Festival Tribeca: series en la alfombra roja

Crónicas del Tribeca Film Festival

Festival Tribeca: series en la alfombra roja

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Nos embarcamos en un viaje con escala en los principales festivales de cine del mundo para comprobar de primera mano la incidencia cada vez mayor de las series de televisión en sus estructuras.

En los últimos años las series de televisión se han convertido en un contenido habitual en los festivales de cine, en una prolongación casi natural de la posición que han alcanzado en el audiovisual contemporáneo. Pero aquí no nos estamos refiriendo a proyecciones especiales o eventos patrocinados por plataformas de televisión, más o menos habituales desde hace una década, sino a la irrupción de las series en la estructura del festival, con una sección específica y un concepto claro en términos de programación. Los festivales son fundamentales para entender la cultura del cine, un espacio donde ver antes que nadie los nuevos estrenos y sociabilizar con otros amantes del llamado Séptimo Arte, y quizá por eso este nuevo interés en las series se pueda entender como un ejercicio de adaptación a un panorama cambiante en el que cinefilia y seriefilia comparten muchos practicantes o la asunción de que en televisión están pasando cosas que un festival no puede ignorar, sobre todo porque algunas de ellas están realizadas por las mismas personas que pisan sus alfombras rojas.

Recordar que los festivales deben ser vanguardia es clave. De igual manera que por sus pantallas pasan joyas de países lejanos y se descubren títulos que nunca tendrán distribución comercial en ese mercado, una sección de series en un festival de primer nivel genera un discurso paralelo a esa dicotomía establecida entre la hegemónica producción de Estados Unidos y los contenidos locales, abriendo la mirada a relatos heterogéneos en géneros, estilos y procedencias. No es casualidad que uno de los primeros en abrazar esta nueva realidad fuera el Festival de Rotterdam, puerta de entrada en Europa del cine menos comercial del extremo oriente, siempre en busca de los novedoso y atento a lo que pasa en los países donde no solo el cine sino también cualquier bien de consumo es todavía un lujo. Cuando en 2013 ofrecieron una muestra de webseries y series de televisión el título iba en sintonía con un bienvenido cambio de actitud hacia la televisión, “Changing Channels”. Así lo expresó el entonces director del Festival Rutger Wolfson al afirmar que: “Hace diez años, este hubiera sido el primer lugar donde encontrar gente totalmente en contra de la televisión, que la verían como inferior al cine. Pero muchas cosas han cambiado, como las condiciones en las que puedes ver películas en tu casa en equipos de televisión que son fantásticos (…) Es muy complicado conseguir financiación para tus películas, tienes que esperar mucho tiempo, pero a veces en televisión hay un montón de dinero para hacer cosas y un sistema tras ello”. En 2016 Rotterdam ha recuperado la televisión con la nueva sección, esta vez con propósito de continuidad, “Episodic/Epidemic”, cuyo título trae a colación la que parece ser expansión infecciosa del gusto por las series.

“De manera gradual, las proyecciones de series han ido ganando peso en la programación del Festival de Sundance”

Otro ejemplo de esta nueva consideración de la televisión como escapatoria posible a las cada vez mayores restricciones del modelo tradicional de financiación cinematográfica la encontramos en el Festival de Sundance, santuario del cine independiente en Estados Unidos. De manera gradual, las proyecciones de series han ido ganando peso en su programación, y en 2016 el festival fue el lugar elegido para presentar en estreno mundial la adaptación en forma de serie limitada de la novela de Stephen King 22.11.63. Parecía el lugar natural considerando el status dentro del cine independiente de su inclasificable protagonista, James Franco, pero también de las nuevas posibilidades que ofrecían a la televisión contemporánea plataformas como Hulu. De hecho, ya en 2014 las series se sumaron a la lista de laboratorios de desarrollo que tienen lugar al amparo del Sundance Institute con la primera edición del Sundance Episodic Story Lab, y desde entonces en cada nueva edición se seleccionan diez proyectos de series a los que se presta apoyo durante un año.

“Las secciones de series en los festivales no son competitivas, buscan adaptarse a los gustos de su público y seleccionan de manera preferente las producciones vinculadas a profesionales del cine”

A pesar de los cantos de sirena que dicen que la emergencia de las series está llamada a tener una vida limitada, todo indica que la fiebre cinéfila por las series, lejos de apagarse, va a más, hasta el punto de que las citas empiezan a multiplicarse por doquier. En todas estas secciones parecen haber unos puntos en común: no son competitivas, buscan adaptarse a los gustos de su público y seleccionan de manera preferente producciones que tengan algún tipo de vinculación con profesionales cinematográficos, sin que ello signifique automáticamente series de autor. Los dramas, sobre todo los que cuentan con conceptos narrativos fuertes o caché en su equipo creativo, son el producto estrella, pero también se suelen incluir comedias con algún punto de provocación y documentales, un género cada vez más importante en el audiovisual contemporáneo y cuyo desarrollo actual no se puede entender sin las posibilidades de financiación que ofrece la televisión (sólo hay que mirar sus créditos, lo quieran o no reconocer algunos de sus practicantes y analistas).

Debido a su prestigio, dos de estas experiencias han sido particularmente sonadas. En primer lugar, la irrupción de la televisión en el Festival de Toronto coincidiendo con su 40 aniversario a través de la sección “Primetime”, que en su primera edición ofreció cinco capítulos de series: el revival Heroes Reborn; la comedia de Hulu Casual, creada por Jason Reitman; la producción argentina Cromo, de los hermanos Puenzo; la islandesa Ófærð, del director Baltasar Kormákur; y la francesa Les Revenants, la única de la que se proyectaba el comienzo de la segunda temporada en lugar del primer capítulo. Todas las sesiones eran seguidas por un panel de discusión con su equipo creativo, una oportunidad de conocer la reacción de una audiencia. En unas declaraciones a The New York Times, la productora de Les Revenants Caroline Benjo indicaba la importancia de este tipo de eventos para materializar a la elusiva audiencia televisiva: “Necesitamos festivales para tener este tipo de experiencias que tienes cuando estás en el escenario, cuando estás escuchando a una audiencia, cuando puedes dialogar, es algo muy nuevo. Lo que no tienes con una serie de televisión es que no puedes ver a la audiencia. Están en casa”. Con una perspectiva más claramente industrial, el Festival de Cine de Berlín creó en 2015 la sección “Drama Days”, con proyecciones en primicia de series, ponencias y mesas redondas sobre televisión internacional. Como parte de una actividad complementaria, el Berlinale Co-Production Market, siete proyectos en desarrollo fueron presentados ante una audiencia de productores y ejecutivos con el fin de encontrar socios internacionales. Pero Toronto y Berlín no han sido los únicos ejemplos de festivales ya establecidos hincando el diente a la televisión, ya que también podemos citar el debut de la sección “Episodic” en el South by Southwest de Austin en 2014, la inclusión ese mismo año de “Serial” en el Festival de Sitges, o la exitosa puesta en marcha de “TV Drama Vision” en el Festival de Cine de Gotemburgo.

“Hay dos grandes tendencias: las series como producto para llevar público a las salas de los festivales y las series como producto industrial en busca de co-productores y nuevos mercados”

El repaso que hemos realizado hasta este momento de la lenta pero imparable aparición de las series de televisión en los festivales de cine permite establecer dos grandes tendencias: las series como producto para llevar público a las salas de los festivales (la proyección televisiva más popular de Toronto fue la de Heroes Reborn) y las series como producto industrial en busca de co-productores y nuevos mercados (como ha ocurrido con las argentinas Cromo y La Casa tras su paso por festivales). En el caso del Festival de Cine de Tribeca, que inauguró una sección dedicada a televisión con el título de “Tune In” en 2016, sin duda decidieron optar por la primera opción. El Festival de Cine de Tribeca no se encuentra entre las grandes citas del circuito internacional, entre otros motivos debido a su juventud. Fue fundado por el actor Robert DeNiro, la productora Jane Rosenthal y el filántropo Craig Hatkoff como una actividad cultural que ayudara al Bajo Manhattan a superar la devastación de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y recordara la importancia de la industria del cine para la ciudad. Pero Nueva York no es solo un espacio predilecto para rodajes, sino también el nodo central de su cinefilia más clásica (como demuestra el afecto tradicional del New York Film Festival por el cine de autor europeo). Aunque su primera edición fue ganada por una muestra del cine indie norteamericano como Roger Dodger, en las siguientes ediciones el premio a la mejor película de ficción se ha ido alternando entre películas iraníes, suecas, israelíes, argentinas, turcas, chinas e islandesas, por lo que no debe extrañar que entre los neoyorkinos el festival, que no olvidemos es de un barrio con fama de pijo y con una población abrumadoramente blanca, tenga fama de estar dedicado a “películas raras”, la versión para los millennials con posibles del arte y ensayo de toda la vida.

“Mientras que los programadores de cine de Tribeca buscan joyas en lenguas exóticas, la nueva sección “Tune In” jugó sobre seguro con una programación enteramente dedicada a la televisión estadounidense”

Con estos mimbres, Tribeca apostó en 2016, para su edición número quince, en convertir en una sección estable lo que hasta entonces habían sido coqueteos puntuales con la televisión. Pero hay que recordar un dato fundamental para entender este reconocimiento: en 2014 la ciudad fue escenario de rodaje de 46 series de ficción, el doble que tres años antes. El hecho de que uno de esos coqueteos previos fuera en 2004 con un evento especial dedicado a una de las series neoyorkinas (aunque fuera en ambientación) por excelencia, Friends, indica por dónde han ido siempre los tiros en la particular relación del festival con las series. Así, mientras que sus programadores de cine buscan joyas en lenguas exóticas, la nueva sección “Tune In” jugó sobre seguro con una programación enteramente dedicada a la televisión estadounidense, con una combinación de estrenos en primicia, eventos nostálgicos y animados coloquios con creadores e intérpretes. Si al final de una proyección el público se quedaba con ganas de más, sabía dónde encontrar nuevos capítulos (lo que no ocurre con las proyecciones más exóticas de Toronto), y también se contaba con una base de seguidores de las series ya en emisión. El Festival de Cine de Tribeca no es lo que se dice barato (el pase que permite acceder a todos sus contenidos y proyecciones costaba este año 1.250 dólares), y las actividades de “Tune In” estaban tasadas de forma equivalente, 30 dólares por cada sesión, que duraban entre las dos horas (aquellas con proyección) y la hora (los coloquios). Sin duda, el plato fuerte de la programación de “Tune In” fueron los seis estrenos, todos ellos pertenecientes a cadenas de televisión por cable. Curiosamente la mitad de ellos eran versiones de narrativas previas: Roots del History Channel, actualización del clásico Raíces; Animal Kingdom de TNT, traslación en forma de serie del éxito del cine australiano del mismo título; y The Night Of de HBO, la esperada adaptación de la británica Criminal Justice de Peter Moffat, ganadora del Emmy Internacional. Las otras tres eran proyectos con cierto caché a sus espaldas: la co-producción AMC-BBC El infiltrado, la serie del canal de Oprah Winfrey OWN Greenleaf, y la comedia limitada Time Traveling Bong, del equipo de Broad City (que contó con un evento propio) y emitida por Comedy Central.

“En ‘The Night Of’ John Turturro se encarga del personaje que se quedó huérfano tras la muerte de Gandolfini en 2013”

Sin duda, The Night Of era el estreno con más pedigrí de todos los del Tribeca. Se trata de un proyecto marcado por la desgracia, ya que era un proyecto impulsado por James Gandolfini con vistas a su regreso al mundo de las series tras el fin de Los Soprano. John Turturro se encarga del personaje que se quedó huérfano tras la muerte de Gandolfini en junio de 2013, mientras que del guión se ocupan Steven Zaillian y Richard Price. Robert De Niro fue originalmente el sustituto de Gandolfini y es esta vinculación personal lo que explica que HBO permitiera la proyección de sus dos primeros capítulos casi tres meses antes de su estreno en julio. En el modelo tradicional de la crítica televisiva norteamericana, las series se evalúan con el visionado anticipado de varios de sus capítulos, por lo que habrá que esperar hasta entonces para conocer opiniones sólidas, pero algunas reseñas del paso por el Tribeca de The Night Of ya comentan su buen aprovechamiento de las locaciones neoyorkinas, así como el inevitable eco de The Wire en su aproximación al género criminal, aunque está por ver si es capaz de superar el hecho de que American Crime (en donde la influencia de Criminal Justice es notoria) le haya tomado la delantera.

“Una de las cuestiones más llamativas de la programación de “Tune In” fue la predominancia de series con claro protagonismo femenino”

El resto de actividades de “Tune In” fueron anticipos de dos programas de Netflix, la serie documental Chef’s Table y la comedia Grace y Frankie, y el éxito sorpresa de Comedy Central Broad City. Una de las cuestiones más llamativas de la programación de “Tune In” fue la predominancia de series con claro protagonismo femenino, algo que también se puso de manifiesto en las sesiones de coloquio, dedicadas al talk-show de Samantha Bee Full Frontal (TBS) y las comedias Catastrophe (Amazon) y Odd Mom Out (Bravo). Tuve la oportunidad de asistir a estos dos últimos coloquios en salas bastante concurridas, a pesar del coste de la entrada y del carácter de nicho de ambas producciones, reflexiones con ironía y acidez de las experiencias de mujeres de mediana edad y los retos de la maternidad. El primero de los eventos estuvo protagonizado por su creadora y protagonista Sharon Horgan, y la actriz Carrie Fisher, cuyas interacciones con su perrito generaron numerosos momentos de hilaridad. Sin duda, los mejores momentos del panel estuvieron dedicados a las explicaciones de Horgan sobre el proceso creativo tras la serie, desarrollada a partir su amistad en Twitter con su co-creador y co-protagonista Rob Delaney, y especialmente al origen siempre basado en historias de la vida real de algunas de las situaciones más desternillantes de la serie. Horgan recordó que las dos primeras temporadas de Catastrophe (producida para el Channel 4 en Reino Unido) se escribieron y produjeron sin casi pausa, y dejó en el aire su futuro inmediato (cuestionado también por su labor en la que serie que ha creado para Sarah Jessica Parker en HBO, Divorce).

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La experiencia del panel de Odd Mom Out fue interesante al ser una serie completamente desconocida fuera de su país de origen, y sin embargo encontrar una sala repleta que fue recompensada con merchandising de la serie y aplaudió con fervor la proyección de cada uno de los clips de esta comedia, la primera de su cadena Bravo, sobre las desventuras de una madre un tanto excéntrica en un barrio si cabe más pijo que Tribeca, el Upper East Side. Vehículo de lucimiento para su creadora Jill Kargman, que interpreta a una versión ficcional de sí misma, las historias parecen un tanto específicas para lograr una audiencia fuera de un público acomodado, pero todo apunta a que los cameos estelares que se anuncian para su segunda temporada le den algo de tracción crítica. Esa noche a las 21h comenzaba la nueva temporada de Juego de tronos, cuestión que salió a colación varias veces en el panel y llevó al rápido desalojo de la sala tras su finalización. El poder adquisitivo de las presentes estaba claro.

En el apartado de eventos especiales, dos parecían destacar sobremanera en el papel: las sesiones dedicadas al final de The Good Wife con presencia de sus creadores Robert y Michelle King y su protagonista Julianna Margulies, y la proyección comentada por Alan Ball del último capítulo de A dos metros bajo tierra. Quizá más que cualquiera de los estrenos, estos dos eventos vienen a ejemplificar la importancia que los festivales pueden tener para la seriefilia, esto es una oportunidad para la celebración de programas que han alcanzado una posición canónica. La celebración del final de The Good Wife se anticipaba en varias semanas a la emisión de la despedida, y era una oportunidad para reflexionar sobre su legado como la serie más importante de la última década emitida por una network, motivo que sin duda ha pesado para que no haya obtenido el tipo de reconocimientos críticos ahora monopolizados por el cable.

En el caso de A dos metro bajo tierra, nos encontramos con el equivalente serial de lo que en un festival de cine al uso sería una retrospectiva. En un momento en el que los discursos sobre series parecen excesivamente obsesionados por ver obras maestras por doquier y mantener una acomodada amnesia sobre el pasado televisivo, es más acuciante que nunca la revisión y re-evaluación de algunos clásicos, como es el caso de la aproximación al tema de la familia y la muerte que Alan Ball convirtió en un proyecto tan personal a pesar de haber sido un encargo de la entonces ejecutiva de HBO Carolyn Strauss.

En conversación con uno de los mejores críticos norteamericanos de televisión, Matt Zoller Seitz, Ball desgranó algunas de las claves de la creación de la serie y de ese capítulo final, que cuando entró en su fase final provocó abundantes sollozos en la bien concurrida sala. Escuchar a Ball hablar de la muerte de su hermana y padre y el largo luto por el que atravesaron tanto su madre como él mientras en pantalla grande se recuperaba el desenlace vital de los Fisher se convirtió en una experiencia catártica, una de las escasas ocasiones donde se puede apreciar a la vez la pasión creativa tras una serie, la excelencia de su resultado tanto visual como narrativo y la resonancia emocional para su audiencia, que no ha perdido un ápice de intensidad a pesar de la década pasada. Con eventos como estos, quizás más que con sus proyecciones en primicia, el Tribeca Film Festival se puede convertir en un lugar privilegiado para celebrar lo mejor que las series de televisión tienen que ofrecer.

Escrito por Concepción Cascajosa en mayo 2016.

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