Buenos días, señor monstruo

Sobre 'Mindhunter'

Buenos días, señor monstruo

‘Mindhunter’ nos devuelve al Fincher de ‘Zodiac’. Un 'thriller' que se desarrolla lenta y magistralmente para mostrarnos una verdad inquietante: la sociopatía puede ser un rasgo propio de asesinos y de cualquier hijo de vecino.

Los riesgos de escribir acerca de la nueva serie de moda tras haber visto el capítulo piloto y poco más son bien conocidos desde hace tiempo. Todavía es peor cuando afrontamos el estreno de alguna de las plataformas que suelta todos los episodios de una temporada en tromba, atendiendo a la voracidad de los audaces practicantes del ‘binge-watching‘ (si se prefiere una terminología que no parezca sacada de un manual de prácticas sexuales extremas, una maratón de las de toda la vida). Esta reflexión viene especialmente a cuento después de ver íntegramente la primera temporada de Mindhunter, el último proyecto televisivo impulsado por el cineasta David Fincher. En diez capítulos la historia del equipo del FBI que a finales de los 70 entrevistaba criminales violentos convictos, en vistas a elaborar perfiles psicológicos extensibles a nuevas investigaciones, evoluciona con éxito por la cuerda floja resbaladiza que nos lleva gradualmente del interés más o menos superficial a la pura fascinación. Hablando en plata, esta es otra de esas series en que los espectadores veteranos deben pedirles paciencia a los novicios, porque los capítulos iniciales, especialmente el primero, no responden plenamente a las expectativas generadas. Cuando despega, eso sí, se eleva por encima de la media.

“La serie nos introduce sin prisas, a medio gas, en un universo complejo ajeno a índices de audiencia o pausas publicitarias”

Fincher coproduce (junto a la actriz Charlize Theron, entre muchas otras personas) y dirige cuatro capítulos, los dos primeros y los dos últimos, mostrando mucha más implicación en el producto final de la que asumió en su primera colaboración con Netflix, House of cards, ahora ya con fecha de caducidad, anunciada precipitadamente a causa de las intolerables revelaciones sobre Kevin Spacey. Otros capítulos de Mindhunter están firmados por Asif Kapadia, director de dos documentales tan recomendables como Senna y Amy (el tono no deja de recordarnos que la materia prima aquí es la realidad, por espeluznante que pueda parecer), o el danés Tobias Lindholm, uno de los guionistas de Borgen, finalista al Oscar a la mejor película de lengua no inglesa por Una guerra, drama bélico de gran profundidad moral. Queda claro que el espectador está en buenas manos. Creada por el dramaturgo británico Joe Penhall, la serie adopta una estrategia próxima al David Simon style, introduciéndonos sin prisas, a medio gas, en un universo complejo ajeno a índices de audiencia o pausas publicitarias. Simon no tiene nada que ver con Mindhunter; ahora mismo lo tenemos concentrado en The Deuce, de nuevo poniendo a prueba la capacidad de atención de los espectadores en tramas más atmosféricas que concretas. Pero de igual modo que The Wire revolucionó el modo de contar una historia de escuchas telefónicas, fijándose en la parte menos llamativa, incluso burocrática, del trabajo policial, Mindhunter ha agitado un subgénero tan sobado como es el de los asesinos en serie. Estas dos series citadas son para la policía lo que Todos los hombres del presidente fue para el periodismo: la reivindicación de la paciencia y la constancia. Para ello se remonta a los orígenes, cuando todavía no existía una etiqueta clara para calificar a este tipo de criminales perturbados y reincidentes. La expresión usada entonces, “asesinos secuenciales”, remitía a la aritmética y no tanto a la psicología. Quizá por eso no acabó de cuajar…

Esta nueva producción estrella de Netflix está basada en el libro de John Edward Douglas y Mark Olshaker, Mindhunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit. Douglas fue uno de los investigadores pioneros en la llamada Unidad de Ciencia del Comportamiento, embarcada en la misión de estudiar los resortes mentales de los asesinos más peligrosos de los Estados Unidos, el modelo del personaje central: el joven Holden Ford, interpretado por Jonathan Groff, quien después de su trabajo en Glee y Looking se gradúa cum laude con este papel complejo. Consigue transmitir la progresiva obsesión del protagonista por introducirse en la mente de sus objetos de estudio, hablar su mismo lenguaje, convertirlos en algún caso puntual en confidentes poco fiables, hasta comprometer su carrera y su vida personal. Junto a él, el agente curtido, escéptico pero no menos comprometido, Bill Tench, recompensa de Fincher al actor Holt McCallany, con quien había trabajado en Alien 3 y El club de la lucha, uno de esos rostros pétreos pero matizados que demuestran que ser actor secundario suele depender de una simple cuestión de azar, tantas veces injusto. Aquí aprovecha su gran oportunidad. El tercer vértice del equipo es la psicóloga Wendy Carr, inspirada en una doctora que colaboró realmente con el FBI, quien aporta el punto de vista científico y sistemático, reticente a que sus compañeros trasciendan el patrón o la estadística fría de un cuestionario cerrado para llevar lo aprendido al terreno práctico resolviendo algunos casos pendientes. La aparición de este personaje a partir del tercer capítulo a cargo de Anna Torv, la protagonista de Fringe, es uno de los elementos decisivos para hacer funcionar la mezcla. Torv, por cierto, luce un cambio de imagen que nos hace recordar mucho a otra de las grandes, Carrie Coon, la actriz de The Leftovers y la tercera temporada de Fargo. Coon, tan activa estos últimos años, ha acabado aclarando irónicamente en su biografía de Twitter que la de Mindhunter no es ella.

“El ‘robaescenas’ indiscutible es Ed Kemper, encarnado por Cameron Britton (la semejanza física es inquietante) con un simulacro de amabilidad perturbador”

Si bien estos tres personajes son versiones libres de sus referentes históricos, los criminales a los que entrevistan e intentan codificar sí son escalofriantemente verídicos: Jerry Brudos, el asesino obcecado con la ropa y los zapatos de mujer, Richard Speck, el tipo que asesinó a ocho estudiantes de medicina en la misma residencia en una sola noche… o el ‘robaescenas’ indiscutible, Ed Kemper, encarnado por Cameron Britton (la semejanza física es inquietante), con una contención y un simulacro de amabilidad perturbador, la viva imagen de ese vecino que siempre daba los buenos días hasta que dejó de darlos. Kemper asesinó y descuartizó a ocho personas, incluidos miembros de su familia, y mantuvo relaciones necrofílicas con algunas de ellas. La atracción del protagonista por la personalidad de este asesino múltiple marca el inicio de su descenso al abismo, adoptando como escudo protector una empatía tan impostada como temeraria. Conocemos a otro personaje justo antes de convertirse en criminal, en breves escenas que abren la mayoría de los episodios, fogonazos de una mente perturbada a punto de estallar: se trata de Dennis Raider, un trabajador de la empresa de seguridad ADT, quien acabó matando a diez personas en Kansas entre 1974 y 1991. Suponemos que aunque todavía no saben de su existencia Raider va a dar mucho trabajo a Ford y a Tench en los próximos episodios. La intención de Fincher es desarrollar un arco de cinco temporadas para Mindhunter; de momento, la segunda ya está confirmada. Si Netflix le sigue respaldando, y vista la unanimidad crítica alrededor de la serie apostamos que así será, podríamos ver aparecer como personajes a asesinos todavía más célebres ya mencionados en la primera temporada, especialmente David Berkowitz, conocido como “Son of Sam”, o el omnipresente Charles Manson.

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John E. Douglas, el autor del libro en que se basa Mindhunter, fue también la base de otro personaje de ficción bien conocido por todos, el agente Jack Crawford creado por Thomas Harris en las novelas sobre Hannibal Lecter, interpretado por Scott Glenn en El silencio de los corderos y por Lawrence Fishburne en Hannibal, serie de Bryan Fuller que esperamos ver rescatada en algún momento de su “cliffhanger interruptus” al final de la tercera temporada. La alusión a esta producción de culto no es para nada gratuita: su protagonista, Will Graham (Hugh Dancy), es otro experto en trazar perfiles psicológicos de asesinos reincidentes y está todavía más desorientado que Holden Ford en su cruzada contra el mal, precisamente al descubrir que no es posible aislarlo en compartimentos estancos. Graham y Ford son la ilustración dramática de un pensamiento de Nietzsche citado por encima de nuestras posibilidades, destinado a advertir a quien mira de manera demasiado continuada al abismo de que al final el abismo le puede devolver la mirada. La gran diferencia entre Hannibal y Mindhunter está en el barroquismo de la primera, en el tono onírico que tiñe toda la trama y la aleja definitivamente de cualquier intención de verismo. Los crímenes de Mindhunter son una cruda exposición de fotografías, mientras que los del gourmet Lecter son instalaciones de arte retorcido, macabro y surrealista en su crueldad. El glamur, el carisma y la capacidad de seducción de Hannibal Lecter, en el fondo una creación literaria, superan al de cualquiera de los asesinos recreados en la serie de Netflix, sumidos en una existencia sórdida y para nada elegante, marcados a menudo por relaciones conflictivas con madres posesivas y padres ausentes, incluso cuando estas tensiones son producto de la paranoia. Precisamente la tentación del investigador de estos hechos de caer en la misma sospecha permanente, de entrar en una realidad paralela donde solo hay oscuridad, centran una de las tramas más interesantes del brillante tramo final de Mindhunter, la desarrollada en un colegio.

Por sus anclajes en la historia criminal de los Estados Unidos, pero también por la manera poco pirotécnica de acercarse al género policial, priorizando las conversaciones densas por encima de persecuciones y tiroteos, resulta inevitable emparentarla con la imprescindible Zodiac de David Fincher. Allí también se describía el trabajo de policías y periodistas como una tarea rutinaria, gris y poco productiva a corto plazo, que suele ser el plazo preferido de los creadores de ficción (y de los productores). Si bien en Mindhunter hay algún caso resuelto en un par de escenas, la intención es cuestionar la estructura procedimental, aquella en que el espectador asiste confiado a una intriga, sabiendo que conocerá todas las respuestas en menos de una hora. Algunos de los casos, ya sean formulados retrospectivamente o con la urgencia del presente, aparecen de manera intermitente a lo largo de los diez capítulos, revelando un cabo suelto que amenaza con enmarañar la madeja de nuevo. No es nada casual que en una de las escenas la novia de Holden Ford mencione a Perry Mason, el abogado más rápido e infalible de la historia de la televisión. O que Ed Kemper fuera un fan de Police Story, recreación en vivo y en directo de crímenes reales en la CBS de los años 50, y en otra escena se invoque una de las series clásicas del formato autoconclusivo, el habitual para los televidentes de la época: Los casos de Rockford, protagonizada por James Garner entre 1974 y 1980.

Podría parecer que Mindhunter quiere ir por el mismo camino de estos precedentes ilustres… pero no tarda en hacernos entender que cuesta mucho encapsular la verdad. Al fin y al cabo la misión es titánica: entrar en la mente de un asesino, intentar comprender las circunstancias genéticas o ambientales que le han convertido en aquello que muchos definen por comodidad como un monstruo, como si fuera un ser ajeno a nosotros… aunque por desgracia parte de ese potencial destructor sea compartido por cualquier hijo de vecino (sobre todo, insistimos, si te saluda cada mañana). Situada a finales de los 70, en una década de la historia de los Estados Unidos abierta a la decepción y el cinismo, enterrado ya el sueño alucinógeno del amor libre por la pesadilla del horror de Vietnam o el escándalo del Watergate, Mindhunter nos demuestra que la sociopatía puede ser un rasgo compartido por asesinos, agentes de la ley o presidentes, algo que sigue siendo tristemente cierto cuarenta años después.

Escrito por Josep Maria Bunyol en noviembre 2017.

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