Series de televisión, cauces del discurso pesimista del siglo XXI
El relato del progreso contra el nihilismo

Series de televisión, cauces del discurso pesimista del siglo XXI

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La corrupción en 'House of Cards', el terror en 'Homeland', la crisis en 'Mr. Robot', la represión en 'Transparent' o la mismísima extinción en 'The Walking Dead'. La TV es el reflejo de las preocupaciones de una generación que parece olvidar que vive en el periodo más pacífico, saludable y tolerante de la historia de la humanidad.

Si algo aprendimos con Planet Earth, aquel inconmensurable documental seriado de la BBC sobre nuestro pequeño pero mágico mundo, es que la vida conlleva consigo una cantidad nada despreciable de pánico, sufrimiento y destrucción. Elementos inherentes a la misma existencia a los que la humanidad se ha enfrentado a lo largo de los últimos milenios a través de dos relatos diametralmente opuestos: el relato del progreso y el relato de la decadencia. Hoy día, este relato decadente sobre la condición de nuestra especie se fundamenta no solo en estos elementos capitales de la vida, sino en una serie de circunstancias contemporáneas que han encontrado su cauce de circulación en las series de televisión y ante las que los pesimistas no dudan en decretar aquella perniciosa máxima que cuenta que todo tiempo pasado fue mejor.

La corrupción política en House of Cards, el terrorismo en Homeland, la invasión de la privacidad en Person of Interest, el secuestro económico del mundo en Mr. Robot, la represión sexual en Transparent, la ineficacia del sistema en The Wire o la mismísima extinción de la especie en The Walking Dead. La televisión es un reflejo en alta definición de todos esos problemas que encara la humanidad y, sin embargo, a menudo olvidamos que tanto la ficción como el periodismo se alimentan de la tragedia. Porque, no lo olvidemos, si es que alguna vez lo supimos, el periodo de tiempo que nos ha tocado vivir representa el periodo más pacífico, saludable y tolerante de la historia de la humanidad.
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Vale la pena repetirlo de otro modo, ya que la orilla más dramática de nuestra genética simiesca nos impide abrazarlo con entusiasmo: en términos generales, ningún otro siglo ha sido tan favorable para el bienestar personal y la autorrealización como éste que parasitamos. Las contrariedades y conflictos que transmiten tanto las series como el periodismo son parte de la verdad del siglo XXI, pero no son toda la verdad. Negar lo primero sería un acto ingenuo propio de aquel Parker intoxicado de teletubbies interpretado por Alec Baldwin en su cameo en
Friends. Negar lo segundo, un acto de desesperanza patológica propia de Olive Kitteridge.

A pesar de la percepción generalizada de que nuestro tiempo es un nido insalvable de brutalidad bélica y humana, en contraste con una supuesta convivencia pacífica de nuestros ancestros, los datos históricos presentados por el antropólogo Lawrence Keely en War Before Civilization conducen hacia otra conclusión: el mundo es un lugar cada vez menos violento. De media, el veinticinco por ciento de las muertes en las sociedades primitivas era atribuible al conflicto armado. Frente a esto, durante todo el siglo XX, el siglo de los Hijos del Tercer Reich y de los Band of Brothers, solo el uno por ciento de los varones adultos europeo murió a causa de la guerra. Los datos del siglo XXI son exiguos. En términos porcentuales, ningún otro periodo de la historia ha estado más alejado que éste de la confrontación militar. Esto no significa que debamos olvidarnos de Siria o Palestina, sino que, por razones económicas o morales, el mundo avanza hacia una convivencia pacífica. Que una especie que no nació pacifista ni pacificadora, inmersa desde tiempos inmemoriales en conflictos armados (pensemos en series históricas como Roma, Spartacus o Vikings), evoluciona hacia un modelo de diálogo o, en el peor de los casos, de enfrentamiento económico o informático.

La gran mayoría de parámetros a través de los cuales medimos el bienestar sustentan esta teoría progresista de la humanidad. Aún siendo conscientes de que no todos los sistemas educativos gozan del desarrollo del finlandés (pobre Roland Pryzbylewski), ni todos los alumnos terminan trabajando en el California Institute of Technology de los chicos de The Big Bang Theory, no debemos olvidar que, de poder traducir este texto a cualquier idioma, habría un sesenta por ciento más de personas en el planeta capaces de leerlo que hace doscientos años. Por otro lado, los planos quirúrgicos de The Knick, para los cuales es necesario un estómago a prueba de masenkos, dan buena cuenta del desarrollo de la medicina. Frente a las improvisaciones sanitarias, el racismo y el machismo endémicas de la época, el Seattle Grace Hospital de Anatomía de Grey parece la guardería de Los Rugrats.

“Como dijo Schopenhauer, ‘toda verdad atraviesa tres fases: primero, es ridiculizada; segundo, recibe violenta oposición; tercero, es aceptada como algo evidente'”

La tolerancia avanza inexorablemente en su lucha contra la ignorancia. Aquí y allá, disputa batallas interminables y, aunque en ocasiones parezca retroceder, cada siglo, cada década, cada día, golpea más y más fuerte cual diestra de Oliver Atom. Del racismo en Boardwalk Empire al machismo caballeresco en Mad Men, Masters of Sex o Cuéntame, pasando por la homofobia en In the Flesh. En este sentido, Transparent, una serie imposible en cualquier otra época, es la quintaesencia del combate contra el prejuicio: contra la represión sexual, contra el patriarcado, contra la teofobia. Un destello audiovisual del aperturismo mental que, lenta y dispar (en occidente aún no nos aclaramos con el burka) pero inexorablemente, la sociedad lleva siglos experimentando. En la recientemente estrenada Easy pudimos incluso conocer a la primera vegana no impositora de la historia de la televisión. Conviene recordar, ante el discurso decadente, aquella frase del más triste de los tristes, Schopenhauer: “Toda verdad atraviesa tres fases: primero, es ridiculizada; segundo, recibe violenta oposición; tercero, es aceptada como algo evidente”. Es, por tanto, una cuestión de tiempo. Y el tiempo no recula.

Parte de este desánimo hunde sus raíces en la idealización del pasado, que mira al futuro con los ojos temerosos de los guionistas de Black Mirror. Una idealización que no se fundamenta en el rigor histórico o la estadística, sino que se construye en base a la melancolía: “la tecnología devorará nuestros cerebros”, “la gente antes era más interesante y profunda”, “el periodismo está al servicio del poder”, “el mundo está más loco que nunca”. Lo cierto es que, por muchos psicópatas que hayamos visto en True Detective o Mentes Criminales, la tasa de homicidios en la Edad Media era diez y veinte veces superior a la del siglo XX. Y que a pesar de las quejas de los herederos del espíritu de Sorkin, devotos de The Newsroom, sobre el estado actual del periodismo, la falta de ética informativa y de independencia profesional, la profesión lleva dos siglos luchando la misma contienda, tal y como aprendimos en Deadwood. Es más, gracias a internet y a los leaks, probablemente nunca hayamos sabido tanto sobre lo que no se quería que supiésemos.

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Este relato decadente y esta idealización del ayer supone un problema no solo a nivel individual (una visión pesarosa de la humanidad es un obstáculo hacia la felicidad, acordaos de Louie) sino también a nivel colectivo. Porque el peligro reside en la transformación de este relato en una excusa para no implicarse en nada, para no participar en nada que pueda suponer progreso. Si el mundo está irremediablemente abocado al fracaso y a la tragedia, ¿para qué tratar de mejorarlo? Buen ejemplo de esto es Utopía. El alegato que esconden sus preciosistas planos es una defensa de esa pasividad de los pesimistas de la que hablábamos antes. Ante la problemática de la superpoblación y la escasez de recursos alimenticios, en lugar de someternos a una revisión de nuestro modelo nutritivo (no dejo escapar la oportunidad de citar el veganismo: ahorro de recursos acuáticos, energéticos y de alimentos vegetales, ahora destinados a inflar como tonys soprano a vacas, cerdos y pollos), defiende la esterilización de gran parte de la humanidad. En un plano más trivial, ocurre otro tanto con la música. Ante la sobreinformación y la multiplicación de posibilidades, el camino más corto, antes que invertir horas y energías en descubrir y redescubrir nuevos sonidos, es afirmar que la música murió en los ochenta y establecer como fondo de pantalla algún plano festivo de Vinyl. El pesimismo conduce a medidas extremas y fulgurantes. Las soluciones sostenibles y pacientes requieren fe, cualidad sine qua non del optimista.

Pero entonces, ¿por qué, a pesar de vivir en un mundo mejor, tenemos la sensación permanente de estar rodeado de fatalidad? Más allá del gen pesaroso que nuestra especie carga, la respuesta la encontramos en los medios de comunicación de masas y en las redes sociales, que han amplificado de manera colosal nuestra percepción del entorno. El mundo se ha vuelto pequeño, y con ello también nuestra perspectiva. Somos más conscientes que nunca de las desgracias que ocurren en otros rincones de la Tierra (salvo deliberadas opacidades sobre determinados países), y las asumimos como parte de nuestro entorno, cuando hace no mucho nuestro entorno era más hermético que Springfield o la isla de Lost. También nuestro inconformismo nos impele a obviar los cosidos y focalizar los descosidos. Sea como sea, el mundo continuará prosperando, no sin fugas ni contraindicaciones, pero seguirá adelante. Del mismo modo, los pesimistas seguirán ahí afuera, luchando su batalla. Porque si algo aprendimos de Planet Earth, es que hasta en los rincones más oscuros e inhóspitos de nuestro planeta sobrevive la vida.

Escrito por Juan Antonio Navarro en octubre 2016.

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