Un Nobel para la masa
Arte a pesar de todo

Un Nobel para la masa

La pregunta no es si el Nobel de Literatura recaerá algún día en un guionista de televisión, puesto que sin duda sucederá. Lo que resulta interesante es pensar por qué ha habido, hay y habrá tantas resistencias a incluir a ciertos tipos de arte y por qué todos estos muros se derrumbarán de todas formas.

Aunque algunos de los premiados con el Nobel de Literatura, como Ernest Hemingway o Gabriel García Márquez, contaron con un considerable número de lectores; el polémico ganador de la última edición pulveriza los estándares de la Academia Sueca en términos de accesibilidad al gran público. La diferencia estrictamente numérica entre la cantidad de individuos sobre la faz de la tierra capaces de citar alguna canción o letra de Bob Dylan respecto a los que podrían parafrasear un verso del también laureado Tomas Tranströmer (?) es tan abrumadora que nos obliga a investigar sobre la naturaleza del Premio Nobel. No podemos permitir que tamaña diferencia cuantitativa quede huérfana de explicación. Y, cuando hablamos de arte de masas, resulta inevitable pensar en la televisión.

De los muchos debates para los que el Nobel de Dylan sirve como excusa, aquí intentaré explicar qué significa el fallo del jurado para la historia de la crítica de arte y cómo encajan nuestras amadas series en todo esto. La pregunta no es si el Nobel recaerá algún día en un guionista de televisión, puesto que no hay ninguna duda de que tarde o temprano sucederá y, si la había, el caso Dylan se ha encargado de despejarla. Lo que resulta interesante es pensar por qué ha habido, hay y habrá tantas resistencias a incluir a ciertos tipos de arte y por qué todos estos muros se derrumbarán de todas formas.

 

Alta y baja cultura

Gozar del arte es juzgarlo. Ni toda la retórica posmoderna del universo podrá transformar la experiencia estética en un acto neutro o, en otras palabras, si os explicáis a vosotros mismos que The Wire os parece mejor que Jane the Virgin a causa de la influencia que las estructuras de dominación capitalista han ejercido sobre vuestra conciencia pequeñoburguesa, es que algo anda mal. Si estáis convencidos que ambas series son igual de buenas y que los juicios de valor son enteramente relativos, o que ni tan solo tiene sentido hacerse esta pregunta, vamos de mal en peor. De hecho, probablemente seáis estudiantes de alguna rama de humanidades o ciencias sociales embarcados en los sofismos que conlleva escribir un paper. Tranquilos, todos sabemos que no lo decís en serio. Relacionarse con el arte es inseparable de jerarquizarlo y del deseo de fundamentar esas jerarquías en cimientos cuanto más reales y objetivos, mejor. Y si todo falla, siempre quedan los gritos y los puños.

Las suspicacias que ha levantado el Nobel de Dylan son herederas de esta larga tradición que separa la alta de la baja cultura

Si ya es problemático hablar sobre escalafones dentro de un mismo tipo de arte, la cosa se pone fea si intentamos comparar las diferentes artes entre sí. Y, precisamente, esta ha sido una de las tareas favoritas de los críticos y filósofos desde el Libro X de La República de Platón hasta día de hoy. La creencia de que ciertas disciplinas artísticas son superiores a otras es un lugar común en el que todos participamos y las suspicacias que ha levantado el Nobel de Dylan son herederas de esta larga tradición que separa la alta de la baja cultura. Las series, por si teníais alguna duda, son consideradas cultura más baja que la música pop-rock, y más hace unos años. Fijaos si la televisión tenía mala prensa que el mítico eslogan de la cadena de referencia en lo que a televisión de calidad se refiere rezaba It’s not TV, it’s HBO.

Los adalides de la alta cultura han criticado a muchas formas de arte distintas y por diferentes motivos, pero el que aquí nos ocupa es uno de sus sacos de boxeo predilectos: el arte de masas. Este concepto desarrollado por el filósofo Noël Carroll -que he usado más – sirve para unir bajo un mismo estandarte a las canciones de Bob Dylan con los episodios de Los Soprano y, al mismo tiempo, separarlos de otras ganadores del Nobel como los cuentos de Alice Munro o la poesía de Pablo Neruda. Carroll postula tres condiciones necesarias para considerar un objeto artístico como arte de masas: 1) es un trabajo susceptible de ser reproducido en forma de instancias idénticas al original, 2) estas copias se producen y distribuyen utilizando una tecnología de masas y 3) “está diseñado intencionalmente para gravitar en sus opciones estructurales (por ejemplo, su formas narrativas, simbolismo, efecto deseado, e incluso su contenido) hacia aquellas opciones que prometen la accesibilidad con el mínimo esfuerzo […] para el mayor número de audiencias sin instrucción (o relativamente sin instrucción)”.

Como la longitud de la cita que he elegido indica, el quid de la cuestión está en la tercera condición. Las dos primeras sirven para separar un happening o un cuadro de Picasso de Breaking Bad, pero tanto las novelas de vampiros, como las series, como la música pop, son consumidas en forma de copias de un original gracias a diversas tecnologías de masas, desde la imprenta hasta el streaming. Por desgracia para algunos sellos editoriales, lo que sí separa las obras de arte de masas de los trabajos igualmente susceptibles de ser distribuidos a gran escala es la intencionalidad en el diseño. La novedad radical que supone el Nobel de Dylan es que la Academia Sueca había premiado a artistas a los que, supuestamente, les trae sin cuidado llegar al mayor número de gente posible, cuando no dedican numerosos esfuerzos a hacer justo lo contrario (Winston Churchill es una excepción en demasiados sentidos como para tratarla aquí). Y ya hemos vuelto a los números: si los millones de discos vendidos por el cantautor y las incontables reproducciones de sus canciones que habrán hecho las emisoras de radio del mundo entero no se explican en términos de un diseño específico para las masas que permita diferenciar Like a Rolling Stone de, por ejemplo, The Wasteland, de T.S. Eliot; apaga y vámonos.

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¿Qué es el arte? (morirte de frío)

Desde Kant hasta Adorno, las propiedades esenciales del arte “elevado” están ligadas con un determinado tipo de experiencia estética caracterizada por una harmonía específica y placentera entre nuestras facultades cognitivas y las sensoriales. Así, una buena cena o un excelente gangbang no se consideran arte porque, en teoría, hay demasiado de físico y demasiado poco de mental. A la inversa, resolver un problema de matemáticas o el crucigrama del periódico no pasaría el corte canónico por falta de emotividad. Sin embargo, los criterios que se usan para establecer una jerarquía acerca de qué producto artístico es superior se apoyan abrumadoramente en el polo intelectual. La teoría está fundamentada en una intuición poderosa: que lo meramente corporal es un rasgo vulgar, mientras que la adquisición de conocimientos que permite interpretar, juzgar y, en última instancia, gozar de una obra de arte; requiere un proceso educativo difícil. La complejidad intelectual acaba siendo la marca más fiable de calidad. Para poner un ejemplo televisivo, pensad en los flashbacks de Padre de Familia: identificar las referencias a la cultura pop que maneja la serie, así como haber desarrollado la capacidad para apreciar el humor surrealista, demanda un aprendizaje previo que puede significar la diferencia entre una carcajada brutal o un silencio incómodo. Una tarta de nata en la cara de un payaso, en cambio, hace reír a niños y a mayores. Lo que este relato implica es que Seth McFarlane está más cerca de ganar el Nobel de Literatura de lo que nunca lo estuvo Buster Keaton.

Sea o no criticable, creo que ése es el criterio estético fundamental que rige a la Academia y aquí no pretendo entrar en criterios políticos ni en la frontera entre ambos reinos. La importancia del Nobel de 2016 para el estado la discusión sobre el arte es que ha hecho saltar por los aires la supuesta incompatibilidad entre la accesibilidad de una obra y su valor cultural. La Academia sigue, seguirá -y debería seguir- valorando la complejidad intelectual de las obras literarias. No ha habido una inversión en la lógica del jurado puesto que lo que se valora del norteamericano es lo mismo que se valoró en Samuel Beckett o en José Saramago: la articulación original i distintiva de una visión del mundo y de la condición humana en forma literaria. La nota explicatoria del premio emitida dice «por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción», y no «por haber hecho cantar en la ducha a un montón de gente». La novedad reside en la ruptura con un largo historial que parecía decirnos que el arte de masas era antagónico, en virtud de su propia naturaleza, de un contenido complejo.

 

Los guionistas que ganarán el Nobel

Si hemos llegado hasta aquí, queda muy claro qué significa todo esto para las series. En primer lugar, las series de televisión son la forma de arte de masas por excelencia y, en segundo lugar, existe una variedad infinita de tipos de series, tanto en lo que concierne a su calidad como a la finalidad que persiguen. Lo único que las une en tanto que arte de masas, como ya hemos visto, es que todo producto televisivo está diseñado y pensado para llegar a un público muy amplio. Está claro que los guionistas y productores de Carnivale o Deadwood no esperaban que sus series alcanzaran los mismos índices de audiencia que CSI o Friends, pero también está claro que, fuere el número que fuere, era importante que fuera muchísima más gente que la que ese año iba a comprar las obras completas de Thomas Mann. El estado actual de la industria permite que existan productos televisivos tan diferentes como los mencionados y que, aún y así, cumplan los requisitos para considerarse arte de masas.

¿Qué guionistas optarán al Nobel? Los herederos de los que actualmente acaparan los elogios de la crítica por su parecido con la tradición de la alta literatura.

¿Qué guionistas optarán al Nobel? Muy sencillo: los herederos de los que actualmente acaparan los elogios de la crítica por su parecido con la tradición de la alta literatura. El ensanchamiento de las fronteras de la alta cultura que culmina en el Nobel para Dylan no es una modificación substancial de los criterios que han guiado a los críticos del arte desde el inicio de los tiempos. Premiando al arte de masas no se reivindica la simplicidad, sino que se sigue aplaudiendo la complejidad intelectual de siempre. David Simon, David Chase, Aaron Sorkin… no debería suponer ninguna dificultad imaginar a los candidatos que encajarían perfectamente en la etiqueta de autores complejos. Del mismo modo que sólo un cierto tipo de novelistas opta al Nobel, sólo un cierto tipo de guionistas podrá optar a él si no se produce un terremoto cultural inconcebible a día de hoy.

Para terminar, hay que añadir que sería engañoso pensar que no hay cierta tensión entre la tendencia a la masificación y la tendencia a la complejidad. El trabajo de los escritores al margen de cualquier requerimiento industrial siempre contará con un plus de libertad creativa que permite elevar la dificultad. En cambio, los autores de arte de masas con pretensiones al Nobel, como lo era Bob Dylan, se enfrentan a un doble reto: llegar a todas partes y ofrecer un contenido complejo al mismo tiempo. Se suele decir que el rasgo distintivo de las series de calidad como Mad Men o Twin Peaks, entre muchas, es que buena parte del público puede disfrutar su capa superficial sin tener que comprender las capas intelectuales que los creadores de la serie han puesto en niveles de lectura más profundos. Es muy complicado demostrar si eso es cierto sin asumir una enorme carga de paternalismo, pero parece que hay algo de plausible en esta hipótesis. Al mismo tiempo, me resisto a pensar que la principal razón de la gente que sigue Juego de Tronos sea ojear las tetas de Emilia Clarke. De lo que sí estoy convencido, es de que conjugar las exigencias de accesibilidad con las de complejidad no solo no desmerece el trabajo de los guionistas, sino que lo hace digno de los más altos reconocimientos. Dylan ha abierto el camino, así que ya podemos irnos preparando para la lista de Series de premio Nobel en Netflix, porque algún día se hará realidad.

Escrito por Joan Burdeus en octubre 2016.

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