lección en un enigma («Lesson not just karate only. Lesson for whole life! Whole life have a balance, everything be better»).

El choque del recuerdo con la realidad desarticula cualquier atisbo de nostalgia, el pasado ha quedado totalmente arrasado y el espacio depositario de la memoria de Daniel es ahora un reclamo turístico

La falta de un guía, de un referente, se observa muy claramente en la secuencia climática de la temporada, el combate entre los alumnos del dojo Cobra Kai, ahora propiedad de Kreese, y los pupilos de Daniel y Johnny, que han concertado una reunión para unir fuerzas a pesar de sus diferencias. En esa pelea se utiliza uno de los recursos estilísticos más característicos de la saga, la superposición de la voz en off de Miyagi -o el intercalado de flashbacks– como recordatorio de las enseñanzas que Daniel debía aplicar en el momento decisivo. Pero ¿qué sucede cuando la voz de la autoridad no es unívoca? Pues que hay un cruce de mensajes -que además son contradictorios- que todavía enredan más la ya de por sí enmarañada madeja mental de un adolescente como Hawk (Jacob Bertrand), que vive una suerte de epifanía antes de entrar en razón y encontrar el camino de la verdad. El personaje de Hawk, un niño acomplejado que se transforma en un bravucón, se espeja en el del propio John Kreese, otro carácter que sufre un profundo proceso de reescritura en esta tercera entrega en la que los guionistas se dedican a hurgar en su pasado para mostrarlo como otra víctima del acoso, alguien que, tras su paso por Vietnam, terminó reaccionando a la violencia con más violencia, reproduciendo las conductas exhibidas por su superior e instructor de artes marciales.

En lo estético la serie también remite a los originales cinematográficos: las partes II y III arrancaban con una suerte de recap de la entrega anterior, así que en Cobra Kai se samplean sin rubor imágenes de las películas en un gesto que no es únicamente mimético, puesto que también funciona como herramienta comparativa (recuerden que cada parte de la trilogía termina con el clímax, carecía de un epilogo que rebajara la tensión o proporcionara un final explicativo, cierre que en realidad ocupaba el prólogo de la película siguiente, que necesitaba de una introducción recordatoria para afianzar la continuidad, un recurso muy propio de la narración serial).

Los guiños son constantes: las canciones que se repiten estableciendo curiosas rimas con las secuencias en las que aparecían en los filmes ochenteros, la revisita de escenarios del pasado, las tramas (líos en el instituto, la peculiaridad de los entrenamientos) o la recuperación de la gran mayoría de los personajes que intervinieron en la saga, desde la madre de Daniel interpretada por Randee Heller, pasando por la vuelta de Tamlin Tomita -la Kumiko de Karate Kid II– al sonado regreso de Elisabeth Shue como Ali Mills en los dos últimos episodios de esta tercera temporada, una entrega que termina con otros dos grandes guiños al pasado, el acuerdo entre Johnny, Daniel y Kreese para resolver sus cuitas en el próximo torneo de All-Valley y el más que probable regreso de Terry Silver (Thomas Ian Griffith) -el ‘malo’ de Karate Kid III– en la siguiente tanda de episodios.

En el apartado del debe resulta inevitable echar de menos la música de Bill Conti o la sobria planificación de Avildsen: baste recordar que los cuatro primeros minutos de Karate Kid relataban el viaje de Daniel y su madre desde Newark hasta Los Ángeles empleando únicamente planos generales, un tipo de escala que apenas se emplea en Cobra Kai y que sirvió para acuñar los momentos más memorables de la saga (de la grulla a las secuencias de entrenamiento en la playa).

El pasado como parque temático

Terminemos con el regreso de Daniel a Okinawa. Se produce durante los episodios cuarto y quinto. Su viaje a Japón obedece a propósitos comerciales: necesita reunirse con los directivos de la compañía Doyona para recuperar la concesión de la venta de sus automóviles en California, licencia que ha perdido a manos de su más férreo competidor. El viaje le servirá para revisitar la ciudad natal del señor Miyagi, la aldea Tomi en la que transcurría la mayor parte de la acción de Karate Kid II (una película que, al igual que sucedía en Regreso al futuro, siente nostalgia … por la década de los 50). Ya en el filme del 86, el pequeño poblado distaba mucho del recuerdo que el viejo sensei tenía de él cuando lo dejó para huir a Estados Unidos y desentenderse de un destino que le obligaba a pelear con su mejor amigo por el amor de una mujer. Los recuerdos de juventud de Miyagi quedan anulados inmediatamente: en su pueblo ya no hay pescadores y una base norteamericana ha modificado notablemente el paisaje.

En la segunda década del siglo XXI la transformación de la aldea Tomi es dramática. El choque del recuerdo (insertos de Karate Kid II) con la realidad (ahora se llama Tomi Village Green y es un gran centro comercial) desarticula cualquier atisbo de nostalgia, el pasado ha quedado totalmente arrasado y el espacio depositario de la memoria de Daniel es ahora «el principal destino para compras y entretenimiento», un lugar en el que las tradiciones (el baile Bon Odori) son reclamos turísticos y cuya importancia en el seno de la sociedad ha sido sustituida por las grandes cadenas comerciales norteamericanas, de Kentucky Fried Chicken a American Eagle.

Siguiendo con sus labores de recombinación, los guionistas recuperaran a Chozen (Yuji Okumoto), la némesis de Daniel en la segunda parte, pero no como villano sino como ayudante, como transmisor de las técnicas ancestrales que el padre de Miyagi les enseñó tanto a él como a Sato (), suerte de hijo adoptivo y alumno que luego se convertiría en el rival de su mejor amigo y en maestro de Chozen (como ven, los ecos son continuos y ese argumento reverbera tanto en la historia de Robby como en la de Miguel). Hurwitz, Heald y Schlossberg, en consonancia con los valores que defendía la saga (respeto, autocontrol, humildad, esfuerzo, …), demuestran su fe en las segundas oportunidades y en que las personas pueden cambiar, de ahí que conviertan a Chozen en mentor y obliguen a Daniel a desterrar todos sus prejuicios, una muestra más de que, sin dejar de mirar el pasado con cierta ternura, Cobra Kai aboga por su superación.

Escrito por Enric Albero en enero 2021.

Ver más en Nostalgia, Testosterona, Cobra Kai.