Vuelven los ochenta

Sobre 'Stranger Things'

Vuelven los ochenta

ilustración santaló Stranger Things broc

La nueva serie de Netflix es droga para los nerds cuarentones, una mezcla mágica de referentes que va desde 'Los Goonies' a 'Pesadilla en Elm Street' que te devuelve a tu adolescencia de acné y onanismo al ritmo de Joy Division y The Clash. Bienvenido al mejor verano de tu vida.

De pequeño te disfrazaste de Data y te pusiste una dentadura con un muelle en la manga de la gabardina. Eres de los que tienen dificultades para controlar el esfínter cuando suena la música de E.T. Ahí va un consejo: cancela tu suscripción a Netflix o encarga varios paquetes de pañales para paquidermos. Lo que viene a continuación te volverá loco.

Haremos ver que no sabes qué demonios es Stranger Things, que los últimos siete días has estado en un viaje de ayahuasca fuera de este plano dimensional. Si es así, mejor que te sostengas la mandíbula con grapas industriales, porque esta serie responde a la suma de Los Goonies, Pesadilla en Elm Street, Akira, Super 8, Cuenta Conmigo, E.T. y Exploradores

El puto hit del verano, por si no me he explicado bien.

“Unas letras rojas palpitan al ritmo de un sintetizador obsesivo que podría ser de John Carpenter”

La cabecera de Stranger Things ya lo dice todo. En la pantalla, sobre fondo granulado, unas letras rojas palpitan al ritmo de un sintetizador obsesivo que podría pertenecer a John Carpenter. Es imposible que algo vaya mal con esta tarjeta de presentación. Entras en el juego enseguida. Te vuelve a salir acné, te duelen los testículos y el ansia palomitera adolescente golpea duro: mejor que en tu despensa haya una bolsa de pop corn para microondas o arrancarás los enchufes a mordiscos.

La historia es sencilla. Estamos en los 80. Pueblo de Indiana. Un grupo de críos se ve conmocionado por la extraña desaparición de un amigo. Mientras buscan a su colega, descubren una telaraña de experimentos secretos y sucesos paranormales que pondrá al pueblo patas arriba. Hasta aquí nada suena impresionante. Sobre el papel parece un simple Goonies meets Super 8. Pues mucho cuidado con Stranger Things, pues es realmente un opiáceo peligroso que agita la nostalgia cual centrifugadora alienígena y, ante todo, resulta endiabladamente entretenido.

bicicletas Stranger Things broc

“Le sobra la energía que le falta a ‘Super 8’ en algunos momentos, se empacha con muchísimos más referentes y crea un complejo tapiz de sampleados ochenteros”

Se han rodado toneladas de ficciones para conmover a nerds cuarentones, la nostalgia ochentera es una mina, pero muy pocas han conseguido acumular la magia de esta serie de ocho episodios. A Stranger Things le sobra la energía que le falta a Super 8 en algunos momentos, sus fuentes superan con creces el universo de Spielberg, se empacha con muchísimos más referentes y crea un complejo tapiz de sampleados ochenteros. Definitivamente, es la serie que un nerd de cuarenta años grabaría en la actualidad y enviaría al pasado para que su yo adolescente pudiera verla y flipar como nunca.

Los hermanos Duffer, creadores del invento, han alumbrado un universo que se ahoga literalmente en guiños a la cultura pop de los ochenta. Cada capítulo es una tormenta subliminal de aguijones. En una escena, detectas a Michael Knight en la tele. En la pared de una habitación, el póster de Evil Dead. Suenan Foreigner, The Clash y Joy Division. Hay homenajes evidentes a Viaje Alucinante al Fondo de la Mente, Aliens, Poltergeist, Ojos de Fuego… Todo este ruido referencial de fondo se manifiesta de forma natural, alineándose fluidamente con los recursos nostálgicos a los que recurre la serie para funcionar como un gran catalizador de iconos cinematográficos del cine juvenil de los 80: una pandilla de críos outsiders envueltos en un misterio, hermanas mayores en pleno despertar sexual, muchas bicicletas, experimentos secretos del gobierno, hombres de negro, monstruos, niños con superpoderes…

Stranger Things

“Hasta Winona Ryder resulta convincente en su papel de madre angustiada al límite de la enajenación”

Lo más destacable es que toda esta locura nunca se va de madre. Y los actores funcionan: los perfiles de los chavales son entrañables y hasta Winona Ryder resulta convincente en su papel de madre angustiada al límite de la enajenación (con serios problemas en su instalación telefónica, por cierto). En última instancia, Stranger Things es una entretenidísima trama de aventuras y misterio que surfea sin barroquismos sobre el oleaje retronostálgico y encuentra no solo cliffhangers de calidad, sino un cierre tan logrado como convincente. La historia nunca se ve superada por su hambre de referentes.

Por encima de todos estos guiños que tanto nos complacen a los freaks, la serie se manifiesta como un entretenimiento fresco y transgeneracional; una peripecia televisiva que gana a medida que avanzan los episodios y que en ningún momento abandona su condición de divertimento de culto, barato y para (casi) todos los públicos. De hecho, en muchos momentos se acerca más a la serie B que a la aparatosidad de las superproducciones de los 80, e incluso ofrece sus mejores minutos cuando cede espacio a los pasajes de terror más carpenterianos, que los hay a paladas.

La fórmula no solo funciona, sino que ha llegado en el mejor momento posible: el comienzo de las vacaciones. Stranger Things está hecha para el verano. No obstante, en tiempo de sequía de buenas ficciones, un producto como éste se ha convertido en combustible para el gregarismo del periodismo digital más borreguil, que ya está sobredimensionando la cabecera por inercia, sin aportar nada interesante. Habré visto unos doscientos millones de artículos clónicos y absurdos en la red con el mismo título: “10 razones por las que Stranger Things es la serie de moda” (sic). Por una vez, no pienso dejar que el hype me agüe la fiesta. De hecho, la grandeza de Stranger Things se puede explicar de un modo más sencillo y respetuoso con el cerebro del lector: es la aventura que siempre deseaste que te ocurriera cuando eras pequeño. Bienvenido al mejor verano de tu vida.

Escrito por Óscar Broc en julio 2016.

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