Volver a empezar
Viaje de ida y vuelta a los principios de las series

Volver a empezar

Ahora que has terminado la serie, ahora que vas al día y ya sabes que tu querido prota es un asesino o que la serie se ha vuelto definitivamente loca, es el momento de volver la vista atrás y recordar cómo empezó todo.

Hay dos tipos de personas en el mundo: las que todavía no han empezado una serie y las que ya la han terminado. El resto, seres que vagan por este planeta arrepintiéndose de haber visto un piloto o retrasando en exceso el momento de ver el último fundido a negro. Y si eres de los que ya han terminado, o de los que siguen religiosamente el ritmo de emisión en su país de origen, una serie, vale la pena que busques un hueco en esa apretada agenda llena de capítulos por ver y te sientes a recordar lo bonita (lo complicada, lo incomprensible, lo absurda) que fue tu primera vez con esos personajes con los que probablemente hayas compartido más tiempo que con tus propios hermanos. Es cierto que ya nunca los volverás a ver con esa candidez e inocencia que te acompañaban la primera vez, que ya sabes hacia donde se dirigen sus tramas y que probablemente ya conozcas sus más profundos secretos, y que eso te puede llevar a sufrir una profunda y fingidamente sana envidia podrida hacia los que todavía ni han oído hablar de tu serie favorita pero, ¿no es cierto que las primeras veces son mejores en nuestras memorias de lo que lo son en la realidad y que sólo con el paso del tiempo, con la edad, con la experiencia, vamos, podemos comprender por completo sus matices y examinarlos? Hagámoslo, pues, en homenaje a la cantidad de horas, sufrimientos, artículos y debates que hemos dedicado a esas series que todavía ahora nos llenan de pájaros la cabeza, echemos la vista atrás y gocemos de esos primeros capítulos, esas primeras escenas o, incluso, ese primer minuto porque, las cosas como son, a House of Cards no le hizo falta mucho más.

(ALERTA SPOILERS)

Permitidme (y perdonadme, en serio) que lo diga pero con Frank Underwood las cartas han estado sobre la mesa desde el principio. Guiño, guiño. Ahora en serio, antes te tienes que haber olvidado de tu número de DNI, del alimento al que eres alérgico o de cómo se llama ese ser humano con el que compartes cama desde hace 16 años que del principio de House of Cards, el primer monólogo mirando a cámara del futuro vicepresidente de los Estados Unidos, con las manos alrededor del cuello del perro del vecino que acaba de ser atropellado por un coche, diciéndote con su pupila en tu pupila que él no tiene paciencia para las cosas inútiles, para el dolor que no nos hace más fuertes, que este tipo de situaciones (en este tipo de situaciones se incluyen, claro, la desconfianza en la rehabilitación de un drogadicto al que has elegido como colaborador para aprovecharte de él o la posibilidad de que la periodista a la que le das chivatazos haya descubierto que eres un asesino) requieren de personas capaces de hacer lo que se tiene que hacer, es decir, hombres con traje y corbata que te sueltan un discurso tan asquerosamente rotundo que eres capaz de darle la razón aunque no estés de acuerdo o, de hecho, aunque no hayas comprendido una sola palabra de lo que ha dicho. Y aun habiendo empezado así la serie, cada vez que Francis haga algo absolutamente comprensible para una persona que le quitó el último aliento al perro del vecino mirándonos a los ojos nos va a sorprender, aunque sigamos suplicando por dentro que nos lleve adonde quiera y que haga lo que quiera pero que por favor conserve su esencia de matachuchos hasta su última aparición en House of Cards o que la serie termine antes de que la pierda, es todo lo que le podemos pedir.

“Breaking Bad ha conseguido convertir a un señor en calzoncillos bajando histérico de una furgoneta con cara de ser el eterno pardillo de clase en Mr. White, en Heisenberg, en una sonrisa cómplice al son de My Baby Blue”

Es lo que también le pedimos, y cumplió, vaya si cumplió, a Breaking Bad. Porque, cuidado, Breaking Bad ha conseguido, nada más y nada menos, que convertir a un señor en calzoncillos bajando histérico de una furgoneta con cara de ser el eterno pardillo de clase en Mr. White, en Heisenberg, en una sonrisa cómplice al son de My Baby Blue. Ríete tú. A todos los que todavía se nos pone la piel de gallina al recordar el “I am the danger” y el “I did it for me” todavía se nos pone más cuando recordamos que en esas primeras escenas de la serie, a Walter le temblaba la mano cuando cogía la cámara para grabar un mensaje de despedida para su familia, esa familia que destrozó por completo en su intento por salvarla. Ah, no, que no quería salvarlos, que quería demostrarse a sí mismo que era mejor que el subnormal que se ligó a su novia, se quedó con su negocio y se convirtió en multimillonario; que quería saber qué se siente al hacer explotar a un hombre en silla de ruedas para dejar desfigurado al narcotraficante con más poder del país; que Walt sólo quería sentirse vivo antes de morir. ¿Y quién podía saberlo cuando le conocimos, en esa primera aventura en autocaravana por el desierto acompañado por el porreta más noble y potencialmente más desgraciado del universo, si ni siquiera ellos dos lo sospechaban? ¿Cuántas series empiezan igual, con el encuentro de dos personas que no tienen la menor idea de que acaban de marcar un antes y un después en sus vidas? Liz Lemon y Jack Donaghy, Tony Soprano y Jennifer Melfi, Derek y Meredith.

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“Para principios, el que se marcó Shonda Rhimes con Anatomía de Grey, esa genio de los guiones más retorcidos y adictivos”

Porque para principios, el que se marcó Shonda Rhimes, esa genio de los guiones más retorcidos y adictivos que concibió una telenovela cuyas primeras ideas y líneas tuvieron que ser algo parecido a esto: una sala de operaciones, la voz en off de Meredith -Nota para Shonda: no sé si es hija única, lo iré decidiendo a medida que avance la serie-, hablando sobre su madre y la cirugía -Nota para Shonda: la voz en off es un buen recurso, lo utilizaré siempre para exponer la tesis de cada capítulo de manera muy elegante-. CORTE A: una casa medio vacía con los cuerpos desnudos de dos seres humanos extraordinariamente guapos que se despiertan más extraordinariamente guapos que nunca, se sonríen con una sonrisa maravillosamente conquistadora y se miran, son Derek y Meredith, son extraordinariamente guapos, sobre todo Derek, se conocieron la noche anterior, qué extraordinariamente guapos que son. -Nota para Shonda: puede que quiera matar a Meredith en algún momento, quizás más de una vez-. Meredith se va, es cortante, tiene prisa porque es su primer día en el trabajo. Al llegar conoce a sus compañeros de residencia. -Nota para Shonda: uno de ellos tiene que estar al borde de la muerte- -Nota para Shonda: que sean más de uno, de hecho, que uno incluso muera- – Nota para Shonda: que el que muera sea el menos extraordinariamente guapo- Con estos jóvenes vivirá las experiencias más apasionantes y ¿A QUIÉN QUIERO ENGAÑAR? todos los líos de faldas, discusiones y accidentes habidos y por haber. Finalmente Meredith descubre que Derek, extraordinariamente guapo, es el neurocirujano jefe del hospital en el que ella acaba de empezar su residencia.

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Y ya está. Porque Shonda es lista, y Shonda sabía que aunque esto lo escribieran los Ewoks enfarlopados de El Mentalista acababa de parir una historia que nos tendría enganchados de por vida y, peor aún, que iba a poder hacer lo que le diera la gana de por vida, sin recibir nunca ninguna queja, entonces ya sabía que si quería podría lanzar una camilla desde lo alto de un edificio impactando sobre un coche en el que un enfermo y su novia mantenían relaciones sexuales (en serio, ¿alguien sigue necesitando hablar sobre ello?), que ahí seguiríamos, como seguimos después de que Jack abriera los ojos tras tener un accidente de avión del que él y un reducido grupo de pasajeros habían sobrevivido más milagrosamente de lo que nadie hubiera podido imaginar en el primer momento. Porque, reconozcámoslo, las series que nos cautivan lo hacen desde el principio. A veces porque nos enganchan con misterios que queremos resolver (y otro, y otro, y otro, y otro hasta “El final”) y otras porque nos presentan a personajes de los que nos resulta imposible separarnos. La pintora de murales incapaz de asumir los problemas cotidianos de su vida que se esconde tras su personalidad de adolescente salida, la loca vestida de novia que entra en un bar de Nueva York buscando a su única amiga en el mundo, esa a la que no invitó a la boda de la que acaba de huir corriendo, el pobre hombre que acaba de decir que su novio no es un melodramático cuando le ve entrar por la puerta, al ritmo de “El ciclo sin fin”, para presentar a la niña vietnamita que acaban de adoptar o la niña pija que tiene que entrar en prisión por haber hecho de mula al servicio de la amante que tuvo en esa época lésbica de su vida que creía haber enterrado bajo tierra.

Pero si hubo un personaje que nos sedujo desde el principio ese fue Don Draper. Mad Men no podía empezar mal, como es evidente que (por favor, por favor, por favor, por favor) no puede terminar mal. En ese primer capítulo ya se nos abren todas las puertas que, tantas amantes después, no hemos sido capaces de cerrar. Tardamos cincuenta y pocos minutos en conocer muchos de los aspectos de la vida de Don: esa oficina que podrá cambiar y cuyos compañeros podrán suicidarse/ascender/desestabilizarse y terminar en un hospital pero que siempre será un refugio y una asfixia a partes iguales para Don, la amante y los clientes de turno, nuestra querida y su admirada/odiada/despreciada/adorada Peggy… Pero no es hasta el final del capítulo, benditos sean los guionistas, que cruzamos esa puerta roja de una casa aparentemente normal de un barrio cualquiera tras la que una familia perfecta le está esperando, para acompañarle de vuelta a casa, si es que en algún momento ha tenido un hogar al que volver. Y en esas seguimos, a pocos meses de empezar la última tanda de capítulos de Mad Men, sin habernos movido todavía de ahí, aunque nos hayan llevado a kilómetros de distancia.

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Tampoco nos movimos mucho, aunque en realidad sí lo hicimos, con McNulty. Ahí estaba, sentado a escasos metros del cadáver de uno de esos niños de las esquinas, intentando comprender por qué había llegado hasta allí, cuáles habían sido los pasos que le habían llevado a terminar así, como terminarían tantos otros a los que sí pusimos cara y nombre, en una ciudad en la que, aunque no parezca justo, la vida funciona y seguirá funcionando, simple y sencillamente, de esta manera, por muchos políticos con ilusiones que haya, por muchos jefes de banda que pasen por sus escuchas. Porque McNulty seguirá en lo alto del puente, observando desde lejos y con la más tremenda impotencia cómo la ciudad sigue sin cambiar, cómo sigue reinando un caos ordenado en todas las esferas y en todas las capas del mundo en el que le ha tocado vivir.

Quién nos lo iba a decir, quién nos iba a avisar de que esos inicios nos llevaban hacia esos finales (aparte del típico conocido que quiere que le metan una paliza y por eso habla de series que quizás no has visto como si no pasara nada por conocer el final o el típico artículo que se dedica a destripar todo lo que pasa en una serie sin advertir con un claro ALERTA SPOILERS al inicio, guiño, guiño), quién nos podía advertir de que, tantos capítulos después, al volver la vista atrás nos encontraríamos con que, también en las series, el mejor final de los finales requiere el mejor principio de los principios.

Escrito por Cati Moyà en enero 2015.

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